El 24 de marzo se cumplen 40 años del golpe Estado que marcaría la historia de Argentina. Las décadas pasan, pero los argentinos no olvidan, al contrario: con cada nieto recuperado, con cada juicio fallado en contra de los torturadores, la brasa de la memoria enciende un hoguera que ya no quema libros, los produce.

Nuevas publicaciones que abordan desde la ficción o el texto informativo los crímenes militares circulan, ya no sólo entre lectores adultos, cada vez más se dirigen a niños y niñas que quieren saber, que necesitan saber. 

Hemos reseñado  aquí títulos como ¿Quién soy? El mar y la serpiente, Los sapos de la memoria, Diario de un hada, Mañana viene mi tío, y pronto hablaremos de otros como Abuelas con identidad, Rompecabezas y Los viajes del Capitán Tortilla. 

Pero ahora toca el turno a los pájaros. Primero los de Galeano. En su breve texto “Los pájaros prohibidos” una niña propone ese otro lenguaje que suelen hablar los menores: uno que es a un tiempo el lenguaje de la imaginación y el de la resistencia. El mismo de El Principito cuando traduce lo que para el lenguaje adulto es un simple sombrero en una boa que se comió a un elefante. El lenguaje para mirar dentro, detrás, debajo, encima de las superficies: el que encuentra espacios propios para escapar de las tiranías adultas, el lenguaje con el que operan las resistencias. La niña del texto de Galeano le propone a su padre, encarcelado, un código secreto: un árbol donde caben ellos dos y desde donde se puede pensar en libertad.

Las voces infantiles o juveniles que cuentan historias de gobiernos opresores, dictaduras, desapariciones forzadas, resuenan en los lectores porque la resistencia es natural a la infancia.

En el texto de Galeano los pájaros miran ocultos desde el follaje: igual que un niño que escucha oculto en la escalera la conversación de los grandes o la niña que escribe un diario escondida de los nazis. 

Aquí el breve texto, publicado originalmente hace 30 años en El siglo del viento (Memoria del fuego III).

 

LOS PÁJAROS PROHIBIDOS, EDUARDO GALEANO.

Pájaros prohibidos
Ilustración de Juan Ramón Carneros.

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

— ¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

— Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

— Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

Pájaros volando

 

Un desierto lleno de gente, Sudamericana, 2013.‘Los que vienen merecen la verdad’


A pesar de la libertad que se ha ido ganando para hablar de las atrocidades de la dictadura militar, no fue fácil para Esteban Valentino publicar el libro de cuentos Un desierto lleno de gente (Sudamericana, 2002). En él, dos historias de amor entre jóvenes de 15, 16 años, abordan el golpe militar: “Los pájaros mudos” y “La buena sangre”. En ambos la separación de los enamorados parece inminente. Y así, Valentino le da la vuelta al tema. El contexto violento está, pero el centro es la historia de amor y la pregunta: ¿qué hacían los jóvenes que descubrían el amor, que querían ser jóvenes, cuando la amenaza a que desaparecieran a tu pareja era tan cotidiana y terrible?

El escritor nos muestra el reflejo de la Medusa. No quiere dar lecciones, quiere contar una historia, pero al hacerlo también reelabora y actualiza La Historia.   

Es a los jóvenes a quien se dirige. Acercarles estos temas resulta para él prioritario.

Claro que hay que hablarles a los niños y jóvenes sobre esas cosas que pasan, porque si no lo hacemos nosotros es altamente probable que lo haga la realidad y entonces lo no dicho puede llevar a distorsiones que lo confundan o que lo inclinen hacia un lado en el que nosotros no queremos verlo. Y me parece que nosotros como padres tenemos esa potestad, al menos de mostrarle como prioritaria nuestra opción. Está claro que él o ella después agarrará para el lado que mejor le cuadre. Pero en todo caso, vaya para donde quiera ir, siempre será mejor si lo hace desde el conocimiento que desde la oscuridad o la mentira o el ocultamiento, Y además porque los que vienen detrás merecen la verdad. Así de simple.

