El libro tiene una curiosa dedicatoria: “A nuestra madre, en cordial reconocimiento de sus esfuerzos por elevarnos por encima de las bestias”. Aunque la frase es producto de una dicotomía discriminatoria —bárbaro/civilizado— y puede sonar especista si tomamos “bestia” como sinónimo de “animal”, todo es parte de un montaje.

Los jóvenes náufragos de Black Lake Island (1901) es un libro falsamente documental, que pretende ser el diario de viaje de un grupo de niños náufragos que registran su aventura con fotografías y notas al pie y luego lo dedican a su madre. La frase es consistente con la personalidad y la época de los supuestos autores —personajes del libro—, los hermanos Llewelyn Davies, cazadores de tigres y perseguidores de piratas. Página a página constatamos la ironía implícita en la dedicatoria: los “esfuerzos” maternales no parecen haber sido suficientes para domar a estos salvajes que, por cierto, habrían de vivir muchas más aventuras algún tiempo después y en entornos más fantásticos. Pero a ellos volveremos más tarde, quedémonos por ahora con el tigre.

Fotografía de J. M. Barrie.

Mucho menos presente que osos, perros, ratones, lobos, conejos o incluso que sus primos los leones, un tigre se pasea por los libros que han interesado a niños y jóvenes, por lo menos, desde que Lafontaine difundiera las Fábulas de Esopo. En cuentos populares asiáticos, por ejemplo, ocupa el lugar del lobo e incluso existen versiones de Caperucita en las que es un tigre quien se devora a la niña.

Del paisaje asiático, y también pintado como el malo del cuento, viene, precisamente, uno de los más célebres: Shere Khan. En el primer cuento de El segundo libro de la selva (1895), que mencionaba en la entrada pasada, Hathi, el elefante, le relata a Mowgli cómo el primer tigre obtuvo sus rayas… o cómo llegó el miedo a la selva (una anticipación del volumen de cuentos de Kipling Así fue cómo (1902), en el que explica el origen de algunas características de animales).

Si bien Mowgli y Tarzán, rompen un poco el molde del hombre que somete a la “bestia”, pues ellos son hermanos y amigos de otras especies y procuran proteger a los suyos y a la Naturaleza, también cazan. Tarzán sólo lo hacía para subsistir —y defendía esta postura—, pero en una ocasión mata a un tigre que, en la versión de Disney de 1999, constituye un claro símbolo de su dominio en la jungla, de su coronamiento como rey. Y recordemos que Mowgli planea una emboscada para Shere Khan, lo desuella con sus propias manos y luego ofrece su piel a la manada de lobos.

Una escena menos cruda, pero simbólicamente cercana, la protagoniza Sandokán en Los tigres de Mompracem (1900), cuando este pirata anticolonialista se lanza contra un tigre, le hace una llave de luchador en el cuello y, antes de matarlo, le dice: “¡Mírame! ¡Yo también soy un tigre!”. En realidad, él es El Tigre, el célebre y temerario “Tigre de Malasia”. Así que el episodio le da todavía más fuerza a la metáfora por medio de la cual define su carácter… y sus conquistas: la piel del tigre será una ofrenda para Marianna, la mujer que adora.

Todo esto va sonando lejano a nuestro contexto, en el que muchos personajes femeninos no desean ser conquistados, como la Loba de Verónica Murguía, ni aprobarían semejante brutalidad hacia un animal, como Luna o Hermione de J. K. Rowling.

Pero antes de entrar en el presente, un poco más de tigres, cacerías, piratas y barcos contemporáneos a Salgari.

También en ese recuento histórico de lo salvaje, del que partimos la semana pasada, y en el arranque de esta entrada, mencionaba la peculiar publicación que hizo J. M. Barrie, precedente de los Niños Perdidos de Peter Pan, para divertir a un grupo de hermanos: Los jóvenes náufragos de Black Lake Island (1901). En este libro George, Jack y Peter Llewelyn Davies son robinsones que naufragan en una isla y allí construyen un refugio, descubren bosques primigenios —árboles de mango y cocoteros incluidos—, ahorcan a un pirata y cazan a un tigre. Luego de armar una nueva embarcación vuelven sin problema a casa. Peter, el menor de los tres, edita un libro, dedicado a su madre, en el que relata la aventura. Más que un terrible naufragio parece una bien planeada expedición. O eso cuenta J. M. Barrie, quien tenía una sensibilidad poco habitual para contar historias y organizar juegos que fascinaban a los niños. Jugar a ser salvaje, jugar a ser niño. 

