Cinco cuentos clásicos, cuatro en prosa y uno en verso, para leer en casa y animar estos días largos y anunciar las buenas noches.

Selección variada, para diversos gustos: un enigma filosófico, algo de humor absurdo, un cuento de hadas, un amor imposible y un inquietante fenómeno, historias que han sobrevivido en el tiempo y pueden acompañarnos en voz alta o baja, en la sala o en la cama, a salvo de las inclemencias y para que no cunda el pánico. Todas precedidas por “el cuento del cuento”, la historia detrás de las historias y sus autores.

Una de las claves para despertar el interés por la lectura es… despertar el interés, a secas, o, si se quiere: el interés por la vida. Generar expectativa, proponer un preámbulo en el que conozcamos un poco más la dimensión que estamos por pisar es una opción. Así desearemos con más ganas entrar y volver.

Y gracias por entrar y volver linterna en mano a estos bosques. Vendrán más cuentos de cuentos. Por lo pronto que disfruten, conversen, imaginen, duden y se distraigan mucho con estos. #YoMeQuedoEnCasaLeyendo

 

 

El ciervo escondido

de Lieh-tzu (Siglo IV a. C.)

Ilustración de Liz Medrano.

El cuento del cuento: Hace muchísimos años (unos dos mil trescientos, más o menos) vivió un filósofo chino que quería ser inmortal, como la montaña que está siempre: crece y cambia, pero se queda. Se llamaba Lieh-tzu y su nombre da título a un libro muy importante en la filosofía taoísta. Pero nada más. Se sabe muy poco de este sabio.

Tal vez escribió “El ciervo escondido” después de pasar mañanas y tardes observando la naturaleza, reflexionando sobre el sentido de la vida, la igualdad, la muerte, el tiempo… o las antenas de las cucarachas.

Era contemporáneo de Chuang-tzu, otro filósofo taoísta del que se conoce esta microficción (que por cierto ha sido reelaborada por muchos escritores más): “Chuang-tzu soñó que era una mariposa, y al despertar ignoraba si era Chuang-tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang-tzu”. 

¿Y, tú? ¿Estás seguro que despertaste hoy? ¿Cómo sabes que ya dejaste de soñar? ¿Cómo sabes que no eres un sueño, el sueño de alguien o el sueño dentro de otro sueño?

Cuando lees una historia increíble y al final resulta que “todo era un sueño”, puedes sentir que el autor te tomó el pelo, que traicionó el encanto de la ficción: creer que lo que te cuentan es cierto. Pero hay narraciones que juegan con el tema de los sueños sin desencantar al lector, al contrario, lo dejan inquieto, le generan preguntas sobre el funcionamiento de la realidad. Se trata de literatura que propone una invención y reinvención constante del mundo.

Así sucede en este breve relato que empieza con un enterramiento y termina con una incógnita. Como ésta: “Había una vez un sabio llamado Lieh-tzu”. Y nada más. Se sabe muy poco de él. Casi nada. ¿Sería el sueño de alguien?

 

El cuento: Un leñador de la provincia de Chêng se hallaba en el bosque, recogiendo leña, cuando se encontró con un ciervo extraviado. Se apresuró a seguirlo hasta que consiguió matarlo y mucho se alegró por su buena suerte. Sin embargo, tuvo miedo de que otros lo descubrieran, así que lo enterró en una zanja seca y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el lugar donde lo había ocultado y se convenció de que todo aquello había sido sólo un sueño. Y así fue contándolo a las personas con las que se topaba en su andar, como si hubiera sido un sueño.

Un hombre, que escuchó la historia, decidió ir a buscar al ciervo y lo encontró, cubierto con hojas y ramas, en la zanja seca. Al llegar a su casa, con el ciervo, dijo a su mujer:

—Un leñador soñó que había matado un ciervo, pero no podía recordar el sitio exacto donde lo había escondido y yo lo he encontrado, por lo que me parece que su sueño era un sueño verdadero.

—Al contrario —dijo su esposa—. Debes ser tú quien soñó que conoció a un leñador que había matado a un ciervo. Aquí está el ciervo, cierto, pero ¿dónde está el leñador? Es evidente que es tu sueño el que se ha hecho realidad.

—Ciertamente he matado a un ciervo —replicó su marido—. Entonces, ¿qué importa si fue el sueño de otro o el mío?

Mientras tanto, el leñador llegó a su casa. No se lamentaba de haber perdido al ciervo, pues seguía convencido de que lo había soñado todo. Pero esa misma noche realmente soñó con el lugar donde lo había escondido y el hombre que lo había encontrado. Por lo tanto, a la mañana siguiente, fue a la casa del hombre a reclamar su ciervo.

Una pelea se produjo y el asunto hubo de ser llevado ante un juez, quien se pronunció en estos términos:

—Tú —le dijo al leñador— empezaste por matar a un ciervo, pero creíste, por error, que había sido sólo un sueño. Después soñaste que habías matado a un ciervo, pero creíste, por error, que era verdad. Este otro hombre encontró al ciervo, realmente, y ahora te lo disputa. Por otro lado, sumujer dice que él soñó al ciervo y al hombre que lo había matado. Así que nadie puede decir quién mató al ciervo. Pero aquí tenemos al ciervo. Lo mejor es que se lo repartan.