Y si hay que hablar: ¿cómo hacerlo?  

Ahí sí que la cosa me parece más peliaguda. Creo que si el chico es chico hay que hacerlo desde la absoluta claridad y con un lenguaje que le sea totalmente comprensible. Esto, por supuesto, no excluye la metáfora. Y entonces pienso en Irulana y en su lucha con el Ogronte, tan parecido a nuestras dictaduras, a nuestros poderes omnímodos y autoritarios y aterrorizantes, y pienso en la forma que encuentra ella para vencerlo, gritando su propio nombre como una marca o afirmación de identidad. ¿Qué pasó en nuestra dictadura? No estaría mal empezando por contar Irulana a los más chiquitos. Pero después hay que ponerlo en palabras no simbólicas sino sencillas y ciertas. Al menos desde nuestro criterio de verdad.
 

El cuento “La buena sangre” arranca cuando a Sebastián lo detiene un soldado en la calle: 

“No tenía encima nada más raro que el manojo de llaves de su casa, pero en ese 1976 la gente dejaba de andar bajo el sol por tener cosas mucho menos ofensivas. Esa vez tuvo suerte”. 

Y más adelante: “Las cosas se habían puesto muy difíciles desde el golpe de marzo, se trabaja casi con un fusil en la espalda”. 

Hace 40 años de aquel golpe. En 40 años los argentinos han podido contar las historias, poner nombres y apellidos. En México todavía cuesta.  

¿Qué piensas del caso Ayotzinapa? 
.
Siempre se dijo que en México la vida no vale nada y todo eso, pero a la vez siempre nos quedó claro que eso tenía más de folclórico que de verdadero. Una circunstancia como esta me parece que roza el disparate incluso para las mentes más violentas y febriles de tu país. Es como lo que nos pasó a nosotros con la dictadura. Tal vez ahora tan cerca no se den cuenta pero me parece que han rebasado una línea cuya propia existencia es en sí misma una ofensa para la palabra hombre. A nosotros nos costó mucho volver de ese territorio y todavía no lo hemos hecho del todo. Supongo que el regreso de ustedes será igual de traumático y doloroso. Y me resulta más doloroso porque es el tuyo un país al que amo intensamente.
 .

Reproducimos aquí el cuento completo “Los pájaros mudos”, compartido generosamente por su autor. En él, como en el texto de Galeano, un árbol con pájaros es el símbolo de la complicidad entre personajes, una complicidad que se hace más grande con el lector… que ahora ya sabe… sabe por qué se callan los pájaros, por qué se ocultan en el follaje.  

Para recordar a los desaparecidos y pensar de qué formas podemos empezar a contar las historias de desaparecidos en México. Literatura para la memoria.

 

LOS PÁJAROS MUDOS, ESTEBAN VALENTINO.

Pájaros de Alicia Varela
Ilustración de Alicia Varela.

Con dieciséis años apenas estrenados, el Físico desmentía dos cosas: su edad y su apodo. Tenía la cara de un pibe de trece y cuando le dijeron en el Centro de Estudiantes que tenía que elegir un alias porque en 1975 en Buenos Aires no era saludable andar por allí con su nombre verdadero, él se miró al espejo, tragó aire para inflar el pecho, dobló hacia arriba los brazos con su máximo esfuerzo para hacer nacer dos globitos de morondanga y dijo:

     —Con este cuerpo privilegiado sólo pueden llamarme de una manera, el —y remarcó el artículo— Físico. Así que olvídense de Gastón Albiolea. Desde hoy, además de presidente del Centro de Estudiantes de esta escuela de cuarta soy…. ¡el Físico!

