—Y si usted viniera de nuevo al mundo, ¿qué querría ser, hombre o mujer?

Quien me hacía la pregunta era un coronel del ejército de ocupación norteamericano (…). Pude leerle el pensamiento sin esfuerzo: “Por el amor de Dios, ¿qué pinta una mujer aquí? Una mujer de uniforme es una contradicción de por sí, ¡cuánto más prefiero verlas a ustedes vestidas de raso en la Rue de la Paix de París, que justo ahora sobrevolamos! El sentido común parece haberse ausentado de nuestro Cuartel General”.

En aquel momento, yo no tenía ni la menor idea de cómo dirigirme a coroneles americanos en viaje de servicio, o mejor dicho, en vuelo oficial, por lo que me limité a contestar:

—Supongo que se trata de una pregunta meramente retórica, así que seguro puedo responderle en el mismo sentido: ¡Preferiría no ser hombre ni mujer! Me gustaría ser un herrerillo, o un girasol, o…

Herrerillo común. Fuente: malaga.es

Jella Lepman, ágil como ave en su respuesta, volaba de Londres a Frankfurt en un avión militar. Era 29 de octubre de 1945. La guerra apenas había terminado. Las casas todavía eran escombro y los puentes seguían derruidos, pero ya había que empezar a levantarlos. Jella, periodista y escritora alemana, judía exiliada a Inglaterra, había sido invitada por el gobierno estadounidense para que volviera a su país como modesta “asesora” en temas de educación y cultura de niños, niñas y mujeres.

No era fácil tomar la decisión de regresar. Lo pensó durante dos semanas. Sabía que cambiaría su destino, no sabía que sería una precursora de la mediación de la literatura infantil y juvenil y, en particular, de las bibliotecas vivas y especializadas en este campo.

—No te vayas  —me aconsejó otra amiga, la hija mayor de Sigmund Freud—; has sufrido demasiado y por fin estás empezando a echar raíces. Bien sabes tú que es imposible reeducar a las personas.

—No te vayas —me dijo alguna otra de mis amistades—. ¿Crees de verdad que el espíritu nazi ha muerto? Seguirá presente durante generaciones (…). Durante casi seis años has vivido expuesta a las bombas de los alemanes, ¿no te basta con eso?

 

¿Tenía algún derecho a decir no? 

Pero Jella se fue. En su muy recomendable e inspiradora autobiografía, Un puente de libros infantiles (Creotz, 2017), de donde he tomado estas citas con la traducción de Augusto Gely, cuenta que resolvió su dilema cuando dejó en silencio al adulto.

De haber pensado solo en los adultos, no habría vacilado ni un momento en decir que no. Yo también percibía en el término reeducación cierta falsa pretensión, especialmente en lo referente a los adultos. Pero los niños… ¿acaso la realidad no era distinta para ellos? 

Esa pregunta era la antorcha que venían pasándose hombres y mujeres sensibles y comprometidos para empujar la historia de la infancia. Jella tomaba esa pregunta para alumbrar un nuevo camino.

Después de formulársela, recordó la imagen de muchos niños refugiados bajando de un tren. Poco antes de que estallara la guerra, había logrado que un comité inglés de ayuda sacara de Alemania a la hija de una persona allegada.

Con un paquetito de golosinas y envuelta en un chal grueso, esperé su llegada en la húmeda oscuridad de la estación, a pesar de ser mediodía. Seguía absorta el curso de mis pensamientos: también yo carecía de hogar y no estaba en situación de dar a la niña un techo… De pronto llegó el tren. Eran unos cincuenta niños y niñas, la mayoría de entre ocho y diez años de edad. Modosos y cansados, venían envueltos en gruesos gorros y abrigos. Pude imaginar a sus madres abrigándolos con manos temblorosas. 

En sus caritas había una seriedad que estremecía. Yo vivía entonces en un país donde los niños todavía reían y eran alegres. Pero aquellas criaturas, ¿qué no habrían visto con sus propios ojos, que no habrían oído? Y qué triste despedida habrían tenido que vivir (…).

