¡Re-sis-ten-cia! ¡Re-sis-ten-cia! Entro al salón y antes de dar los buenos días alzo el puño y grito “¡Re-sis-ten-cia!”. Los niños y niñas responden igual: “¡Re-sis-ten-cia!” Luego saludo, me acerco al escritorio de la maestra para saludarla también, dejo la mochila sobre una silla y voy directo: ¿qué recuerdan de la lectura del lunes pasado?

Muchas voces nos traen de vuelta al libro: “La composición”, “Un niño que engaña a un general”, “Tenía que escribir qué hacían sus papás en las noches”, “Van a comprar un ajedrez”, “La policía se llevaba a la gente”, “Estaban contra la dictadura”, “El dibujo que decía ¡re-sis-ten-cia!”. Y otra vez todos: “¡Re-sis-ten-cia!, ¡re-sis-ten-cia!”

Hablamos un momento de lo bueno que era el libro, del miedo que nos había dado el general y su trampa y de lo mucho que admirábamos a Pedro y su valiente forma de resistir. Como Malala o Greta Thunberg. ¿Saben quién es Greta? “Noooo”. Seguro que si les explico lo que ha hecho algunos la reconocerán y todos querrán sumarse a las huelgas sin escuela. Pero no creo que sea buena idea entrarle a ese tema, por ahora. Luego les cuento, digo, y vuelvo al libro.

¿Y se acuerdan cómo relacionaron la lectura con los 43 estudiantes de Ayotzinapa?

Un silencio y después: “Sí porque no se sabe qué pasó con el papá del amigo del niño”. Ajá, el papá de Daniel, el amigo de Pedro. “Porque era un injusticia”, “Como la guardería ABC” y “Se manifestaron”. Y allí el libro pasa a segundo término pues empiezan a compartir la noticia del quinto aniversario de Ayotzinapa. Son un grupo que ha crecido en una semana: unos vieron imágenes de la manifestación en la tele y otros la oyeron en el radio, uno cuenta que hay un monumento con un “43” gigante y otro más que vio un campamento en la calle de Reforma, y que los padres de los normalistas desaparecidos fueron a la marcha y salieron en internet…

Hasta que de pronto una niña nos hace callar sin querer cuando dice: “Yo no quiero desaparecer”, y apoya los brazos cruzados sobre su pupitre, como escondiéndose. Esta es una expresión con la que muchos mediadores nos topamos cuando abordamos estos temas. Conecta, claro, con temores infantiles primigenios: no sobrevivir, ser abandonado. Pero al elaborarlo simbólicamente a través de la ficción, hay una variación importante: ¿quién es la bruja o el ogro a vencer? La desaparición parece un acto de magia, aunque digamos “desaparición forzada”, no podemos empujar a la bruja al horno porque aparentemente no hay horno ni bruja. ¿O sí? En La composición es un militar, con una solución para vencerlo: ser más listo que él, engañarlo.

En una entrada del año pasado, México recuerda. De Irulana y el ogronte a Olivia y los más de 30 mil desaparecidos, contaba cómo la maestra Nuria Santiago había escrito la novela Olivia, el bosque y las estrellas (SM, 2015; originalmente titulada ¿A dónde va la gente cuando desaparece?) luego de que en las semanas posteriores al 26 de septiembre de 2014 sus alumnos le hicieran preguntas sobre los estudiantes desaparecidos. Quería tener una respuesta para calmar esa ansiedad que ella misma compartía y escribió la novela.

Mi respuesta fue en la misma dirección. Primero di completa validación al temor de la niña, no intenté minimizarlo. Le dije que era lógico que sintiera eso y que probablemente otros compañeros se sentían igual. Pero teníamos que respirar así que también la reafirmé: Pero no desaparecerás. Justo por eso estamos hablando de todo esto para no olvidarlo, para que no se repita y para pedir que se haga justicia. Hay que hacer cosas. Todas esas manifestaciones que vieron en la tele o en el radio o directo en la calle son para eso. Es responsabilidad de los adultos, pero ustedes como niños pueden también informarse y participar si quieren.

