Observan el libro, pasan las páginas. Ojos arriba y abajo por las ilustraciones. Dicen el nombre de un personaje, bajito, para sí mismos. Leen, escuchan lo que les leen. Quieren detenerse allí, en ese diálogo. Vuelven, páginas atrás. Van hacia el final, preguntan, guardan silencio, mueven el cuerpo. Otra vez. Observan…

Y Florencia Gattari con ellos. Lee y los acompaña a lo largo de un libro, escritora y observadora sensible a esos momentos donde lo más simple y poderoso se revela: las experiencias reales de niños con libros.

Florencia nos comparte, en cuatro pequeñas anécdotas, cuatro instintos lectores. No busca respaldar ninguna teoría de recepción lectora (aunque, sin duda, mucho ejemplifican estas historias), comparte lo inesperado, nos llena de los misterios que ella misma ha atestiguado.

Leí dos de estas anécdotas, conmovedoras y enigmáticas, en el imperdible blog de Florencia e inmediatamente le escribí para ver si podíamos publicarlas aquí. Agregó dos más, una con su propia hija. Son cuatro gestos, cuatro rasgos que dan forma a ese lector, hecho de muchos humores y muchos secretos, del que se teoriza y se explica y para el que se “planean” libros, pero que, como queda demostrado aquí, es imposible descifrar. Ello resulta, dice Florencia, una condición tan deseable como transformadora.

Ilustración de Quint Buchholz.

Un cálculo imposible

por Florencia Gattari* 

 

Llamo transformación silenciosa a una transformación que se produce sin ruido, y por lo tanto de la que no se habla. Su imperceptibilidad no es la de ser invisible, porque se produce ostensiblemente, ante nuestros ojos, pero no se advierte. (…) En la naturaleza, no oímos a los ríos cavando su lecho o a los vientos erosionando las montañas, pero ellos dibujaron poco a poco el relieve que tenemos ante la vista, y forman el paisaje.

François Jullien [1]

 

1. Leeme otra vez 

La escena sucede hace unos años en un hospital público. Somos algunos grandes y muchos chicos en un taller de juegos. Hay gente jugando a la pelota, saltando al elástico, dibujando. Yo estoy cerca de los libros. Un chico se arrima, debe tener unos ocho años. Agarra un cuento y me dice “Leeme”. El cuento se llama Miedo [2], y es de Graciela Cabal. Entonces yo leo la historia de un nene que tiene mucho miedo, muchos miedos. Que va con miedo hasta la plaza, para darle el gusto a su mamá, y en la plaza se encuentra con que alguien le está pegando a un perro. Un nene que, sin saber qué hacer, con miedo y todo, se para al lado del perro. En silencio. Y logra que la otra persona se vaya. Pero entonces el perro sigue al nene, y el nene tiene que plantearle a su mamá: “No es de nadie, ¿lo llevamos?”. La mamá dice que no pero el nene está decidido. Y se lo llevan. El perro, una vez que llega a la casa, se come todos los miedos uno por uno. Entonces el nene de este cuento ya no tiene miedo, tiene perro.

Al final de la lectura, el chico que eligió el libro busca una página y me pide que lea de nuevo. Una vez. Dos veces. Muchas. “No es de nadie, ¿lo llevamos?” Yo no entiendo y no importa. Leo. Cuando el taller termina, la persona que lo trajo comenta que ese chico y su hermana están en proceso de guarda con fines de adopción.

2. Diferencias

Una nena que debe tener seis o siete años y está muy enojada con su madre, se pone a leer Choco encuentra una mamá [3], de Keiko Kasza. Esta es la historia: hay un pajarito que no tiene mamá y decide buscar una. Le pregunta a la jirafa si puede ser su mamá porque es amarilla como él, pero la jirafa le dice que no porque no tiene plumas. Les pregunta a una morsa y a una pingüina: tampoco son lo suficientemente parecidas. Choco está triste. La señora oso le ofrece que ella podría ser su mamá, pero Choco ya sabe cómo son las cosas y le explica que no, porque la señora oso no tiene plumas, ni es amarilla, ni nada. Ella entiende el punto, aunque igual lo invita a comer torta de manzana con sus otros hijos. Cuando Choco llega a la casa de la señora oso, ve que sus otros hijos son un hipopótamo, un cocodrilo y un chanchito. Y se queda a gusto en esa familia que lo recibe.

El librero que me lo vendió dijo en su momento: “Lo llevan mucho para trabajar la adopción”. La nena con la que leo, en cambio, me dice: “Este es un libro sobre por qué las hijas son diferentes de las mamás”.

3. Un caballo con anteojos

Durante algunos meses leí una vez por semana Del Topito Birolo y de todo lo que pudo haberle caído en la cabeza [4] con un chico que tenía seis años. El protagonista del cuento es un topo al que le cae un oloroso regalo encima, y que se dedica a recorrer la zona estudiando las cacas de muchos otros animales con la esperanza de saber “quién se hizo eso en su cabeza”.

