“¿Cómo era tu vida de niño? ¿Por qué te gustaba subirte a los árboles? ¿Te picoteaban los pájaros? ¿Qué poema te gustaba más? A mí me gusta el de Piedra nativa: ‘Cierra los ojos oye cantar la luz’. ¿Cómo te inspirabas? ¿Te gustó tu vida? ¿De qué moriste?”. Para responder a esta última pregunta, de Angélica Toledo, estudiante de 9 años: Octavio Paz murió hace dos décadas, el 19 de abril de 1998, de cáncer óseo y flebitis. Sin embargo, hombre hecho de libros, había empezado a despedirse antes, desde diciembre de 1996, cuando se incendió parte de su amada biblioteca.

Cuentan los que lo conocieron que a partir de entonces su ánimo se fue en picada, que hablaba de los volúmenes hechos cenizas como si hubiera perdido amigos: Rubén Darío, Manuel Díaz Mirón, Manuel José Othón y los libros heredados de su abuelo Irineo, y que ya nunca pudo reponerse. Poco después, en febrero de 1997, en un chequeo médico de rutina, empezaron a manifestarse algunas de las enfermedades que habrían de tornarse crónicas. Como en una abierta despedida, en diciembre de ese mismo año, en su última aparición pública, dijo: “Estoy presente en todas partes, y para ver mejor, para mejor arder, me apago”.

Esa presencia la viven muchos lectores con sus poemas que crean jardines, selvas y prados de tinta verde o que saben que El cielo es una boca que bosteza / boca de tiburón en donde ríen, / afilados relámpagos, los astros.

Angélica, Janis Paola, María Fernanda, Ximena, Atziri son algunas de las niñas, de 9 años de edad, que disfrutaron de su poesía y que luego le escribieron cartas llenas de preguntas que evocan su vida y sus poemas. Aquí las de Camila Casillas: “Yo un día te quiero conocer, en mi imaginación. Me encantan tus poemas. Mi maestra dice que a ti te gustaba la naturaleza, ¿es cierto que tenías un árbol de higos, que te encantaba treparte en tu árbol? En este taller, que es sobre tus poemas, me he divertido mucho. El poema que me gusta de ti es el de La rama”. 

Canta en la punta del pino
un pájaro detenido,
trémulo, sobre su trino.

Se yergue, flecha, en la rama,
se desvanece entre alas
y en música se derrama.

El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla.

Alzo los ojos: no hay nada.
Silencio sobre la rama,
sobre la rama quebrada.

El poema también recuerda el amor de los escritores por las aves, motivo sobre el que escribí hace poco. En el taller, estas niñas, junto con otros niños y niñas como Diego Emilio, Miguel Ángel, Aranza, Eduardo, Brenda y Froylán, se dedicaron a leer e ilustrar poemas de Paz para el libro El árbol habla (Alas y Raíces, 2015).

Un proyecto editorial, que forma parte de la serie Poesía para niños de Alas y Raíces, en el que se seleccionan ciertos poemas o fragmentos de poemas pensando en un niño lector y luego se realiza un taller para que niños y niñas de la ciudad en la que nació el poeta los ilustren. Ya existen: Brochazo de sol. Pellicer para niños, Al téquerreteque. Sabines para niños, Que me bautice el viento. Enriqueta Ochoa para niños, Alma mía de cocodrilo. Efraín Huerta para niños, En los cabellos del árbol. Elías Nandino para niños y Paraíso de compotas. López Velarde para niños.

Los estudiantes convocados para dar color a las palabras de Paz pertenecen a la Escuela Primaria Independencia, en el barrio de Mixcoac, en la Ciudad de México, donde nació el poeta. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos… / Ver al mundo es deletrearlo.

La selección de poemas es de Carmen Leñero, que nos cuenta en el prólogo del libro: “Octavio trepaba a la higuera de su jardín en Mixcoac para disfrutar a solas del mundo. Encaramado en el árbol, como en el mástil de un navío, surcaba un cielo de imágenes nunca vistas e inventaba cómo nombrarlas. Soñaba que él y la higuera eran uno mismo (…). En los días de calma, recuerda Octavio, la higuera era una petrificada carabela de jade, balanceándose imperceptiblemente, atada al muro negro, salpicado de verde por la marea de la primavera. Pero si soplaba el viento de marzo, se abría paso entre la luz y las nubes, hinchadas las verdes velas. Yo me trapaba en su punto y mi cabeza sobresalía entre las grandes hojas, picoteada de pájaros…

“Sobre la enramada (…) el pequeño Octavio Paz supo que dedicaría su vida a dibujar con palabras. Hizo un descubrimiento: ¡Leer mi destino en las líneas de la palma de una hoja de higuera!  