Decir que “desaparecieron” parece un acto de magia, ¿no? Pero no fue magia, fue una desaparición forzada, como un secuestro, y sabemos que estuvo involucrada la policía, los narcos y hasta el ejército. “¡Y el presidente!”, grita un niño. Bueno, hay quien dice eso también. Este crimen sucedió mientras Peña Nieto era presidente así que claro que en algún punto es cómplice nos falta saber qué tanto. Pero lo importante es que sí hay responsables. 

Como todavía no nos dicen exactamente quiénes fueron y, sobre todo, dónde están los estudiantes o qué les pasó, entonces, hay que hacer cosas. Los escritores, por ejemplo, pueden publicar libros. Hoy justo les traje uno que se llama El maestro no ha venido de Marcela Arévalo y Natalia Gurovich. Marcela lo escribió inspirada en lo que había ocurrido con los jóvenes y hasta se los dedicó. Escuchen:

En memoria de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Y de los maestros de este país. Y de la injusticia, la desigualdad, la impunidad. Y de la esperanza.

Y les leo el libro.

Se trata de un poema rimado que cuenta la historia de Cuco, un niño que vive con muchas carencias, “en medio de una montaña” en Guerrero. El maestro de la escuela rural a la que asiste les dice, a sus compañeros y a él, que es muy importante estudiar y no dejarse nunca de nadie. El libro, políticamente comprometido y con un enfoque divulgativo, buscar situar claramente una realidad social y una problemática. Un día el maestro no viene más a dar clases. “Se fue a luchar”, sabe Cuco, pero ya ha pasado mucho tiempo y él pide “al sol y a toditas las estrellas” que regrese.

Es interesante cómo conecta este libro con lo ocurrido en Ayotzinapa. Los jóvenes todavía no eran maestros, estudiaban para serlo, hoy ya se habrían graduado. Sin embargo, para hablar directamente con un lector pequeño, Arévalo decide crear a un personaje niño al que da clases un maestro, seguramente salido de la Escuela Rural Isidro Burgos, que sigue activo, luchando contra las injusticias. Pregunto a los niños a dónde iría el maestro del cuento y algunos dicen que a pedir techo para la escuela o a rescatar a sus compañeros desaparecidos. La conexión es clara. 

El libro, además, defiende explícitamente lo que defendían los normalistas: el derecho a estudiar y la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. Cuando uno lee las infancias y adolescencias de estos muchachos en el libro Ayotzinapa. La travesía de las tortugas (Ediciones Proceso, 2015) o en las entrevistas que les han hecho a los padres y a compañeros que se libraron del secuestro, la constante es el ímpetu que tenían por estudiar, superarse, ayudar a sus familias, salir de la pobreza, tener un trabajo al graduarse. Dan una rabia y una tristeza enormes.

Termino de leer El maestro no ha venido y vuelvo a la pregunta. ¿Por qué no ha vuelto? ¿dónde están los normalistas que ya hoy serían maestros? Los niños empiezan a ensayar teorías. Algunos reafirman que se los llevó la policía, otros vuelven al presidente, hay quien dice que los narcos, uno está seguro que fue Trump quien dio la orden. No es descabellado hacer ese tipo de relaciones. Sergio González Rodríguez en Los 43 de Iguala (Anagrama, 2015) sí vincula, y de forma bien documentada y escalofriante, a Estados Unidos. Y dice que lo ocurrido aquella noche es “ejemplo exacto de la vigencia de lo perverso bajo la apariencia de lo normal: allí donde confluyen el poder y el contrapoder del orden global”. 

¿Alguna otra posibilidad?, pregunto. Un niño aventura una teoría, lo dice seriamente: “¿Y si se los llevó un O.V.N.I.?”, “¡Cómo crees!”, le reclaman por ahí. Parece un chiste, pero este niño en serio trata de dar otra explicación. Y constituye una clara alegoría del hermetismo y encubrimiento oficial: “no hay responsables, fue un ovni”. Que se abra esta posibilidad en la cabeza del niño no sólo tiene que ver con el uso genuino de su imaginación, es un gesto que traduce la realidad que hemos discutido en el salón/sociedad: que no se sabe bien, que hay teorías diversas y que, esto es lo que nos dice la clase política con su crueldad y silencio, hasta “podría habérselos llevado un ovni”. El Ovni es el Narcoestado, quiere pasar por objeto volador no identificable y hacernos creer en extraterrestres con montajes y mentiras históricas.

