Estos libros cerrados son como una nube cargada de agua. Ábrelos, huele el viento de agua cuando pases sus páginas y desata la tormenta.

La lluvia sola cambia la historia de cualquier día, para bien o para mal, pero la modifica. Y eso nos ha causado fascinación desde que cayó la primera gota en la punta de la nariz de un humano. De ahí que haya muchísimas historias que la cuentan.

En estos libros encontrarás lluvias torrenciales, vendavales, chubascos, lloviznas que alteran el destino de los personajes, como le pasa a un ratón en La isla de Abel o a una niña en María Diluviootras lluvias más bien mitológicas que caen como castigo o como explicación de un principio como Monos, mensajeros del viento. Leerás también nubes que juegan y chocan, algunas lágrimas que caen (solemos usar la lluvia como metáfora), paraguas que cuentan su historia o encierran un misterio y niños, niñas y jóvenes, como tú, que salen a mojarse. 

Para la etnia kikapú del norte de México y sur de Estados Unidos la luna llena de julio es la del venado o la “Luna del Trueno”, por todas las tormentas que trae este mes. Disfrútalas en compañía de alguno de estos libros, empapado de palabras.

 

1. La isla de Abel

William Steig. Blackie Books, 2018. España.

Abel y Amanda, una pareja de elegantes ratones, disfrutaban de una agradable excursión por el bosque cuando los sorprendió algo feroz. No era Shrek, otro personaje que inventó este mismo autor, sino una tormenta que rugía como si se hubiera vuelto completamente loca. Los ratones se refugian en una cueva pero, en un acto de amabilidad, Abel sale del refugio tras el pañuelo de su amada y no consigue regresar. Cómo iba a hacerlo si la tormenta se había convertido en un verdadero huracán vociferante. Árboles gigantescos se doblaban bajo las furiosas ráfagas, las ramas se partían, retumbaban los truenos y los rayos zigzagueaban desatados sobre el cielo oscuro y lleno de vapores.

Abel será arrastrado por la crecida de un río y terminará como un náufrago en una isla. Allí se inventará mil tretas para volver a casa, pero parecerá imposible. Caerán nuevas lluvias y pensará mucho en su vida, melancólico. La lluvia hacía meditar sobre las partes más sombrías, más dolorosas de la vida: las penas ineludibles, los anhelos mudos, los desengaños, los pesares, las tristezas sin esperanza. Pero también disfrutará la soledad, los cambios de las estaciones, los encuentros… hasta que un día… Una preciosa novela que te llevará hasta lugares profundos de ti mismo y te hará sentir la alegría de la calma después de la tormenta.

 

2. Noelia

Jairo Buitrago y Roger Icaza. Ediciones Castillo, 2018. México

Noelia, por Noé, y de él, estos autores recuperan su origen bíblico tan presente en nuestro lenguaje diario y en nuestra imaginación: el Diluvio. ¡Pero si está diluviando! ¿Cómo van a echar a la calle a todos los animales que Noelia ha ido rescatando? Noelia es una niña a la que le gustan los animales y la lluvia. Sale a explorar los días lluviosos con su impermeable como caperuza amarilla en busca de mascotas abandonadas. Las lleva a su casa. Las cuida con su abuela y su papá. Su casa es un arca que brilla en ese mar de ciudad. Pero ya no hay sitio, ¿ya no?

 

3. Ver llover

Germán Machado y Fernando de la Iglesia. Calibroscopio, 2014. Argentina.

¿Qué color tiene el aire / y el agua / y los soplidos del viento / en una tarde de lluvia? 

¿Quién mira por el ojo del huracán? / ¿Qué ogros y demonios? / ¿Qué fieras? / ¿Qué dioses ofendidos?

La chapa del techo / aplaude la lluvia / y un brazo de hierro / la corre y la empuja / cuando se amontona / en el parabrisas / de la camioneta / blanca y amarilla.

