Las publicaciones escritas e ilustradas por los propios niños y niñas son una suerte de ajuste de cuentas semántico de la llamada “literatura infantil”, paradójica denominación de un arte escrito por adultos. Son también un paso adelante en el reconocimiento de los niños y niñas como creadores, es decir, como protagonistas de una historia de escucha relativamente reciente.

En esa historia, la de considerar mayores a los “menores” y publicar libros que quisieran hablares específicamente, hubo escritores que empezaron por atender demandas de cuentos, como la de una niña de 10 años, Alice Liddell, que exigió a Lewis Carroll una historia llena de disparates, o la de Margarita Debayle, que a los 8 años pidió a Rubén Darío un cuento en verso; otros, como Beatrix Potter u Horacio Quiroga, pensaron en hijos o en hijos de amigos para crear sus narraciones; y algunos más los incluyeron activamente. 

De estos últimos basta recordar que L. Frank Baum escribió toda la saga del Mago de Oz (14 entregas) retomando muchas de las ideas que los propios lectores le enviaban por correo (y a los que reconocía y agradecía en los prólogos de sus libros) y que Rudyard Kipling sometía sus cuentos a prueba con sus hijos e integraba lo que le recomendaban. Esta natural interlocución sigue practicándose hasta nuestros días. Muchísimos autores entrevistan a niños, preguntan en foros, hacen lecturas en grupo escolares… Los divertidos poemas en Pantuflas de perrito (Almadía, 2009; Pequeño editor, 2013) de Jorge Luján, por ejemplo, fueron escritos en diálogo con niños y niñas latinoamericanos, que aportaban anécdotas en una plataforma de internet, y luego ilustrados por Isol. O Alguien en la ventana (FCE, 2006) de M. B. Brozon realizado también a través de un sitio de internet que tenían la UNAM y el FCE, llamado “Chicos y escritores”, en el que un autor empezaba una historia y la continuaba con las colaboraciones de los niños y niñas cibernautas.

 

Primero y después: niñas escritoras

¿Y firmar directamente sus creaciones? La historia de niños escritores es una historia protagonizada por niñas (¿al fin una excepción?). La primera niña escritora publicada de la historia es Daisy Ashford, nacida en Inglaterra en 1871, que, cuando tenía 9 años de edad, escribió en un cuaderno The young visiters or Mister Salteena’s Plan (Los jóvenes visitantes), una novela corta con un cómico triángulo amoroso en el que ridiculiza a la aristocracia inglesa. Pero el libro se publicó hasta 1919, luego de que Ashford encontrara su libreta en un viejo cajón y llegara a las manos de Frank Swinnerton, un novelista y lector para la editorial Chatto and Windus (que publicaba a celebridades como H.G. Wells, Samuel Beckett, Aldous Huxley y Mark Twain).

Swinnerton recomendó ampliamente la publicación de la nouvelle casi exactamente como se había escrito, con todo y errores ortográficos. La cereza del pastel fue que J. M. Barrie accedió a escribir un prefacio (hecho que provocaría muchas sospechas, prejuiciosas, hoy desacreditadas, de que el autor de la obra fuera el propio Barrie).

Su mirada infantil e incisiva sobre el mundo adulto conquistó enseguida a lectores chicos y grandes, incluidos los críticos que, en adelante, usaron frecuentemente su obra como ejemplo de literatura naif. Tal fue su éxito que el mismo año de su publicación se reeditó 18 veces. A un año de la muerte de Ashford, en 1973, Alan Friedman publicó una reseña en el New York Times en donde la calificaba de “delicada y salvaje obra maestra”. Hasta la fecha sigue imprimiéndose y adaptándose (en 2003 la BBC hizo una película protagonizada por Jim Broadbent y Hugh Laurie).

En la línea de tiempo sigue Ana Frank, que entre los 13 y 15 años escribió el cada tanto controversial Diario que su padre publicara en 1947. Uno de los libros más leídos en el mundo. Y luego viene la estadounidense Dorothy Straight que, en 1962, a los cuatro años de edad, escribió el libro How The World Began (Cómo comenzó el mundo) como regalo de cumpleaños para su abuela. Dos años después, en 1964, Pantheon Books lo editó y circuló con notoriedad.

