Una muerte y un ritual. Pero primero un sueño y un viaje. Una ardilla duerme tranquila en su árbol hasta que la sacuden unos golpes tan fuertes que la despiertan. Nadie la golpea, ha sido sólo un sueño, la selva sigue en calma, pero ella no. Cuando le cuenta a su amiga la cigarra la sensación de golpes que ha tenido en el sueño, ella le dice que eso debe anunciar algo terrible y que sería mejor que se fuera lejos de ahí. La ardilla emprende entonces un viaje, la cigarra la acompaña pero, al huir, terminará alcanzando su destino.

Un relato en tono oral, de tradición maya, pero enmarcado en esa temática, común entre tantas culturas, de los sueños premonitorios, del sueño asociado a la muerte y del encuentro con el destino cuando se quiere escapar de él.

El giro original, en un libro destinado a un lector infantil, es el rito funerario que una serie de animales termina realizando para uno de los personajes. La estructura acumulativa, de personajes que se van sumando uno a uno al relato, clásica en la LIJ, se renueva aquí porque el motivo que los convoca es un velorio.

Dice la especialista francesa Joëlle Turin que hay ciertos temas sobre los que los niños necesitan leer para crecer, uno de ellos tiene que ver con las “grandes preguntas”, como las que implica la muerte. ¿Qué es? ¿Por qué llega? ¿Qué hacemos frente a ella?

Los animales en La ardilla que soñó /Le ku’uk wayak’naje’  (Ideazapato, 2013) elaboran una especie de ritual de despedida que, desde la mirada maya, entendemos que tiene una carga menos dramática. Lo corroboramos con lo que el zopilote, uno de los personajes que asiste al funeral, decide hacer con el cadáver…

La anécdota recuerda ese otro gran libro Tantos animalitos muertos de Ulf Nilsson (Castillo, 2008) en el que un grupo de niños abre una agencia funeraria para animales o Querido pájaro de María Baranda y Elizabeth Builes (Ediciones El Naranjo, 2016) en el que un abuelo y su nieto preparan el entierro de un pájaro que el niño ve morir: “Abrí los ojos y vi que de lo alto del cielo caía rapidísimamente un hermoso pájaro negro con las alas un poco tornasoladas. Sentí un frío que me paralizó los huesos. No logré mover ni siquiera un dedo. Sólo miré lo que tenía delante, justo a mis pies: un hermoso pájaro negro que alzó el cuello, me miró directo a los ojos, echó las alas hacia atrás, y dio su último suspiro”.

El niño de Querido pájaro vacía una caja de tesoros que tiene, le coloca algodón como si fuera una cama, echa polvo de polilla para hacerla aún más tersa y, con el pañuelo y la ayuda de su abuelo, coloca al pájaro con las alas hacia atrás y el pico hacia el lado derecho dentro del pequeño ataúd. Luego cubre al pájaro con una telaraña. Cierra la caja, la amarra con tres ligas azules y con varas secas forma una cruz. Cavan un hoyo, “hondo muy hondo”, dice el niño, “para que llegue hasta los mares lejanos”, y, finalmente: “Ahora di algo”, le pide el niño a su abuelo. “Te deseamos que descanses en paz”. Echan el último montoncito de tierra y se quedan callados un rato.

¿Podemos entender la muerte como una especie de tesoro? ¿Los rituales para decir adiós hacen más llevadera la partida de alguien querido? ¿Nos ayudan a aceptarla?

Algunos padres creen que es mejor evitar que los niños lean sobre estos temas, quieren “protegerlos”, pero, al hacerlo se pierden una parte de su crecimiento, dejan de acompañarlos en las dudas que los atraviesan. Igual que en el cuento de la ardilla, para los niños, la muerte tiene un sentido menos trágico, más lúdico. Juegan a que mueren y reviven, los escuchamos decir: “Ya te moriste”, “Ya te maté”, “No me mates”.

En La ardilla que soñó, además, hay un reflejo de toda una cosmogonía -y tradición originaria de la literatura infantil- en la que se cuentan relatos protagonizados por animales no sólo como una alegoría del propio mundo humano, sino también para estrechar un lazo con el mundo natural y recordarnos, que, en realidad, no estamos separados de él.