     Todos se rieron y dijeron que además no estaba mal. Serviría para despistar a los grupos que insistían en correrlos a cadenazos gritándoles de todo pero sobre todo zurdos, mala -por no decir terrible- palabra en esos días. ¿A quién se le ocurriría identificar al número uno del Centro, el desde entonces temible Físico, con ese alfeñique que no llegaba a los 60 kilos y que encima usaba anteojos porque si no, no reconocía a su madre a dos metros?

     Todos se rieron y dijeron que además no estaba mal. Todos, hasta Lucía Nievas, que aprovechó para pensar que si se le sacaban los anteojos y se le desordenaba un poco el pelo, el Físico podía ser bastante pasable.

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El año pasó rápido. Cuarto se pasa siempre rápido. Tal vez eso de ser la víspera del último de secundaria le dé un aire de listo se acabó ya terminamos. Quién sabe. Pero pasa rápido. Cuando uno se quiere acordar ya empezó noviembre y quien dice noviembre dice verano. Las materias no fueron un problema para el Físico. Dos a examen que fueron aprobadas en diciembre: matemática y literatura española. Nada serio. Lucía ni eso. Su pequeño cuerpo de cientocincuenta y cinco centímetros deliciosamente distribuidos en un exterior de bailarina de cajita de música albergaban el conocimiento desde siempre. Los saberes eran naturales en ella como las bromas en el Físico. No. Las materias no fueron un problema para ninguno de los dos.

     El Centro de Estudiantes fue algo más complicado. Las cosas se fueron poniendo cada vez más difíciles y ya cerca de fin de año cualquier actividad era francamente peligrosa. Una noche, bordeando mediados de noviembre, se juntaron en el aula exterior que les habían dado en la escuela para que funcionara el Centro. No faltó ningún delegado de ningún curso. De a uno fueron llegando el Tano, Bocón, Chelo, Gabi, Pili, Lucía (que se negó sistemáticamente a ponerse un apodo alegando que eso era para los chorros y que ellos no le robaban nada a nadie), Alemán, Quijote y Sancho (nombres perfectamente elegidos. Estaban siempre juntos y uno era alto y flaco y el otro era gordo y petiso) y el Che. Al final llegó el Físico y empezó la reunión.

     Afuera hacía un calor que empezaba a ser pegajoso pese a que la noche se había instalado con autoridad. El Che, vicepresidente del Centro, abrió la charla:

     —Esto se volvió bastante fulero. Los grupos de choque de la derecha ya nos dieron varias palizas y nosotros nos estamos quedando casi sin respuestas. A los chicos el trabajo en el Centro cada vez les da más miedo y la verdad que a nuestros viejos también. Para venir aquí yo tuve que mentir en mi casa y decir que iba a una fiesta en lo del Alemán, que no tiene teléfono y no pueden averiguar si es verdad o no. Y encima…

     No pudo seguir hablando. Las luces del aula hicieron un leve parpadeo y la claridad se fue para siempre. La mano de Lucía buscó la mano del Físico en las tinieblas y allí él supo que sabía y que ella sabía que él sabía. Pero todo lo que pasó por su mente en ese instante iba a tener que esperar. Después se hablarían. Después, si había tiempo. Cuando vieron a las cinco figuras en sombras que avanzaban por el patio y vieron las siluetas de los palos que cargaban, el Físico no dudó y ordenó salir corriendo por la puerta que daba al campo de deportes. Primero las chicas, después los muchachos, el Físico al final. Mientras corría para dejar atrás los palos y el miedo, él pensó que esa noche ya no la vería a Lucía y que entonces las palabras que había imaginado cuando se quedaron sin luz iban a tener que esperar mejor oportunidad para salir al aire. Pero se equivocaba.

Cuando llegó a la calle de las vías la vio recortada contra la luz de la luna y se dijo que esperar un corno, esperar un pepino y que además hablar para qué si lo que él menos quería en ese segundo cuando llegó junto a ella y la miró largo largo a los ojos era hablar y así, sin decir agua va ni agua viene le estampó un beso como para hacerle doler. Y ella, cuando pudo separarse y respirar un poco hizo al fin lo que tantas veces había querido hacer: le sacó los anteojos y le desordenó un poco el pelo. Y después pensó que tampoco quería hablar, que ya estaba todo claro como esa luna enorme que los iluminaba y que dos pibes tan flaquitos y petisos como ellos bien podían edificar un amor que tuviera muy poco de flaquito y petiso y quien sabe si tanto de pibe.

