Igual que Rudyard Kipling o Beatrix Potter, Alicia Molina, una de las voces pioneras de la literatura infantil en México, empezó a escribir para niños para complacer a una niña en particular. No pensaba publicar un libro, sólo divertir a su hija Ana con un cuento. Pero Ana queda tan fascinada con la historia de Camila, el duende y el agujero negro que decide sacarle fotocopias y regalársela a sus amigas. Entonces comienza el efecto dominó que hará que ese cuento se convierta en uno de los más queridos (y vendidos) en la historia de la LIJ mexicana.

Una tarde, hace más de 25 años, Ernestina Loyo invita a comer a Daniel Goldin a su casa. Están trabajando juntos en una nueva colección de libros que revolucionará el panorama editorial de aquel momento. Hay una invitada más en la comida. Una niña, Alejandra Montemayor, sobrina de Ernestina. ¡Es una de las amigas de Ana! Tiene las fotocopias en las manos. Ella también quedó fascinada con Camila y el duende, tanto, que les cuenta ahí mismo la historia a su tía y al amigo de su tía. Los dos adultos escuchan atentos a Alejandra, la ven tan emocionada que intercambian miradas, parece justo lo que necesitan para cerrar su proyecto. Y es perfecto que sea de una escritora mexicana, pues sólo contaban con un libro de Pascuala Corona en su selección.

Daniel Goldin no tarda en contactar a Alicia Molina. 

Y poco después El agujero negro está listo para integrarse a la primera serie de libros de la colección “A la orilla del viento” del FCE. Desde entonces (1991) se han realizado 18 reimpresiones y tres reediciones del libro, y se han vendido cerca de ¡85 mil ejemplares!

Los lectores se encariñaron tanto con las aventuras de Camila, que Alicia terminó escribiendo una trilogía. Vino después El zurcidor del tiempo, seleccionado en la Lista de Honor de IBBY, que reúne anualmente una selección de los mejores libros publicados a nivel mundial, y La noche de los trasgos

Empezó con el deseo de hablarle a una niña, hacerla feliz con una historia, igual que Kipling a sus hijos o Potter al hijo de una amiga, y al querer hablarle a una niña le habló a miles. 

El agujero negro fue el primer libro de Alicia Molina, y hace unas semanas presentó el más reciente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: La magia de Azul (Ediciones SM, 2017. Mención Honorífica del Premio Barco de Vapor 2017). Tuve el honor de acompañarla, y comparto aquí el texto que leí entonces. La autora demuestra en esta novela que, igual que en sus inicios, sigue siendo cómplice de los lectores. La idea surgió luego de que uno de sus nietos, Rulo, le pidiera que inventara una historia para su pelotita azul. “¿Y qué poderes especiales podría tener esa pelotita”, le preguntó Alicia mientras iban el auto. Rulo empezó a contarle y Alicia a escribir.

 

La magia de Azul o el arte de Alicia Molina para hipnotizar al lector

Acto de apertura

El día menos pensado, hace nueve años, estaba sentado en un café entrevistando a Alicia Molina. Trabajaba en el periódico Reforma y había propuesto una sección de entrevistas a escritores en el semanario infantil “Gente Chiquita” llamada “Entralee”. Tuve claro desde el principio que tenía que entrevistar a Alicia. Había leído de niño El agujero negro, uno de los ya clásicos de la literatura infantil mexicana, y me moría de ganas de conocerla en vivo.

Primero, intenté entrevistar a Jaime, el protagonista de su último libro en aquel momento, un niño que El día menos pensado (Nostra Ediciones, 2008) y por impresionar a la niña que le gusta, cambia su rutina y crece en la aventura. Luego entrevisté a Alicia, fue una entrevista breve, porque la esperaban otros medios, pero entrañable. La recordé siempre. Aquella vez, le pregunté qué había querido decirle a los lectores, qué había detrás de la historia. Esta fue su respuesta:

“Quiero que los niños descubran más sus sentidos. La vista es tan rica que terminas por no hacer caso de los otros. Fíjate cómo es que, cuando quieres escuchar bien o saborear algo, cierras los ojos. También quiero mostrar que más allá de las diferencias hay cosas esenciales para todos; somos distintos, pero somos iguales. La independencia que quiere Jaime la buscan todos los niños”.

