¿Y a mamá?, ¿quién la arrulla? ¿Quién le cuenta un cuento antes de dormir? ¿Y si esta noche le cantas o cuentas tú?

El libro ilustrado o el álbum de madres e hijos es uno de los subgéneros más populares en la literatura infantil. Cada año siguen apareciendo muchas novedades con poemas o historias breves que suelen retratar positivamente estas relaciones (a diferencia de las de padres e hijos, en las que es más fácil encontrar padres regañones o ausentes).

Circulan algunas excepciones como las pequeñas obras maestras El globo de Isol (FCE, 2002) y Madrechillona de Jutta Bauer (Lóguez, 2001) que incomodan a algunas mamás pero dejan perplejos a los hijos. La primera con un final más audaz, en el que una madre gritona termina convertida en un feliz globo propiedad de la hija, y la segunda con una madre pingüino pidiendo perdón a su hijo por hacerlo pedazos con sus gritos (literalmente pedazos, aunque con una función metafórica). Este último relato resuena con cuentos de hadas y mitologías en las que padres abandonan u ofrendan hijos porque no tienen alimento suficiente o para honrar a la naturaleza o para que inicien su propio camino y crezcan, pero al final vuelven al hogar y hay una reconciliación. Como Jomshuk, niño y dios maíz para los popolucas, a quien su mamá muele en el metate, hace una bolita/huevo y avienta al río; luego renace como dios, emprende su viaje y vuelve con la madre, la perdona y le da el maíz de todos colores.

Mucho hay en El globo y Madrechillona de pedagogía para padres o psicología familiar, pero, a pesar de que parecen interpelar más a la mamá que al hijo, no se olvidan de este y consiguen hablarle a ambos.

En el campo más explorado de relaciones materno-filiales positivas hay otro ejemplo reciente: Nosotros de Paloma Valdivia (Amanuta, 2017; Premio Fundación Cuatrogatos 2018). Una madre va explicándole a su hijo las diferentes etapas que atravesará su vínculo jugando a que son distintos animales. Si no fuera por el probado estilo de Valdivia, tierno sin ser ñoño, sencillo sin ser simple, cualquiera podría opinar que es otro bien intencionado libro terapéutico para mamás. Pero el bello Nosotros será disfrutado por la que abraza y el que es abrazado y juega de a poco más lejos de esos brazos, usa un lenguaje visual y escrito poético bien encadenado que hace avanzar el breve relato con interés y sorpresa y cumple lo que promete desde el título.

No es el caso de Mi pequeño de Albertine y Germano Zullo (Limonero, 2015; Premio Bologna Ragazzi 2016 en la categoría Ficción) en el que una madre carga a su hijo —que pronto deja de ser pequeño— mientras le dice palabras amorosas hasta que se invierten los papeles. La publicación emociona a padres y adultos hasta las lágrimas —he sido extrañado testigo— pero desinteresa o asusta a niños y adolescentes (recuerdo a un chico de unos 14 años en la FILIJ que dijo: “Esto está medio edípico, ¿no?”).

Más allá de esta razonable observación, el libro hace que nos preguntemos ¿quién arrulla a quién cuando canta?, ¿quién acompaña a quién cuando cuenta una historia antes de dormir? (¿c@ntamos al bebé que fuimos?). No hay un solo receptor ni una sola respuesta. Este y los anteriores son libros-bisagra. Cumplen claramente una función de herraje entre dos piezas. Existen para permitir el movimiento entre dos, de un lado al otro. Sí, aunque la metáfora de la puerta esté gastada: son puertas que se empujan o jalan, que se abren hacia adentro o hacia afuera, conectan dos imaginarios.

En Mi pequeño o en Antes, mucho antes… (3 Abejas, 2015) de Antonio Ramos Revillas y Armando Fonseca o en El secreto y Mientras te espero (Leetra, 2018) de Émilie Vast, la puerta se abre más hacia el terreno/interés de los adultos. Son libros escritos, dibujados y diseñados para complacer a mamá. Conmueven, son un lindo regalo y reafirman el amor que siente una madre por su bebé (y eso, claro, lo beneficia), sin embargo, resulta difícil imaginar a un lector creciendo con ellos. No lo digo de forma peyorativa. Esta función es importante, sirve de transición, pero tiene sus límites. Simbólicamente no introducen al bebé en el mundo, lo regresan al vientre.