El caso llegó a oídos del rey de la provincia de Chêng, quien dijo:

—¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Esa nueva pregunta llegó a los oídos del primer ministro, quien se confesó incapaz de distinguir qué parte era sueño y qué parte no.

—Si quieren distinguir entre estar despierto o estar soñando —dijo—, sólo el Emperador Amarillo o Confucio pueden ayudarlos. ¡Pero estos dos sabios están muertos!, así que ya no hay nadie vivo que sepa distinguir entre sueño y realidad.

 

La pulga y El Profesor, una aventura

de Hans Christian Andersen (1805-1875)

Ilustración de Melhem Haddad.

El cuento del cuento: “Reciba el año listo, compre hoy su calendario 1873 con un nuevo y maravilloso cuento del gran Hans Christian Andersen.”

Es diciembre de 1872. En las nevadas calles de Copenhague, Dinamarca, los voceadores venden un calendario que todos quieren. Tiene impreso un nuevo cuento del más célebre escritor del momento.

“La pulga y el profesor, una aventura”, el texto número doscientos que escribió Hans Christian Andersen y uno de los últimos que publicaría, es un cuento tan singular como divertido, distinto al resto de su obra: un profesor medio mago, medio charlatán, que sueña con volar en un globo aerostático, entrena a una pulga que se vuelve su compañera y amiga, y termina viajando con ella hasta el País de los Caníbales. Ahí se desarrolla una historia de amor completamente inusual y disparatada.

El cuento y sus personajes quizá te recuerden los viajes del capitán Gulliver o algún explorador creado por Julio Verne o hasta al embustero Mago de Oz. 

En su época, Andersen fue uno de los autores más leídos y populares del mundo. El propio rey de Dinamarca lo visitaba en su casa; le rendían homenajes, le daban medallas e incluso ¡hacían chocolates con la forma de su rostro!

Hijo de un zapatero y de una lavandera, nacido en el barrio más pobre de Odense, en Dinamarca, él mismo se compararía con su personaje, el Patito Feo: primero despreciado y luego majestuoso. Influyó a autores como Lewis Carroll y Beatrix Potter. Su obra se ha traducido a casi ciento treinta idiomas.

 

El cuento: Había una vez un aeronauta que terminó mal. Su globo estalló y el hombre salió volando y se hizo pedazos. Apenas dos minutos antes de que esto sucediera había logrado expulsar a su hijo en paracaídas. El muchacho no había tenido tanta suerte en realidad, pues si bien estaba ileso y ya sabía lo suficiente paraser un aeronauta, no tenía globo ni medios para conseguirlo.

Como de algo tenía que vivir, desarrolló el arte de la prestidigitación y aprendió a hablar con el estómago, lo que se conoce como ventriloquia. Era joven y de buena presencia. Cuando se dejaba crecer el bigote y vestía con sus mejores ropas, hasta podía pasar por hijo de un conde. Las damas lo encontraron atractivo, y una muchacha  en particular se enamoró de tal modo de su encanto y destreza que empezó a seguirlo a todas las ciudades y países del extranjero. En estos lugares se hacía llamar ni más ni menos que El Profesor.

Pensaba continuamente en procurarse un globo aerostático y navegar en el aire acompañado de su esposa, pero le faltaban los recursos necesarios.

—Ya vendrán —decía él.

—¡Ojalá que sí! —respondía ella.

—Todavía somos jóvenes y yo ya soy profesor. ¡Las migas también son  pan!

Ella lo ayudaba en todo lo que podía, y se sentaba en la puerta para vender las entradas de sus espectáculos. En  el invierno éste era un favor que la hacía temblar de frío. También lo ayudaba en uno de sus actos. El Profesor le pedía que se metiera en el cajón de una mesa, un cajón muy grande; desde allí, ella se escurría a otro cajón situado detrás y de pronto la audiencia no la veía más.

Pero una noche, cuando El Profesor abrió el cajón, él tampoco la vio más. Ella no estaba ni en el cajón frontal ni en el posterior ni en ningún lugar en todo el teatro. No se le veía ni oía por ninguna parte. Aquella había sido su última contribución al espectáculo.

Nunca volvió. Se había hartado de todo eso.

Él se hartó también. Perdió su buen humor, era incapaz de reír o contar chistes, y el público dejó de acudir  a sus funciones. Sus ganancias disminuyeron drásticamente, sus ropas se desgastaron y al final no le quedó más que una pulga que le había dejado su mujer, y que por ello quería mucho. La adiestró, la enseñó a actuar, a presentar armas y a disparar un cañón; un cañoncito, por supuesto.

El Profesor estaba orgulloso de su pulga, y la pulga estaba orgullosa de sí misma. Había aprendido algunas cosas y llevaba sangre humana en su cuerpo; había estado en grandes ciudades, y príncipes y princesas la habían visto y aplaudido; y todo ello aparecía en periódicos y carteles. La pulga sabía que era famosa y que podía mantener no sólo a un profesor, sino a toda una familia.

