Gabriela recuerda a Lucila, la niña solitaria que hablaba con las flores y las piedras; entre cerros y vientos; bajo los cielos más claros del hemisferio Sur, en el Valle del Elqui, Chile.

Lucila sueña con Gabriela. La joven tímida que escribe versos y lee a Rubén Darío, a José Martí y a Amado Nervo. La que quiere ser maestra, defender los derechos de los niños y viajar por el mundo.

Gabriela es Lucila.

Lucila Godoy Alcayaga, alias Gabriela Mistral, nació un 7 de abril de 1889 en Vicuña, Chile y murió de cáncer, hace 60 años, un 10 de enero de 1957 en Hempstead, Nueva York.

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Fotografía: Archivo Central Andrés Bello.

Poeta, maestra revolucionaria y pensadora, única mujer hispanohablante que ha recibido el Premio Nobel de Literatura (y la primera en ganarlo en América hispana) vino a México en 1922 invitada por el entonces secretario de Educación Pública, José Vasconcelos.

En el artículo “Gabriela Mistral, la maestra del Valle del Elqui” (Suplemento Cultural Sábado del periódico Unomásuno, octubre de 1988) el escritor chileno Waldemar Verdugo Fuentes recuerda estas vívidas e inspiradoras palabras de José Vasconcelos (tomadas a su vez, del libro Un filósofo y dos poetas en la encrucijada de Augusto Iglesias, Clásica Selecta, 1967):

Desde la costa, Gabriela vino en ferrocarril hasta esta capital. A la estación acudió a recibirla una verdadera multitud organizada por la Secretaría de Gobierno. Entre algunos de los que fueron, recuerdo a Diego Rivera, a Roberto Montenegro, a Alfonso Reyes, seguidos éstos y los otros intelectuales que formaban el grupo directivo, de toda una legión de poetas, pintores y artistas, seguidos de un sinnúmero de niños y niñas de las escuelas públicas de México. Gabriela fue portada casi en hombros hasta su automóvil, dirigiéndose al hotel que hoy se llama Génova (…). Allí pudo descansar… Pero al otro día, temprano, se presentó al Ministerio a pedir instrucciones y comenzó a trabajar (…).

Se iniciaba entonces la campaña llamada de los Maestros Misioneros, los cuales acudían a los poblados más remotos a enseñar no sólo al analfabeto sino a redimir a sus educandos con el ejemplo, virtud e inteligencia, aplicados éstos a las circunstancias de la vida diaria. Este fue el empleo escogido por Gabriela. Y desde entonces, pasando temporadas cortas en la capital, dirigía sus actividades por distintos rumbos del país (…). Dedicábase, por las tardes, a leerle a la gente el periódico, desde su púlpito: un banco de la plaza… Esto provocaba polémicas, establecía relaciones y creaba amistades, entre el maestro y la población. De allí venía el pedido de libros, la fundación de una pequeña biblioteca y todo lo que puede hacer una persona bien preparada y bien intencionada, para levantar el nivel moral de la gente.

Durante esa estancia en nuestro país, además de recorrer pueblos y abrir bibliotecas, también reescribió en verso, por invitación de Vasconcelos, cuatro cuentos clásicos: Caperucita Roja, La Cenicienta, Blancanieves y La Bella Durmiente del bosque.

Este último lo publicó por primera vez el 14 de julio de 1928 en el diario “El Gráfico” de Bogotá, y está inspirado en la versión que escribiera en 1697 Charles Perrault.

En el poema de Mistral, poblado de suspenso, asistimos a un banquete de palabras elegantes, que degustamos con “cubiertos de oro puro”, al ritmo de una orquesta de arpas con “cien músicos”, en un palacio con fuentes y “jardines intactos”.

El escritor e investigador chileno Manuel Peña Muñoz, gran estudioso de Mistral, explica en un comentario crítico incluido en La bella durmiente del bosque (Amanuta, 2012) que el cuento está lleno de maravillas: un lenguaje que mezcla los brillantes con el paisaje rural del Valle del Elqui, la invención de palabras como “gluglutear” y dos detalles muy originales y adelantados para su tiempo: la inclusión intertextual de un personaje de otro cuento clásico (enseguida verán de quién se trata) y la mención metaliteraria que la autora hace de ella misma cuando se duermen todos en el palacio: “se durmió la que lo cuenta”. 