Una vez más, algunos de los aspectos de esta narración pueden resultar más ajenos a los deseos de aventura de la cultura infantil y juvenil de hoy, menos propensa a la cacería y al ahorcamiento de piratas, más boy scout. Pero en ese entonces formaban parte de las prácticas adultas a imitar, de una época de piratería y cacería por entretenimiento, ya no en su apogeo, pero sí más próxima a su realidad. Hoy hacer de piratas y, sobre todo, “cazar” animales es un juego que suena más a clásico, una arquitectura de construcción antigua que interesa menos a los niños. El atractivo en las expediciones ha tomando un nuevo aire científico o fantástico: acercarse y conocer a otras especies, descubrir nuevos mundos sin dominarlos.

En la adaptación más reciente de los Estudios Disney de El libro de la selva (2016) —adaptación de acción en directo de su propia adaptación animada de 1967—, por ejemplo, Mowgli no mata directamente a Shere Khan. Ya en la de 1967, que con otra musicalización podría haber sido una secuencia cómica, veíamos cómo simplemente le ataba una rama encendida a la cola y ese gag era suficiente para alejar al tigre para siempre. En 2016, van un poquito más lejos pero intentando respetar el discurso ecológico que atraviesa toda la adaptación: sí, Mowgli desata el incendio, pero es accidental, y sí, le tiende una trampa a Shere Khan, pero todo parece seguir un orden natural: el tigre camina por una rama demasiado frágil para soportarlo y se quiebra. Es decir, cae por su propio peso. La intervención del hombre y el deseo de matar al tigre se matizan tanto que hace falta detenerse a analizarlo para descubrirlo.

La naturaleza del tigre es lo que lo condena, pero es una naturaleza humana, no felina. 

El diálogo actual de muchos libros salvajes o naturalistas es menos antropocéntrico. Los tigres siguen representando “lo salvaje”, pero ya no son siempre villanos. A veces, como en Vida de Pi de Yann Martel, son sencillamente otra especie que quiere sobrevivir y que, en definitiva, no se encariña con el hombre. El deseo de jugar a la cacería en niños y jóvenes tiene otros códigos culturales —cazar zombis, atrapar criminales ¡o policías!— o se ha transformado en un deseo de proteger a los animales… hacer equipo con ellos para resistir, en todo caso, al restrictivo mundo adulto. 

Un libro que ejemplifica literal y brillantemente esta transición es Los lobos de Currumpaw de William Grill (Impedimenta, 2016; Loqueleo, 2017). Inspirado en uno de los relatos que integran Animales salvajes que he conocido (1898) de Ernest Thompson Seton, experto cazador devenido pionero de la conservación en Estados Unidos. El joven autor del libro ilustrado, por el que ganó el Bologna Ragazzi Award de No Ficción en 2016, nos sitúa en las amplias llanuras de Nuevo México en las que un lobo gris y su manada son la pesadilla de los terratenientes. Conocido como “Viejo Lobo” o, sencillamente, “El Rey”, este animal, al ver casi extinto su hábitat, se ve obligado a comer ganado, y no hay ranchero que logre detenerlo, por más que hayan ofrecido mil dólares de recompensa, cifra insólita en aquel entonces. Nadie duda que el lobo tiene alguna protección mágica… o casi nadie. El afamado cazador y estudioso de los lobos, Ernest Thompson Seton, está convencido de que él puede detenerlo. 

Y aunque parece no haber trampa humana capaz de hacerlo, Thompson Seton emprende un terrible plan que lo marcará para siempre. 

