Julio Verne vive en las puertas del océano. En Nantes, Francia, la ciudad por donde el río del Loira se abre paso al mar. Le gusta jugar en los muelles, rodeado de barcos en construcción o listos para zarpar. A veces imagina que él se va en un barco, que es un capitán luchando contra un calmar gigante, igual que en la historias que le cuenta una maestra de su escuela.

El 18 de febrero de 1868, el Capitán Nemo entra con su Nautilus a la bahía de Vigo. 10 años después, en junio de 1878, Julio Verne visita por primera vez el puerto de Vigo. Aunque ya había situado un capítulo de 20 mil leguas de viaje submarino allí, todavía no conocía. Hoy, una estatua de José Molares en el Náutico de Vigo rinde homenaje al escritor.

 

Hasta que un día, decide que sí: se irá. Tiene once años y encuentra la manera de subirse a un pequeño bote y remar mar adentro. Su plan es alcanzar el gran buque Octavie, que ha zarpado en una misión de exploración de las Indias. El joven Jules, Julio, cree que puede conseguirlo, rema y rema, pero ya se oyen por todo el muelle los gritos de una mujer que le exige que se detenga y vuelva, es su madre, Sophie. Derrotado, Julio regresa mientras ve cómo alejarse cada vez más el Octavie.

Otros biógrafos cuentan que en realidad Verne se apunta como grumete de un mercante llamado Coralie, también con destino a India. Su objetivo es juntar el dinero suficiente para comprarle un collar de perlas a su prima Caroline, de quien está enamorado. Sin embargo, su padre alcanza el barco y lo baja. 

¿Una u otra? ¿o quizá Verne intenta partir varias veces?, el punto es que desde niño quería irse, algo dentro le dice que un día habrá de emprender muchos viajes extraordinarios: alrededor del mundo, al centro de la tierra, a una isla misteriosa y hasta 20 mil leguas bajo el mar.

¿Qué lo había inspirado? De pequeño, cuando tenía 6 años, empezó a escuchar y a fascinarse con las historias que una maestra de escuela, Madame Sambin, les contaba a sus compañeros y a él. Ella era viuda de un capitán que había desaparecido 30 años atrás, pero la profesora no perdía la esperanza en que un día regresaría; les contaba que seguramente él había naufragado como Robinson Crusoe en una isla paradisiaca y que en cualquier momento habría de volver. Cuando no era una historia sobre un supuesto naufragio, ella interrumpía las lecciones para contarles los encuentros del capitán con grandes criaturas marinas en medio de tormentas mortales. Los relatos de esta maestra nutrirían el carácter inventivo de Verne y orientarían su futuro como escritor.

Octupus y Nautilus en https://wallpapershome.com.

Julio Verne nació el 8 de febrero de 1928, hace casi ya 200 años, pero imaginó un viaje a la luna que tiene tantas coincidencias con el Programa Apolo (que llevaría al hombre a la luna en 1969), que algunos lo consideran una especie de profeta. También, se dice que “predijo” inventos como el motor eléctrico y el helicóptero…

Lo que sucede es que Verne era un lector voraz de periódicos y revistas científicas, se informaba y estudiaba tanto al escribir sus novelas, que a veces parecían contener informes geográficos, geológicos, físicos y astronómicos precisos.

Pero él no fue el primero en escribir sobre viajes a la luna o en concebir una embarcación submarina, lo que sí hizo fue maravillar a miles de lectores en Francia con las hazañas de sus protagonistas. Tanto así, que su editor, Pierre-Jules Hetzel decidió crear una colección que tituló “Viajes extraordinarios”, donde Verne agrupara toda su obra. El propio autor decía que quería abarcar ahí todos los viajes posibles sobre la superficie de la tierra y fuera de ésta. ¡Fueron 54 viajes! (y ocho más publicados por su hijo Michel, después de la muerte de Verne). 