En El árbol habla se suman por lo menos dos tradiciones: la de acercar poesía no pensada para niñas o niños pero que sin duda conecta con sus intereses y el mundo que imaginan, como tantos poemarios de la Generación del 27 y otros más que mencioné como tendencia en esta entrada, y el vastísimo encadenamiento de poetas que escriben a los árboles: de los mitos griegos recogidos por Ovidio, en los que vemos nacer un bosque gracias a Eurídice o somos testigos de cómo Dafne tiene que transformarse en laurel para escapar de Apolo, y para quien, muchos siglos después, Garcilaso de la Vega escribe el Soneto XIII:

A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

En el Romanticismo se multiplican los brotes con poetas, músicos y pintores como Friedrich Hölderlin o Richard Wagner. Y más cercanos en el tiempo el “Himno al árbol” de Gabriela Mistral o “El árbol”, testigo mudo que escucha los pensamientos de Luis Cernuda; “La canción de los pinos” de Rubén Darío, que los ama por tristes, por blandos, por bellos… por su aire de monjes, sus largos cabellos; y el célebre olmo viejo hendido por el rayo y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido de Antonio Machado.

Ilust. Hazael Marín Gomez, 9 años.

En Octavio Paz es el árbol del tule, el árbol de la noche triste, el que quiere se extienda dentro de nosotros: Creció en mi frente un árbol. / Creció hacia adentro. / Sus raíces son venas / nervios sus ramas, / sus confusos follajes pensamientos… o Nombras el árbol, niña. / Y el árbol crece, lento, / alto deslumbramiento, / hasta volvernos verde la mirada.

En la primera tradición que nombré, la de libros pensados para un lector infantil y juvenil, también entran los dos tomos de Paisaje de ecos (Artes de México, 2015), que reúnen un cuento y cuatro poemas traducidos al zapoteco, náhuatl, mixe, totonaco, mazateco, otomí, purépecha, maya e inglés, o incluso la biografía Cuenta y canta la higuera (SM, 2015) o, pensando en jóvenes lectores, Arenas Movedizas (FCE, 2015) ilustrado por Gabriel Pacheco.

La accesible y bella edición de El árbol habla no sólo actualiza al Octavio Paz que la memoria popular va engavetando como clásico, propone ese desplazamiento del lector al que fue dirigido originalmente en una edición en la que el nuevo lector infantil participa como coautor. Este desplazamiento que parece nada más que un gesto inclusivo, el pretexto para un taller y una publicación, constituye una manifestación del reconocimiento que han ido ganando los niños, niñas y jóvenes en la historia de la infancia y de la LIJ. Una posición de lectores y creadores que cierran el círculo que se abre cuando leen: creando ellos y ellas también. El próximo libro de esta excepcional colección, de naturaleza poco frecuente, será Dos es mi corazón de la poeta oaxaqueña Irma Pineda.

Sobre este tipo de publicaciones, en las que niños y niñas son creadores y sus relecturas refrescan al clásico, haré una entrada próximamente, pero ahora cierro otra vez con un fragmento del prólogo de Carmen Leñero, como homenaje y, en lugar de despedida luctuosa, una renovada bienvenida a la biblioteca infantil de este poeta que sigue ardiendo en nuestra memoria. 

“Octavio Paz, uno de los poetas más asombrosos de nuestro país, junto con Sor Juana Inés de la Cruz y Ramón López Velarde, cree que las palabras poseen un gran poder: el de hacernos ver lo que no veíamos, el de mostrarnos que el mundo es una red secreta, el de tocar el corazón de la gente, el de hacernos amigos de nuestro ser oculto. ¿Quieres ver cómo actúan sus versos en ti? ¿Quieres saber lo que te invitan a pensar? Dibújalos, si quieres. Y recuerda que tú tienes la última palabra”.

Ilustración de Cora Rodríguez Rojas, 6 años.

Fotografía de portada de Ricardo Salazar.

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