Eso es lo que sigue diciéndonos Alicia Molina, que miremos con los ojos cerrados y con todo nuestro asombro.

Vuelvo al presente, este día en la que gracias a La magia de azul vuelvo a encontrarme con Alicia. Y encuentro en ese libro una gran metáfora de su trabajo como escritora, algo a lo que volveré al final de mi texto, y sobre todo una profunda conexión con los intereses de los niños y niñas. Alicia es una escritora, igual que Jaime, con mucho tacto; cómplice de los duendes, como Camilia; y de los magos, como Mateo, es cómplice de esos personajes para ser cómplice de sus lectores.

Por eso Mateo, el protagonista de La magia de azul, le confiesa al lector que jamás le contará a su mamá que le hace más caso a una pelotita mágica que a ella que “usó toda clase de estratagemas, premios, promesas y trucos para educarme y no pudo”.

Azul es una pelotita de las que salen de esas esferas transparentes cuando uno hecha una moneda. Poco a poco, Mateo se da cuenta que Azul tiene un impulso propio que lo ayuda a poner más atención en la vida, a encontrar cosas y a prevenir accidentes. Ella bota y bota señalándole lo que debe mirar, ya sea que su bisabuela esté a punto de tropezar o incluso dónde fue a parar un objeto perdido o, y aquí surge la tensión en la novela, el lugar en el que “quedó la bolita” en un juego de magia. Sharakabán, un joven mago, ilusionista, prestidigitador, que Mateo conoce en la fiesta de un amigo, es célebre pues le ha ganado al público el famoso juego “dónde quedó la bolita” 10 mil 877 veces. Hasta ese día, en el que Mateo lo vence pues Azul le indica dónde quedó la bolita. A partir de entonces, Sharakabán, mago que ya desde el fantástico nombre parece llevar el conjuro, hará lo imposible por apoderase de Azul.

Hasta ahí el argumento. Luego entrarán en escena muchos otros personajes inolvidables que ayudan a Mateo: su hermano mayor, Luis, que hace un particular tipo de magia: buscar todas las respuestas en google; el gato de la familia, Ramón, quien ha desarrollado un filosofía especial sobre los distintos tipos humanos que existen; y la gran bisabuela de Mateo, la Bisa, quien practica Tai Chi, usa una libretita roja como “memoria externa” para no olvidar nada y es miembro de un club de patafísicos. De ella, Mateo aprende que “lo extraordinario aparece o desaparece en todo momento, un buen patafísico debe aprender a observar y mantenerse atento”.

O bien: “En Patafísica lo importante no son las respuestas, sino las preguntas, porque ellas son las que disparan la imaginación. Las respuestas, hasta las más tontas, suelen servir para adormecer nuestra capacidad de inventar, inferir y soñar”.

Aunque las sesiones de los patafísicos suelen terminar cuando la mayoría se quedó dormido en la silla (esta es una novela con un sutil y bien logrado sentido del humor), Mateo aprenderá mucho de esos silencios.

Ilustración de Teresa Martínez.

 

Acto de magos

En diciembre de 1872, hace 145 años, en las nevadas calles de Copenhague, los voceadores venden un calendario para recibir el año nuevo que incluye un cuento del ya célebre Hans Christian Andersen. Un cuento tan singular como divertido, muy distinto al resto de su obra, titulado “La pulga y el profesor, una aventura”. En él un mago que se hace llamar “profesor”, apenas pasable en las artes de la prestidigitación y la ventriloquia, realmente cobra notoriedad gracias a una pulga bien entrenada que le hereda su mujer (antes de dejarlo). Con la pulga, el profesor recorre el mundo hasta que llega al País de los Caníbales donde una princesa querrá quitarle a su compañera de escena… ¡para casarse con ella! Pero con un gran truco de magia, el profesor engaña a los caníbales, salva a su amiga la pulga y escapan juntos en un globo aerostático.