Dice William Grill en la última sección del libro: “Seton fue un hombre con un profundo conflicto interior, dividido entre su amor por la naturaleza y su increíble destreza como cazador. Sin embargo, después de la muerte del Rey, algo en él cambió para siempre”. Y así fue que escribió el relato en el que se inspira este libro. Allí se caracteriza a sí mismo como villano, y, al lobo, como héroe, cuenta Grill. Luego se dedicó a proteger a los lobos y a otras especies nativas, fundó los Guardianes Indios del Bosque, pues estaba convencido de que “a través de la promoción e interés en la vida salvaje y la supervivencia se consigue la preservación de la fauna y el paisaje natural”. Más tarde instaura los Boy Scouts en Estados Unidos y forma a muchos otros conservacionistas. 

La sencillez y calidez de los lápices de colores que usa Grill y su capacidad de abstraer hechos y trazos esenciales, valiéndose del lenguaje del cómic y el libro álbum, lo hacen un libro notable en el campo informativo y signo del momento que vivimos: sofisticación en la creación de publicaciones para niños y jóvenes e interés por dialogar con el entorno natural de una manera más igualitaria, menos depredadora.

Pero volvamos a los rugidos y veamos más ejemplos de libros en esta tendencia.

Ilustración de Rebeca Luciani para “Rurrú camarón” (Ana Garralón, Bambú, 2017).

 

El señor Tigre se vuelve salvaje, Peter Brown (Océano, 2014); La canción del Yukón. Calvin y Hobbes, Bill Watterson (Oceáno, 2016), Ruge como jaguar, Ricardo Yáñez y Manuel Monroy (Ediciones Castillo, 2018).

Los tres tigres de estos tres libros no son nada tristes, juegan y rugen a la menor provocación. El señor Tigre se vuelve salvaje de Peter Brown (Océano, 2014), le hace guiños al clásico El tigre que vino a tomar el té de Judith Kerr, pero sin esa tensión que vivimos como lectores al sentir que la niña y su madre podrían terminar siendo bocadillo para el té. Aquí, conocemos a un tigre muy formal, que empieza totalmente antropomórfico, como si Sandokán finalmente hubiera sentado cabeza, pero, se anuncia desde título, se harta de andar en dos patas y usar traje y entra a la selva sin más trapos que su reluciente piel rayada.

Ese comportamiento salvaje toma por sorpresa a sus amigos y vecinos que, aunque primero lo juzgan por rugir y encuerarse, luego siguen un poco su ejemplo. Una vez que las cosas se han relajado en su ciudad, el Señor Tigre regresa, cambia el traje por una camisa floreada y siente que ya puede expresar su naturaleza sin ocultarlo. Eso sí, de pronto guiará a sus amigos de vuelta a la selva en excursiones a cuatro patas.

La historia tiene un final poco sutil, pedagógico: “Ahora el señor Tigre se siente libre siendo él mismo”, y el tono, aunque divertido, es moderado: leemos entre líneas que está bien ser salvaje, pero no tanto. A diferencia de Salvaje de Emily Hugues (Zorro Rojo, 2014) en el que una niña es criada por animales en el bosque y cuando un par de cazadores la encuentra y la lleva con un afamado psiquiatra para que la eduque, a ella, como le pasaba a Huckleberry Finn con la viuda Douglas, le resulta insoportable. Volverá al bosque acompañada del perro y el gato del psiquiatra, también liberados de sus moños y collares, para asumir su esencia silvestre totalmente.

Salvaje puede leerse como una reformulación de las historias de niños ferales de finales del siglo XVIII y principios del XIX. En particular la del niño francés, Victor de Aveyron, encontrado en 1797 en los bosques del Languedoc en Francia y luego estudiado por psiquiatras y exhibido por todo el país como ejemplo de humano en estado “puro” de naturaleza. En 1799, Víctor, como la niña de Salvaje, se escapa, pero a diferencia de ella, lo recapturan. Su historia se han mantenido vigente en buena parte por la película “El niño salvaje” de François Truffaut estrenada en 1970. En 2012, la editorial Impedimenta publicó otra reescritura del caso, la fantástica nouvelle El pequeño salvaje de T. C. Boyle .

Estos dos libros recuerdan al valeroso Emil, del gran Tomi Ungerer (Loqueleo, 2015), un pulpo que después de probar una artificiosa vida de celebridad, fiestas y arriesgadas misiones fuera del agua decide regresar “a su vida tranquila en el mar”.