A pesar de su orgullo y su fama, cuando viajaban, El Profesor y la pulga iban en los vagones de cuarta clase; éstos llegaban tan rápido como los de primera. Se habían hecho una promesa secreta el uno al otro: que nunca se separarían ni se casarían. La pulga permanecería soltera y El Profesor, viudo. Así estarían parejos.

—Vuelve allí donde te sonrió la suerte —decía El Profesor, que era un estudioso de la naturaleza humana, que es una ciencia en sí misma.

Habían viajado ya por todos los países del mundo, excepto al País de los Caníbales, y a ése decidieron ir. El Profesor sabía bien que allí se comían a los cristianos, pero él no era muy cristiano que digamos, ni la pulga muy humana, así que pensó que quizá les iríabien y harían mucho dinero.

Viajaron en barco de vapor y en barco de vela. La pulga demostró sus habilidades artísticas durante la travesía en intercambio por el pasaje, y así llegaron, al fin, al País de los Caníbales.

Gobernaba allí una pequeña princesa. Sólo tenía ocho años de edad, pero gobernaba igual. Les había arrebatado el poder a su padre y a su madre porque le gustaba que se hiciera su voluntad. Era excepcionalmente bella y excepcionalmente grosera.

Tan pronto como la pulga presentó armas y disparó el cañón, la princesa quedó tan prendada de ella que gritó:

—¡O la pulga o nadie!

Se había enamorado locamente de la pulga… y eso que ya estaba bastante loca.

—Mi dulce y razonable hijita —le dijo su padre—. Si por lo menos hubiera alguna manera de convertirla en un hombre.

—¡Eso déjamelo a mí, ancianito! —replicó la princesa. No eran maneras de hablarle a su padre, pero ella era caníbal. Sentó a la pulga en su justa mano y le dijo:

—Ahora ya eres un hombre y vas a gobernar conmigo. Pero debes hacer lo que yo quiera, de lo contrario te mataré y me comeré al Profesor.

Al Profesor le habían asignado una espaciosa habitación para vivir. Las paredes eran de caña de azúcar, y podría haberse dedicado a lamerlas, pero no le gustaban los dulces. Tenía una hamaca para dormir y arriba de ella se sentía como en un globo aerostático; lo que siempre había deseado y en lo que todavía pensaba continuamente.

La pulga vivía con la princesa, se sentaba en su delicada mano o en su hermoso cuello. Ella se había arrancado uno de sus largos cabellos y le había pedido al Profesor que atara un extremo a una pata de la pulga y el otro a un pendiente de coral que llevaba en la oreja.

Qué maravillosamente bien la estaba pasando la princesa; “¡y la pulga también!”, pensaba ella.

Pero El Profesor no estaba muy contento. Él era un viajero al que le gustaba ir de ciudad en ciudad, y leer en los periódicos noticias sobre su tenacidad y su sabiduría al enseñar a una pulga a comportarse como persona. Se la pasaba todo el día tirado en la hamaca; bien alimentado, eso sí, con huevos frescos de pájaro, ojos de elefante y piernas de jirafa asadas. Los caníbales no vivensolamente de carne humana, no, la carne humana es un manjarespecial.

—Hombro de niño con salsa picante —decía la madre   de la princesa—, ¡lo más exquisito!

Al profesor le aburría todo eso. Quería irse del País de los Caníbales, pero la pulga debía venir con él; era su prodigio y su sustento. ¿Cómo iba a conseguirlo? ¿Cómo podría liberarla? No era algo fácil, pero pensó y pensó hasta que, al fin, dijo:

—¡Lo tengo! Padre de la princesa, deme algo que hacer. Déjeme enseñar a su pueblo a presentarse ante usted, Su Alteza Real. Esto es lo que se conoce como “tener cultura” enlas grandes y poderosas naciones de la Tierra.

—¿Puedo, yo también, aprender a presentarme ante ellos? —preguntó el padre de la princesa.

—Eso no sería apropiado —respondió El Profesor—; pero puedo enseñarle a Su CaníbalMajestad a disparar un cañón. Funciona con un estallido. Uno se sienta arriba del cañón, en elaire, y luego uno sube o baja en él.

—¡Sí, déjame disparar uno! —rogó el padre de la princesa. Pero en aquel país no habíacañones, salvo el cañoncito de la pulga, que era demasiado pequeño.

—Fundiré uno más grande —dijo El Profesor—. Sólo proporciónenme los medios necesarios. Necesito tela de seda fina, aguja e hilo, cuerdas y sogas, y gotas estomacales para globos aerostáticos, que los hacen hincharse y  elevarse; me servirán para producir el estallido en el estómago del cañón.

—Por supuesto.

El padre de la princesa le dio cuanto pedía. Toda la corte y el pueblose reunieron para ver la fabricación del cañón, pero El Profesor sólo les permitió mirar hasta que tuvo el globo completamente listo paraser inflado y volar por los aires.