Este libro te hará ver, decir, sentir, oír llover con nuevos ojos, otras palabras y la piel y el oído despiertos. Inventar la lluvia, rastrear su origen, espiar sus rincones. ¿Tiene rincones la lluvia? ¿Y humores? Beber tormentas coléricas, escurrirse mansamente, convertirse en agua. Con estos versos y las ilustraciones, sin duda leerás llover, lloverás.

 

4. Un día de tormenta

Daniel Nesquens y Maguma. A Buen Paso, 2018. España.

Una gota cayó a cámara lenta, como descendiendo por un hilo suelto… Esa gota se agranda y, de pronto, entre los pies del hombre que la miró caer del cielo, ya salta un pez plateado y navega una pequeña embarcación, luego caen más gotas que traen surfistas y otros personajes… otros personajes miran el techo de su casa: una gotera termina haciéndolos flotar entre sus muebles y mezclarse con los vecinos. Todos envueltos en impresionantes olas ilustradas. Extraño día, alocado libro. El paso de sus páginas te salpicará de agua y te pondrá de cabeza. 

 

5. Navegante

Andrés López. Alboroto Ediciones, 2018. México

Una ausencia. Alguien se fue. Quizá un padre o una madre. El protagonista nos narra su tristeza: Veo a mis hermanos, tienen tanto de ti. Les haces falta. No quiero olvidar. No quiero olvidarte. Sale a caminar y la lluvia lo calma, le habla de esa persona que ya no está. Hablar con una lluvia que hace florecer y trae más vida. Álbum poético y filosófico que hace pensar en otros dos que quizá conozcas, que te gustarían: Noche de tormenta de Michèle Lemieux o Mi taza de té de Dror Burstein y Meir Appelfeld.

 

6. Nube con forma de nube

Cecilia Pisos. Ilustraciones Diego Bianki. Kalandraka, 2016. España.

Los poemas en este libro tienen tantas formas como nubes miradas en muchas tardes. Se nota que su autora pasa horas y horas observando el cielo y se ha vuelto una experta en su deslizamiento. Sabe que algunas veces las nubes se meten a las casas: se esconden tras el vapor de la tetera o en un chorrito / de leche: / nube en el cielo / redondo / de la taza de té; o son el algodón con el que taponeas tus oídos para escuchar el silencio o zumban como un mosquerío que arruina tu postre. La poeta ha mirado tan sigilosamente hacia arriba (y hacia dentro) que incluso ha conseguido atrapar alguna nube y guardarla en un frasco de mermelada vacío, y también informarnos de maravillas como esta: Cuando la nube pez / que vuela por el cielo / cae gota por gota, / escama a escama, / sube gota por gota, / pluma a pluma, / el ave nube / que por el charco nada o tristezas como esta otra: Me dejaste esperando… / En esa esquina. / Llovía. / Lágrimas negras de rabia. / Caían. / Ni un pañuelo / nube blanca. / Me dejaste esperando… / En esa esquina. / Lloraba.

Si este libro pasa flotando vaporoso frente a ti, no te esperes a que llueva para guardártelo bajo el abrigo.

 

7. Paraguas de navegación

Brenda J. Caro Cocotle. Ilustraciones de Catalina Carvajal. Instituto Veracruzano de Cultura y Secretaría de Cultura, 2016. México.

La entretenida y original biografía de un paraguas. Un viejo paraguas que había visto pasar muchas lluvias. Lluvias de gotas pequeñas, medianas y grandes; lluvias que fueron tormentas de verano y algunas de otoño, lluvias que fueron soplo de primavera y sorpresa de invierno. 

Un paraguas que había aprendido a leer el cielo, a inclinarse a la derecha y a girar a la izquierda. Había caminado entre brisa ligera y viento furioso, esquivado granizo y hojas secas. Había sido timón. Había sido refugio. Un paraguas con el que navegaron muchas personas, de cada uno de ellas recuerda algo. Una mujer, por ejemplo, quería saber si la lluvia sonaba de la misma manera en cualquier parte o si su sonido era distinto en la noche o cuando caía la tarde, otros eran magos, niños, ancianas, músicos. Quizá hayas leído la inolvidable novela El bolso amarillo de Lygia Bojunga. Me hizo recordarla porque allí también aparece un personaje paraguas que acompaña a Raquel, la protagonista. ¿Y adónde irá a parar el de este libro? 