Luego empezaron a llamar a los niños por sus nombres y aquellos “pequeños refugiados” se fueron marchando tomados de la mano de quienes habían ido a esperarlos. Cuenta Jella que había quienes no podían contenerse y, profundamente conmovidos, abrazaban y besaban a los niños.

En aquella sala de espera, en aquella estación ferroviaria de una gran metrópoli, tenía lugar un ejemplo real y maravilloso de amor al prójimo.

Así que cada vez tenía más claro que no debía mirar hacia atrás, sino afrontar el futuro pensando en los niños. Era imposible poner en duda esta reflexión. ¿Tenía algún derecho a decir no? 

 

¡Ah!, los libros para niños han dejado de existir

El sí de Jella estuvo marcado siempre por el carácter de este recuerdo. Fue un sí amoroso y determinado que se reafirmó cada día en Alemania, que enfrentó prejuicios y negativas con determinación, intuición, curiosidad y sentido del humor.

Pronto abandonó el Cuartel General, donde vivía y trabajaba, y empezó a recorrer Alemania en un jeep, entrevistándose con profesores, artistas, políticos, pedagogos para conocer la situación real de los niños, niñas, jóvenes y mujeres y avanzar hacia su objetivo: realizar acciones concretas para reconstruir aquel país roto. 

Un país lleno de huérfanos viviendo en “edificios destruidos, sótanos, debajo de escaleras o incluso en cuevas de los bosques”, formando pandillas, volviéndose cabezas de familias en la adolescencia, buscando qué comer. Y habló también directamente con ellos.

Solía pararme a hablar con ellos; les preguntaba por sus padres, por sus casas. Y cientos de veces recibí la misma respuesta: “No tengo casa, no sé dónde está mi padre, ni mi madre, ni mis hermanos… Viajando, viajando por algún sitio. O muertos, muertos”. 

Sin embargo, dice Jella, no parecía haber emoción en sus palabras, sólo voluntad para seguir, eran “gentes golpeadas, pero en absoluto deshechas”.

En su recorrido y conversaciones, pronto se dio cuenta que no había libros.

Konrad Wittwer, un amigo y librero, le habló del “hambre de libros” de toda aquella gente, principalmente de libros del mundo libre, prohibidos en Alemania.

—¿Y los libros para niños? —me interesó saber su opinión.

—¡Ah!, los libros para niños —me respondió—. Han dejado de existir y son los que más falta hacían.

Como es sabido, durante el nazismo se prohibieron y quemaron muchísimas obras, incluidas las de literatura infantojuvenil. En su lugar, se imprimieron nuevos libros que cumplían una función de adoctrinamiento nazi,  propaganda en forma de libro ilustrado o novelas bélicas y patrióticas que enseñaban a los jóvenes lectores a odiar y a erigir y defender la nueva nación.

Cuando Jella empezó a hablar con editores para ver qué seguía, le sorprendieron las respuestas orientadas a difundir la literatura anglosajona en lugar de una variedad de literaturas. 

La mayoría de los editores sugerían empezar por Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver o La cabaña del tío Tom, y me resultaba realmente difícil no echarme a reír. Para ellos, por lo visto, el objetivo no era tanto la literatura infantil clásica como la literatura de la potencia ocupante, ante la que esperaban demostrar así su amplitud de miras y su espíritu antinazi. Pero ¿y sus propios clásicos infantiles? Más aún, ¿y la literatura infantil moderna del resto de los países? Teníamos que hallar la forma de ponerles al día sobre la literatura infantil y juvenil allende Alemania, lo que se convertiría en uno de mis primeros retos. 

 

¿Puedo conseguir los libros sin dinero?

Poco después de llegar a esta conclusión, Jella dio por terminado aquel viaje antropológico, volvió al cuartel y en una junta con generales, coroneles y mayores propuso “la organización de una exposición que reuniese los mejores libros infantiles y juveniles de diferentes países” para, desde la literatura, promover la diversidad y la comprensión entre culturas.