La pulga miraba sentada desde la mano de la princesa cómo sellenaba de aire el globo. Tanto se hinchó que empezó a agitarseviolentamente y apenas podían mantenerlo pegado al suelo.

—Tengo que elevarlo en el aire para que se enfríe —dijo E lProfesor, sentándose en la cesta que colgaba del globo—, pero no puedo hacerlo solo, necesito ayuda de alguien experto y aquí nadie sabe de cañones… excepto… ¡la pulga!

—¡No estoy dispuesta a permitirlo! —dijo la princesa, pero tendió la mano y entregó la pulga al Profesor, quien la colocó en su muñeca.

—¡Suelten las amarras! —gritó él—. ¡Ahora el globo se eleva!

Los presentes creyeron que decía: “¡El cañón!” Y así se fue elevando el globo, más y más, por encima de las nubes, lejos del País de los Caníbales.

La princesita, su padre y su madre, el pueblo entero se sentó a esperar. Todavía siguen esperando. Y si no lo crees, ve al País de los Caníbales, cualquier niño te contará la historia de la pulga y El Profesor. Ellos creen que sus visitantes regresarán cuando el cañón se haya enfriado.

Pero no regresarán. Están en casa, entre nosotros, en su tierra natal. Viajan en tren, en primera clase. El enorme globo ha resultado un buen negocio. Nadie les pregunta cómo lo consiguieron ni de dónde proviene. Son gente acomodada ahora, de la más respetable, la pulga y El Profesor.

 

Bella-Flor

de Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) (1796-1877)

Ilustración de Melhem Haddad.

El cuento del cuento: Entre la romántica tropa de los contadores de cuentos populares comandada por los Grimm, Afanasiev y Andersen, hubo también mujeres aunque a muchas de ellas se les haya olvidado. Aquí está la primera en escribir en español nanas, adivinanzas, enigmas, poemas, cuentos y refranes especialmente para niños.

Incluso publicó La mitología contada a los  niños e historia de los grandes hombres de la Grecia en una época donde a nadie le importaban demasiado (o nada) los libros infantiles. Se llamaba Cecilia Böhl de Faber, aunque, en parte por el machismo dominante de su época, firmaba con un seudónimo de hombre: Fernán Caballero.

Nació en 1796 y traía en la sangre el oficio literario y un espíritu contracorriente. Su madre, Francisca Larrea, era una destacada escritora —considerada pionera de la novela realista española— que admiraba a la pensadora inglesa Mary Wollstonecraft, célebre por defender los derechos de la mujer (¡y madre de Mary Shelley, la autora de Frankenstein!).

El padre de Böhl también era escritor, alemán, pero dedicado a estudiar la lengua española y el teatro.

Dicho por su autora, “Bella-Flor” es un “cuento de encantamiento” donde los animales hablan y tienen poderes mágicos. El protagonista es un joven al que le va bien sólo por ser increíblemente bueno. A Böhl (o al señor Caballero, como prefieras), le gustaba escribir cuentos así: de buenos muy buenos y malos muy malos, con moraleja. Así se acostumbraba en su tiempo. 

Creía que la fantasía y la invención eran esenciales para niñas y niños, como el alimento, y que nada era mejor que los castillos encantados, hechiceros, hadas y duendecillos para que crecieran sanos y fuertes. Otra idea adelantada.

Aquí tienes, entonces, una buena dosis de nutritiva magia.

 

El cuento: Había una vez un padre que tenía dos hijos; al mayor le tocó la suerte de soldado, y fue a América, donde estuvo muchos años. Cuando volvió, su padre había muerto, y su hermano disfrutaba del caudal y se había puesto muy rico. Fue a casa de éste, y le encontró bajando la escalera.

—¿No me conoces? —le preguntó.

El hermano le contestó con mala manera que no.

Entonces se dio a conocer, y su hermano le dijo que fuese algranero, y que allí hallaría un arca, que era la herencia que le había dejado su padre, y siguió su camino sin hacerle más caso. Subió al granero, y halló un arca muy vieja, y dijo para sí: “¿Para qué me puede a mí servir este desvencijado arcón?

¡Pero anda con Dios! Me servirá para hacer una hoguera y calentarme, que hace mucho frío”.

Cargó con él y se fue a su mesón, donde cogió un hacha y se puso a hacer pedazos el arcón, y de un secreto que tenía cayó un papel. Lo tomó, y vio que era la escritura de unacrecida cantidad que adeudaban a su padre. La cobró, y se puso muy rico.

Un día que iba por la calle encontró a una mujer que estaba llorando amargamente; la preguntó qué tenía, y ella le contestó que su marido estaba muy malo, y que no sólo no tenía para curarlo, sino que se lo quería llevar a la cárcel un acreedor, al que no podía pagar lo que le debía.

—No se apure usted —le dijo José—. No llevarán a su marido a la cárcel, ni venderánlo que tiene, que yo salgo a todo; le pagaré sus deudas, le costearé su enfermedad y su entierro, si se muere.

Y así lo hizo todo. Pero se encontró que cuando el pobre se hubo muerto, después de pagado el entierro, no le quedaba un real, habiendo gastado toda su herencia en esa buena obra.