 

8. Agua

Anna Aparicio Català. Babulinka Libros, 2016. España.

En un pequeño pueblo sumido en un valle todo marchaba bien hasta que un día empezó a llover sin parar. Los habitantes se reúnen para buscar una solución y deciden ir en dirección a la lluvia, descifrar su origen. Lo que encuentran es tan sorprendente que cambian sus vidas.

Te hipnotizarán las ilustraciones y el breve, pero intenso, viaje. Hace imaginar que los personajes cobran vida y que en cada doble página pasan muchas más cosas de las que se muestran, como si fuera una película para ver y releer, releer y ver.

 

9. Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)

Rodolfo Walsh e Inés Calveiro. Calibroscopio, 2015. Argentina.

Libro álbum policiaco que hace de la lluvia el testigo clave. La escena: cuatro hombres, tres vivos y uno muerto, mejor dicho, asesinado por herida de bala. ¿Quiénes son estos personajes? ¿Amigos refugiados de la tormenta casualmente? ¿Enemigos secretos? ¿Qué hacían allí? ¿Nadie vio nada? ¿Nadie oyó nada? Todos claman inocencia en su recuerdo de los truenos que ocultan el disparo.

La mayor detonación será la de tu espíritu de detective pues poco a poco se van revelando las pistas, en texto e imagen, para que resuelvas el misterio. No habrá lluvia capaz de encubrirlo.

 

10. María Diluvio

Freddy Gonçalves Da Silva. Ilustraciones de Coralia López. Planeta, 2014. Venezuela.

Allí estaba la grieta y María mirándola crecer en la pared de su casa. En La Picuda, el pueblo costero en el que vive María con su madre y abuela, se creen muchas: si un pescador sale a buscar la lluvia, nunca vuelve; que la Pavita es un pájaro que canta en aguaceros o cuando viene un muerto o que es peor, pues te recita pesadillas al oído; que todos los días a las cinco de la tarde se cruzan los vientos de los cuatro puntos cardinales justo en el pueblo… pero en la escuela, los compañeros de María no creen que ella pueda predecir si lloverá tocándose la punta de la nariz, mucho menos que algo desastroso pueda ocurrirles a todos. Escucha la voz de María, haz caso a sus señales, la grieta sigue creciendo, ahí viene un temporal que te helará la piel. El primer libro de una inusual trilogía que narra desastres realmente ocurridos en Venezuela en los últimos 20 años.

 

11. Recetas de lluvia y azúcar

Eva Manzano y Mónica Gutiérrez Serna. Thule, 2010. España.

Tal vez ya estás cansado de que los adultos te hablen de “los sentimientos” o “las emociones” como si te vieran cara de robot. No eres tú, pareciera que últimamente está de moda recordar a los niños y niñas que se emocionen y sientan cosas y han surgido libros que prometen definiciones rígidas de diccionario: “la alegría es esto, el aburrimiento esto otro”. Por suerte, hay otros que proponen diálogos, hablar de mucho de lo que nos pasa dentro desde el juego y la poesía, como este libro de “recetas”. Te aseguro que no es como ninguno que hayas visto. Aquí, por ejemplo, la templanza es un arbusto cubierto de pelo, pequeño, pero bien enraizado. Para obtener un poco de sus benéficos efectos deberás, entre otras cosas, “observar cosas minúsculas, como el viaje de una pestaña” y “buscar raíces de meteoritos, extraer la pulpa y dejarla cocer”.

En otros casos, la autora te cuenta, con tono mitológico, la historia de la timidez o el respeto. La primera empieza así: “Cuando el mundo comenzó, todas las cosas tomaron su lugar, menos los agujeros, que no sabían muy bien qué eran…”; la otra, así: “Cuando el mundo era un grito, daba mucha pena. Todo estaba lleno de mordiscos. Cualquiera podía arrancarte un brazo, una pierna o un pensamiento sólo porque se había levantado de mal humor…”. Las ilustraciones enriquecen todavía más el recetario, son su medida justa de sal.