Y un último salto: El Mahabharata: contado por una niña (Siruela, 2004), que la escritora india Samhita Arni empezó a escribir e ilustrar cuando tenía 8 años y consiguió publicar con la prestigiosa editorial Tara Books en 1996, a la edad de 12. Desde entonces se ha traducido a ocho idiomas y se han vendido más de 50 mil copias.

 

¡Qué porquería es el glóbulo!: muchas voces en un libro

Algunos pueden considerar los casos anteriores excepcionales, no sólo por el prodigio que supone escribir obras literarias a edades tan tempranas, también por la fortuna de haber encontrado editores que las valoraran y publicaran. 

Ciertamente, la espontaneidad y belleza con la que escriben muchos niños y niñas no son suficientes para publicar un libro. Y en los abundantes espacios de creación que se abren para ellos es poco frecuente que se emprenda un trabajo sostenido y estructurado que permita la posterior publicación de un libro. Pero sucede. Hace falta un adulto que escuche e inserte en el mercado editorial ese asombro.

El profesor uruguayo José María Firpo fue uno de los primeros en hacerlo en formato de antología. En 1975, publicó en Montevideo El humor en la escuela (Arca) y un año después en Buenos Aires, con un mejor título, ¡Qué porquería es el glóbulo! (Ediciones de la Flor) que sigue en boca de los lectores. Allí reunió testimonios, microficciones y aforismos de chicos sobre diversos aspectos de la vida y materias escolares o como dice él mismo en el prólogo: “lo que se oye, se escribe, se ve o, en una palabra, se vive en la escuela”.

Los agrupó por temas o conceptos como “El aparato circulatorio”, en donde se lee: “En el aparato circulativo hay de sangre, ¿sabe cuánto, hay? Hay como 5 litros de sangre; los niños también tienen”, Hay unos 9000 glóbulos blancos y ellos andan recorriendo el cuerpo despacito esperando que el hombre se haga un tajo para salir corriendo para allá y luchar”, “La parte de abajo del corazón se llama ventriloco”; o partes del cuerpo: “El ojo es una cosa muy complicada, más o menos es así: la vista le dice al ojo: —Mirá un toro, y el ojo le dice: —¡Dispará!“, “En mi casa todos tenemos estómago porque es muy útil”, “A veces yo tengo el ombligo limpio”; o asuntos más existenciales: “Mientras no llueva hay esperanzas de que no llueva”.

 

En el mismo tono, otro éxito de ventas es Casa de las estrellas. El universo contado por los niños (Aguilar, 2009)coordinado por Javier Naranjo y publicado originalmente en 1999 en Colombia por la Universidad de Antioquia. Una suerte de diccionario, querido subgénero en la LIJ, en el que al fin entendemos palabras como:

Cielo: “Donde sale el día” (Duván Arnulfo Arango, 8 años). Beso: “Dos en acercarse” (Camila Mejía Gónima, 7 años). Asesinato: “Quitarle lo mejor a una persona” (Juan Esteban Restrepo, 9 años). Adulto: “Niño que ha crecido mucho” (Camilo Aramburo, 8 años)”. Universo: “Casa de las estrellas” (Carlos Gómez, 12 años). Vida: “Un corazón que tengo aquí dentro” (Paulina Uribe, 10 años).

También cabe mencionar Los niños responden. Las vivencias y sueños de niños de todo el mundo (Ediciones Oniro, 2009), que apareció en Alemania en 2006 por iniciativa de Beatrix Schnippenkoetter. Aunque con un enfoque más antropológico que artístico, allí, niños de 86 países responden preguntas como: “¿Qué fue lo último que soñaste?, Si pudieras ser un animal, ¿cuál serías?, ¿Qué te hace feliz?, ¿A qué le tienes miedo? ¿Qué te gustaría cambiar de tus padres?”. Valioso retrato de infancias que conmueve y divulga.