Pero la que lo cuenta, Lucila, despierta y termina los versos. Gabriela duerme, se quedó en ese sueño hace ya 60 años. Pero si alguien la lee, ella, por un instante, “desabrocha” sus párpados.

Sirva entonces esta entrada, y la lectura de este precioso poema, para recordar a esa gran soñadora, niña solitaria, inigualable creadora y escritora de todos.

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Ilustración de Carmen Cardemill para La bella durmente del bosque, Amanuta, 2012.

 

LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE

Gabriela Mistral

Hace tantos años, tantos años
que imposible es el contar,
que de dos reyes nació un día
una niña divinal.

Era linda, linda como
si no fuese de verdad;
era hermosa como un sueño
que de hermoso hace llorar.

Al bautismo de la Infanta
el rey quiso convidar
a las hadas, que reparten,
como harina, el bien y el mal…
Siete hadas se sentaron
al feliz banquete real.

Cada una de las siete
entregando fue al entrar
una rara maravilla
que traía en el morral.
Y una trajo la armonía,
otra la felicidad,
una el don de hacer la danza,
otra el don de hacerse amar,
una el volverse pájaro,
otra el don de atravesar
las montañas y los mundos,
cual la abeja su panal.

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Ilustración de Carmen Cardemill (Amanuta, 2012, Ediciones Castillo, 2015).

En la mesa recibieron
para hincarlo en su majar,
un cubierto de oro puro
con diamantes de cegar…
Cuando apenas se sentaban,
golpeó otra comensal:
era una hada, vieja y fea,
con hocico de chacal.

Se sentó a la mesa y dijo:
–Me olvidasteis como al Mal,
pero vine aquí a traeros
la genciana del pesar.
La princesa tendrá todo:
cielos, naves, tierra y mar,
pero un día entre sus manos
con un huso jugará.
Y la dueña de la Tierra
con el huso más banal,
en el brazo de jazmines
se dará golpe mortal…

Las siete hadas se quedaron
blancas, blancas de ansiedad;
tembló el rey como una hierba
y la reina echó a llorar.

Las macetas sin un viento
todos vimos desojar;
los manteles se rasgaron
y se puso negro el pan.

Pero una hada que era niña
levantó su fina voz:
era una hada pequeñita,
se llamaba Corazón.
–Hada fea, turba fiestas,
rompedora de canción,
nos quebraste la alegría,
y yo quiebro tu traición.
La princesa será herida,
mas, por gracia del Señor,
va a dormir por cien años,
hasta la hora del amor.
Para que cuando despierte
no se llene de terror,
que se duerma el mundo todo
al callar su corazón…

El rey hizo que buscaran
entre lana y algodón,
cuantos husos estuvieran
hila que hila bajo el sol.

Recogieron tantos, tantos,
que una parva se vio alzar.
Pero se quedó escondido
el de la Fatalidad.

Fue creciendo la princesa
más aguda que la sal,
más graciosa que los vientos
y tan viva como el mar…
La seguían cien doncellas
como sigue al pavo real
el millón de ojos ardientes
de su cola sin igual.
La seguían por los ríos
si bajábase a bañar,
la seguían cual saetas
por el aire de cristal…
Ningún huso hilaba lana
en el reino nunca más.
Uno hilaba en el palacio,
invisible como el Mal.

La princesa una mañana
en el techo oyó cantar,
y subió siguiendo el canto,
y llegando fue al desván.

Una vieja hilaba en suave
lana blanca, el negro Mal,
le pidió la niña el huso,
el de la Fatalidad.
La mordió como una víbora
en el brazo. Y no fue más…
La princesa cayó al suelo
para no volverse a alzar.

Acudió la corte entera
con rumor como el mar.
La pusieron en su lecho
y empezó el maravillar.