La ilustración digital, de Víctor Manuel García Bernal, con espacios amplios para los personajes de gestos solemnes, colores delicados y formas amigables, suaviza la anécdota. La ardilla que soñó / Le ku’uk wayak’naje’ está narrado en español por Marcos Núñez Núñez, y en maya por Hilario Chi Canul, una edición bilingüe que siempre se agradece en México. No es de extrañarse, viniendo de una editorial como Ideazapato, comprometida de principio a fin en realizar proyectos en los que las historias bien contadas e ilustradas van de la mano de una sólida investigación. Uno atesora cada una de sus publicaciones. Esta ardilla con su sueño premonitorio y el ritual de despedida se suman a la colección.

 

 

Otros libros que dicen adiós

En 1981, Simone de Beauvoir publicó La ceremonia del adiós, uno de los textos fundacionales de la autoficción, su despedida de Jean Paul Sartre, la narración de los últimos días de vida con él como detonante para reflexionar sobre la muerte. Tan sólo un año después, en 1982, Paul Auster publicó La invención de la soledad, otra larga despedida hecha de palabras, esta vez para un padre. A medida que se ha reconocido a los niños y jóvenes como lectores que buscan en los libros una diversidad de emociones, estas materializaciones del duelo -conversaciones con el que se fue- van cobrando mayor presencia en la literatura que se publica para ellos. Los siguientes libros son una muestra de ello y una invitación para empezar ese camino que eventualmente los conducirá a los textos de Beauvoir y Auster. Entonces, quizá, regresen a alguno de estos y de tantos otros libros, que por primera vez les hablaron de la muerte y del adiós.

 

1. La tía Bertha

Felipe Márquez y Jefferson Quintana. Camelia Ediciones, 2014.

Un niño cuenta la vida de su tía Bertha, ascensorista de profesión y bibliófola que “hablaba quince idiomas, incluyendo fenicio, etrusco y arameo”. Subía y bajaba en horario corrido y así, siempre dentro del elevador, el sobrino nos narra algunos de sus recuerdos al lado de ella: “Solamente un día acarició mi cabeza, el día que cumplí seis años, sellando en mi frente las siguientes palabras: ‘Hijo mío, en la vida todo sube y baja inesperadamente. De pronto crees que estás en la planta baja y te encuentras en el piso 13”. El fino sentido del humor de Felipe Márquez, levemente negro al final del libro, es el mecanismo por medio del cual este autor atenúa el fallecimiento de la tía quien, simplemente, se queda “dormida” en su silla, “entre el piso 8 y el piso 7 del edificio Alcázar”, “con las obras completas de Whitman entre sus manos”. La cotidianidad con la que se muestra a la muerte provoca una sonrisa conmovida en el lector. El formato del libro, con el lomo en el costado superior, hace que pasemos las hojas hacia arriba y subamos y bajemos, nosotros también, por la alargada página-ascensor. Las líneas de texto, formadas como versos, se mueven de arriba abajo en la página y dejan espacios en blanco en páginas sin ilustraciones. Los collages de Jefferson Quintana vienen después, al subir cada página, en una mezcla de tiras de papel y recortes de objetos que reinventan el mismo escenario del elevador, con sus mismos personajes, cada vez, como si fueran un conjunto de creativas variaciones. Hacen justicia a la singularidad de esta adorable tía, salvada del olvido.

 

2. Historia de un pulóver azul

Florencia Gattari. Ilustraciones de Marina Zanollo. Edelvives, 2015.

Esta historia “se puede decir de dos maneras porque el ovillo tiene dos puntas: Nando tenía una abuela que se llamaba Elsa; o también: Elsa tenía un nieto que se llamaba Nando”. Con sencillez, cercanía y una prosa poética muy envolvente -en sintonía con el pulóver (suéter) azul- las autoras van tejiendo y destejiendo a los personajes. Hacen que nos encariñemos con Elsa y que luego la dejemos ir. Punto por punto (y la ilustración como contrapunto del texto), la sabiduría y el amor de la abuela, se quedarán en el pulóver, una herencia que Nando multiplicará cuando acepte prestárselo a su pequeña hermana. A ese motivo clásico en la literatura infantil, la partida de un abuelo, como en aquel álbum entrañable de Margaret Wild, Nana vieja, o el también inolvidable y más reciente Duraznos, de María Cristina Ramos e Irene Singer, se suma este azul: cálido y profundo.

 

3. Un hueco

Yael Frankel. Calibroscopio, 2016.