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Se sabe. Bah, la historia lo sabe. El año no empezó bien. El 24 de marzo fue el Golpe y Lucía y el Físico tuvieron que acostumbrarse a oir hablar de los plazos del gobierno, de la guerra que vivía el país, de la salvación que llegaría más temprano que tarde. Y sobre todo tuvieron que acostumbrarse a no trabajar más en el Centro de Estudiantes, que la escuela cerró antes de empezar las clases. Lucía y el Físico se dedicaron entonces a prestarse atención a ellos, a construir su historia llena de asombros y descubrimientos, de estupores y dudas. Pero un día supieron que la realidad empezaba a cercarlos y no encontraron la manera de salir corriendo por la puerta que daba al campo de deportes. Sucede. La realidad suele ser más certera que cinco grandotes armados con palos. Pasó así. O sea, pasó que una tarde el Che no llegó a gimnasia.

     —Te digo que lo conozco bien, Lucía —decía Gastón, ya recuperado su viejo nombre— y él no se perdería jamás una clase de gimnasia si el profe había prometido un partido. Hoy a la mañana andaba bien, así que enfermo no está. No sé, amor, tengo miedo.

     —Bueno, no nos apuremos, que puede estar en cualquier lado. Vos sabés cómo es. En una de esas se fue con Alejandra a vagar por allí.

     —Porque sé cómo es me preocupo. Ni Alejandra puede hacer que el Che se pierda un partido. Ojalá que haya pasado lo que decís pero yo siento como algo feo aquí en el estómago.

     Lucía no tenía razón. El Físico sí. Dos días después el Ché seguía sin aparecer y ellos empezaban a vivir otra vida. Aunque todavía no lo sabían.

     La clase de gimnasia que se había perdido el Che había sido un lunes, el primer lunes de un abril todavía cálido, todavía más fin de verano que comienzo de otoño. El jueves, Lucía y Gastón caminaban tomados de la mano por una calle cercana a la escuela. La hora de la siesta, los camiones llenos de soldados que pasaban a cada rato y el temor habían dejado a la tarde casi sin habitantes. La primera en darse cuenta de que algo no andaba bien fue Lucía. Miró para arriba y no vio ningún pájaro cantando sobre los árboles, ninguna paloma volando cerca de los tejados.

     —Gastón, se callaron los pájaros.

     —Pero estás vos, amor, que sos más hermosa que todas las aves del mundo, que las gaviotas de todos los océanos, que los papagayos más coloridos de todas las selvas, que las mariposas…

     —Tonto… —le gritó ella riéndose mientras le tiraba un carterazo suave a la cabeza. Pero esta vez Lucía tenía razón. Lucía y los pájaros. Porque así, jugando a golpearse, a olvidarse del mundo de afuera, a descansar por un segundo del dolor que sentían por la ausencia del Che, no se dieron cuenta del auto grande, blanco, estacionado en la vereda de enfrente, con tres hombres adentro y que arrancó despacito, sin hacer ruido, en cuanto ellos pasaron.

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La luz se reducía a una lamparita mortecina colgando lejana de un techo negro de hollín. Cuando el Físico pudo abrir los ojos notó que le dolía todo el cuerpo y que tenía una mancha de sangre seca justo encima de su ceja izquierda. Se sentó en el pedazo de suelo que le habían reservado, lleno de sobresalto y buscó a Lucía entre los bultos más cercanos que dormían acurrucados sobre sí mismos. Pero allí no había chicas. Recordó entonces que no podía asegurar que los hubieran llevado juntos. Eso lo tranquilizó. Tal vez lo habían traído sólo a él. Una bota parada delante de su línea de visión lo volvió al galpón semioscuro.