Ilustración de Jan De Kinder.

En el apenas publicado ¿Te da miedo el bosque, Papá Lobo? de Jan De Kinder (Océano, 2018) hay una mirada que actualiza las relaciones paterno-filiales y agrega un giro intertextual al reencuentro con la naturaleza y la ferocidad. Aquí el clásico lobo del cuento se ha domesticado, como el Señor Tigre, pero no siente ninguna necesidad de regresar al bosque, al contrario, le aterra. Su pequeño hijo (este lobo incluso ha sido padre) debe casi arrastrarlo hacia la espesura y luchar contra sus temores. Al menor crujido de hojas, Papá Lobo quiere volver a la casa. La tensión va aumentando cuando nos damos cuenta que se dirigen hacia un lugar, o para encontrarse con alguien, que atemoriza más al papá. El ingenioso final quizá confirmará alguna sospecha del lector: efectivamente ese lobo quedó traumatizado por otro cuento que conocemos y de ahí que tema internarse en el bosque. Su hijo, sin embargo, disfruta mucho ir, ha entablado una amistad inesperada.

Una aproximación, como decía, con rasgos más actuales en las relaciones padre e hijo, que subvierte el rol tradicional adulto-niño. Y, por otro lado, el desenlace exige al lector el conocimiento de otro cuento clásico y una serie de deducciones que pueden detonar una charla literaria muy estimulante y más o menos retadora según la experiencia lectora.

Sigamos rugiendo. Otro tigre famoso es Hobbes, muñeco de peluche y gran amigo de un pequeño niño, Calvin. Una suerte de versión pop y más irreverente de Christopher Robin y Tigger de Winnie de Pooh de A. A. Milne. La canción del Yukón (Océano, 2016), que hace referencia a ese territorio remoto norteamericano, que vería estallar la famosa fiebre del oro a finales del siglo XX, es el tercer volumen que agrupa las tiras cómicas de estos personajes. Aunque Calvin y Hobbes viven situaciones diversas, días de escuela, vacaciones, injusticias domésticas, varias historias abordan el contacto con la Naturaleza. El propio padre de Calvin propone una anhelada acampada que resulta fallida pues empieza con un aguacero que no para hasta el día que se van:

En otras tiras, Calvin habla de vivir en el bosque una vida salvaje: “Podemos ser Robinson Crusoes viviendo de la Tierra”, le dice a Hobbes. De hecho, la canción anunciada en el título abre el libro:

¡Dejaremos la vieja vida atrás!
¡Hasta nunca, mamá y papá!
Estamos hartos de obedecer,
¡no lo haremos nunca más! (…)

¡El Yukón es el lugar ideal!
Es perfecto para vivir.
Podremos gritar y maldecir,
Y nadie nos va a regañar. (…)

No comeremos más verduras.
¡Qué asco, eso es injusto!
Masticaremos con la boca abierta,
y eructaremos con gran gusto.

Formaremos parte de una gran manada
de lobos de la cordillera,
y aullaremos juntos a la luna
hasta que sea de madrugada.

¡Eso es vida! ¡No puedo esperar!
¡Al fin, en esa tierra helada
seremos dueños de nuestro destino,
y viviremos en libertad!

¡No más reglas parentales!
¡No más adultos infernales!
¡Bienvenidas, tierras glaciales!
¡Nos vamos! ¡Nos vamos al Yukón!

Este manifiesto infantil refleja mucho del espíritu de la serie y traslada claramente la tensión salvaje/civilizado a niño/adulto. El mundo de los padres como el orden y la regla, el mundo infantil como el de la libertad y el asombro. Otra posible explicación para la proliferación de títulos infantiles y juveniles que retomen el mito.

Calvin y Hobbes ha sido todo un descubrimiento. Plantea relaciones familiares en las que padres e hijos admiten estar hartos unos de los otros y Calvin es el modelo de pequeño inconforme que combate la monotonía con mucha imaginación. No sólo es capaz de convertir a su tigre afelpado en su mejor compañero de juegos, él mismo es un superhéroe que debe sortear adultos convertidos en terroríficos aliens o monstruos. 