Otro subgénero que se cruza muchas veces con el de madres e hijos es el de arrullos y canciones. Desde su materialidad, al igual que en la mayoría de los libros anteriores, ya sabemos que van dirigidos al adulto. Pero aquí sí hay una intención de darle al bebé y al niño pequeño una bienvenida al exterior. Su sentido está afuera del libro mismo, en la palabra cantada al otro (¿quién leería en silencio un libro de arrullos?, ¿quién cantaría para nadie una ronda?). Una palabra que puede ser festiva o apaciguadora, pero que significa sólo en conjunto.

Encontrarán a continuación una selección de cuentos, poemas y cancioneros en los que las bisagras no rechinan, conducen a ambos mundos. Algunos más orientados a la mamá, otros más al hijo, pero siempre en un vaivén que fortalece los lazos: respeta individualidades y abraza sentimientos comunes. Y en ese vaivén, la propuesta de un antiguo juego: que el hijo o hija, que normalmente escucha, también tenga su turno para leer, contar o cantar a su madre. Celebrar alternando, en diálogo, en el diálogo que empieza al preguntarse:

¿Quién cuenta, quién arrulla a quién?

1. Cuentos de Mamá Osa

Kitty Crowther. Libros del Zorro Rojo, 2018.

En 2014, Kitty Crowther publicó un inquietante aunque predecible libro, todavía inédito en castellano, llamado Mère Méduse (Madre Medusa) (L’école des loisirs). En él construye a una madre posesiva y sobreprotectora que debe aprender a soltar a su hija. Y lo consigue gracias a la presión y expresión de deseo que la propia niña le manifiesta. En 2017, la autora belga ganadora del Premio Astrid Lindgren 2010, se alejó de la pedagogía para padres para regresar a un universo más clásico infantil. Un osito en la cama quiere tres, “¡Tres cuentos!”, exclama Mamá Osa, antes de dormir. Mamá Osa tiene un gran repertorio, Osito va diciendo cuáles. Primero el de la simpática guardiana de la noche, que toca su gong para avisar a los animales que llegó la hora de acostarse, pero ¿quién toca el gong para ella?; después la aventura de la niña de la espada que se pierde y se hace amiga de un murciélago; y finalmente el problema de Bo, el señor con insomnio que vive en un nido de lechuza y es amigo de una nutria que lanza al mar piedras con palabras escritas. Todas las noches son rosáceas, las páginas nos llevan del espacio seguro y cálido que es la cama del osezno al bosque lleno de misterios e historias fantásticas, con toques surrealistas, muy propios del sitio que espera al soñador. Otro diez de Crowther.

 

2. Trompa con trompita

Jorge Luján y Mandana Sadat. Ediciones Castillo, 2018.

Más animales en este juego de voces entre madres y crías: En las patas de su madre / un tigrillo ruge fuerte, / mas los dientes de su hocico / dan mordiscos de juguete. // Su lomo es una ola / que se eleva y se achica. / Cuando lame a sus crías: ¿las limpia o bien las pinta? Variadas formas de estar juntos, cada cual a su manera o como si fueran uno solo, pero siempre con la rima juguetona y bien pensada de Luján como marco. Y allí dentro, también, apenas saliéndose de los bordes, el trazo de Sadat que ilustra literal y muy acertadamente cada escena. Los pocos elementos con los que compone, por lo general en duotono, dan espacio suficiente al texto, y los gestos de los personajes respetan el carácter original de los versos, sin pasarse de ternura, en medida perfecta, con humor y cercanía. Es fácil imaginar el amoroso juego de madre e hijo imitando a los animales mientras leen.

 

3. Luna con duendes.

Canciones, arrullos y susurros para la hora de dormir

Ilustraciones de Sebastián Dufour. Música Mariana Baggio, Teresa Usandivaras, Martín Telechanski y Pablo Spiller. Aerolitos, 2013.

Quizá el libro-disco de arrullos más original, diverso y hechizante que haya escuchado. Recopila canciones de tradición oral y juegos de palabras de Costa Rica, Congo, Bolivia, España, Argentina, México, Colombia y Rusia, en castellano, mapuche, vasco, rrom, zapoteco, idish, quechua y kikongo. Gran trabajo de etnología musical pues hay temas como “Phatitan”, que no tienen traducción, que son recuperaciones fonéticas, igual que la “Canción tradicional azteca”.