Su idea fue recibida con interés pero sin entusiasmo. El general a cargo dijo que carecían de presupuesto para ello. Jella insistió:

—General, ¿me permite preguntar modestamente por qué ha reclutado este cuartel a una asesora para asuntos de mujer e infancia si no hay posibilidad de llevar a cabo mis propuestas? 

Esta reacción persuadió al general de escribir a Washington y pedir apoyo para el proyecto. Como las semanas pasaban entre papeleos y requisitos sin respuestas, Jella volvió a la carga: 

—¿Puedo contar con su permiso —temí expresarme de manera poco militar— para conseguir los libros sin dinero? Mientras tanto, mi proyecto de exposición internacional podrá irse abriendo camino en El Pentágono. ¡Y cuando se apruebe un presupuesto, sabremos muy bien cómo emplearlo!

El general aprobó su idea y declaró el proyecto de máxima prioridad, aunque le recordó que muchos de los países a los que solicitaría donaciones de libros habían estado en guerra con Alemania hasta hacia muy poco.

Si es verdad que la guerra ha terminado, y si se puede creer en la convivencia pacífica de los pueblos, estos libros infantiles serían los primeros emisarios de paz. Deme usted su ayuda para que este experimento salga bien ¡y no se arrepentirá!

Y así fue, y ya nada la detuvo. Pasó varias noches escribiendo 20 cartas a máquina a 20 países donde solicitaba, “para superar el obstáculo de las lenguas extranjeras, sobre todo libros ilustrados y con imágenes”, aunque también “buena literatura narrativa que compartir en grupos” e incluso ilustraciones sueltas pues “hablan un idioma internacional y harán felices a los niños”. 

Un 3 de julio de 1946 se inauguró la primera Exposición Internacional del Libro Infantil y Juvenil en la Casa de las Artes de Múnich. Era muy emblemático que fuera en ese sitio inaugurado por Hitler un 18 de julio de 1937, construido expresamente para albergar la “Gran exposición de arte alemán” que buscaba demostrar la “superioridad” de los artistas nacionales frente al “arte degenerado”.

En la exposición de Jella había unos 4 mil libros de 14 países. Eran un símbolo de paz, reconciliación y entendimiento. Cada mañana gente de distintas edades, identidades y niveles sociales hacia largas filas para verlos. Se trató del “primer evento internacional en la Alemania de las posguerra” y una de las primeras muestras de cooperación internacional asociada a la infancia y a los libros. 

Pronto Jella tuvo que empezar a organizar el itinerario de la exposición y buscar nuevos espacios en otras ciudades.

Pero antes vivió variadas experiencias de lecturas compartidas en Múnich, en las salas en las que se exponían y mostraban los libros, algunos en vitrina, otros fuera; muchos sacados y leídos en voz alta por ella misma.

Nunca perdió de vista uno de sus ejes: conocer a los lectores, así que hacían encuestas a los visitantes. “¿Crees que el libro infantil y juvenil puede unir a los pueblos”, ¿Qué obra extranjera te gustaría que fuese traducida?”, “¿Cuáles son tus seis libros favoritos?” eran algunas de las preguntas centrales.

Los libros más votados por niños y jóvenes fueron: Calzas de cuero de Cooper, Tom Sawyer y Huckleberry Finn de Mark Twain, Los viajes de Gulliver de Swift, Emilio y los detectives de Kästner, Los viajes maravillosos del pequeño Nils Holgersson de Selma Lagerlöf, los cuentos de Grimm y los de Andersen, Heidi de Spyri, Marie Luise de Schweizer, Pinocho de Collodi, Sin familia de Malet, La cabaña del tío Tom de Beecher-Stowe… Es nada más un extracto, pero demuestra una sorprendente seguridad de criterio. 

En cuanto a los lectores de libros ilustrados, naturalmente aún no eran capaces de rellenar encuestas, pero los propios libros hablaban por sí solos. Los volúmenes desmenuzados, palpados con todo el cariño por manos infantiles y recubiertos de besos, eran: Pitschi de Fischer, El pequeño Hans en el bosque de los arándanos de Elisabeth Beskow, Urschli el campanillero de Carrigiet, Babar de Brunhoff, Struwwelpeter de Hoffmann…

¿Y el favorito de Jella? Ferdinand der Stier, El toro Ferdinando de Munroe Leaf.