En uno de ellos, que apareció en 1886, y titulado Un billete de lotería, incluyó también el cuento “Frit-Flac”, que reproduzco en esta entrada, a propósito de su publicación en la antología La hoguera de bronce (Secretaría de Cultura, 2017) y para celebrar los 190 años del nacimiento del autor. Un cuento que, como verán, cambia la exploración y la aventura por un suceso paranormal en una ciudad que nadie ha visto nunca en un mapa. Eso sí, encontrarán sus distintivas descripciones geográficas y climáticas que en buena medida mantienen la tensión en el relato.

“Frit” es la onomatopeya que Verne propone para representar el sonido del viento, y “Flac”, la de la lluvia.

Frit, flac, la tormenta golpea las casas en una ciudad llamada Luktrop. Ahí vive un doctor desalmado, la gente le suplica que atienda a los enfermos, él se rehúsa, pero termina haciendo un viaje corto, que lo conducirá a un destino terrible y extraordinario.

Para festejar a este escritor, uno de los mayores genios de la imaginación, quien dijo una vez: “Nada como imaginar, para crear futuro. Lo que hoy es utopía será carne y sangre mañana”. Que lo disfruten:

 

Frit-Flac

por Julio Verne

 

¡Frit! Es el viento que se desencadena.

¡Flac! Es la lluvia que cae a torrentes.

La ráfaga que resuena arquea los árboles de la costa Volsinia y se estrella contra el costado de las montañas de Crima. A las piedras altas a lo largo del litoral las carcomen las olas del vasto mar Megalócrido.

¡Frit! ¡Flac!

En el fondo del puerto está escondida la pequeña ciudad de Luktrop, con algunos cientos de casas de miradores verduscos, que las protegen medianamente de los vientos fuertes. Cuatro o cinco calles empinadas, más bien barrancos que calles, empedradas y sucias por la escoria que arrojan los conos eruptivos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día la presión interior se libera en forma de vapores sulfurosos. Durante la noche, minuto a minuto, vomita flamas. Como un faro que midiera ciento cincuenta kertses, el Vanglor le señala el puerto de Luktrop a los barcos de cabotaje, y a todas las embarcaciones cuyas rodas cortan las aguas del Megalócrido.

Del otro lado de la ciudad se amontonan algunas ruinas de la época crimeriana. A su lado hay un arrabal de aspecto árabe, como una medina, de muros blancos, de techos redondos y de terrazas que el sol devora. Es como una acumulación de cubos de piedra lanzados al azar. Un verdadero amontonamiento de dados, cuyos puntos se hubieran desvanecido bajo la pátina del tiempo. Entre otros, destaca el Seis-cuatro, nombre dado a una construcción rara con una techumbre cuadrada, que tiene seis aberturas en una cara y cuatro sobre la otra. Un campanario domina la ciudad, el campanario cuadrado de Santa Filfilena, con campanas suspendidas en los huecos de los muros, que el huracán hace oscilar algunas veces. Mala señal. Cuando es así, sus habitantes tiemblan.

Éste es Luktrop. Habitaciones, chozas miserables dispersas en el campo en medio de retamas y brezos, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No sé. ¿En Europa? Lo ignoro.

En todo caso no busques Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.

 

II

¡Toc, toc! Alguien toca discretamente a la puerta de la Seis-cuatro, enclavada en el ángulo izquierdo de la calle Messaglière. Es una de las casas más cómodas, si tiene sentido usar esa palabra en Luktrop; es una de las más ricas, si es que ganarse al año algunos miles de fretzers es riqueza.

Al ¡toc! responde uno de esos ladridos salvajes en los que hay aullidos, como si un lobo ladrara. Enseguida se abre una ventana de guillotina sobre la puerta del Seis-cuatro.

—¡Al diablo los inoportunos! —exclama una voz malhumorada y desagradable.

Una chica tiritando bajo la lluvia, envuelta en una capa delgada, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.

—Está y no está, ¡depende!

—Vengo porque mi padre se está muriendo.