“Y ahora ¿qué hago? —se preguntó a sí mismo—. Ahora, que no tengo qué comer. Me iré a una corte, y me pondré a servir.”

Así lo hizo, y entró de mozo en el palacio del  rey.

Se portó tan bien y el rey lo quería tanto, que lo fue ascendiendo hasta que lo hizo su primer gentilhombre.

Entretanto, su descastado hermano había empobrecido y le escribió pidiéndole que le amparase; y como José era tan bueno, lo amparó, pidiendo al rey le diese a su hermano un empleo en palacio, y el rey se lo concedió.

Vino, pues, pero en lugar de sentir gratitud hacia su hermano, lo que sentía era envidia al verlo privado del rey, y se propuso perderlo. Para eso, se puso a inquirir lo que para su intento le importaba averiguar, y supo que el rey estaba enamorado de la princesa Bella-Flor, y que ésta, como que era el rey viejo y feo, no le quería, y se había ocultado en un palacio escondido por esos breñales, nadie sabía dónde. El hermano fue y le dijo al rey que José sabía dónde estaba la Bella-Flor, y correspondía con ella. Entonces el rey, muy airado, mandó venir a José y le dijo que fuese al momento a traerle la princesa Bella-Flor, y que, si se venía sin ella, lo mandaría ahorcar.

El pobre, desconsolado, se fue a la cuadra para montar un caballo e irse por esos mundos, sin saber por dónde tirar para encontrar a Bella-Flor. Vio entonces un caballo blanco, muy viejo y flaco, que le dijo:

—Tómame a mí, y no tengas cuidado.

José se quedó asombrado de oír hablar un caballo; pero montó en él y echaron a andar llevando tres panes de munición que le dijo el caballo que tomase.

Después que hubieron andado un buen trecho, se encontraron un hormigal, y el caballo le dijo:

—Tira ahí esos tres panes para que coman las hormiguitas.

—Pero, ¿para qué? —dijo José—. Si nosotros los necesitamos.

—Tíraselos —repuso el caballo—, y no te canses nunca de hacer el bien.

Anduvieron otro trecho, y encontraron a un águila que se había enredado en las redes de un cazador.

—Apéate —le dijo el caballo—, y corta las mallas de esa red y libra a ese pobre animal.

—¿Pero vamos a perder el tiempo en eso? —respondió José.

—No le hace; haz lo que te digo y no te canses nunca de hacer el bien.

Anduvieron otro trecho y llegaron a un río, y vieron a un pececito que se había quedado en seco en la orilla, y por más que se movía, con ansias de muerte, no podía volver a la corriente.

—Apéate —dijo a José el caballo blanco—, levanta a ese pobre pececito y échalo al  agua.

—Pero si no tenemos tiempo de entretenernos —contestó José.

—Siempre hay tiempo para hacer una buena obra —respondió el caballo blanco—, y nunca te canses de hacer el bien.

A poco llegaron a un castillo, metido en una selva sombría, y vieron a la princesa Bella-Flor, que estaba echando afrecho a sus gallinas.

—Atiende —le dijo a José el caballo blanco—; ahora voy a dar muchos saltitos y hacer piruetas, y esto le hará gracia a Bella-Flor; te dirá que quiere montar un rato, y tú  la dejarás que monte; entonces yo me pondré a dar coces y relinchos; se asustará, y tú le dirás entonces que eso es porque no estoy hecho a que me monten las mujeres, y montándome tú, me amansaré; te montarás, y saldré a escape hasta llegar al palacio del rey.

Todo sucedió tal cual lo había dicho el caballo, y sólo cuando salieron a escape conoció Bella-Flor la intención de robarla que había traído aquel jinete.

Entonces dejó caer el afrecho que llevaba al suelo, en que sedesperdigó, y le dijo a su compañero que se le había derramado elafrecho y que se lo recogiese.

—Allí, donde vamos —respondió José—, hay mucho afrecho.

Entonces, al pasar bajo un árbol, tiró por alto su pañuelo, que se quedó prendido en una de las ramas más altas, y dijo a José que se apease y se subiese al árbol para que lo tomase; pero José le respondió:

—Allá, donde vamos, hay muchos pañuelos.

Pasaron entonces por un río, y ella dejó caer en él una sortija, y le pidió a José que se apease para  levantarla; pero José le respondió que allí donde iban, había muchas sortijas.

Llegaron, por fin, al palacio del rey, que se puso muy contento al ver a su amada Bella-Flor; pero ésta se metió en un aposento, en que se encerró, sin querer abrir a nadie. El rey le suplicó que abriese; pero ella dijo que no abriría hasta que le trajesen las tres cosas quehabía perdido por el camino.

—No hay más remedio, José —le dijo el rey—, sino que tú, que sabes las que son, vayas por ellas, y si no las traes, te mando ahorcar.

El pobre José se fue muy afligido a contárselo al caballito blanco, el que le dijo:

—No te apures; monta sobre mí, y vamos a buscarlas. Pusiéronse en camino y llegaron al hormigal.