Cuando la exposición internacional de libros infantiles llegó a Berlín, el 6 de diciembre del 46, Jella intentó materializar otra inquietud. Sabía que era esencial que esas publicaciones tuvieran otro tipo de circulación, que la experiencia se extendiera a casa, que los niños pudieran llevarse un libro. Y algunos días antes de Navidad consiguió imprimir 30 mil ejemplares en papel periódico de El toro Ferdinando. Ella misma los obsequiaba a los niños en la sala principal del museo. Recibía en recompensa gestos de asombro.

Pero, ¿de qué otra forma podía hacer accesibles los libros? 

 

Los niños nos mostrarán el camino a los adultos

Los libros seguían llegando. Así que tres años y muchas vueltas y conversaciones después, un 14 de septiembre de 1949, Jella, con amigos cómplices, logró abrir la primera Biblioteca Internacional de la Juventud en una antigua casona en el centro de Múnich. Contaban con 8 mil títulos (hoy hay 630 mil; al año, son más o menos 8 mil los libros que catalogan de los alrededor de 10 mil que reciben). 

Desde el principio se planteó como un espacio de libertad y diversidad, en el que circulaban cómics de superhéroes al lado de primeras ediciones de clásicos y se organizaban grupos de discusión y crítica; pero también había un grupo de teatro juvenil, dirigido por el buen amigo de Jella, Erich Kastner, encuentros entre escritores, ilustradores y lectores, cursos de idiomas, talleres de pintura y charlas pedagógicas para adultos. Una idea bastante moderna de biblioteca. Incluso llegó a haber un bibliobús y se creó las Naciones Unidas de la Infancia en cuyas sesiones se hablaba de los derechos de los niños y jóvenes y se debatía alrededor de preguntas como: ¿Se debe mantener un ejército para la paz mundial?, ¿Está justificada la segregación racial?, ¿Necesitamos una lengua universal?

Esa mirada multidisciplinar, inclusiva y formativa hizo pensar a Jella en la necesidad de fundar una organización internacional enfocada en la literatura infantil. Para ello, en noviembre 1951, decidió convocar a un congreso de tres días, con su lema como título: Entendimiento Internacional a través de los Libros para Niños, en el que pudieran encontrarse editores, escritores, ilustradores, libreros, profesores y empezar a articular redes de trabajo internacionales.

Quería conformar un programa lo más atractivo posible así que decidió escribirle a José Ortega y Gasset para que diera la conferencia inaugural. En su autobiografía, Jella cuenta que no había tenido aún respuesta cuando por providencia divina, así lo creyó, tuvieron que compartir una mesa en un restaurante repleto. Allí se presentó y le dijo que ella le había escrito. Ortega y Gasset se disculpó porque no podría asistir pues solo le daba tiempo de participar en eventos universitarios. 

—Sí —le respondí yo— pero hasta un célebre profesor de filosofía tiene que obedecer a los ángeles. ¿Cómo podría desafiar una señal tan obvia de la voluntad divina?

Y con aquel comentario me lo gané.

En la conferencia inaugural, también incluida en Un puente de libros infantiles, Ortega y Gasset hace una defensa del carácter infantil y critica las imposiciones adultas. “Siempre se hace que la madurez gravite sobre la infancia, oprimiéndola, amputándola, deformándola. Yo estoy esperando una pedagogía que diga sí realmente a la infancia en tanto que época de la vida humana, una época tan dichosa y llena de derechos como cualquier otra”.

El congreso tuvo como resultado nada menos que la conformación del International Board Books for Young People (IBBY)y la instauración del “pequeño Nobel” de la LIJ, el Premio Hans Christian Andersen. 

Hace 80 años, en septiembre de 1939 empezó la Segunda Guerra Mundial. Hace 70, también en septiembre, pero de 1949, abrió sus puertas la Biblioteca Internacional de la Juventud en Múnich. Hoy cuenta con más de medio millar de libros en 130 lenguas distintas y mantiene vivo el espíritu de diversidad, integración y tolerancia que quería difundir Jella. 