Sus trucos recuerdan a los de ese otro mago que llegaría unos 30 años después desde el país de Oz. Que aunque parece un gran charlatán, termina dándole a Dorothy la clave para regresar a dulce hogar.

A esta estirpe de magos clásicos, los que maravillan con mecanismos invisibles y desapariciones inexplicables, y no a los parientes de Gandalf o Harry Potter, pertenece Sharakabán, el mago en La magia de azul.

Una de las maravillas de esta novela es que recupera al mago clásico en un escenario olvidado: el del circo. Asistiremos a un fantástica función circense en el que se revelará la solución al conflicto entre los personajes. Pero ese sólo hecho, estar en el circo, ya es motivo de placer y de interés para el lector.

Están también, claro, las divertidas e iluminadas ilustraciones de Teresa Martínez. Además de dos poderosas voces narrativas, una en primera persona, la de Mateo, y otra en tercera, la que cuenta todo lo que Sharakabán trama para apoderarse. Una y otra voz se van complementando con verdadera magia y riqueza de recursos literarios que hacen que leamos y leamos ansiosos por revelar el acto final. 

Y aquí va el mío.

Ilustración de Teresa Martínez.

Acto final

Para mí, la magia de Azul es la magia de encontrarse con el otro, quizá la única magia de la que verdaderamente son capaces los libros, y al mismo tiempo, quizá, la más importante: la de ser capaces de vernos en el otro. No distintos a él, no nada más “tolerantes” sino el otro.

Mateo observa el mundo y se pregunta, y nunca parece ver en el mago Sharakabán a un enemigo. En realidad, Mateo se da cuenta que el mago no es tan diferente a él. No deja de fascinarse por sus malabares y equilibrismos, por su habilidad en el trapecio, sus trucos y hasta su poder de hipnosis…

En la escena final en el circo, Mateo pasa con Sharakabán al centro de la pista y allí él lo hipnotiza para intentar arrebatarle a Azul. A Mateo le parece gracioso ver al mago con turbante y cara de concentración, y dice: “Estuve a punto de reírme, pero me aguanté porque me daba pena hacer quedar mal a Sharakabán delante de tanta gente en esa que había sido su noche de gloria”.

En este gesto está un gran acto de humanidad, al que nos conduce Alicia con sus historias: ser el otro.

Y quisiera retomar, para concluir, un momento que me parece describe a la perfección lo que Alicia hizo con La magia de azul y lo que hace como escritora.

Sharakaban en la pista, le dice a Mateo: “Sientes que todos los ruidos se apagan lentamente… las luces se suavizan… el público a tu alrededor se hace borroso… solo escuchas mi voz… el cuerpo te pesa… los brazos y piernas parecen de plomo… no tienes fuerza para moverlos… tu cabeza en cambio está muy despejada… respiras hondo acompasado te estás sintiendo muy bien… muy bien”.

Esto es lo que Alicia Molina provoca en nosotros y por eso Mateo, como el lector, responde: “Me empecé a sentir bien… muy bien.. respiraba hondo.. acompasado… el cuerpo me pesaba… brazos y piernas parecían de plomo… el público alrededor se había hecho borroso… las luces se suavizaban… los ruidos se apagaron lentamente…”.

Gracias, Alicia, por hacernos sentir desde hace tanto, hipnotizados por tus palabras, profundamente conmovidos por tus historias y, por un momento, magos.

Ilustración de Teresa Martínez.

 

Ilustración de portada de Teresa Martínez.

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3 Comentarios »

  1. Adolfo , ¡Excelente reseña! , quiero salir a comprarlo , este libro tiene 3 magos Alicia, Sharakaban y tú , que aún con la prisa mañanera, no pude dejar de leer la entrada, cada quién hace magia desde su lugar, ahora me toca hacerla a mi con los niños, abrazos por montones para ti!!!

    • Marcia querida, mil gracias por tus palabras. La verdad es que es una novela muy bonita que hace que uno quiera escribir. Dices bien lo de la magia de cada quien porque todo lo que tú haces en la escuela es admirable. Muchas felicidades por esa diaria labor de conectar vidas y libros. Abrazo enorme.

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