—¿Dónde se está muriendo?

—En Val Karniou, a cuatro kertses de aquí.

—¿Y se llama?

—Vort Kartif.

—¿Vort Kartif, el galletero?

—Sí, y si el doctor Trifulgas…

—El doctor Trifulgas no está en casa.

La ventana se cierra de golpe, mientras los frits del viento y los flacs de la lluvia se confunden con un alboroto ensordecedor.

 

III

Un hombre duro ese doctor Trifulgas. Es poco compasivo y sólo cura si se le entrega el dinero por adelantado. Su viejo Hurzof, una cruza de bulldog y de spaniel, tiene más corazón que él. La casa del Seis-cuatro, inhóspita para los pobres, sólo está abierta para los ricos. Además, hay tarifas: tanto por una tifoidea, tanto por una congestión, tanto por una pericarditis, y otras enfermedades que los médicos inventan por docenas. Sin embargo, el galletero Vort Kartif era un hombre pobre, de una familia miserable. ¿Por qué iba a molestarse el doctor Trifulgas y en una noche como ésa?

—¡Nada más haberme levantado —murmuró volviéndose a acostar— valdría diez fretzers!

Apenas habían pasado veinte minutos cuando la aldaba volvió a resonar sobre la puerta del Seis-cuatro.

Muy malhumorado, el doctor se levantó de la cama y se asomó por la ventana.

—¿Quién está ahí? —gritó.

—Soy la mujer de Vort Kartif.

—¿El galletero de Val Karniou?

—Sí, ¡y si se niega a venir, él morirá!

—Pues entonces será viuda.

—Aquí tiene veinte fretzers

—¡Veinte fretzers para ir a Val Karniou, a cuatro kertzes de aquí!

—¡Por piedad!

—¡Al diablo!

La ventana se cerró. ¡Veinte fretzers! ¡Qué ganga! Arriesgarse a un catarro o a un entumecimiento por veinte fretzers, máxime cuando mañana lo esperan en Kiltreno, en casa del rico Edzingov, el gotoso, ¡cuya gota reditúa cincuenta fretzers por visita!

Con esa perspectiva tan agradable el doctor Trifulgas se durmió aún más profundamente.

 

IV

¡Frit! ¡Flac! Y luego ¡toc, toc, toc! Esta vez a la ráfaga se sumaron tres golpes de aldaba de una mano más decidida. El doctor dormía. Se levantó, ¡pero de qué humor! Cuando abrió la ventana, el huracán entró como una metralla.

—Vengo por el galletero.

—Y dale con ese miserable.

—¡Soy su madre!

—¡Que la madre, la esposa y la hija se mueran con él!

—¡Tuvo un ataque!

—¡Que se defienda!

—Nos dieron algo de dinero —continuó la abuela—, un anticipo por la casa vendida a Dontrup, de la calle Messaglière. Si no viene, mi nieta ya no tendrá padre, mi hija ya no tendrá marido, ¡y yo ya no tendré hijo!

Daba lástima y era terrible escuchar la voz de esta anciana, pensar que el viento le helaba la sangre en las venas, que la lluvia le calaba los huesos bajo la carne enjuta.

—¡Un ataque son doscientos fretzers! —respondió el desalmado Trifulgas.

—No tenemos más que ciento veinte.

—¡Buenas noches!

La ventana se volvió a cerrar.

Pero, después de reflexionar, ciento veinte fretzers por una hora y media de camino, más media hora de visita, son sesenta fretzers la hora, un fretzer por minuto. Pequeña ganancia, aunque nada desdeñable.

En lugar de volver a acostarse, el doctor se vistió, calzó sus botas de pantano, se abrigó con su capa y se puso el sombrero y los guantes, dejó la lámpara encendida, cerca de su farmacopea, abierta en la página 197. Luego, empujando la puerta del Seis-cuatro, se detuvo en el umbral.

Ahí estaba la anciana, apoyada sobre su bastón, ¡demacrada por sus ochenta años de miseria!

