Y una noche, cuando los niños jugaban en la calle y se hacía tarde, sus padres, reunidos en una misma casa, dejaron de llamarlos para que entraran. Así que los niños se apuraron a entrar, porque los intrigó esa falta de insistencia, y encontraron a los adultos llorando. Escuchaban la radio. Se hablaba de allanamientos y muertos, de muchos muertos.

Muchas veces pasó eso (…). Los niños entendíamos, súbitamente, que no éramos tan importantes. Que había cosas insondables y serias que no podíamos saber ni comprender (…). Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón. Mientras el país se caía a pedazos nosotros aprendíamos a hablar, a caminar, a doblar servilletas en forma de barcos, de aviones (…), jugábamos a escondernos, a desaparecer.


Maquetación 1En esa novela magnífica que es Formas de volver a casa (Anagrama, 2011)del chileno Alejandro Zambra, el narrador en primera persona cuenta, a través de sus recuerdos de infancia y de los recuerdos de otros, cómo fue crecer en la dictadura de Chile. Claudia, amor platónico del niño que narra, de pronto, un día, tiene que empezar a llamar “tío” a su papá. 

Por un tiempo no puedes decirle papá a tu papá. Él va a cortarse el pelo como tu tío Raúl, va a quitarse la barba para parecerse un poco más a tu tío Raúl. Claudia no entendía, pero sabía que debía entender (…). Le preguntó a su madre cuánto tiempo debía estar sin decirle papá a su papá. No lo sé. Tal vez poco tiempo. Tal vez mucho. Pero yo te prometo que vas a poder decirle papá de nuevo. 

¿Me lo juras?, dijo Claudia, inesperadamente. En las familias católicas se jura, nosotros solo prometemos, dijo su madre. Pero te lo prometo. Yo quiero que me lo jures, dijo la niña. Está bien, te lo juro, concedió su madre. Y agregó que ella siempre sabría que ese hombre al que llamaba tío era su padre. Que bastaba con eso. Que eso era lo importante. 

Para Zambra, los niños y niñas en la dictadura, fueron personajes secundarios. Vieron desde la periferia una historia ajena y llena de misterios y explicaciones parciales. Una novela en la que tenían un papel menor, casi prescindible. La novela es la novela de los padres. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos y también refugiándonos, aliviados, en esa penumbra, escribe Zambra. 

Porque el secundario tiene esa doble condición: está y no. Se enoja porque no lo escuchan, pero también usa a su favor ese segundo plano. El destino del mundo no es su responsabilidad y, a veces, hasta deseará no estar ahí cuando se desate el caos. Desaparecer.

Porque así, entre tantos desaparecidos, los niños también quieren desaparecer, aunque no con esa violencia aterradora que los rodea, más por la impotencia, por ese no entender, por el dolor tan grande. Lo narra Mar, la niña protagonista de Tal vez vuelvan los pájaros (Mariana Osorio Gumá, Ediciones Castillo):


Tal vez vuelvan los pájaros LIPP ganadora¿Y si mamá no nos dice nada para que no nos pongamos tristes?

¿Y si papá me engañó con la promesa de que no moriría?

Imaginé cómo sería no verlo nunca más (…). Ni abrazarlo. O hacerle preguntas. O ver sus ojos color cielo de septiembre. 

Y ese frío malo siguió como arrastrándose adentro, hasta hacerme tiritar.

Nunca más verlo.

Nunca más tocarlo.

Nunca más oírlo (…).

Me dolió tan fuerte que de repente, ¡paf!, yo ya no estaba allí. No estaba allí, pero tampoco estaba en ninguna parte. O eso era, justito: estaba en ninguna parte. Flotando en el espacio. a mitad del universo. Sin nada de dónde agarrarme. Sin nada que me detuviera. Sin cuerpo. Sin piel. Sin ojos. Sin boca. sin orejas. 

O desaparecer para verlo todo desde la “penumbra”, casi como un súperpoder. Florencia Ordóñez en Diario de un hada (Malasaña Ediciones) lo cuenta así:

Me quedé agachada, inmóvil, mientras Ellos revolvían mi casa de arriba abajo, mientras ataban y amordazaban a mi madre; la subían a una carreta y se la llevaban quién sabe a dónde. Permanecí en cuclillas en el piso durante varias horas, obedeciendo la orden silenciosa de aquella mirada. Fue la primera vez que me hice invisible.