Detrás de los muros del Castillo de Blutenberg, donde se mudó la biblioteca en 1983, siguen exponiéndose libros tanto al interior, en un antiguo ático del castillo, la sala “Binette Schroeder”, como al exterior, pues cada año seleccionan 200 libros, de 50 países, escritos en más de 30 lenguas, que se presentan en la Feria del Libro de Frankfurt y luego recorren ciudades de Alemania, agrupados bajo el título The White Ravens

Empecemos por los niños para ir restableciendo, poco a poco, el buen rumbo de este mundo, que se ha vuelto del revés. Los niños nos mostrarán el camino a los adultos.

Jella encontró un país en ruina moral y material y trabajó para devolverle colores vivos y variados como los del plumaje del herrerillo. Con su vuelo hizo avanzar la historia de la mediación lectora, las bibliotecas hospitalarias y la lectura crítica de la literatura infantil mundial.

Nació un 15 de mayo de 1891 en Stuttgart, Alemania y murió a los 79 años, el 14 de octubre de 1970, en Zúrich, Suiza. En su honor, en 1991, IBBY creó la Medalla Jella Lempan para premiar a miembros de la propia organización que también hayan dicho “sí” a la infancia y juventud, sin reparos, como girasoles tras el sol.

 

La biblioteca interminable

70 años después, la Biblioteca Internacional de la Juventud sigue siendo un centro de encuentros diversos. Un sitio inspirador y necesario de replicar, más en estos tiempos que, por lo menos en México, las bibliotecas son desmanteladas. Cada salón del castillo es un pequeño tesoro. Se organizan festivales de poesía, conferencias, ferias, presentaciones de libros, exposiciones temporales y permanentes de obras y hasta funciones de ópera. Hay cuatro museos y dos acervos de estantería abierta. Uno es propiamente la Sala Infantil, donde hay préstamo, talleres, lectura en voz alta y más actividades para niños, niñas y jóvenes. Otro es la Sala de lectura, allí están muchos de los libros de referencia o literatura secundaria y es el espacio de trabajo de los investigadores invitados cada año.

También hay cuatro importantes colecciones de autores que pueden revisarse bajo solicitud especial pues forman parte de los museos. Se trata de los libros de los escritores Michael Ende, James Krüss y Erich Kastner y de la ilustradora Binette Schroeder.

Y el acervo sigue creciendo. La mayor parte de las publicaciones se guarda en un depósito subterráneo, de estantería cerrada, ahí mismo en el Castillo. Pero finalmente se han quedado sin espacio. Los catalogados a partir del 1 de enero de 2019 se guardan en un segundo depósito, el depósito de Puchheim, a unos 20 minutos del castillo.

La fiesta de cumpleaños 70 de la biblioteca se realizará el próximo 20 de septiembre. Aquí hay más información sobre este aniversario por si andan por el vecindario y quieren pasar a cantarles Las Mañanitas.

 

La beca de investigación

Fecha de cierre de las aplicaciones: 30 de septiembre

Uno de los servicios más reconocidos de la biblioteca es el Fellowship Programme o programa de becas. Cada año se otorgan unas 15 becas a investigadores de todo el mundo para que pasen de seis semanas a tres meses en la biblioteca. La convocatoria para aplicar cierra todos los años el 30 de septiembre (para estancias el siguiente año). Cada investigador determina en qué momento del año quiere ir. Es requisito hablar inglés (puede ser nivel medio) o alemán. El comité de selección también toma en cuenta que el candidato tenga experiencia académica y una mirada internacional en su proyecto de investigación, es decir, que trascienda el interés de un solo país, que procure vincular saberes de diversas culturas o bien que se revisen y analicen libros de distintos países.

Además se envía por correo electrónico:

-Un formulario de aplicación (en el que debes incluir nombres de investigadores como referencia).

-Una carta en la que cuentes quién eres y cuál es tu compromiso con la LIJ.