—¿Los ciento veinte fretzers?

—Aquí los tiene y que Dios se los centuplique.

—¡Dios! ¡El dinero de Dios! ¿Acaso alguien ha visto su color?

El doctor le silbó a Hurzof, le puso una linterna en el hocico y se dirigió hacia el mar.

La anciana lo siguió.

 

V

¡Vaya clima de frits y de flacs! Las campanas de Santa Filfilena se movían por la borrasca. Mala señal. ¡Bah!, el doctor Trifulgas no es supersticioso. No cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que gana.

¡Vaya clima y también vaya camino! Piedras y escoria; las piedras están resbalosas por las algas, la escoria crepita como la ceniza. No hay más luz que la del perro Hurzof, vaga, vacilante. De repente el Vanglor expulsa llamas, dentro de las cuales se agitan siluetas insulsas. No se sabe qué hay verdaderamente en el fondo de esos cráteres insondables. Quizá las almas del mundo subterráneo, que se volatilizan al salir.

El doctor y la vieja siguen los contornos de las pequeñas bahías del litoral. El mar es blanco, de un blanco lívido, un blanco de duelo. Brilla cuando lo corta la línea fosforescente de la espuma de las olas, que parece derramar gusanos relucientes sobre la arena.

Ambos avanzan hasta donde se curva el camino, entre las dunas onduladas, donde las retamas y los juncos entrechocan con un ruido de bayonetas. El perro se acerca a su amo y parece decirle:

“¡Eh, ciento veinte fretzers para la caja fuerte! ¡Así se hace fortuna! ¡Una extensión para la cerca de la viña!, ¡un plato más para la cena!, ¡más cebo para el fiel Hurzof! ¡Cuidemos a los enfermos ricos y sangrémoslos… del bolsillo!”

En ese lugar la anciana se detiene. Señala con su dedo tembloroso, entre las sombras, una luz rojiza. Es la casa de Vort Kartif, el galletero.

—¿Allí? —pregunta el doctor.

—Sí —responde la anciana.

“¡Guau, guau!”, ladra el perro Hurzof.

De pronto, el Vanglor explota, sacudido hasta el contrafuerte de su base. Un haz de flamas fulginosas asciende al cénit, perforando las nubes. El doctor Trifulgas cae.

Jura como cristiano, se levanta, observa.

La vieja ya no está detrás de él. ¿Habrá desaparecido entre alguna grieta del suelo o voló entre los vapores que flotan? En cuanto al perro, él sigue ahí, alzado sobre sus patas traseras, con el hocico abierto y la linterna apagada.

—Vamos de todos modos —murmura el doctor Trifulgas.

Este hombre honesto había recibido ciento veinte fretzers. Hay que ganárselos.

Ilustración de Melhem Haddad.

VI

Sólo hay un punto luminoso, a medio kertze. Es la lámpara del moribundo, quizá del muerto. Sin duda es la casa del galletero. La anciana la señaló con el dedo. No hay modo de equivocarse.

En medio de los frits que silban, de los flacs que crepitan, del murmullo de la tormenta, el doctor Trifulgas camina a paso rápido. A medida que avanza, la casa se distingue mejor, aislada en medio de la landa.

Llama la atención que se parezca tanto a la del doctor, al Seis-cuatro de Luktrop. Misma disposición de las ventanas en su fachada, misma puerta pequeña y cimbrada.

El doctor Trifulgas se apresura tanto como lo permite la ráfaga. La puerta está entreabierta, no tiene más que empujarla; la empuja, entra, y el viento la azota tras él brutalmente.

El perro Hurzof, afuera, aúlla, se calla a intervalos, como los cantos entre los versículos de un salmo de Cuarenta Horas.