Prohibido soñarPero desde la ficción, con los libros, esa mirada infantil, secundaria, se vuelve protagonista cuando se cuenta. (De esos tránsitos de secundarios a protagonistas hablé más aquí). Formas de volver a casa, Tal vez vuelvan los pájaros, Diario de un hada, Pequeños combatientes (Raquel Robles, Alfaguara), El mar y la serpiente (Paula Bombara, Norma), Prohibido soñar (Carlos Marianidis),  comparten un tono y una perspectiva: la de los niños y niñas en las dictaduras.

Aunque esos libros no le hablen a un lector infantil, sí pueden ser cercanos a los jóvenes y, también, dejando la LIJ de lado, a los adultos. A padres, maestros, promotores de lectura que necesitamos entrenarnos en la mirada del niño y en cómo abordar estos temas con ellos. 

Y para ellos, por supuesto, también hay libros. En esta serie de entradas sobre Terrorismo de estado y libros para niños he abordado algunos. Ignacio Scerbo lo hizo a detalle y con rigor académico en el libro Leer al desaparecido en la literatura argentina para la infancia.

 

Leer al desaparecidoLeer al desaparecido en la literatura argentina para la infancia

Ignacio L. Scerbo. Comunicarte, 2014.

Para quien quiera estudiar a profundidad el tema, el año pasado se publicó en Argentina este libro vital que entiende la necesidad de acercar lecturas a esa nueva generación de niños que no sabe lo que ocurrió en la dictadura de su país (de ahí uno de los sentidos de libros informativos como Abuelas con identidad de Iamiqué y Genocidio de Ekaré). Scerbo ahonda en los distintos discursos con los que la memoria de la dictadura militar se traduce en literatura para niños, y más: intenta responder cómo esos libros reflejan una relación con la historia reciente y una construcción particular de la idea de infancia. ¿Cómo, qué y desde dónde se le cuenta a los niños? ¿Cómo redefine esa manera de contar la relación adulto-niño? Una recorrido teórico, con ejemplos muy puntuales y abundantes referencias para enriquecer la búsqueda.

Y muy en el tono de esta entrada, preguntan los editores en la contratapa: ¿Cuándo se “es grande” [para contar lo sucedido], cuál permiso, ante sujetos de derecho, hay que dar/tomarse para narrar? ¿Desde cuándo empezarles a narrar, qué cosas y cuándo empieza esa historia a contar?

Dice Ignacio L. Scerbo:

La respuesta no es obvia, ni fácil de preguntar. Primero porque necesitamos hacérnosla todos, o sea, todos aquellos a quienes nos duele y nos dolerá la muerte injusta a manos de los poderosos. ¿Es necesario contar a las generaciones venideras que el principal asesino en la historia de los países no es sino el mismo Estado? Me pregunto, ¿cuando niños y niñas, sujetos de derechos, aprenden el mundo este dato es relevante? ¿Relevante por qué? Graciela Montes en su libro El golpe y los chicos dice: “Algunas personas piensan que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas, porque no las echamos fuera de nuestra memoria”.

¿Es entonces importante contarle a niños y niñas el doloroso recuerdo? Cuando la vida ha perdido contra la muerte, no nos queda otra salida que la palabra. La palabra que es memoria, que es deseo y necesidad de que no vuelva a suceder. Como relato intergeneracional, es una de las responsabilidades que nos tocan como intento de crear otra historia con otras infancias posibles.

Y que sean muchas, y muchos más los libros que nos acerquen a estas realidades veladas.

GOBIERNOS TOTALITARIOS, OPRESORES…

Al consultar este tema con el Consejo Editorial Juvenil de Linternas y bosques, uno de los miembros, Frann Peraza, mencionó las novelas de ciencia y ficción y distopías como escenarios siempre enmarcados con gobiernos represores. He aquí algunos títulos que nos vinieron a la mente:

 

Ilustración de portada de Sol Undurraga para Tal vez vuelvan los pájaros (Ediciones Castillo, 2013).

 

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Terrorismo de Estado y libros para niños

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