—¿Quisieras tener el afrecho? —preguntó el  caballo.

—¿No había de querer? —contestó José.

—Pues llama a las hormiguitas y diles que te lo traigan, que si aquél se ha desperdigado te traerán el que han sacado de los panes de munición, que no habrá sido poco.

Y así sucedió; las hormiguitas, agradecidas a él, acudieron, y le pusieron delante un montón de afrecho.

—¿Lo ves —dijo el caballito— cómo el que hace bien, tarde o temprano recoge el fruto?

Llegaron al árbol al que había echado Bella-Flor su pañuelo, el que ondeaba como un banderín en una rama de las más altas.

—¿Cómo he de alcanzar yo ese pañuelo —dijo José—, si para eso senecesitaría la escala de Jacob?

—No te apures —respondió el caballito blanco—; llama al águilaque libertaste de las redes del cazador, y ella te lo cogerá.

Y así sucedió. Llegó el águila, tomó con su pico el pañuelo, y se lo entregó a José.

Llegaron al río, que venía muy turbio.

—¿Cómo he de sacar esa sortija del fondo de este río hondo, cuando ni se ve ni se sabe el sitio en que Bella-Flor la echó? —dijo José.

—No te apures —respondió el caballito—; llama al pececito que salvaste, que él te la sacará.

Y así sucedió, y el pececito se zambulló y salió tan contento, meneando la cola, con el anillo en la boca.

Volviose, pues, José muy contento al palacio; pero cuando le llevaron las prendas a Bella-Flor, dijo que no abriría ni saldría de su encierro mientras no friesen en aceite al pícaro que la había robado de su palacio.

El rey fue tan cruel, que se lo prometió, y dijo a José que no tenía más remedio que morir frito en aceite.

José se fue muy afligido a la cuadra y contó al caballo blanco lo que le pasaba.

—No te apures —le dijo el caballito—; móntate sobre mí, correré mucho y sudaré; úntate tu cuerpo con mi sudor, y déjate confiado echar en la caldera, que no te sucederá nada.

Y así sucedió todo; y cuando salió de la caldera, salió hecho un mancebo tan bello y gallardo, que todos quedaron asombrados, y más que nadie Bella-Flor, que se enamoró de él.

Entonces el rey, que era viejo y feo, al ver lo que le había sucedido a José, creyendo que a él le sucediese otro tanto,   y que entonces se enamoraría de él Bella-Flor, se echó en  la caldera y se hizo un  chicharrón.

Todos entonces proclamaron por rey al chambelán, que se casó con Bella-Flor.

Cuando fue a darle gracias por sus buenos servicios al que todo se lo debía, al caballito blanco, éste le dijo:

—Yo soy el alma de aquel infeliz en cuya ayuda, enfermedad y entierro gastaste cuanto tenías, y al verte tan apurado y en peligro he pedido a Dios permiso para poder, a mi vez, acudir en tu ayuda y pagarte tus beneficios. Por eso te he dicho, y te lo vuelvo a decir, que nunca te canses de hacer el bien.

 

El ruiseñor o Laüstic

de María de Francia (Siglo XII)

Ilustración de Liz Medrano.

El cuento del cuento: María es un misterio. Vivió en el siglo XII, en la Europa medieval, pero al firmar sus obras sólo escribía: “Soy María y soy de Francia”. Los fanáticos que estudian todo lo que escribió se parten la cabeza tratando de resolver lo imposible: ¿quién era ella?, ¿cuál de todas las “Marías” francesas de aquella época será la María escritora?

El enigma se complica porque es difícil fijar su lugar de residencia: escribía en anglonormando, un dialecto francés que se hablaba en Inglaterra y Normandía, no en Francia.

Como ya han pasado más de novecientos años desde que murió, muchas de las posibles evidencias para identificarla están hechas polvo. Sin embargo, y eso es lo que ahora importa, dejó por lo menos tres obras que siguen leyéndose.

Una de ellas fue la primera traducción al francés de las famosas fábulas de animales que hablan y dan lecciones, las Fábulas de Esopo.

Pero el ruiseñor de esta historia no tiene nada que ver con la liebre veloz, ni ayudó a la lenta tortuga: es parte de otro de los libros de María, uno integrado por doce relatos de amor escritos en verso. Todos con desenlaces trágicos, a la Romeo y Julieta.

Al principio y al final del que te presentamos aquí, la misteriosa escritora hace referencia a los lais, un tipo de canción antigua, como la balada o la ronda, que interpretaban los celtas del norte de Francia, los bretones. En ellas cantaban historias verdaderas alrededor de un público reunido en una plaza o en la corte de algún rey. María trata de reproducir ese género literario.

Lo que le ocurre a la pareja de enamorados que protagonizan este lai es lo que se llamaba “amor cortés”: una relación secreta, prohibida, algo mística, idealizada y muy triste: se aman, pero no pueden estar juntos.

 

El poema o cuento en verso:

Debo contarte una historia
que los bretones hicieron lais.
Laüstic era el nombre, creo,
que le dieron en su tierra.
En francés es rossignol,
y ruiseñor en buen español.