Y hablando de sal: Lágrimas (Pastel de luna, 2019). Se ve que a estas creadoras les gusta mucho la lluvia, porque recientemente publicaron otro libro notable que se concentra en una manifestación de las emociones. Allí te sorprenderán pequeños relatos, historias de vida, categorías y otras señas de identidad de las lágrimas. Como dice Eva, entre ciencia y fantasía, porque para llorar hace falta mucha imaginación.

 

12. Cartas para Lluvia

Alberto Chimal. Uranito, 2018. México

Se llama Lluvia, su madre Nieve, su abuela Magma. Esa es la naturaleza de los nombres en su país de origen. Pero han tenido que irse de ahí. Sus vidas corrían peligro, no pueden volver. Ahora en la nueva escuela, nueva ciudad, Lluvia vive sus días como cualquier otra niña, aunque no le gusta que unas compañeras le digan “chaparrona” (porque Chaparrón es sinónimo de lluvia, ¿no“) para molestarla, hasta que las cartas que recibe de su padre, Horacio Kustos, trastocan su cotidianidad. 

Este es la primera publicación infantil en la que este autor habla de Kustos, un personaje que viaja a lugares extrañísimos en otros de sus libros, como El último explorador y La torre y el jardín. La novela es una suerte de spin off, se deriva de otro universo y lo expande. Descubre el umbral por el que llegan las cartas y las insólitas experiencias que cuentan. Ciudades llamadas como las letras del alfabeto, un Tiburón de los Siete Mares, una noche guardada dentro de un frasco… Es probable que te quedes con ganas de más al terminar, pues da la impresión de que muchas de las aventuras apenas comienzan. Ojalá que el autor invente más.

 

13. Balam, Lluvia y la casa

Julio Serrano Echeverría y Yolanda Mosquera. Amanuense, 2018. Uruguay.

Este fue uno de mis libros favoritos del año pasado. Sus páginas son como una casa abierta por la que pasan corriendo tres hermanos: del patio al cuarto al baño al comedor a la cocina, debajo de la almohada y hasta la ventana de la sala. A Lluvia, por ejemplo, le gusta pegar la oreja a la tierra en el jardín porque asegura que / allá abajo / algo muy importante está sucediendo / y nadie le está prestando atención. Quizá se esconda el secreto de las hormigas o el de los dinosaurios. Detrás de la casa hay otra casa pequeña y vacía, la del perrito que ya no está, igual que el padre de los niños que salió por la puerta del frente. A veces llueve tan fuerte que apenas pueden escuchar sus propias risas, pero nada les impide seguir jugando y, a ti, sonreír leyendo.

 

14. Cartas al Rey de la Cabina

Luis María Pescetti. FCE, 2010 / Loqueleo, 2017. México.

Parece que a las ilustraciones y a las palabras les agarró la lluvia en plena calle, cruzando el parque enlodado, justo antes de entrar a la casa… Todo se moja sorprendido, dice la nostálgica Paloma, una joven que extraña a su primer gran amor y le escribe cartas como mapas para traerlo de vuelta. Él se ha ido a trabajar a una grúa, de las que parecen jirafas, y no da muchas señales de querer regresar, pero ella igual le manda besos y pájaros para alcanzarlo o para olvidarlo.

Es poesía, es de amor y es para jóvenes. Aunque seguramente si eres más chico o chicas y lo lees con tu hermana o hermano mayor, sonreirás o suspirarás con muchas de las palabras hermosamente escogidas por esta versión de Pescetti enamorado.

 

15. Monos, mensajeros del viento

Ana Paula Ojeda y Juan Carlos Palomino. Ediciones Tecolote, 2014. México.