Y, finalmente, tres más recientes, notables por su materialidad y cuidado editorial. Dos de la editorial Media Vaca: Oaxaca. Libro de sueños (2015) y Museo Media Vaca (2018), y No se lo coma (2016) de Editorial Hueders. El primero fue coordinado por Roger Omar y en el hay “99 sueños escritos y dibujados por niñas y niños oaxaqueños en los hogares, escuelas y bibliotecas de Oaxaca de Juárez”. Luego de un mes de dar talleres en los que surgieron más de mil sueños, Omar, que se presentaba como “recolector de sueños”, seleccionó una puñado para este libro que mantienen su espíritu infantil (confiado, poético y original), tanto en texto como en imagen. El segundo es un libro colectivo en el que 31 ilustradores redibujaron dos de sus obras de arte favoritas y un grupo de niños entre 6 y 12 años inventó historias o escribió opiniones a partir de éstas. Aquí algunos ejemplos de ambos:

No se lo coma, firmado por Sara Bertrand, Alejandro Magallanes y Augusta, Antonia, Daniel, Elisa, Nicolás, Margarita, Max, Mikael, Mila, Pedro, Sebastián y Violeta, abre preguntas provocadoras que Sara responde con narraciones breves y alocadas, Alejandro con ilustraciones sugerentes y sintéticas y los niños y niñas con franqueza, espontaneidad y sentido común.

¿La muerte es fea? “El otro día, en la línea del tren, había un gato en procesamiento de muerte, tenía las tripas todas afuera y la lengua muy seca y estaba lleno de sangre por todas partes” (Mila, 5 años). ¿Para qué sirve la imaginación? “Puedes imaginar que vas volando y no tienes alas, o, que los niños son los padres de sus padres y los castigan cuando se portan muy mal” (Violeta, 8 años). ¿Qué has descubierto tú? “Que no todos los bosques tienen lobos” (Daniel, 5 años). ¿Tus padres mienten? “Cuando dicen vamos a ir a tal parte y después, no te sacan” (Sebastián, 7 años).

 

‘Imaginación inigualable’: el trabajo del mediador

Aunque llenos de ocurrencias, agudezas y poesía, en los libros anteriores no hay trabajo sostenido de escritura ni un desarrollo muy elaborado de voces narrativas. Otros proyectos van más allá de la colaboración o inclusión aislada en un catálogo: un mediador da seguimiento y formación artística a los niños y niñas con miras a editar libros o revistas.

Muchos mediadores de lectura y maestros en diversas latitudes encaran el desafío de hacerlo en publicaciones modestas, artesanales, de apenas un par de ejemplares que van a la biblioteca escolar o a la sala de lectura. Pero la acción deja huella. Es común que esos libros sean “los más leídos” en los espacios pues sabemos que otros niños y niñas sienten curiosidad por leer lo que escribieron sus pares.

Así pasa en la escuela primaria Enrique Rébsamen en Oaxaca. Allí y ante la imposibilidad de hacer compras de libros para engordar el acervo de su biblioteca, el profesor Fermín García Santiago, propuso hace diez años que ellos mismos elaboraran libros. Y así, año con año preparan una publicación colectiva con estudiantes de todos los grados que se convierte rápidamente en la más buscada del acervo. La de 2017 se tituló Las cosas no están tan lejos como aparentan y empieza con una minificción, misteriosa y con final inesperado, titulada “La llave”, escrita por Bryan Kenay García, de 6 años de edad:

La llave estaba tirada en el piso.

El señor se encontró la llave.

El señor levantó la llave que se encontró.

Con esa llave el señor abrió un ropero y encontró un perrito.

 

Tono de retahíla y sencillez de Tolstoi. Cuenta el profesor Fermín: “La totalidad de los escritos fueron realizados en forma autónoma, según pautas establecidas previamente: lecturas, elaboración de plan de escritura, redacción del escrito, momentos de corrección e ilustración  y un último momento de corrección conjunta estudiante-docente”.

Libertad y reglas de juego, axioma de la creación.

También en Oaxaca, Charlie A. Secas fundador de la asociación civil Come Libros, lleva 12 años trabajando como mediador de lectura y realiza, desde hace dos, el Laboratorio de Escritura Creativa para niños del CaSa (Centro de las Artes de Oaxaca) que tuvo como resultado la elaboración de la revista de cuentos “La Caldera”, de la que ya llevan dos fantásticos números (el primero puede leerse aquí).

Nos dice Charlie: “Leer y escribir es junto con pegado, así como las rayas negras y blancas de la Cebra: juntas son la piel de un hermoso mamífero vivo y salvaje; solas, separadas son sólo líneas de un código de barras. Al igual que el pelaje de las cebras no hay un patrón o método para que los niños y niñas escriban o lean LIJ, ya que ninguna cebra tiene el mismo patrón de rayas que otra”.