 

El tigre se vuelve jaguar

Ilustración de Manuel Monroy.

Si saltamos a Latinoamérica, las rayas se multiplican con Borges, a quien fascinaba el felino, o con Elsa Bornemann, que, en su relato “Donde se cuentan las fechorías del Comesol”, narra cómo se organiza una jauría de gatos para acabar con el Comesol, un tigre empeñado en robarse los rayos solares. Quizá estos gatos no sabían, como dijera Jairo Aníbal Niño, que “El gato es una gota de tigre” y que el tigre no siempre anda solitario, a veces viene acompañado, como en la reescritura del trabalenguas “Tres tristes tigres” que hace Ramón Suárez Caamal en su libro Jugar . Y el tigre se convierte en jaguar.

En el recién publicado Ruge como jaguar (Ediciones Castillo, 2018), un poema breve de Ricardo Yáñez se extiende, sigiloso, con las ilustraciones de Manuel Monroy. Aquí un niño nos dice: Desde esta máscara miro / que puedo ser un jaguar. / Jaguar respiro. Y así, después de ponerse una máscara, se vuelve en ese felino y el juego lo lleva a la selva y al manglar, en los que nada y caza. Luego regresa más contento de lo que había partido y, nos dice Monroy, dibuja para sí un jaguar y un cocodrilo con una pelota en el medio: ellos también juegan, el juego no termina sólo se transforma.

Ilustración de Manuel Monroy.

 

Soy un animal, Alfredo Soderguit (Libros del Zorro Rojo, 2018); La apuesta, Laia Jufresa y Cristina Sitja Rubio (Ediciones Ekaré, 2017), El soñador, Pablo De Bella (FCE, 2017)

Esas miradas que se cruzan: máscara de jaguar-niño-jaguar dibujado, hacen pensar en el minimalista, pero muy expresivo, Soy un animal del uruguayo Alfredo Soderguit (Libros del Zorro Rojo, 2018). Cada página, el lector usa una “máscara” diferente: búho, sapo, toro, cóndor. Con los verbos como seña de identidad común se sostiene un discurso antiespecista, igualitario, muy en boga: “Cuando escucho”, como murciélago, “Cuando hablo”, como perico, “Cuando juego”, como perro, “Cuando cambio”, como camaleón… “Soy un animal”. El autor nos recuerda que todos los somos con un ritmo que hace pensar en un juego rápido, tan ocurrente o profundo, con tanta dimensión ontológica o ecológica, como el lector quiera.

El libro, y en esto se distingue de otras propuestas que buscan generar empatía con nuestros compañeros coterráneos, no culpabiliza. Normaliza ser animal, como tantos otros. Un mecanismo muy similar al de Una familia salvaje de Laurent Moreau, publicado por esta misma editorial en 2017. Allí una niña compara los atributos de su familia con los de ciertos animales.

Para seguir diversificando a los felinos, en La apuesta (Ediciones Ekaré, 2017) de Laia Jufresa y Cristina Sitja Rubio, un guepardo y un conejo se hacen amigos desde pequeños —entonces creían que eran de la misma especie, igual que los inolvidables Coco y Pío (Ekaré, 2010)— y prometen nunca hacerse daño. Un día, Guepardo le apuesta a Conejo que el elefante es “el animal más malo del mundo”. Conejo no piensa lo mismo y por ello lo conducirá a una aldea humana.

Una fábula enriquecida gráficamente que, al recordarnos también que somos animales del mismo reino, propone un ajuste de cuentas: ¿quién es realmente más feroz? El trasfondo moralizante, por fortuna, no domina el tono del relato, aunque sea una fábula. El humor bien calculado de Jufresa y la riqueza visual de Sitja, con paisajes y perspectivas que hacen sobresaliente su cualidad documental, hacen al álbum entrañable (les recomiendo leer el testimonio de la ilustradora sobre el proceso de creación del libro, aquí).   

Ilustración de Cristina Sitja Rubio.