En Saint-Malo, en aquella región,
había una ciudad muy famosa.
Dos caballeros vivían ahí,
ambos con casas imponentes.
Por la bondad de los dos barones
la ciudad adquirió un buen nombre.

Uno se había casado con una mujer
sabia, bella y cortés;
que se tenía en muy alta estima
según los usos y costumbres.

El otro era un soltero,
bien conocido entre sus pares
por su valentía y arrojo;
que se complacía en vivir bien.
A menudo participaba en justas, gastaba mucho
y daba todo lo que tenía.
También amaba a la mujer de su vecino;
él la buscaba, le suplicaba con tanta persistencia.
Había tanta bondad en él,
que ella lo amaba más que a nada,
tanto por todo lo bueno que escuchaba sobre él
como porque estaba cerca.

Se amaban con discreción y bien,
se ocultaban y se cuidaban
de no ser vistos
ni molestados y de que nadie sospechara.
Lo podían hacer tan bien
porque sus moradas estaban cerca,
sus casas eran contiguas,
al igual que sus habitaciones y sus torres;
no había barreras ni límites
excepto una pared alta de piedra oscura.

Desde la habitación donde dormía la señora,
si se acercaba a la ventana,
podía hablar con su amado,
y él con ella, desde el otro lado,
y podían intercambiar posesiones,
balanceándolas y lanzándolas.
Casi nada los perturbaba,
ambos se sentían muy tranquilos;
sólo que no podían estar juntos completamente
a su antojo,
porque la señora era celosamente vigilada
cuando su esposo estaba en la región.
Aunque siempre se las arreglaban,
de día o de noche,
para poder conversar;
nadie podía impedirles
acercarse a la ventana
y verse ahí, uno al otro.

Durante mucho tiempo se amaron,
hasta ese verano
cuando los bosques y los prados reverdecían
y los huertos brotaban.
Los pajaritos, con gran dulzura,
cantaban su dicha sobre las flores.
No me extraña que él los entendiera,
él que también está enamorado.
Les diré la verdad sobre el caballero:
los escuchaba atentamente
y a la señora de al lado,
con palabras y  miradas.

En la noche, cuando la luna brillaba,
cuando su señor estaba en la cama,
ella muchas veces se levantaba de su lado
y se envolvía en una capa.
Se dirigía a la ventana
porque su amado, ella sabía,
llevaba esa misma vida,
despierto casi toda la noche.
Ambos se contentaban con verse
pues no podían tener nada más;
pero ella se levantó y se quedó ahí parada tantas veces
que su señor se enfadó
y empezó a preguntarle
por qué se levantaba y a dónde iba.

Mi señor, le respondió la señora,
No hay dicha en este mundo
como la de escuchar el canto del ruiseñor.
Por eso me quedo ahí.
Suena tan dulce por la noche
que me causaun enorme placer;
me deleita tanto y tanto me gusta
que no puedo cerrar los ojos.

Cuando su señor la escuchó
rio con ira y malicia.
Concentró su mente en una sola cosa:
atrapar al ruiseñor.
No hubo sirviente en su casa
al que no pidiera hacer trampas, redes o jaulas,
que él luego puso en el huerto;
no hubo avellano ni castaño
en el que no colocara trampas
hasta que lo atraparan y capturaran.

Cuando hubieron capturado al ruiseñor,
se lo llevaron, aún vivo, al patrón.
Se alegró mucho cuando lo tuvo;
y fue a la habitación de la señora.

Mi señora, dijo, ¿dónde estás?
¡Ven aquí! ¡Habla con nosotros!
Atrapé al ruiseñor
que te mantenía en vela.
De ahora en adelante podrás dormir en paz:
nunca más te despertará.

Cuando la señora lo oyó,
se puso triste y afligida.
Le suplicó a su señor por el pájaro
pero él lo mató con crueldad,
le rompió el cuello con sus manos
—una acción demasiado despiadada—,
y le arrojó el cuerpo a la  señora;
su ropa se manchó de sangre,
un poco cayó en su pecho.
Luego él salió de la habitación.

La señora tomó el pequeño cuerpo;
lloró mucho y maldijo
a quienes traicionaron al ruiseñor,
quienes hicieron las trampas y redes,
pues le habían arrebatado la dicha.

Ay, dice ella, ahora he de sufrir.
No podré levantarme en la noche
o ir y pararme en la ventana
donde solía ver a mi amor.
Sólo sé una cosa:
pensará que estaba fingiendo.
Debo decidir qué hacer.
Debo enviarle el ruiseñor
y relatarle la desventura.

En un pedazo de seda,
bordado con letras de oro,
envolvió al pajarito.
Llamó a uno de sus sirvientes,
le dio su mensaje,
y lo mandó con su amado.
Él fue con el caballero,
lo saludó en nombre de su señora,
le contó todo el mensaje, y le mostró al ruiseñor.

Cuando todo se le había contado y revelado al caballero,
después de haberlo escuchado bien,
se entristeció por el incidente,
pero no fue vil ni vacilante.
Tenía un cofrecillo,
sin hierro ni acero;
era de oro puro y buenas piedras,
piedras preciosas y muy caras;
quitó la tapa con cuidado.
Puso dentro al ruiseñor
y luego selló elcofre,
que llevó siempre consigo.