-Una lista de tus publicaciones y proyectos de LIJ.

-Una lista de conferencias, seminarios, talleres en los que hayas participado o que hayas organizado.

-Un proyecto de investigación lo más detallado posible. ¿Qué irás a investigar? Se puede realizar toda la investigación con libros en español (cuentan con 24 mil títulos) o bien revisar libros en otros idiomas.

Aquí pueden checar la convocatoria oficial.

 

A tomar en cuenta:

En 2017 tuve la beca para terminar mi investigación para el libro La hoguera de bronce y, principalmente, para realizar una revisión histórica de la poesía infantil no rimada en Iberoamérica y publicar una antología para niños y niñas (a finales de este año aparecerá con Ediciones Ekaré bajo el título Cajita de fósforos con ilustraciones de Juan Palomino). A partir de mi experiencia, les comparto algunos datos que pueden resultarles de utilidad:

-El apoyo consta de 1,200 euros al mes que sirven para cubrir hospedaje y alimentos. El personal ofrece contactos de cuartos en renta en departamentos o casas compartidas, algunos muy cerca de la biblioteca y por unos 25 euros la noche. Aunque es un servicio opcional recomiendo tomarlo, pues cualquier otro hospedaje es muy costoso, y reservarlo con la mayor anticipación posible (sobre todo si van en verano), así como preguntar por las opciones cercanas al castillo. 

-La biblioteca no cuenta con opciones de hospedaje para parejas. Yo estuve dos meses. El primero me acompañó Mariela y tuvimos que rentar un departamento por Airbnb en el que se iba casi el total de la beca.

-Se puede comer en el restaurante del lago de la biblioteca de lunes a viernes por 3.50 euros (el horario de comida es a las 12:30). No encontrarán en ningún otro lado una opción más barata y rica.

-El boleto de avión hasta Múnich debe ser cubierto por el solicitante. 

-La biblioteca presta bicicletas a los investigadores. Recomiendo mucho solicitar una. Toda Múnich está atravesada por ciclovías y parques. Llegar en bici a la Jugend fue de lo que más disfruté, está rodeada de extensos parques y arroyos. 

-A cada investigador le asignan un escritorio en la Sala de Lectura de la Biblioteca. El horario oficial de estudio es relativamente corto (para nuestros estándares de explotación hispanoamericana): de 10:00 a 12:30 horas y de 13:00 a 16:00 horas. Aunque pueden llegar a abrir desde las 9:00 y, dependiendo de la bibliotecaria en turno en la Sala de Lectura, salir a las 17:00. Creo que parte de la estancia sirve para recopilar información a la que puedan volver con calma más adelante. Para ello recomiendo descargar la aplicación CamScanner o cualquier otra que facilite su registro pues genera archivos de pdf automáticamente a partir de fotos. Será de gran utilidad sobre todo si quieren revisar muchos libros. También pueden hacer hasta 100 fotocopias gratuitas por mes.

-La Biblioteca Internacional de la Juventud es de estantería cerrada, funciona más como un gran proyecto de conservación y archivo. No van a poder recorrer pasillos y pasillos de libros y ver qué se encuentran (aunque hay algunos espacios donde es posible esto). Es deseable que empiecen a solicitar los libros que van a leer previo a su llegada. Los libros que soliciten durante la estancia tardan un par de días en ser entregados o hasta dos semanas si son libros históricos. Eso sí, aparecen mágicamente sobre tu escritorio, como si Fújur los hubiera dejado ahí. También se pueden ver libremente los libros y revistas académicas de la Sala de Lectura.

-No hay préstamo a domicilio de la mayoría de los libros. En los casos posibles sólo se permite llevar un libro a la vez y hay que devolverlo al día siguiente. 

-Recomiendo mucho revisar la sala infantil, un espacio público para niños y niñas, que está en el mismo castillo. Es de estantería abierta y los libros que encuentres allí sí pueden llevarse a casa sin límite de tiempo.

-Si les interesa la poesía, en el edificio del staff hay un área común con un librero con oro molido: allí están todos los libros que han seleccionado de diversos países para un calendario con poesía infantil que editan cada año. 