Se durmió la mesa regia,
se durmió el pavo real,
se durmió el jardín intacto,
con la fuente y el faisán;
se durmieron los cien músicos
y las arpas y el timbal:
se durmió la que lo cuenta,
como piedra y sin soñar…
Al salir de su palacio
el monarca, se durmió
todo el bosque palpitante
extendido alrededor.

Y pasaron los cien años;
un rey y otro más subió.
La princesa se hizo cuento,
como el Pájaro hablador.
A aquel bosque negro, negro,
hombre ni ave penetró:
lo esquivó Caperucita
santiguándose de horror…

Va ahora un príncipe de caza
(todo rey es cazador).
Orillando pasa el bosque
que está mudo como un dios.
Se desmonta tembloroso
y pregúntale a un pastor
lo que esconde el bosque erguido
con el olor de maldición.

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Ilustración de Carmen Cardemill (Amanuta, 2012, Ediciones Castillo, 2015).

Y el pastor le va contando
embriagado de ficción,
de la niña que ha cien años
en su lecho se durmió.

Y entra el príncipe en la selva
que se entreabre maternal…

Le detiene un alto muro
y lo logra derribar;
le detiene una honda estancia
de apretada obscuridad;
atraviesa la honda estancia,
toca un lecho y busca más…
Y detiénele el prodigio
de la niña fantasmal.

Duerme blanca cual la escarcha
que se cuaja en el cristal;
duermen alma y cuerpo en ella;
derramada está la paz
en las sienes sin latido,
en la trenza sin tocar,
y en el párpado, que cae,
puro sueño y suavidad…

Y él se inclina hacia el semblante
(ya ni puede respirar).
Y su boca besa la otra,
pálida de eternidad,
y las rosas de la vida
entreabriendo suaves van…
Y los párpados se alzan,
¡qué pesados de soñar!,
y los labios desabrochan
y diciendo lentos van:
–¿Por qué tanto te tardaste,
¡oh, mi príncipe! en llegar?

Con el beso despertándose
el palacio entero está:
se despierta la marmita
y comienza a gluglutear;
se despierta y va extendiendo
su abanico el pavo real;
se despiertan las macetas
con un blando cabecear;
se despiertan los corceles,
se les oye relinchar
y se uncen anhelantes
a carrozas de metal;
se despierta en torno el bosque,
como se despierta el mar;
se despiertan los cien guardias,
y comienzan a llegar
las doncellas junto al lecho
con el ruido sin igual
con que gritan las gaviotas
cuando empieza a alborear…

La princesa le da al príncipe
de cien años el amar,
las miradas de cien años,
anchas de felicidad.
Y la mira y mira el príncipe,
y no quiere más cerrar
sus dos ojos sobre el sueño
que se puede disipar.

Y las fiestas siguen, siguen;
son como una eternidad,
y ni ríndense las arpas,
y ni rómpese el timbal…

 

PARA LEER A MISTRAL

Recomendamos la colección de cuatro libros publicada por Amanuta en 2012, uno de ellos, La bella durmiente del bosque, editado en México por Ediciones Castillo en 2015; la reciente antología para jóvenes, preparada por Ana Garralón, La lluvia lenta (SM); los Poemas de las madres, ilustrados por Cecilia Alfonso Esteves (Quilombo Ediciones, 2015) y la serie Reino animal de Pehuén. 

 

MÁS SOBRE LA POETA

Para saber más de Mistral, Fundación La Fuente recopiló aquí varios ensayos imperdibles: Especial: Gabriela Mistral a 70 años del Premio Nobel  

 

Fotografía de portada: Archivo Central Andrés Bello.

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3 Comentarios »

  1. Adolfo, es precioso, qué manera mas deliciosa de leer la bella durmiente.
    Se consiguen los libros recomendados aqui en Mexico?
    Gracias!

    • Hola, Mariana, sí, algunos sí se consiguen. Los de Amanuta (en la librería de A Leer IBBY México en CDMX) y el de Ediciones Castillo. Es decir los primeros cinco de la galería de fotos. El resto, sólo en ferias o pidiéndolos a las editoriales. ¡Un abrazo!

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