“Ella se fue y su partida se llevó algo mío”. Yael Frankel materializa la sensación de vacío que deja la muerte de un ser querido recortando una figura humana con un hueco en el centro. Convertir la metáfora en una imagen que la ilustra literalmente pareciera un recurso simple que, sin embargo, resulta muy poderoso. Ver el hueco en el cuerpo no sólo es un espejo simbólico eficaz; la forma en que la autora resuelve ese conflicto, sin rebuscamientos, es un alivio. El texto en primera persona pareciera un testimonio de supervivencia al dolor (guiño a El libro triste de Michael Rosen y Quentin Blake) que nos dice: algo físico sucede en el cuerpo cuando alguien se va y no queda más que acomodarse a esa nueva manera de sentirse, ver qué otros significados pueden llenar ese vacío. Aunque el duelo aquí se intuye adulto, la sugerente apuesta plástica de la autora lo hace accesible a primeros lectores. 

 

4. Los rojos camaradas

Ana Romero. Ilustraciones de Natalia Gurovich. Ediciones SM, 2015.

Esta conmovedora historia me pareció un poema en prosa. Una suerte de elegía, aunque más celebración de vida que lamento, de un niño para su abuelo. 

Lobo, así se hace llamar este niño narrador, nos habla con desenvoltura de su abuelo, Tomatías, recientemente fallecido. Se ha propuesto encontrarlo en otro sitio y, en compañía de su hermana menor, se lanzará a buscarlo.

Alguien como el abuelo debería haber sido nombrado de forma especial. Única. Un nombre que no existiera porque el suyo era tan aburrido como casi todos. Por eso yo lo llamaba Tomatías. Ahora ya no lo llamo porque de todos modos no me va a responder. Se murió y por más que digan que la reunión en mi casa es para despedirlo; por más que me expliquen de qué se trata un funeral y haya una cajota en el centro de la casa, rodeada por cuatro velas de pastel gigante; por más que le hablen y le platiquen al ataúd, Tomatías ya no está y ahora voy a tener que buscarlo.

La capacidad de Romero para crear una voz infantil que entrecruza con tanta fluidez un habla coloquial y un lenguaje poético es sorprendente. Aunque tienen tonalidades distintas, me recordó a la musicalidad de esa otra novela corta, Veladuras, de María Teresa Andruetto. Ambas se leen como si se escucharan… en un solo aliento, al oído, con la piel de gallina.

 

5. El bondadoso rey

Toño Malpica y Valeria Gallo. FCE, 2015.

León tiene un mejor amigo que se llama igual que él, León. Uno de los leones es un niño; el otro, un adulto. Van al parque, miran las constelaciones desde la azotea, se cuentan sus cosas hasta que, de pronto, impera un silencio: uno de ellos parte al espacio pues ganó un sorteo de la NASA. No, León no se traga ese cuento, pero la muerte de su amigo lo hará mirar otras estrellas desde su azotea. Un libro narrado con dos voces como si fuera la conversación de dos pensamientos, uno que refleja la mirada/interés/preocupación infantil y otro la adulta. Dice uno: León y yo lo compartimos todo. La recámara. Las caricatura en la tele. Las golosinas. Y como él ya está viejito y no hace nada en todo el día, dejo que me acompañe al parque a jugar. Para que no se aburra. Dice el otro: León y yo lo compartimos todo. El gusto por el béisbol. Por la música. Por las mascotas. Y puesto que él aún es pequeño y no tiene amigos, me veo en la necesidad de acompañarlo al parque a jugar. Para que no se sienta solo y para que no le pase nada. Este diálogo, juego de espejos en el que Malpica es experto, se extiende también con las emotivas ilustraciones y genera una tensión que resultará muy entretenida para los lectores. 

 

6. Los trenes nunca vuelven

Rogelio Guedea. Ilustraciones de Richard Zela. Ediciones Castillo, 2017.

Los padres de Abel no dejan de pelear, así que su abuelo decide llevarlo a vivir con él. Esto implicará entrar a una nueva secundaria en la que no se siente muy cómodo, extrañará a sus amigos y a su barrio, pero gracias a su guitarra, una nueva amiga y el cariño de sus abuelos, logrará sobreponerse. No obstante, cuando uno de sus abuelos muera, sin que nadie le explique siquiera qué pasó, él deberá elaborar su propio duelo y volver a su casa, ese lugar donde todos lo ignoran. Allí descubrirá su enorme capacidad de tener un mundo propio. 