“Pero, ¿cómo acercarte a una cebra?, ¿cómo dejarlos que corra la tinta sin intervenir en su proceso creativo?”.

“La respuesta, para mí, ha sido el respeto. Los talleres de creación literaria son una oportunidad de liberarlos de la presión de las notas escolares y la competencia, y ofrece la posibilidad de brindarles un espacio donde puedan expresarse libremente. No hay por qué preocuparse de las faltas de ortografía, ni de los problemas de sintaxis. Lo importante es que encuentren un vínculo de confianza entre el guía (no maestro) y ellos”.

La responsabilidad del mediador, continúa Charlie, es “aprender a leer y a descifrar, literal y metafóricamente, los textos que ellos producen. Hay una gran humildad en reconocer que nosotros somos los que pedimos permiso en entrar a su universo, a su lenguaje, a su corazón. Si, corazón, por que si no es con la humildad del cariño no se puede reconocer a los niños con una voz propia, inteligente y cálida. No hay que temer que tal vez al principio sean un poco ariscos, hay que ser pacientes, brindar confianza y, poco a poco, contarán miedos, tristezas y sueños”.

Un caso emblemático es el de Silvia Katz (a quien entrevisté en esta entrada). En Salta, Argentina, desde hace más de 20 años, cada año aparece un libro distinto entre las novedades editoriales firmado por los niños y niñas de su Taller Azul. En 2017, y con el auge que siguen cobrando las relecturas y reescrituras de los clásicos, publicaron Requetecuentos, volumen que reúne nuevas versiones de cuentos de hadas y novelas. En 2018, las y los escritores hicieron manifiestos personales para expresar quiénes eran y las diversas formas de ser ellos mismos al responder cuestionarios y dibujar autorretratos en Este es mi Yo. Los libros no sólo circulan entre los lectores también en librerías en Argentina.

Algunos ejemplos. Responde Félix Lávaque, de 6 años: Si vos no fueras vos, ¿qué serías? “Una caja registradora”. ¿Por qué? “Porque me gusta que me rasquen la cabeza cuando me pasan las tarjetas. Y también quisiera ser un mago”. Responde Mora Barbarán Costantini, de 5 años: ¿Cuántos años quisieras tener? “Cero añitos, para tomar la teta”. Además de la belleza física, ¿qué otra belleza conocés? “El atardecer de Brasil”. Zoe Slodki Dantur, de 6 años: ¿Qué le preguntarías a una casa? “¿Sabías que vivo adentro tuyo?”.

Mateo Ismael Guerra Gil, 8 años: ¿Qué harías si fueras la mamá de tu papá? “Me vengaría por todas las veces que me cantó la canción ‘Duérmete niño, duérmete ya’. Si vos no fueras vos, ¿qué quisieras ser? “Una pulga. Para ver cómo es la vida de mi perra2. Si el mar hablara, ¿qué diría? “Me mareo”. Sienna Romero, 8 años: ¿Qué harías si fueras un celular? “Buscaría una bebé aburrida para mostrarle una película o ponerle jueguitos”. Santiago González Garrido, de 12 años. ¿Cuál es tu gusto más raro? “Comer pasto. Claro que antes lo lavo y lo pongo en un plato”.


Silvia recomienda, al iniciar proyectos de creación y publicación con niños, mantener el tono de juego en las sesiones y trabajar desde la oralidad con una escucha muy atenta, pero también dar importancia a la selección y edición del material.

Para la maestra de teatro, Zoila Flor Gozáles Pérez, el trabajo con los relatos de tradición oral es también el punto de partida. En el Centro de las Artes Indígenas, en Papantla, Veracruz, tiene un taller con otros profesores de teatro comunitario. Allí, primero se extienden durante varias sesiones contando historias en totonaca, luego eligen entre todos una, la escriben y, finalmente, la representan.

“Los niños tienen una imaginación inigualable. Uno como maestro, por su formación, a veces les dice ‘vamos a hacerlo así’ o ‘hazlo de esta manera’, pero los niños te dicen ‘No, así no, mejor hagámosla de esta otra’. Esa participación es muy importante en el montaje de una obra, para que sientan la historia propia y les guste”.