Lluvia mítica que explica el principio de una historia, la de los primeros monos que se colgaron en las ramas de la Tierra, en un libro que también hizo historia: primera publicación mexicana reconocida en la Feria de Libro de Bolonia con el Premio Internacional de ilustración. Y verás por qué.

Enojados por la irreverencia de unos seres huecos que no los alababan, los dioses creadores envían una lluvia de resina ardiente para destruirlos. Otros dicen que fue el viento y la lluvia lo que acabó con ellos; ráfagas terribles de un viento tan poderoso que se volvió la sustancia de los pocos que se salvaron trepando a los árboles… Así surgirán los monos, despiadados e inocentes, como un torrente.

 

Sigue lloviendo, ¿se suman?

¿Recuerdan más libros y fragmentos para leer la lluvia? ¿Los comparten en la sección de comentarios y aumentamos el aguacero de verano?

Entretanto, las nubes de tormenta se habían acercado tanto por todas partes que Atreyu vio a su alrededor algo que parecía un embudo de proporciones monstruosas, un cráter de volcán, cuyas paredes empezaban a dar vueltas cada vez más aprisa, de forma que el amarilllo de azufre, el gris de plomo, el rojo de sangre y el negro profundo se mezclaban. Y también él se vio arrastrado en círculos sobre su dragón blanco, como una cerilla de madera en medio de un furioso remolino. Y entonces vio a los gigantes de la tormenta.

Apenas se dio cuenta de que los gigantes de los vientos reanudaban su lucha. Le daba lo mismo lo que ocurriera ahora. Se aferró a la melena del dragón cuando éste, súbitamente, se vio lanzado hacia arriba por un torbellino. Envueltos entre relámpagos, giraron a toda velocidad y luego se ahogaron casi en estruendosos aguaceros horizontales. De pronto se vieron arrastrados por un soplo abrasador, en el que casi ardieron, y ya estaban entrando en un granizo que no estaba hecho de granos sino de agujas de hielo, largas como lanzas, que caían hacia el abismo. Y otra vez se vieron absorbidos hacia arriba y arrojados de un lado a otro. Los vientos luchaban entre sí, disputándose la supremacía. La historia interminable, Michael Ende, 1979.

En el bosque rugía la tormenta. Semejante a un vasto y doliente animal, la lluvia corría entre los árboles. Las ráfagas, cargadas de agua, deshojaban las ramas y arrancaban puñados de maleza, alzándolos en turbios remolinos. Los nidos de los pájaros se desmoronaban bajo el chaparrón; los ciervos, empapados y temblorosos, buscaban refugio en las cuevas y su aliento dibujaba nubecillas en el aire. Los troncos se encorvaban bajo la embestida pero, al llegar al castillo, la tempestad se estrellaba contra las piedras y parecía detenerse, derrotada. Loba, Verónica Murguía, 2013.

 

Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua (…).

Lo único malo era que las partes más delgadas del barco, cables de acero y barras de hierro, se ponían incandescentes como el filamento de una bombilla, y eso dificultaba un poco el trabajo de la tripulación, aunque todos llevaban guantes de amianto. Quiso la suerte que esa incandescencia se apagara pronto, porque comenzó a caer una lluvia tal, como nadie de a bordo —a excepción de don Melú— había visto jamás; una lluvia tan espesa que pronto desplazó todo el aire respirable. La tripulación tuvo que ponerse gafas y escafandras de submarinista.

Un relámpago sucedía a otro, un trueno a otro. La tempestad ululaba. Se levantaban olas enormes y blanca espuma (…).

Y sucedió lo que nadie había creído. El trompo gigantesco empezó a dar vueltas más y más lentamente, se paró finalmente y comenzó a hundirse. Con el ruido de un trueno se cerraron las olas sobre él. La tempestad acabó de repente, el cielo se volvió transparente y azul y las olas del mar se calmaron. El “Argo” se mecía plácidamente sobre las tranquilas aguas como si jamás hubiera existido una tormenta. Momo, Michael Ende, 1973.

Lluvia

En estas tardes de lluvia
el agua rueda y retoza:
se columpia en las ventanas,
siembra agujas en la tierra,
hace dibujos de lodo,
sola.