     —Vos, vení —dijo la bota. Él fue.

     Lo llevaron por un pasillo todo sucio que parecía interminable hasta algo parecido a una oficina y allí, detrás de algo parecido a un escritorio estaba alguien parecido a un jefe. Dijo que se llamaba simplemente “el Capitán” y que así debería nombrarlo cada vez que se dirigiera a él.

     —Pero no, lamento decepcionarte, pero no soy el jefe. Apenas soy el que te va a mandar a…. Por ahora a eso. A mandar. Después vamos a ver a dónde te puedo mandar. ¿Así que vos sos el famoso Físico? Gracioso el nombre que te buscaste.

     —Señor —empezó a decir Gastón…

     —Capitán —lo corrigió el hombre.

     —Bueno, Capitán. Yo no creo que sea famoso. Creo que están equivocados.

     —No, pibito. Que algo te quede claro desde ahora. Nosotros no nos equivocamos nunca. Vos son el Físico, alias Gastón Albiolea, presidente del Centro de Estudiantes de una escuela que vos mismo definías como de cuarta y que desde hace unos meses sale con Lucía Nievas. Como ves, no estamos equivocados. Ahora andá, volvé a tu pabellón que ya nos vamos a volver a ver. Ah, a partir de ahora sos 179. Cada vez que oigas este número vas a tener que pararte y hacer lo que se te ordene. Olvidate de Gastón, de Físico y de la mar en coche. Lo único que tenés que recordar es ese número, 179. Llévenlo.

     Gastón se pudo parar sin que lo agarraran, se acercó a la puerta pero antes de irse quiso sacarse una duda.

     —Se….eh…Capitán…

     —¿Qué pasa, 179?

     —Lucía…..estaba conmigo…

     —Sí. También está aquí. En otra parte.

     Recién pudo verla dos semanas más tarde. Las excesivas demostraciones de afecto estaban prohibidas en aquel lugar pero no les importó. Se abrazaron como locos y rodeados por los demás prisioneros para ocultarlos a miradas ajenas se besaron como para que la eternidad se pusiera celosa. También a ella la habían golpeado desde el día aquel de los pájaros pero su cuerpito de cientocincuenta y cinco centímetros había demostrado ser más enérgico de lo que ella pensaba. Ahora hacía varios días que nadie la tocaba. Habían llegado nuevas detenidas que requerían toda la atención y además Lucía no era demasiado importante.

     —Me preguntaban todo el tiempo por vos, amor. Por vos y por el Centro.

     A partir de ese pudieron verse casi todos los días. Empezaron a aprender los códigos de la telaraña. Y supieron que sesión era tortura, que visita era llegada de nuevos prisioneros y sobre todo que traslado era el final, o sea la palabra más temida. Pero también descubrieron que podían engañar a la telaraña y robarse segundos para ellos. En esos momentos sólo se miraban como queriendo entrar por los ojos del otro y dejaban que las manos recorrieran el cuerpo amado sin censura. En esos días sin mañana decidieron fabricarse un porvenir privado, que no tuviera nada que ver con los presagios que venían de la oscuridad que los rodeaba.

     —Vamos a tener dos hijos. No, tres —decía él.

     —Y vamos a estudiar las carreras que más nos gustan: vos veterinaria y yo bioquímica —decía ella.

     —Y vamos a mirarnos así como ahora pero en una casa que va a estar junto al río —decía él.

     —Y la casa va a tener un árbol enorme que le dé sombra a todo el jardín, que va a tener el pasto cortadito y una hamaca paraguaya —decía ella.

     Así se pasaban horas, creando todas las variantes posibles del futuro que se regalarían en cuanto volvieran a la calle de los pájaros callados.

   —Que ya no van a estar nunca más sin cantar —decía ella.

Pasó el tiempo.