Lo que Zoila comparte está en el centro de toda mediación como lo está en el centro de toda relación.

En 2014 se publicó A la luz del padre sol una compilación de teatro comunitario totonaca realizada por Domingo Francisco Velasco en el que se incluye una de estas obras trabajadas con los niños.

Por otro lado, también son comunes los talleres para preparar ediciones ilustradas por niños y niñas. En México destacan la colección “Poesía para niños” de Alas y Raíces, en la que se rescatan poemas de autores canónicos mexicanos como Efraín Huerta, Enriqueta Ochoa u Octavio Paz (del que escribí entrada aquí) y “Biblioteca infantil”, de la de Dirección General de Publicaciones de México, que retoma a escritores variados, Juan José Arreola, Leonora Carrington, José Martí, Mark Twain, Julio Verne, Gabriela Mistral, Oscar Wilde… (por cierto todos los títulos de esta colección se pueden descargar gratuitamente aquí), bajo la mirada de niños y niñas que, con sus dibujos, proponen nuevas lecturas.

 

De concurso

Otro camino para publicar son los concursos. Van y vienen y no muchos tienen continuidad, como Las Plumas de Filoberto que organizaba la UNAM, o están vinculados a agendas políticas, como el Concurso Infantil y Juvenil de Cuento del Instituto Electoral de la Ciudad de México, pero algunos van cobrando notoriedad, como el de El Pequeño Gran Escritor.

Lanzado en 2014 por Yazz y Gavo Casillas y Teresa Sánchez desde Zapopan, Jalisco, pasó de una convocatoria local que recibió unos 100 cuentos a un concurso nacional con más de 1,200 cuentos apoyado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y reconocido como uno de los 22 proyectos creativos más relevantes de México por Wework Creators Awards. El premio incluye una publicación antológica en tapa dura que se presenta cada año en la FIL Guadalajara. Desde el año pasado se sumó un nuevo concurso “El Joven Gran Escritor” para escritores entre 13 y 17 años originarios de Jalisco.

 

Más consejos para iniciar procesos editoriales con niños y niñas

Desde el puerto de Veracruz, Eunice Muruet Luna, maestra en Educación por la Universidad del Estado de Río de Janeiro y co-fundadora de la organización Idea Morada, ha realizado proyectos de promoción y gestión cultural dirigidos principalmente a público infantil desde 2008. Muchos de estos hacen partícipes a ese público, como Cuentos desde la orilla un libro de divulgación que, desde la ficción buscó generar conciencia ecológica entre niños y niñas en diversos poblados a las orillas del Río Jamapa (se puede leer aquí). Otros más han tomado la forma de radiocuentos: Te cuento un cuento, historias y voces de los niños del sur,Nuestras voces al museo y Cuéntame, historias del barrio de la huaca.

En entrevista, Eunice insiste en respetar el tiempo y el ritmo de creación de cada niño, y no esperar productos terminados a la primera (priorizar el juego).

Comparte los siguientes consejos para los mediadores: 

-Respetar el flujo de pensamiento del niño o niña, es decir: Cada niño/niña y su contexto están integrados, entonces, respetar el ritmo de verbalización y de pensamiento es respetar la alteridad del niño o niña como productor, como creador o creadora.

-Forjar un grado alto de autocrítica para no imponer tabúes o censuras propios.

-Tener claras las intenciones de amplificar la voz de niños y niñas en espacios de creación… Sugiero revisar la escalera de participación infantil de Roger Hart (aunque no me gusta el concepto de “escalera”, pero sobre ello también habrá que dialogar) y tener en cuenta que hay actitudes de adulto que pertenecen a espacios de no participación, tales como la manipulación, la decoración o la participación simbólica y que existen gestos que potencian la participación efectiva, tales como: actividades donde, a pesar de que los niños sean asignados a tal o cual tarea, son consultados, actividades iniciadas por adultos pero con decisiones compartidas con los niños, actividades iniciadas plenamente por niños y niñas y también otras que son iniciadas por niños y niñas con decisiones compartidas con adultos.