Estas honduras generan a lo largo del disco atmósferas de canto originario, bien sumidas en el sortilegio de la noche: más que arrullos vuelven a ser conjuros para hacer dormir a niños y niñas. Sin perder la dulzura, pero tampoco el suspenso. Lo mismo que las inusuales ilustraciones en las que se desvanecen los rostros y que dan peso al libro. Y, de pronto, algún tema más animado, como el “El Chachachá de Pedrito”, original de Pablo Spiller, para despedirse del día con un baile. Eso también: el proyecto aporta nuevas creaciones al cancionero popular, como “Luciérnaga” (que se puede escuchar aquí), escrita por María Emilia López y musicalizada por Mariana Baggio, o “Canción de Ciro”, compuesta por una niña, Dina Bruno, para su hermanito, y hasta un poema de Federico García Lorca musicalizado. Si se encuentran un ejemplar de este libro-disco háganlo sonar una noche, por perifoneo, en todo el vecindario. 

 

4. Diez cerditos luneros

Lindsay Lee Johnson y Carll Cneut. Ediciones Ekaré, 2018.

Como mamá se ha dormido, / sus cerditos han querido / gozar de la luna llena / y, ¡zas!, se han escabullido. 

Para continuar con el tono del libro anterior, otro encantamiento a la luz de la luna. Diez cerditos traviesos, como Peter, el conejo de Beatrix Potter, se escapan de su casa para vivir una noche de chapuzones, carreras, bailes y juegos. ¡Hasta que un golpe de viento / trae nubes, y en un momento / ocultan la luna llena! / Todos contienen su aliento… A oscuras, con miedo, llaman a mamá. Y allá va ella al rescate. De destacar la traducción de Miguel Azaola, que consigue rimar con fluidez la traducción del inglés. Pero, más que la historia en rima, lo que distingue al libro son las ilustraciones de Carll Cneut (Greta la loca y La pajarera de oro). Sumamente teatral, difícil de ubicar en el tiempo. Por momentos da la sensación de tener un libro de los años 60, con cierta influencia del Al otro lado de Sendak o de Los tres bandidos de Ungerer, pero la expresión corporal de los cerditos recuerda la delicadeza acartonada de los niños victorianos que dibujaba Kate Greenaway. Es decir un híbrido muy contemporáneo que parece clásico. Divertirá a los pequeños y quizá exorcice miedos: por suerte amanece con mamá..

 

5. Nidos que arrullan.

Nanas, cantos y arrullos de América Latina

Selección: Cintia Roberts. Ilustraciones: Laura Varsky. Música: Teresa Usandivaras y Pablo Spiller. Voz invitada: Laura Devetach. Ojoreja, 2017.

Una propuesta hermana de Luna con duendesno sólo porque comparten un par de compositores y temas, también por la maestría en su realización. Heredero asimismo de El libro que canta de Yolanda Reyes (Alfaguara, 2005), está organizado en distintos momentos de vida, como si fuera el primer álbum de fotos de un bebé: “Acunar y arrullar”, “Versitos para el soñador”, “Desperezarse”, “Asomarse a la ventana”, “Saborear”, “Risas y cosquillas”, “¡A galope!”, “Calmar y sanar”, “Con agua y jabón”.

La cuidada selección se ciñe a América Latina, por lo que uno va enseguida sintiendo un techo común y reconoce esas voces. Y hay donde guarecerse: más de 60 versos, cantos y nanas que insuflan pulso propio al libro e invitan a cantar aun sin el disco (compuesto por 18 temas). Las bellísimas ilustraciones reproducen en digital tramas, tejidos y motivos que hacen aún más acogedor al libro-nido. Para volar fuera y volver a acurrucarse.

 

6. Las visiones fantásticas

Maria José Ferrada y Amalia Restrepo. Tragaluz Editores, 2017.