Esta historia tenía que contarse,
no podía ocultarse para siempre.
Los bretones le hicieron un lai
que la gente llama El ruiseñor.

 

 

El árbol pavo real

de G.K. Chesterton (1874-1936)

Ilustración de Liz Medrano.

El cuento del cuento: Había que verlo: medía casi dos metros y pesaba ciento treinta kilos, usaba anteojos pequeños y vestía con capa y sombrero. Casi nunca sabía a qué hora era su próxima cita y solía perder los trenes, pero muchos lo consideraban un genio.

Gilbert Keith Chesterton fue un escritor y periodista inglés que escribía textos desconcertantes, con algo siniestro, colmados de prodigios y razonamientos admirables. Escribió más de cuatro mil artículos para periódicos y unos doscientos cuentos.

El que leerás a continuación forma parte de uno más largo titulado “Los árboles del orgullo”, en el que un inglés adinerado, de apellido Vane, ostenta un insólito jardín con un puñado de árboles de hojas azuladas. Los empleados de la mansión de Vane creen que esos árboles están endemoniados. Fueron traídos de otras tierras por un antepasado de la familia hallado muerto en la embarcación en la que viajaba, con la espada desenvainada, apuntando a uno de los árboles.

En el cuento, Vane, harto de las supersticiones, decide pasar una noche al pie de los árboles para demostrar que son inofensivos… pero, a la mañana siguiente, ha desaparecido. Un grupo de amigos y su hija intentan resolver el misterio, y uno de ellos les cuenta el relato que estás por leer, que explicaría el origen de esos extrañísimos seres.

Los árboles que hablan y se mueven son comunes en muchas imaginaciones. El escritor J.R.R. Tolkien, por ejemplo, creó en El Señor de los Anillos a los ents, árboles que defienden a otros árboles de las hachas de los enanos. Los que Chesterton describe aquí, sin embargo, son anteriores a los ents. Cobran vida gracias a los rezos de un ermitaño que los consideraba los seres más apacibles de la naturaleza, pero, igual que en el mito de Adán y Eva, uno de ellos sucumbirá a una tentación.

 

El cuento: Si bajan a la costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, descubrirán que los lugareños todavía cuentan una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, sentirán los siglos oscuros. 

Sólo he visitado esa costa una vez, a pesar de que se encuentra frente a una ciudad italiana en la que viví muchos años, y difícilmente me creerían si les digo que la insensatez y la trasmigración de la leyenda no me parecieron entonces tan excepcionales, comparadas con la selva llena de rugidos de leones por la noche y el rojo oscuro del desierto solitario.

Cuentan que el ermitaño santo, Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, como Briareo, eran los seres más inocentes y mansos. No devoraban igual que los leones, abrían los brazos a todas las aves. Y rezó para que pudieran liberarse de tiempo en tiempo y andar como las otras criaturas.

Y los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como lo hicieron antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se sobresaltaban al ver al santo pasear a lo lejos con su arboleda, como un maestro con sus discípulos.

Los árboles eran libres bajo estrictas condiciones. Debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y, sobre todo, imitar de los animales sólo el movimiento, no la voracidad ni la destrucción.

Pero se dice que uno de los árboles oyó una voz que no era la del santo; que en la verde penumbra de una calurosa tarde de verano fue consciente de algo que le hablaba y que se había posado en sus ramas, algo que tenía la forma de un majestuoso pájaro y que alguna vez había hablado desde otro árbol, tomando la forma de una gran serpiente. La voz terminó por imponerse sobre el suave murmullo de las hojas y el árbol se torció en deseo; quiso alcanzar a los pájaros que volaban sobre sus nidos, inofensivos, para descuartizarlos.

Al fin, el incitador hizo desfilar sobre su follaje a los pájaros del orgullo, los pomposos pavo reales. Y el espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, que desgarró y devoró a los pájaros verde azulados, sin dejar ni una pluma. Y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles se cubrieron de hojas salvo éste, que se cubrió de plumas de un extraño patrón y una inusual tonalidad verde azulada.

Y por esa monstruosa asimilación, el santo descubrió el pecado.

Y plantó al árbol otra vez, mientras sentenciaba en voz baja que el mal caería sobre cualquiera que lo liberara.

 

NOTA

Los cuentos compartidos aquí forman parte de mi antología La hoguera de bronce (Secretaría de Cultura, 2017). Las traducciones de los cuentos son de Kenya Bello, Mar Gámiz, Javier Taboada y mías. Las ilustraciones de Liz Medrano y Melhem Haddad.

 

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Entrada No. 195.
Autor: Adolfo Córdova
Ilustración de portada de Liz Medrano.
Fecha original de publicación: 18 de marzo de 2020.


7 Comentarios »

  1. Hola, les comento que no se puede acceder al sitio.

    Al copiar el link, aparece que esta página no existe.

    Gracias por tratar de resolverlo.

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