Un dilema con el mismo trasfondo ecológico y vindicativo encara otro libro salvaje, y no el de Juan Villoro, sino Salvaje de Roger Mello (Global Editora, 2011). Álbum silente e inquietante en el que un cambio de perspectiva en al composición de las ilustraciones es suficiente para desplazar al cazador de su lugar tras la escopeta al interior de la “jaula”. El tigre, ahora libre, lo mira ya sin desventaja y se va. Cazador cazado.

El jaguar o leopardo de El soñador (Premio A la Orilla del Viento 2016, FCE, 2017) de Pablo De Bella, retoma una antigua pregunta —¿despertamos del sueño o soñamos que despertamos?— que se aprecia por su plasticidad, llena de reflejos y referentes surreales, más que por la originalidad del planteamiento. Aquí la elección del protagonista, cuerpo de niño, cara de felino —como si el personaje de Ruge como un jaguar no hubiera podido quitarse la máscara— tiene que ver con esa posibilidad que han dado siempre otros animales de encarnar personajes más abiertos, en los que ni género ni identidad cultural quedan definidas. Una forma de decir: todos somos jaguar… o todos somos cualquier niño o niña.

Mismo mecanismo que en aquel clásico que se atesora, Correo para el tigre de Janosch (Kalandraka, 2011), con esa sencilla y amorosa pareja compuesta por Oso y Tigre, reflejo de cualquier pareja humana; o el maravilloso poemario Tigre callado escribe poesía de Monique Zepeda y Julián Cicero (Ediciones El Naranjo, 2010). “Un tigre me anda por dentro”, dice el niño poeta, y parece el deseo cumplido de otro niño: “Tigre, / dame una manita / de gato” de Tigres de la otra noche de María García Esperón y Alejandro Magallanes (FCE, 2006). Aquí, el niño le pide al felino un poco de su fiereza para enfrentar sus miedos: “Afuera / están los chicos grandes, / las materias desconocidas / la maestra y los policías”. No hay cacería, el tigre que este niño ve pasar dentro de sí mismo, no necesita ser dominado, no es una amenaza, es su compañero: “Yo, en bicicleta. Tú a mi lado. / Tu carrera / sobrepasa / las dos ruedas”. El animal, insisto, como reflejo.

Cierro el catálogo con otros tres: el divertido y escatológico Tantos tigres atados de Moon-hee Kwon (Océano, 2010), que aligera la representación del tigre; la premiada novela histórica sobre dos hermanos tigres Tigre Tigre de Lynne Reid Banksy; y el poderoso mito ilustrado, Jaguar, corazón de la montaña de Ana Paula Ojeda y Juan Palomino (Ediciones Tecolote, 2014) que le confiere su carácter sagrado y venerable.

 

La vida salvaje, Claudia Rueda (Océano, 2010); Imposible, Isol (FCE, 2018); Los temerarios, Roger Icaza (Gato Malo, 2017).

Finalmente, en La vida salvaje de la genial Claudia Rueda, una pareja de ratones osados emprende un viaje en busca de “la vida salvaje”. El gracioso recorrido en verdad activa el instinto explorador del lector. Página a página debemos observar bien: ¿por dónde andan estos ratoncitos?, ¿qué clase de roca es esa que pisan? El enigma de la expedición se resolverá más pronto que tarde según la edad, aunque los ratones no lo resuelvan nunca. Para ellos ha sido una pena no encontrar “animales grandes y feroces” y lo más inesperado que les sucede es una lluvia al final —¿lluvia?—, pero: “a los exploradores un diluvio no nos intimida”. La narración en clave de diario de exploración con fotos instantáneas como registro, completa bien el tono naturalista de la propuesta y, principalmente, provoca risa, pues notamos el despiste de los excursionistas. Ellos no tienen ni idea de por dónde andan, nosotros sí, y cuánto disfrutamos descubrirlo.

Además de la larga y cambiante red que podemos lanzar hasta el diario de Los jóvenes náufragos de Black Lake Island, una de las muchas lecturas que propicia este libro es ecológica: caminar por esta tierra como ratones sobre otro ser vivo más grande, sin alterarlo, sin siquiera despertarlo si acaso estuviera tomando una siesta de media mañana.