Mientras leía esta novela me preguntaba qué tanto hablaría a los niños. La voz es la de un adulto que recuerda su niñez. Sabemos que esta fórmula no siempre funciona y que hablar sobre niños o recrear una infancia no garantiza interés de los lectores. Sin embargo, la prosa ágil y divertida de Guedea, llena de detalles, lo consigue, y con un final muy potente. Las ilustraciones de Zela parecen cuadros en pausa de una película de animación japonesa, con zonas en foco y otras que al difuminarse recrean también la imagen borrosa del recuerdo. Pocas veces he encontrado tan potentes unas ilustraciones en blanco y negro en una edición económica. Lo que demuestra una vez más que el gran formato y los laminados no hacen la obra.

 

7. Elvis nunca se equivoca

Rodrigo Morlesin. Ilustraciones de Satoshi Kitamura. Tusquets, 2016.

En pequeños momentos como fragmentos de un sueño, el perro Elvis nos cuenta su callejera vida -con todo y filosofía perruna- y cómo llegó a los brazos de la pequeña Ana. La voz es tan verosímil y la relación entre Elvis y Ana tan entrañable que realmente sorprende el destino de uno de los personajes y se antoja extender más tiempo esa amistad. Afortunadamente habrá un relevo, que no reemplazo, que ayudará al lector y a los personajes a reacomodarse. La voz de Elvis, se suma ya a esa jauría de perros que tanto ha fascinado a los lectores, desde Buck, de El llamado de lo salvaje de Jack London o Flush de Virginia Woolf; hasta Mago de Ladridos y conjuros de Verónica Murguía o Enzo de El arte de conducir bajo la lluvia, de Garth Stein; pasando, claro, por Cecil de Manuel Mujica Lainez o incluso cual reverso de Quiere a ese perro de Sharon Creech.

 

8. Una luz contra la guerra

Gonzalo Moure. Ilustraciones de Gabriel Pacheco. Norma Ediciones, Secretaría de Cultura, 2017.

En la preciosa novela Un loto en la nieve, Gonzalo Moure aborda la reencarnación desde la perspectiva de un joven que descubre la extraña conexión que tiene con un alpinista suizo al que le salva la vida y que, a su vez, está conectado con un valiente niño tibetano que se deja morir como acto de resistencia. Esta serie de encadenamientos vinculados a la muerte reaparece, aunque en un nivel menos metafísico, en el álbum Una luz contra la guerra. 

La pequeña Samira “empezó antes a contar historias que a escribir”. Luego su tía abuela, Nuha, la mujer sabia, le enseña a leer y a escribir y, a partir de entonces, escribe mucho, de madrugada, para ayudar a su madre en la casa y con el ganado durante el día. Todos leen después sus historias o las escuchan… hasta que un día la guerra la deja a oscuras, no puede escribir más. Será más adelante, a la luz de una lámpara de aceite que le regala Nuha, que Samira pueda volver a escribir. Lo hará como nunca y sin parar. Crecerá, se casará, la guerra volverá a arrebatarle a sus seres queridos pero esta vez no dejará de escribir… Y cuando ella ya no pueda, será su hija, Nasirah, la que termine su historia… o tal vez quien la comience. Un libro que enciende una luz, íntima y poética, desde los escenarios de Pacheco y las palabras de Moure.


9. El libro triste

Michael Rosen y Quentin Blake. Serres, 2004.

Que un personaje niño muera -o peor, que lo maten- en un libro para niños ha sido, desde los cuentos de Perrault, los Hermanos Grimm y Andersen, motivo de censuras y santiguaciones.

En la misma línea de Hoffman, cuando incendia al personaje Paulinita en aquel libro de humor negro Pedro Melenas o Edward Gorey con sus Pequeños macabros, Alberto Chimal, Alberto Laiseca y Nicolás Arizpe generaron opiniones encontradas con La madre y la muerte/La Partida (FCE, 2015). Es difícil leer que un niño muere. Quizá por eso también El libro triste sea casi inadmisible para algunos. En él, un padre desahoga la tristeza que le dejó la muerte de su hijo compartiendo su pesaroso día a día. No hay humor negro ni intenciones macabras, pero el inconfundible trazo desgreñado de Blake aligera un poco la carga del padre… sólo un poco pues al mismo tiempo nos sumerge con él en su lamento, nos permite sentirnos tristes. Aunque el hecho es devastador, igual que el testimonio, autor e ilustrador lo transforman en una experiencia de lectura trascendente.

 

10. Última escala en ninguna parte

Ignacio Padilla. FCE, 2017.

Hay un momento en la vida de todo viajero frecuente en el que es imposible regresar. Eso le pasa a Abilio, quién gana todos los premios de viajes gratuitos habidos y por haber, y entra en una vorágine de aeropuertos y vuelos de la que ya nunca sale. Una posible metáfora del éxito profesional, pero también de la muerte, como resultó para los lectores de este tan querido autor.