 

Cartas, teorías y justicia

Convenimos juntos que la teoría de los ovnis es muy improbable. Y avanzamos.

Ya vimos lo que han hecho los escritores, ¿qué podemos hacer nosotros? Y rápido: “¡Hay que hacer carteles!”. ¿Que digan qué? “43”, “¿Dónde están?”, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Ahí está ese grito, sale al fin. ¿Qué más podríamos hacer? Otra niña dice que escribir cartas. ¿A quién? “¡Al presidente!”, vuelve a gritar el niño de hace rato. Sólo acuérdense que ahora es otro presidente y el niño sigue: “Pero él es el presidente, él debe saber”.

Y recuerdo el conversatorio en el MUAC, del que conté en la entrada pasada. Cristina Bautista, madre de Benjamín Ascencio Bautista, relató cómo se habían entusiasmado con la firma del decreto para la creación de la Comisión de la Verdad sobre el caso Ayotzinapa, primer decreto presidencial de AMLO hecho a dos días de haber tomado posesión, el 3 de diciembre de 2018. Y cómo también, ahora mismo, volvía el desasosiego, sin ningún resultado y mucha lentitud. Hoy, ya son más de cinco años sin verdad ni justicia.

“Él debe saber”. Si quieren escribirle al presidente, adelante. ¿A quién más podríamos escribir? Una niña dice que a los padres de los normalistas, para darles ánimo. Todos apoyan esa idea. Le pido unas hojas blancas a la maestra y recapitulo: pueden hacer carteles para exigir justicia, pueden escribir cartas y ¿hay alguien que tenga otra propuesta? “¿Podemos hacer un dibujo de lo que pasó?”. Sí, o de lo que estuvimos platicando: qué creen que pasó, ¿quién se los llevó?, ¿dónde están?

Mientras ellos dibujan o escriben me acerco al escritorio de la maestra. Voy a agradecerle que me permita discutir libremente esto pero ella habla primero: “Dicen que los quemaron y los echaron al río, ¿no?”. No habla en voz baja, usa su tono normal, algunos niños escuchan. Eso fue lo que el gobierno quiso que creyéramos y es lo que mucha gente sigue creyendo, le respondo, pero está comprobado que es mentira, fue un montaje, lo cual confirma que el gobierno estuvo implicado. Conversamos un poco más y la felicito porque le parezca bien que hablemos estos temas. Ella me confirma que considera muy importante hacerlo para que los niños y niñas sean críticos. Le cuento que en algunas escuelas a la escritora Marcela Arévalo no la han dejado presentar su libro El maestro no ha venido. No entiende por qué. Censura. Érronea idea de protección a la infancia. Temor a los padres de familia. Muchos factores.

Empiezan a mostrar algunos carteles de protesta, pero la gran mayoría escribe cartas a los padres de familia. Una niña la lee: “…lamento su pérdida, les escribo esta carta para darles fuerza, alegría… A mí me daría miedo si desaparecieran a mis papás. No quiero saber cómo se siente pero me doy una idea…”. 

Todos intentan animarlos, darles fuerza, apoyo, con mucha empatía. “Yo estoy con ustedes”, “yo sé que se siente”, escribe una niña; otra solo dibuja dos nubes llorando lluvia, otro, una manifestación y agrega “protestar sin violencia”. Les piden que no estén tristes, aseguran que sus hijos van a aparecer. Y me doy cuenta que la mayoría de estos niños tiene la esperanza intacta. Casi todos creen que los normalistas regresarán vivos. “Este año los van a recuperar y sin un rasguño”, escribe un niño.