El llamado salvaje toma un giro fantástico en muchísimos libros en los que un personaje se interna en un mundo boscoso. Dos novelas recientes: Las crónicas de Wildwood de Colin Meloy y Carson Ellis (Alfaguara, 2015) y La Dama de la Selva de Antonio Ramos Revillas con ilustraciones de Zuzanna Celej (FCE, 2017).

En la primera, Prue es una niña independiente y atrevida que un día ve cómo una bandada de cuervos secuestra a su hermano pequeño. Lo llevan al Territorio Impenetrable, un bosque, separado de su ciudad por un río, del que nadie nunca habla y al que está prohibido entrar. Y entonces, Prue, no tendrá otra alternativa que penetrar ese lugar inexplorado. Dentro, y junto con un amigo de la escuela que se une casi por error a la misión, descubrirá un ejército de coyotes, aves que hablan y una misteriosa gobernadora que recuerda a la Reina de las Nieves o a la Bruja Blanca de Narnia y que, como en esos mundos, será una amenaza para todo el reino mágico. Tierra Salvaje o Wildwood, una de las regiones del Territorio Impenetrable, será testigo de enfrentamientos feroces.

A pesar de que es fácil entrar a la novela, no lo es tanto permanecer en ella, quizá por eso Alfaguara no ha continuado con la publicación de la segunda y tercera parte de la trilogía. Sin embargo, la escritora crea un universo consistente que inspirará arrojo y curiosidad a los lectores pacientes.

Lo mismo sucede en La Dama de la Selva. Un niño, Manuel, vive en una densa selva y una noche, luego de mucho correr y creerse perdido, descubre Sindale, una selva mágica. Esa selva dentro de su selva pareciera estar hecha de muchos ecosistemas y mitologías distintas. Cordilleras con forma de lagarto, pirañas gigantes, curanderas, ondinas, duendes, espectros y salamandras de fuego saldrán a su paso. No estará solo, Zuna, una cazadora de la luna y a los Niños Lince, que tienen las habilidades de Mowgli y el carácter juguetón de los Niños Perdidos, correrán con él y lo dotarán de coraje para completar esa tarea que parece imposible: hallar a la Dama de la Selva antes del amanecer.

Ilustración de Isol.

En la transición a un mundo cotidiano, pero todavía con un pie en lo fantástico, está el nuevo libro de Isol: Imposible (FCE, 2018). Aunque repite la fórmula de su conocido libro El globo (FCE, 2002), invierte la mirada. Ahora no es una hija que desea un cambio en su mamá, ahora son padre y madre abatidos por el ingobernable Toribio, que lleva en el nombre todo el brío. Pedirán ayuda a la Sra. Meridiana, cuyas “pociones naturales” y su “método científico” se anuncian en el periódico y prometen resolver rápidamente cualquier problema. La solución, sin embargo, es muy inesperada… los padres gritan del susto, pero no corren a pedir un antídoto… después de todo es casi exactamente lo que deseaban. ¿Qué tan domable será ahora Toribio? 

Además de ofrecer a los padres lectores una alternativa cómica para desahogar sus fantasías, el audaz desenlace plantea una versión extrema y literal de aquello de sentirse animal que vimos en los libros más arriba, o como en el siguiente:

Esta niña vive “en la luna” y se siente loba, aunque deja ver un contexto realista de prohibiciones paternas, hastío escolar y soledad doméstica. Ella dice “Corro a cuatro patas / por la estepa deshilachada / de mi alfombra”. “De mi columpio a un charco, aterrizaje forzoso de licántropa en camuflaje. Estallido de lodo. Todos mis días son días de lobos”. “Mi papá ruge gigantesco: / ‘¡Eres una niña, no una loba!’ / ¡No se entera de nada! Salto en un aullido a la mesa. / Soplo y soplo… / Pero no puedo tirar la casa”.

El poemario ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2014, Lunática de Martha Riva Palacio y Mercè López, es una ofrenda para la libertad interior. Igual que Calvin y Hobbes, esta niña-loba combate cualquier sometimiento con imaginación y juego, con “la cara pintada de sudor y tierra”, invocando “a los espíritus de la tarde”. Aúlla por los niños que han muerto de aburrimiento en la escuela, quiere probar el sabor del pasto y mojarse en la lluvia. Defiende la escalada “sin que te importe / que se rasgue tu vestido”, sentarse “al borde de la barda” y concentrarse solamente en que tu “cabello en maraña / es nido de vientos”.