-No forzar “universos infantilizados o infantilizantes” y para ello hay que leer mucho a quienes están caminando en los estudios de infancia, a quién hace filosofía para y con los niños y niñas, quién piensa divulgación científica ídem. Leer de todo en clave de ampliación de mirada: Desde un Señor de las moscas o un Tambor de hojalata de Gunter Grass hasta versiones de “La Sirenita” de Walt Disney, “Ponyo” de Miyasaki o La Sirenita de Andersen sin los “cortes” y ediciones dados para la construcción de una infancia consumidora y “buena”.

-Estudiar mucho estructuras y juguetes de creación como los de Giani Rodari, adaptarlos, darse el chance de jugar y experimentar y fallar.

-Poder lidiar y abismarse con el silencio de niños y niñas, sobre todo cuando uno está loco por tener respuestas específicas.

-Tomar talleres de clown, hay que saber flexibilizarnos e identificar lo ridículos que podemos ser como adultos en términos de “detentar el poder” al relacionarnos con los niños y niñas… y ellos/ellas lo saben.

Y al editar…

-Realizar acuerdos éticos con el equipo de edición (nuevamente el tema de tener claras las intenciones de amplificar la creación de los niños y niñas). Respetar e integrar dibujos. Ser transparentes con ellos con respecto a lo que se hará, el producto al que se quiere llegar.

-Hacerles partícipes del momento final: La salida del horno, las presentaciones “formales”. Si hay coautoría de adultos y niños colocarla siempre visible.

-Trascender el taller de creación literaria y pasar al taller de creación de un libro el algo que debe estar establecido desde la ruta crítica del proyecto. Si se piensa en clave de ser tallerista y se tiene conciencia de que no se poseen las herramientas para la gestión, edición, producción pero se tiene la intención de generar un producto editorial, entonces hay que hacerse de un equipo interdisciplinario para ello, pero hay que darle su tiempo a cada parte del proceso para que respire.

De Eunice también recomiendo, además, dos artículos:En el umbral: Sobre tiempos y espacios de investigación con niños y niñasyDe ondas e historias: encuentros, sentido y voces sobre narrativas infantiles

 

¿Formar o vender escritores?

Si bien en la historia de la infancia y la juventud me parece un paso adelante que se cuestionen las jerarquías y se desmonte la idea del “escritor consagrado” como el único que puede publicar, a veces el fenómeno atiende más a un cruce entre la cultura infantil y la cultura del espectáculo. En Estados Unidos abundan los “niños escritores”, chicos que escriben sagas distópicas desde los 12 años, cuyos padres pagaron la edición de sus libros y los promueven como estrellas de un programa de concursos. En ocasiones autopublicados y, en otras, como sucedió, por ejemplo, en 2006, con Christopher Beale, en conjunto con alguna editorial como Aultbea Publishing, que cobra por la edición. Beale escribió la “novela” This and Last Season’s Excursions (Las excursiones de esta temporada y la anterior) con el título de “escritor más joven del mundo”, pues tenía 6 años cuando apareció.

Pero ese título siempre está en disputa. El año pasado, Ediciones Atlantis, en España, publicó Dragones en la selva, escrito por Raúl Álvarez Resta de 5 años de edad. Aunque estos ejemplos constituyen un ejercicio loable, que puede alimentar una vocación e impulsar a otros niños a escribir, no siempre atraviesan filtros ni revisiones y aumentan el prejuicio desde el cual lo infantil, y en particular lo literario infantil, puede ser defectuoso. Un acuerdo de ascendencia romántica que dulcifica toda creación de un niño.

Es distinto abrir espacios de creación que publicar libros que, como consta en esta nota, requieren pasar por un proceso editorial y de tallereo. En De la ligereza (Anagrama, 2016) Gilles Lipovetsky señala la facilidad con la que vivimos hoy y que no se esté preparando a los niños “para lo difícil”. 

Los casos se multiplican si entramos al terreno de la literatura juvenil, en el que abundan los libros “escritos” por jóvenes estrellas, como algunos booktubers, que admiten ni siquiera haber releído sus textos, y publicados por transnacionales como Planeta o Random House. Uno se encuentra con autopublicaciones que evidencian mayor cuidado y riesgo, como la que hizo el joven escritor Edgardo Cantú Treviño de su libro Félix el atormentador y sus mundos paradójicos, luego de un largo proceso de edición. 