Y está el que se dirige directamente al presidente: “Si ustedes tienen a los 43 estudiantes, le exigimos que nos los regresen por favor, porque todas las familias están preocupadas porque no aparecen, por favor, regrésenlos”.

Es muy potente cómo hablan en plural: “los vamos a encontrar”, “exigimos que nos los regresen…”. De no ignorar qué había ocurrido en Ayotzinapa a sentirse parte. Apretar los hilos sueltos del tejido social.

Algunos en las cartas introducen teorías de qué pasó. Las tres de la primera imagen (abajo) me parecen particularmente complejas. Aunque la teoría de los ovnis no tuvo éxito, se quedó en la mente y vuelve a salir en la escritura: “¿Ovnis?, “¿Policías? ¿Ejército? ¿Presidente? Nos llegan teorías”, escribe uno. En su hoja condensa todas las opciones para realizar la actividad: carta a los padres, proclama y teorías. Una niña duda en otra carta: “espero que sigan vivos” y advierte: “para mi opinión Ayotzinapa es muy peligrosa”. Y uno más la dirige “A quien corresponda”, pero es a los estudiantes a quienes habla: “Queridos estudiantes los queremos vivos, los estamos esperando sanos y salvos, no sé qué haya pasado con ustedes espero que no los hayan secuestrado…”, y después cambia de voz, pondera su propia reflexión: “que los 43 o 46 estudiantes aparezcan vivos, aunque puede que existan los alienígenas y los hayan absorbido, aunque no creo o puede que Obama se los haya llevado por el Área 51 o se los haya comido un animal salvaje, no sé, las posibilidades son muchas, les dibujo las posibilidades”. 

En cuatro dibujos sin textos un niño dibuja un río con los cuerpos muertos de los estudiantes flotando, otro hace un dibujo en estilo manga con un joven secuestrado, una niña dibuja a Trump al lado de un militar con un ovni de fondo y alguien más encierra en grandes signos de interrogación esa misma dicotomía: realidad y fantasía: autoridades, policías, como responsables, y la puerta abierta a cualquier otra cosa. En otra imagen más arriba hay un dibujo de un árbol con 43 hojas en el que un niño se pregunta: “¿RIP o no?”.

Las elaboraciones de los niños y niñas en sus cartas reflejan que saben más de lo que creen o expresan y comprueba que abrir preguntas y compartir lecturas detona pensamiento crítico. “43 o 46”, “Ayotzinapa peligrosa”, cuerpos flotando o encerrados en un “Área 51” (recordemos que algunos padres creían que los estudiantes podían estar en el 27 Batallón de Infantería del Ejército, ubicado en Iguala; teoría descartada en julio de este año cuando finalmente los dejaron pasar).

Algunos leen en voz alta sus creaciones, otros prefieren que yo lo haga. Se genera un clima en el salón que nos sitúa en el día uno después de la desaparición forzada. Todavía con tantas posibilidades y como si recién descubriéramos el crimen, preocupados y comprometidos.

Me llevo las cartas y dibujos para asegurarme que no se pierdan. Les digo que la siguiente semana podrán terminarlos si lo necesitan y decidiremos qué hacer con ellos. 

Y sucede. Antes de salir gritamos: “Porque vivos se los llevaron”, “¡vivos los queremos!”.

Este grupo pasó en dos sesiones de no saber nada de las desapariciones forzadas a escribirle cartas al presidente exigiendo que regresen. Se ha tratado, retomando a María Teresa Andruetto en su texto “Resistencia”, que a su vez dialoga con El espectador emancipado de Jacques Rancière, de emanciparlos como lectores: “En el acto de leer ligamos en todo momento lo que vemos con lo que ya hemos visto o dicho o hecho o soñado. En ese poder de asociar y disociar, en recorridos que de tan particulares son únicos porque ir hacia lo desconocido es descubrir, es ‘profundizar allí dónde uno hace pie y lo pierde’, como dice Jorge Larrosa citando a Peter Handke, reside la emancipación de cada uno de nosotros como lector”, escribe Andruetto.