Ilustración de Roger Icaza.

Toribio y esta niña lunática son de la misma especie que la tropa de niños y niñas de Los temerarios de Roger Icaza.

El llamado salvaje ya sin ninguna alegoría también está presente en la LIJ contemporánea. Estos chicos desenfrenados andan de aquí para allá, quieren experimentar por cuenta propia todas las texturas a su alrededor, dan rienda suelta a su deseo inconsciente de partirse la cara. Pero, son la revancha de Los pequeños macabros de Edward Gorey: sobreviven a todas sus hazañas.

Van al mar, por más, todos juntos, aplastan la ola. Nadie los vigila, pero cuando oscurece, una madre llama y uno de los niños, tan obediente y tranquilo, cómplice del lector, vuelve a casa sano y salvo. Roger Icaza rompe así el arquetipo del salvaje sin padres que hemos visto, propone un equilibrio: hay padres que están al pendiente pero no asfixian; y en el doblez: niños y niñas que no están todo el día exigiendo entretenimiento a sus padres. 

El libro es una celebración a la libertad exterior. No es un chapuzón hacia adentro como, por ejemplo, Bárbaro de Renato Moriconi (FCE,2015) o Esconderse en un rincón del mundo de Jimmy Liao (Barbara Fiore, 2010), invita a levantar la cara de la pantalla (ya casi termino esta entrada) y salir de la habitación. Es una lectura catártica que compensa al lector en un entorno en el que ya no se puede jugar tan libremente y ciertas ciudades plantean serios peligros para los niños. En ese sentido, este álbum sin palabras podría tener un aire nostálgico para algunos, pero también ser una promesa o un símbolo de lo que sigue ocurriendo aunque con otras prácticas culturales.

Muchos de estos libros, hemos visto, vuelven tigre al niño, simbólica o literalmente. Emparentar al animal con el niño, peyorativa o positivamente, ha sido una constante en la historia de la cultura. Estas publicaciones animan esa conversación, como dijera Gabriel Zaid, pero van configurando un cambio de paradigma: No es animal y niño, es felino y niño, ambos animales, distintas especies.

¿Será la condición del nuevo naufragio imaginar que no cazamos al tigre, que aprendemos a sobrevivir como/con él? ¿El niño o la niña salvaje —que juega sin freno, que está “harto de obedecer”— aparece con más frecuencia en los libros porque el niño real, con sus deseos de libertad y juego no domesticados, gana/recupera terreno en una sociedad sobreprotectora?

Lo salvaje, entonces, no como dicotomía colonialista, conservadora, más ligado a aquello libre, silvestre y natural, común en todas las especies; con protagonistas que desobedecen, subvierten los roles, ganan autonomía y salen al mundo. De hecho, por otro lado, estos libros integran un panorama que quizá busque moderar sí, la vida tras la pantalla, pero que también puede ser un signo del reavivamiento de viejos prejuicios que satanizan lo “artificial” o tecnológico y santifican todo lo “natural”, herencia de la sociedad postindustrial. De ahí que, en algunos casos, veamos circular libros eco-friendly disfrazados de ficción que aprovechan la coyuntura o el plan de estudios escolar para entrar al mercado. Vale subrayar que en los aquí reseñados el tema no somete a la historia y el lector puede disfrutar estos regresos a la naturaleza o rugir su identidad o, como veremos en la siguiente entrega, correr con el espíritu del bosque y llegar hasta los lugares más extremos de la Tierra.

Lo salvaje representa ese Otro, distinto, que a veces intimida. ¿Y será que, además, al reconciliarnos con lo salvaje borramos una frontera?, ¿somos más tolerantes con lo Otro?, ¿con los niños, niñas y jóvenes?

Ilustración de Roger Icaza.

 

Ilustración de portada de Amanda Mijangos y Armando Fonseca para El libro de la selva (Castillo, 2017)

#NuevoLlamadoDeLoSalvaje #RegresoALaNaturaleza #LIJ

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