Se cuelga del pasamanos,
nos corre a todos del parque,
rebota de charco en charco,
se derrama en los estanques,
ríe sonora y campante,
sola. Vámonos de pinta, Gabriela Peyron, 2016.

 

 

Cuando llega la lluvia
parece de fideos.
En la ciudad llueve en amarillo,
y cuando llueve nada se ve.
A mí me gusta correr bajo la lluvia de
        fideos,
y sentir cómo me empapan el pelo,
cómo me mojan los pies de amarillo,
y cómo saben a canela y azafrán.
Y después me gusta irme a la cama
a soñar con su sabor hasta que sale el
        sol. Ciudades, Fran Alonso, 1998.

 

 

Además de las flores a las que nadie les prestaba mucha atención, había otra cosa que enamoraba a Bárbara de la vida… el camino de la lluvia. Podía sentir desde lejos el olor del agua viniendo desde la montaña, trayendo humedad y verdor. Corría a la pequeña terraza de piso de tablas, se sentaba en la banca de madera y no quitaba los ojos de la cortina delgada y pesada que andaba como si tuviera patas, patas que se movían deprisa y corrían. La cortina de lluvia se iba tornando gruesa, cerrada, no dejaba ver nada detrás, ya no se veía nada más al frente. Cualquier cosa que se lanzara contra ella podría atravesarla. Y llegaba para adornar la vida de Bárbara con olores, con fríos, con agua.

Cuando la cortina estaba cerca, muy cerca, tan cerca que su piel ya la sentía, Bárbara saltaba al solar, se envolvía en los pliegues suaves y mojados de la cortina, que ya no era cortina, era la lluvia sobre ella. Su mamá no se resignaba, tenían peleas y más peleas. El miedo de que la muchachita pescara una enfermedad fuerte, que se muriera de los pulmones, le hacía trancar la puerta a doña Diva, pegarle a su hija. De nada servía: la lluvia era, asimismo, otra madre de Bárbara. Bárbara saltaba por la ventana, volvía a la lluvia, aguantaba la paliza después. Sus comadres culpaban a la propia doña Diva por ponerle a la niña el nombre de la santa que controla la lluvia (…). Bárbara bajo la lluvia, Nilma Lacerda, 2018.

 

Ilustración de portada de Anna Aparicio Català.

 

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10 Comentarios »

  1. Por la época en que se publicaba Ver Llover, salieron en Argentina unos tres libros más que abordaban el tema de la lluvia:
    -LOS SUEÑOS DEL AGUA, de María del Carmen Colombo y Cristian Turdera (publicado por Pequeño Editor). http://pequenoeditor.com/portfolio-item/los-suenos-del-agua/
    – AGUA CERO, de María Teresa Andruetto y Guillermo Daghero
    Publicación: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014
    Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Córdoba. Editoral Comunicarte, 2007 (Colección Bicho Bolita). http://www.comunicarteweb.com.ar/fichaLibro?bookId=461
    – y mi preferido: “COMO AGUA”, de Eduardo Abel Giménez y Cecilia Afonso Estéves en la editorial recientemente desaparecida, Del Eclipse. https://imaginaria.com.ar/2010/05/como-agua-2/
    Saludos.

  2. Me han encantado las reseñas, querido Adolfo. Sólo tres títulos de aquí conozco y uno que no veo aquí (seguramente se quedó en alguna nube y aún no lo han llovido) es de Adriana Zumaya, ABRIR LOS OJOS OÍR LLOVER con Ilustraciones de Jesús Cisneros de La Caja de Cerillos Ediciones que además nos incluye un link para ver el cuento en LSM ya que la historia que nos narran es la de dos hermanos: Darío que tiene 7 años y oye; Mateo tiene 11 y no oye, es sordo. Un noble esfuerzo de visibilizar y atender al publico con discapacidad auditiva.
    Y ahora a conseguir los títulos que nos faltan.
    Te mando un abrazo y te leo pronto.

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