¿Todavía hay quien dude que basta un espacio de escucha y participación, lectura y escritura, para que los niños y niñas cambien un poquito el mundo?

 

Tercera y cuarta sesión en resistencia

Como compartí en la entrada de la semana pasada, cuando decidí hablarles de Ayotzinapa no estaba seguro qué pasaría, pero sí que no sería una sesión única. Conflictos y discusiones así deben poder cumplir un pequeño ciclo: nacer, crecer, recrearse y morir.

El siguiente lunes (7 de octubre) entro al salón: “¡Re-sis-ten-cia!, ¡Re-sis-ten-cia”, responden en seguida. Parece que ese grito será nuestra consigna semanal. ¿Recuerdan la lectura de la semana pasada? Rápidamente un niño dice El maestro no ha venido. Comentamos un poco.

Reparto las cartas y dibujos. La mayoría ya terminó pero les digo que pueden revisar, colorear más o escribir otras líneas. Mientras lo hacen, una lectura de fondo, un libro que ya conocen: ¡El pequeño Cuchi Cuchi!

Muchos gritan emocionados otros suplican: “No, ya no, por favor”. Votamos. La mayoría dice que sí. Ahí va El pequeño Cuchi Cuchi de Mario Ramos por tercera vez desde que nos conocemos.

Un pajarito a quien su madre no cortó las alas al nacer, desobedeciendo el decreto “presidencial” del rey león en turno, un día le quita la corona al león y la deja caer en un cerdo, un burro, un zorro, un gorila… y cada uno con ella decreta las cosas más absurdas. El cerdo que nadie se bañe, el burro prohíbe leer, escribir y pensar, etc. “¡Qué tontería!”, grita Cuchi Cuchi (y todo el salón). Como funcionó muy bien la dramatización participativa de la semana pasada, pido a los niños que lean e interpreten a los diferentes animales. Uno de ellos pide ser Cuchi Cuchi pues sabe hacer una voz muy tierna. Y es verdad.

Al final recordamos cómo la primera vez que leímos ese libro cada uno describió y dibujó sus propios reinos, con todo y reglas absurdas. Otra vez, llevar el libro al núcleo vital de cada lector.  

El objetivo de traer El pequeño Cuchi Cuchi era leerles otro libro con el que podíamos seguir enriqueciendo nuestra conversación, extendiendo la cadena de significados alrededor del terrorismo de Estado: Ah, pajarita si yo pudiera de Ana María Machado. Es breve, contundente y funciona como una retahíla.

Una pajarita está por construir su nido y un leñador quiere cortar el árbol que ella ha elegido. La pajarita le pide que no lo haga, pero el leñador responde: “Ah, pajarita si yo pudiera, pero no depende de mí, solo estoy cumpliendo órdenes”, “¿De quién?”, le pregunta la pajarita, y el leñador le responde: “Del capataz. Y él me hace morir de miedo”. La pajarita va con el capataz y se repite la escena de subordinados que “solo cumplen órdenes” (léase, nada menos, “banalidad del mal” de Hannah Arendt) hasta que la pajarita llega con el emperador.

Muy rápidamente el grupo aprende las repeticiones y casi contamos-cantamos la historia a coro. Claro, cuando la pajarita amenaza al emperador con convocar a una multitud para ponerle un freno, el emperador cede y ordena que no se tale el árbol. La petición de Pajarita es modesta pero es fácil escalarla. 

Con estos dos libros quería reforzar una lectura esperanzadora, que los alejara de la sensación de impotencia y la parálisis del miedo a desaparecer, con protagonistas que no sólo “siguen órdenes”, hacen cosas contra el poder que aterra y salen adelante.

Les pregunté qué hacíamos con las cartas. Varios dijeron que si no podíamos hacérselas llegar a los papás o al presidente. Les dije que podíamos intentarlo o también que podía publicarlas en mi blog. Les conté de Linternas y bosques, que ya había escrito de ellos allí y que, si me daban permiso, podía publicar sus cartas. Les gustó mucho la idea.