Si en El idioma secreto (Kalandraka, 2013) una nieta nos conduce al jardín de su abuela, aquí son tres hermanas, María, Flor y Magnolia, las que nos llevan al jardín de su madre. Allí, como si nos asomáramos al cuento “Las flores de la pequeña Ida” de Andersen o a Los niños de las raíces de Sibylle von Olfers, las plantas y sus pequeños habitantes viven como nosotros. Incluso tienen algún dios: Mamá nos había enseñado a ver al pequeño dios que habitaba en nuestro jardín. Y para eso “deben quedarse muy pero muy quietas”, decía con voz de cantar. La voz de mamá como vuelo de mirlo o galleta de miel. Y el dios pequeño: sentado sobre las hojas de cedrón o dormido dentro de un durazno. Un viaje botánico que va juntando pequeños relatos-poemas imposibles como un exótico ramo de flores que encantará a los lectores.

 

7. Bichos.

Introducción a la música de concierto

Ana Gerhard. Ilustrado por Mauricio Gómez Morín. Oceáno, 2018.

¡Claro que hay mamás a las que les gustan los bichos! Y los que suenan en este libro-disco le gustarán a todas. Existen muchos más zumbidos, deslizamientos, saltos y vuelos que aquel del abejorro. “Diaro de una mosca”, “Música de insectos”, “El desfile de los saltamontes”, “La entrada de las hormigas”, “Siete Mariposas”, “El renacuajo paseador” y hasta “La canción de la pulga” son algunas de las piezas de grandes compositores que reúne este libro-disco notoriamente ilustrado.

Cada doble página es un concierto gráfico de texturas, recortes y dibujos que incluye: pequeña biografía del músico, por ejemplo: “Silvestre Revueltas: obtuvo su primer violín a los siete años y a los ocho formó una banda de niños a los que (se cuenta) les pagaba con dulces”; una ficha sobre el insecto o motivo de la pieza, ejemplo: “Tienes razón: las ranas no son insectos, son anfibios. Pero como sí pueden entrar en la categoría de bichos, con uno de esos brincos proverbiales de los que son capaces, se han colado en las páginas de este libro”; y una guía de audición para notar, por ejemplo: “Un toque de timbal y platillo seguido del llamado de la trompeta nos anuncia el principio de esta obra. Enseguida se escuchan unos golpes de tarola que establecen el ritmo”. Al final, una cronología de compositores y periodos de música y un glosario de términos musicales completan la experiencia formativa y lúdica. Uno de mis libros favoritos en 2018, cuarta entrega de una serie imperdible (le preceden Seres fantásticos, Las aves y El agua).

 

8. ¿De dónde vienen esas voces?

Historias curiosas de cantares, bailes y ritmos de América Latina

Lucila Carabelli. Ilustraciones: Mariana Ruiz Johnson. Ediciones Iamiqué, 2016.

Dime cómo suenas y te diré de dónde vienes. Esa parece ser la premisa de este atinado libro informativo que responde a preguntas musicales existenciales.

Una estrofa de copla, cueca, chacarera, tango, candombe, cumbia, murga y otros cantares son suficientes para el rastreo. La autora cuenta toda la verdad sobre personajes como el diablo: “Es una figura del cristianismo que llegó a estas tierras de la mano de los españoles y se convirtió en uno de los protagonistas del carnaval americano. Los pueblos indígenas que vivían en algunas zonas de lo que hoy es Bolivia lo asociaron con Wari o Huari, un ser poderoso que habitaba las montañas y las minas” o las machis: “sabias consejeras y protectoras de la comunidad. En las ceremonias, las machis cantan y tocan el kultrun, un pequeño tambor que representa la mitad del universo, y es una pieza clave para comunicarse con sus antepasados y con los poderes de la mapu (la tierra)”. Excelente para sacar a bailar y empezar charla: este libro conquista desde los primeros pasos.

 

9. Ariles y más ariles

Los animales en el son jarocho

Caterina Camastra. Ilustraciones: Julio Torres Lara. Música: Son de Madera. Ediciones El Naranjo, 2007.