Los propios niños y niñas reconocen que lleva tiempo. Santiago Cardona Quintero, joven colombiano, mediador de lectura e integrante del grupo Viajeros entre letras, publicó el año pasado Esperanza (Caza de Libros Editores), un libro que escribió cuando tenía cinco años. “Mi profe Esther Lucía me estaba enseñando a leer y escribir, tardé todo el año haciéndolo”, dice.

Dos alumnos y tres ex alumnos de Escuela de Niños Escritores en la Ciudad de México confirman que la formación es primordial. Patricio Escamilla empezó a escribir desde los siete años, hoy tiene 14 y dice: “Lugares como la Escuela de Niños Escritores son importantes porque ayudan a los niños a mejorar la manera en que cuentan historias. Escribir bien es más que sacar 10 en español. Es poder transmitir tus pasiones, errores y mensajes al mundo. Eso es invaluable y alguien que lo puede hacer debería atesorarlo”. 

Ernesto Escobedo, que tiene 16 y escribe desde los 13, coincide: “Escribir es una técnica, tú puedes hacerlo sin ayuda, pero a la hora de exponerlo nadie lo entenderá ni causará una emoción. Si se practica constantemente puedes fascinarte con lo que haces, e incluso a los demás”.

Requiere esfuerzo pero vale la pena. Así lo explica Valeria Dávila Romero, de 11 años: “Es tardado y no es fácil, pero es muy emocionante que veas a un pequeño escritor y digas ‘¡Wow!… sí él lo pudo hacer, ¿por qué yo no?’ Un niño puede inspirar a cientos de personas más con el hecho de haber hecho un libro”.

Mónica Rosales fue alumna cuando tenía 12 años y cree que ejercitarse, además, hará la práctica más duradera. “Creo que es importante que los niños puedan escribir sus propias historias ya que esto desarrolla su creatividad y los puede motivar a seguir escribiendo cuando crezcan”.

Sin olvidar la diversión, como recuerda Daniela Palacios García, de 8 años: “Yo pienso que es importante que exista un taller de escritores para niños porque: podemos inventar historias sin límites, podemos crear personajes nuevos que la gente podría amar por ser interesantes, crear un mundo nuevo con letras me divierte y seguro le divierte a muchos niños más. Si este taller creciera más había más escritores en el mundo y eso lo haría un lugar mejor”. 

Y sí, para Roxana Erdman, editora en Edelvives México y creadora de la Escuela de Niños Escritores, la formación debiera llegar pronto pero sin restar libertad: “Creamos la ENE, porque pensamos que no es necesario esperar a crecer para escribir como los grandes. La literatura escrita por niños es un ejercicio de imaginación, creatividad y autenticidad que no sabe de censura, y sus autores aprenden a organizar su pensamiento y resolver problemas al enfrentar retos literarios, al trabajar con la materia prima de las ideas: las palabras”.

Los niños y niñas tienen una imaginación inigualable, como decía la maestra Zoila, pero, naturalmente, no todo lo que imaginan es publicable. Creación y edición no siempre se cruzan. Aquí y allá hemos visto algunos ejemplos afortunados que, aunque empujen el lugar de la infancia hacia el centro (en la historia de la publicación de libros infantiles), no me parece pueden considerarse una tendencia. Al contrario, en algunos lugares vemos un alejamiento de las voces reales de los niños y niñas para dar paso a una nueva ola de adoctrinamientos. En otros, es verdad que sí, hay más escucha y diálogo, más libros que ahondan en los mundos internos y complejos de niños y niñas y que les significan.

En medio quizá esté el terreno más amplio: el de los niños, niñas y jóvenes creando y haciendo circular sus creaciones sin nuestro permiso y entrelazando disciplinas, en plataformas digitales, comunidades de fanfictions y mensajes de whats. Faltan más espacios de publicación y formación centrados en lo artístico… ¿Faltan? Sí, seguro faltan pero recuerdo a mi sobrino, Toño Suárez, de 9 años, y a otros tantos niños y niñas a los que les he dado taller. Hablan de las novelas que han escrito y me comparten sus poemarios engrapados y terminados, todo desborda imaginación. Ya son escritoras y escritores hoy. Cuando le pregunto a Toño qué quiere ser de grande, me responde sin chistar: “Físico, pero pienso seguir haciendo libros”.

 

Imagen de portada tomada de las guardas de Oaxaca. Libro de sueños (Mediavaca, 2015)

 

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