Tal vez, al principio de mi viaje, había llegado a pensar que el tiempo y las cosas de mi pueblo se detendrían mientras yo me movía por el mundo como un electrón loco. Pero las cosas y el tiempo y las personas siguen adelante aunque no estemos allí. El sol se pone cada mañana en los pueblos más pequeños y en las ciudades más grandes. Y la gente ama y desespera en sus vidas grandes o pequeñas, cada una a su manera, cada una viviendo, esperando y muriendo como puede.

La autobiográfica y profética narración con la que Nacho Padilla dijo adiós pone los pelos de punta. Publicada de manera póstuma, este cuento, absurdo y surrealista, pareciera una despedida, una suerte de ensayo inquietante sobre la vida de alguien (un escritor) atrapado en su propia celebridad, pero con el sueño de detenerse a disfrutar de una vida menos agitada. Quizá ese sea el mensaje final que nos dejó Nacho.

Algunas noches sueño que soy yo mismo quien sonríe feliz frente a una casita blanca donde cada mañana brilla el sol y de dónde nunca más tendré que moverme.

 

11. Solo tres segundos

Paula Bombara. Norma, 2012. Editorial Milenio, 2017.

Dos voces: una voz cuenta la vida y otra cuenta la muerte. La vida es la de un joven que va conquistando su independencia, rodeado de amigos de una escuela y de otra (pues la novela empieza con un cambio de colegio), entre fiestas, chicas y una pasión que es su signo de pertenencia social: la bicicleta. Nico es biker, y regresa a su bici como si fuera su centro. Por eso cuando su novia le dice que no lo verá más, un narrador nos cuenta que Nico se va a la plaza a practicar un nuevo truco para olvidarse un poco de todo: A veces es mejor que no haya palabras alrededor. Sentir los ruidos y los roces y la respiración y que la piel transpire y que los músculos ardan y que los frenos chillen y que los pedales se traben contra sus piernas y que los pies resbalen y que el cuerpo caiga y se levante otra vez a patear la pared y a enderezar la bicicleta y vuelta a empezar y seguir y seguir y seguir hasta que el corazón sea una bomba a punto de explotar (p.63).

Esta metáfora de la pulsión de juventud también es abarca a Felicitas, Zoe, Pablo, “el Pilu” y Carla, Rodrigo, Mariano y Salomé, Ana, Gaby… Pero luego, en sólo tres segundos, llegan varias muertes, muy impactantes, y la segunda voz: un duelo contado en primera persona que el lector vivirá intensamente. Esta historia marca, duele. Como novelista, Paula Bombara arriesga al contarla, no es condescendiente con el lector, hace que experimente una dura pérdida y luego el lento proceso de rehabilitación. El texto, un híbrido de poesía y novela (prosa poética con poesía narrativa), me impactó tanto cuando lo leí que tardé tiempo en recuperarme, por eso me gustó y lo recomiendo tanto: porque verdaderamente desmonta expectativas y remueve. La voz que cuenta la vida también muestra las caídas, expulsiones, rotundos “no”, despedidas, vacíos; la que cuenta la muerte igual da paso a los nítidos recuerdos, reencuentros, nuevos comienzos, entendimientos profundos. Vida y muerte como dos voces en un único cuerpo, en un libro único.

 

Más libros que dicen adiós

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19 Comentarios »

  1. Hola Adolfo:
    Ese tema me apasiona. Tenemos libros muy bellos con esa temática : la estrella de lisa de P. Gilson de ediciones destino, Lula y su amiga tilica de Marichel Roca ediciones uranio, Buenos días doña muerte de Pascal Teulade, la madre y la muerte de Alberto Laiseca del fce. Entre otros. Buscaré tus recomendaciones. Saludos desde Oaxaca.

    • Hola, Salvador, sí, definitivamente es un tema que puede resultar apasionante por las muchas formas que tienen los escritores e ilustradores de mirar y transformar a la muerte. Como tú mismo lo dices: pueden hacernos sentir algo belleza a partir de una experiencia así de difícil. Muchas gracias por extender esta lista con más recomendaciones. El de La madre y la muerte también lo he recomendado en el blog. Incluí el enlace en la reseña de El libro triste, pero te lo dejo aquí también: https://wp.me/p4cL8D-1cJ Seguimos conversando. Abrazo hasta Oaxaca, ciudad que encara tan diversamente a la muerte.

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