Para zapatear y bailar con mamá, ariles y más ariles. Todo un fandango editado que sacará al compositor de sones veracruzanos que llevas dentro. Un repertorio de animales (conejos, juiles, guacamayas, pájaros carpinteros, iguanas, gallos, zopilotes y hasta piojos) canta su historia, pero antes, una voz nos cuenta, con humor y poesía, un poco más de cada especie: Verde entre verde, verde sobre verde. Las sabanas veracruzanas son tierras húmedas, las aguas las verdean. Y verde, de tanto verde, está la iguana. Parece dinosaurio chaparrito y feroz, pero en realidad es bonachona e inofensiva. Come pura verdura y ni siquiera te muerde. A pesar de haber sido publicado hace más de diez años, las ilustraciones conservan su atractivo y audacia. Formas geométricas que evocan la ingeniería en papel o una maquinaria pequeña, como el interior de una caja musical o algún instrumento. Ilustraciones a punto de ponerse a tocar. Palabras que alegran. De esta misma editorial hay otro libro que también puede gustar a mamá: Cachorros de Berta Hiriart y Adriana Quezada que reseñé aquí.

 

10. Sueños de una matriarca

Minerva García Niño de Rivera. Ediciones Tecolote y Secretaría de Cultura, 2018.

“Hoy celebro a mis matriarcas, a mis mujeres de abundancia infinita”, dice Minerva en entrevista. Bellísimo libro, de impecable factura, que es un homenaje a las mujeres en la vida de la autora. En apariencia sencillo, atravesó un largo proceso creativo, me cuenta Minerva. Inició como un ejercicio de dibujar a mujeres oaxaqueñas en actividades diarias. Luego esas mujeres se convirtieron en bocetos y recuerdos de su madre, su abuela, su hermana y sus tías. Entonces probó con varias técnicas: acrílico, acuarela, tinta china, hasta que llegó al grabado.

Mientras creaba, veía películas que se filmaron en la Mixteca, pues los diálogos, paisajes y música la acercaban a su infancia.

“En 2016, una vez inscrita en el Abierto Mexicano de Diseño, me di cuenta que no podía exponer solo las ilustraciones, tenía que colocarlas en algún formato que me permitiera mostrarlas más como ‘diseño editorial’ y fue en ese momento que nació el texto”, narra. Más tarde fue a la FIL con una maqueta y Ediciones Tecolote se interesó en su propuesta. Se hizo entonces una traducción al mixteco, a cargo del maestro Maximino Sánchez Ventura, oriundo de Huajuapan de León, Oaxaca (lugar donde nació la autora) y defensor de la lengua Tu’un Savi, y el libro quedó listo: poema ilustrado que va hilando a diferentes mujeres hasta conseguir un tramado donde se unen todas. Conmueve e inspira.

Minerva generosamente nos comparte la historia detrás de algunas de las líneas e imágenes en Sueños de una matriarca:

Ella, que cubre sus pensamientos del sereno.
Ella es María, mi abuela paterna. Cuando era niña, a eso de las 5 de la mañana, la acompañaba al molino para moler el nixtamal. Antes de salir siempre me decía: “Cubre tus pensamientos del sereno”, y debía colocar el rebozo en mi cabeza. 

Ella, que tiene el corazón de una cactácea y sin embargo florece.
Ella es Araceli, mi tía. Ella ha sufrido de desamor, muchas experiencias han dejado espinas en su corazón y, a pesar de todo, ama estar viva y se ha permitido florecer.

Ella, que tejió puentes para mantenernos unidas en la ausencia.

Ella es Marisol, mi hermana. Por circunstancias que aún me cuesta entender no crecimos juntas, yo iba donde mi abuela a buscarla, me levantaba muy temprano para ir a su casa y pedirle que me peinara. Me gustaba que lo hiciera, no hablábamos, nos manteníamos en silencio, ella me trenzaba el cabello mientras yo miraba fijamente a las estrellas que titilaban en el alba. Un día no la ví más y pasaron 18 años para poder reencontrarnos. Todo ese tiempo me aferré a este recuerdo para no olvidarla.

Ella, que desde siempre me alimenta con aplausos.
Ella es Silvia, mi madre. Contadas veces de su boca he escuchado salir un “te quiero”. Mi papá se ha sido testigo y siempre me ha dicho: “Tu mamá te quiere a su manera”. Y sí, su manera de demostrar su amor es a través de la comida, así celebra nuestra existencia en su vida. Aplaude para compartir unas calientitas o las típicas picaditas. En la cocina es donde mi madre desborda sonrisas.

 

Más cantares y contares para leer con mamá

 

Ilustración de portada de Amanda Mijangos y Armando Fonseca para un libro de mi autoría: Jomshuk, niño y dios maíz (Ediciones Castillo, 2019).

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