Más allá de la diversión de nombrar y mirar cacas, este chico estaba interesado en que el caballo Chuy usara anteojos igual que él. De hecho, lo que hacíamos con el libro era algo que él llamaba “jugar al cine”. El juego empezaba cuando cerraba la persiana para oscurecer el lugar y encendía una lámpara de pie. Se sentaba en el sillón y yo, siguiendo sus instrucciones, me ponía detrás de él, fuera de su vista, pero sosteniendo el libro delante de sus ojos. Después leía en voz alta mientras él seguía las líneas con el dedo. Toda una coreografía de cosas visibles y escondidas, hasta el mejor momento que llegaba siempre con la aparición de Chuy: “un caballo con anteojos, cool”, decía muchas veces mi compañero de cine.

4. Corriente alterna

Escribí estas situaciones de lectura hace un tiempo para sumarme al reclamo de los vecinos de Parque Patricios, cuando el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió reducir la biblioteca infantil Enrique Banchs y construir un bar en ese predio. Quería contar lo que cae de maduro: que es todo al revés de lo que están haciendo, que hay que agrandar las ocasiones de encuentro entre libros y niños. No achicar, no achicarse. Tristemente, esa discusión sigue en pie.

Ahora, mientras retomo estas líneas, mi familia y yo estamos de vacaciones. Traje una pila de libros para chicos, nuevos y vistosos, para trabajar tranquila en las sierras. Mi hija de siete años los mira y pasa de largo. Pero encontró en la biblioteca de la casa donde estamos un volumen en tapa dura de las historietas de Maitena Mujeres alteradas [5] y no lo soltó desde que llegamos. Hace unos días visitamos una librería donde le mostré cómics para chicos. “Están buenos, me dijo, pero prefiero mi libro”. Y volvió a Maitena. Yo no sé qué busca y no sé qué encuentra ahí, pero ese ha devenido su libro. Además, está convencida de que el título de lo que lee es “Mujeres alternadas”.

Lo que trato de decir es que no se sabe muy bien lo que pasa entre un libro y un chico, de la misma manera que no sabemos los adultos qué nos va a pasar con lo que empezamos a leer cada vez. Es la suerte que tenemos: no se pueden programar las resonancias, las emociones, el lugar de lo nuestro que será interpelado por la voz de lo otro que habla en unas páginas. Por eso un libro que alguien recetaría para superar los miedos puede ser, para un lector, una historia de adopción; otro que trabaja sobre la adopción puede resultar, para una lectora, una historia sobre las diferencias, y el que todos llamamos “el topito Birolo” puede llamarse para un niño en particular “el del caballo Chuy”, verdadero e ignorado protagonista de la historia de los anteojos. Y entonces habrá tantos libros como lectores. Hermoso.

La lectura se despreocupa de todas las lógicas del cálculo y la rentabilidad: no discute, solo habla en otro idioma. Yo creo que es un idioma de paciencia, de imponderables, de transformaciones silenciosas: me gusta pensar eso. 

Ilustración de Quint Buchholz para El libro de los libros, Lumen.

[1] Jullien, François, Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2013.

[2] Cabal, Graciela (texto) y Hilb, Nora (ilustraciones), Miedo, Sudamericana colección Los Caminadores, Buenos Aires, 1997.

[3] Kasza, Keiko, Choco encuentra una mamá, Norma colección Buenas Noches, Buenos Aires, 2007.

[4] Holzwarth, Werner (texto) y Erlbruch, Wolf (ilustraciones), Del Topito Birolo y de todo lo que pudo haberle caído en la cabeza, traducción de Francisco Morales, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1991.

[5] Maitena, Mujeres alteradas 1- 2- 3- 4- 5, Sudamericana, Buenos Aires, 2006.

 

*Florencia Gattari nació en Buenos Aires en 1976. Es Licenciada en Psicología (UBA) y actualmente se dedica al psicoanálisis y a la escritura. En 2007 ganó el premio El Barco de Vapor de Argentina por su novela Posición adelantada. A partir de allí publicó otros títulos que han llegado también a Colombia, Chile, Ecuador, México, Panamá, Uruguay y España. Recientemente su libro Historia de un pulóver azul fue Destacado de Alija como mejor cuento infantil 2016.

 

Imagen de portada de Quint Buchholz.

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2 Comentarios »

  1. Excelente!!! Me parece que lo que hace Florencia no es lectura sino ENTREGA de un libro. Detras de la lectura muchas veces se puede chispotear la docencia. Solo detrás de la entrega un chico puede apoderarse de un texto, darle sentido. SU SENTIDO. Y sólo se logra con ACTITUD DE ENTREGA

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