-En los dos meses que estuve allí (junio-julio 2017) conocí a unos 10 investigadores. La mayor parte de ellos eran profesores investigadores de alguna universidad o bien estudiantes en proceso de tesis de maestría o doctorado. También conocí a editores que querían estudiar ciertas colecciones o la materialidad y diseño de libros antiguos para desarrollar los propios.

-La mayoría de los investigadores tenían la beca, pero también había colegas que gestionaron de manera independiente la estancia, cubriendo sus gastos pero con los mismos derechos de uso en toda la biblioteca. Para organizarlo así pueden enviar un correo a Petra Wörsching, asistente de dirección a: direktion@ijb.de o a Jochen Weber, jefe de la Sección de Lenguas  y responsable la Sección Iberoamericana de la biblioteca a: jochenweber@ijb.de.

– Jochen Weber habla perfecto español y es un gran anfitrión. Aunque él no está en la Sala de Lectura le pueden solicitar orientación sobre el acervo y la ciudad en general (¡suele organizar un fantástico tour histórico por el centro de Múnich que termina, como casi todo en Múnich, en un biergarten!).

-Hay muchísimas actividades para hacer dentro y fuera de la biblioteca. Imperdibles los cuatro museos dentro, en especial el de Ende y el de la ilustradora Binette Schroeder, y las exposiciones temporales. Aunque si planeas solo una visita recomiendo verificar bien horarios y actividades pues no siempre hay eventos y los horarios y días de apertura de los museos varían mucho. En verano vale mucho la pena ir a un conjunto de lagos a 20 minutos en bicicleta desde el castillo. El propio personal de la biblioteca organiza excursiones. Algunos compañeros aprovechaban el fin de semana para viajar a otras ciudades como Berlín, Kassel o Viena, a pueblitos en las montañas o hasta al famoso castillo de Neuschwanstein. 

-Fue precisamente en mi estancia que conocí Un puente de libros infantiles. Recién había salido de imprenta y lo tenían disponible a la venta en la Sala de Lectura. Lo leí desde la primera semana y fue clave en mis días por allá el acompañamiento simbólico de Jella.

Todas las fotos, salvo las que indiquen otra fuente, son de mi archivo personal o del archivo de la Biblioteca Internacional de la Juventud.

 

Entrada No. 184.
Fecha original de publicación: 4 de septiembre de 2019.
Escrita por: Adolfo Córdova

5 Comentarios »

  1. Adolfo, excelente tu presentación del sueño de Jella Lepman!! Sin duda fue una mujer fascinante, de una fuerza y coraje que venció todas las barreras encontradas en su camino. He tenido la oportunidad de estar dos veces en la Jugendbibliothek, en 2014 y 2019, ahora escribo una tesis sobre el legado de Jella Lepman y me interesa recoger opiniones de quienes han realizado la experiencia de pasantías. Tal vez podrías aportar a mi investigación con algunos comentarios.
    Felicitaciones!!

  2. Jella es lo humano admirable, en este momento del mundo convulsionado por el maltrato y el abuso a los niños. Cómo ser indiferentes ante una infancia tan sufrida. Esta mujer, este ser humano prodigioso es un ejemplo maravilloso, nos muestra una responsabilidad que nos recuerda a todos por cumplir. Qué estamos esperando para desarrollar de una vez por todas el respeto y el amor a los niños? Ellos nos guían es cierto… si no los malogramos antes. Un ejemplo extraordinario.

    • Gracias por tu comentario, Hilda. Sí, coincido, todo lo que hizo Jella sigue muy vigente. Aunque la historia de los derechos de los niños y niñas ha dado pasos muy importantes desde entonces (el empuje de la propia literatura infantil y juvenil es una muestra),y en buena medida gracias a ella, todavía nos queda mucho para pensar, preguntar, dialogar y realizar dando continuidad a lo que imaginó Jella, actualizándolo también y yendo en las nuevas direcciones que marquen los niños, niñas y jóvenes de hoy. Un abrazo.

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