     Y un día fue 29 de junio. Un día como ese, pero hacía 16 años, Lucía Nievas había llegado al mundo. Era su cumpleaños.

     Todo el día anterior estuvo Físico rompiéndose la cabeza, buscando un regalo que le revelara a ella todo lo que se le revelaba a él cada vez que tenían sus fiestas de miradas. Cerca de la medianoche tuvo una iluminación. Tomó una hoja blanca, grande, que había encontrado unos días antes y fue pidiendo por todo el galpón, susurrando para que no lo descubrieran, lápices de colores. Después se puso a trabajar. Terminó cuando empezaba la madrugada, hizo un rollo con su obra y lo escondió entre las mantas que le servían de colchón.

     A la mañana del 29 el lugar se llenó de revuelo, miedo y presentimientos. Por primera vez desde que estaban allí reunieron a todos los hombres y mujeres, los chicos y chicas que repletaban los galpones. Lucía no podía decirle a nadie que era su cumpleaños y sobre todo no podía decirle a Físico que si a la tarde pudieran estar diez minutos solos, ella sería casi feliz. Estaban en el mismo patio cerrado pero muy lejos uno del otro. El Capitán se paró en un extremo con un micrófono y dijo lo que nadie quería escuchar. Lo dijo corto, seco. Lo dijo sin retorno.

     —Lo que sean nombrados preparen sus cosas. Van a tener un traslado.

     Y empezó la lista: 26, 37, 141, 145, 146, 147, 164, 172, 179… Físico sintió que las piernas se le aflojaban, que le nacían unas enormes ganas de vomitar y empezó a llorar sin ruido. Apoyándose en un tipo grande que lo sostuvo logró seguir de pie, sobre todo cuando se saltearon el número de ella. Se dijo que al menos Lucía volvería a oir sus pájaros cuando dejaran de ser mudos y se dijo que antes de ir hacia la fila de los trasladados tenía algo que hacer. Aunque estaba prohibido, cruzó todo el patio y se instaló delante de las lágrimas de ella, que eran también su homenaje, su despedida más amada, su adiós de los ojos, el rincón de ella que mejor lo iluminaba. Y Físico, alias Gastón Albiolea, le dijo a Lucía Nievas, su niña mujer, antes que los guardias que corrían hacia ellos pudieran impedirlo.

     —Haceme dos favores —la primera patada lo tiró al piso—: viví… —la siguiente le dobló el estómago a Físico, el presidente del Centro, pero desde el suelo sucio pudo mirarla por última vez a los ojos y decirle el segundo favor que necesitaba que ella le hiciera— …y fijate en mi colchón.

     Lucía no paró de mirarlo mientras lo llevaban, sintiendo que adentro se le quemaba la garganta, el estómago, las piernas. Comprendió que en esa mañana de su cumpleaños toda ella se había convertido en una gran herida interminable.

     Después dieron la orden para que todos volvieran a sus lugares, a sus mantas tiradas, al escaso territorio que les correspondía en la telaraña. Pero antes de ir a su pabellón, Lucía se escabulló hasta el lugar donde Físico dormía. Y pudo encontrar a través de ese agua persistente que no dejaba de nacerle de sus ojos, un rollo de papel que escondió entre sus ropas para irse hasta su pequeño espacio en el mundo. Esa noche, con sus pupilas más necesitadas de él que nunca, más exigentes de la mirada de Gastón, desenrrolló la hoja blanca y grande que Físico había encontrado. Era una especie de cuadro, con una dedicatoria. Arriba decía: para los ojos, que ven por mí, feliz cumpleaños, Físico.

     Y abajo estaba el dibujo de un árbol enorme, que llenaba de sombra a todo un jardín con pasto cortado y una hamaca paraguaya y en las ramas más altas del árbol varios pájaros que estaban unidos con líneas a una inscripción, sólo tres palabras, sólo trece letras garabateadas con lápiz negro: estos sí cantan.

 

Imagen de portada de Federico Gastamina.

 

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