¡Qué extraño! Se diría que el doctor Trifulgas ha entrado a su propia casa. Aunque no se ha perdido. En ningún momento hizo un rodeo. Está en Val Karniou, no en Luktrop. Sin embargo, encuentra el mismo corredor, bajo y abovedado, la misma escalera de caracol, de madera, con la barandilla gruesa, gastada por la fricción de las manos. Sube. Llega al rellano. Frente a la puerta, un débil resplandor se filtra por debajo, como en el Seis-cuatro.

¿Es una alucinación? Con la luz tenue reconoce su habitación, el sofá amarillo a la derecha, el baúl de pino viejo, a la izquierda la caja fuerte cerrada, donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. También está su sillón de cuero, su mesa con las patas torcidas, y arriba, cerca de la lámpara que languidece, su farmacopea, abierta en la página 197.

“¿Qué me pasa?”, murmura.

¿Qué le pasa? Tiene miedo. Su pupila se dilató, su cuerpo está como contraído, disminuido. Una transpiración helada enfría su piel, siente que la recorren horripilaciones rápidas.

¡Apresúrate, entonces! A falta de aceite la lámpara se va a apagar, el moribundo también.

Sí, la cama está ahí. Su cama de columnas y de dosel, igual de ancho que de alto, cerrado con cortinas de estampado de ramas. ¿Acaso puede ser el camastro de un miserable galletero?

Con la mano temblorosa el doctor Trifulgas agarra las cortinas, las abre, mira.

El moribundo, con la cabeza fuera de las cobijas, está inmóvil, como si estuviera a punto de respirar por última vez.

El doctor se inclina hacia él…

¡Ay!, ¡qué grito! Al que responde, afuera, un ladrido siniestro del perro.

¡El moribundo no es el galletero Vort Kartif! ¡Es el doctor Trifulgas! ¡Es a él a quien le dio la congestión, a él mismo! Una apoplejía cerebral, por una fuerte acumulación de serosidad en las cavidades del cerebro, con una parálisis del cuerpo del lado opuesto a aquel en que se encuentra la lesión.

¡Sí! ¡Es él por quien fueron a buscarlo, por quien pagaron ciento veinte fretzers! ¡Él, quien por su dureza de corazón se negaba a ir a curar al galletero pobre!

¡Es él quien va a morir!

El doctor Trifulgas está como loco. Se siente perdido. Los signos aumentan a cada minuto. No solamente deja de sentir dentro de él todas las funciones, sino que los movimientos del corazón y su respiración van a detenerse. Sin embargo, ¡no ha perdido conciencia de sí mismo!

¿Qué hacer? ¿Disminuir el volumen de sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgas está muerto, si titubea…

En aquel tiempo todavía se sangraba y, como en la actualidad, los médicos curaban de apoplejía a todos los que no debían morir.

El doctor Trifulgas agarra su estuche, saca su lanceta, pica la vena del brazo de su otro yo: el brazo no le sangra. Tiene que frotarle el pecho con energía, su respiración se detiene. Le quema, a él, los pies con piedras calientes; los suyos se enfrían.

Entonces su doble se incorpora, forcejea y lanza un estertor supremo…

Y el doctor Trifulgas, pese a todo lo que pudo inspirarle la ciencia, muere entre sus manos.

¡Frit! ¡Flac!

 

VII

Por la mañana, en la casa del Seis-cuatro sólo se encuentra un cadáver, el del doctor Trifulgas. Se le pone en un ataúd y se le conduce con gran pompa al cementerio de Luktrop, después de tantos otros que él había enviado ahí, según la tradición.

En cuanto al viejo Hurzof, se dice que, desde ese día, corre por la landa con su linterna encendida, aullando como perro perdido.

No sé si es cierto, pero ocurren tantas cosas extrañas en Volsinia, ¡precisamente en los alrededores de Luktrop!

Además, lo repito, no busquen esta ciudad en el mapa. Los mejores geógrafos todavía no se ponen de acuerdo sobre su ubicación en la latitud ni en la longitud.

 

Galería de homenaje

Imagen de portada de Christian Février para www.tropheejulesverne.org

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