En la última sesión, la de ayer lunes 14, arrancamos con el ¡Re-sis-ten-cia! pero ya no hablamos de Ayotzinapa. Me acompaña otra lectora voluntaria, Ángela, que observará pues leerá en el grupo la siguiente sesión. Les propuse una nueva votación entre cinco novelas que cubren un rango de lector amplio. Desde El globo mensajero para niños como de 8 años hasta Mambrú perdió la guerra, ya más para adolescentes. Ganó en la votación ese último. Todas las opciones abordaban de alguna forma misterios de desaparición con enfoques diversos (incluida una novela de robots y vampiros, una opción muy alejada de crímenes y crisis). Pero no fue casualidad que eligieran la más política de todas y la más retadora (pues ellos tienen 9, 10 años y esta novela la siguen mejor niños de 12, 13). Mambrú… aborda el conflicto armado en Colombia con un protagonista que no sabe dónde están sus padres ni porque debe vivir medio escondido con su abuela. Hacia allá vamos. Una forma de dar continuidad a nuestra conversación pero también ir moviéndonos hacia otro sitio.

Hubo un trabajo realizado por uno de los niños que no mencioné. En una hoja en blanco, en el centro, simplemente escribió: “Los vamos a encontrar”. Ese fue el ánimo con el que concluimos aquella sesión, unidos todos en el deseo de que se haga justicia. 

 

TERRORISMO DE ESTADO Y LIJ:

Ésta es la entrada número 17 que publico alrededor de este tema. Aquí el resto:

Terrorismo de Estado y libros para niños

Terrorismo de Estado y libros para niños II

Ellos no quieren que los leas: libros prohibidos

¿Dónde están? Escritores sobre #Ayotz1napa

Leer al desaparecido

Las madres rastreadoras y la muerte

Los pájaros mudos. 40 años del golpe militar argentino

Abuelas con identidad

¡No se olvida! Resistencia y desapariciones en la voz de 8 escritoras

México recuerda. De Irulana y el ogronte a Olivia y los más de 30 mil desaparecidos

La biblioteca roja. A 50 años del 68, más de 50 libros para niños y jóvenes que lo nombran: Fue el Estado

¿Cómo contarles Ayotzinapa? A cinco años de la desaparición forzada de 43 estudiantes

 

Expertos invitados

Literatura y memoria: María Teresa Andruetto.

La insistencia. El uso de lo simbólico para nombrar el dolor y un recuerdo de mi tía la triste: María José Ferrada

¿A las barricadas? Literatura políticamente comprometida: Clémentine Beauvais 

Exilios, nacionalismos, represión, multiculturalidad: panorama de temas políticos para niños y jóvenes, por Jochen Weber + M68

 

 

INFANCIA en la UNAM

Recomiendo ampliamente el número de octubre de la Revista Universidad de la UNAM. Abre preguntas muy necesarias sobre las infancias hoy con artículos como “La niñez frente a la crisis migratoria” de Mario Luis Fuentes, “No fue un accidente” de Áurea Xaydé Esquivel Flores, “La infancia como jardín” de Luigi Amara, “El futuro de las madres” de Legna Rodríguez Iglesias y el fragmento de “Los campesinos cuentan cuentos: el significado de Mamá Oca” de Robert Darnton. Allí también publiqué “La revancha de los niños y niñas escritores” una versión de mi entrada La imaginación inigualable: ¡Niños y niñas escritores!.

Se puede consultar todo en línea o descargar el pdf de forma gratuita en: www.revistadelauniversidad.mx

 

 

Entrada No. 186.
Fecha original de publicación: 15 de octubre de 2019.
Escrita por: Adolfo Córdova

1 Comentario »

  1. Querido Adolfo, ha sido muy emocionante seguir la narración de esta experiencia gestada ahí, con este grupo de niños que han sido atravesados desde ya por la fuerza de las palabras. Celebro que estas lecturas del mundo pasen por las autorías y que se sostengan desde la responsabilidad y la memoria. ¡Los lápices también son una herramienta de lucha!
    Saludos fraternos a los niños y a vos desde el sureste mexicano.

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