Abril es el mes de los niños y niñas, del Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, y sobre todo, es el mes de quedarse en casa. Juntos, en este enorme desafío, aunque aislados. Como archipiélago. Por eso preparé una selección de libros cuya aventura principal sucede en alguna isla.

Clásicos que quizá llevan tiempo esperando ser leídos en la biblioteca de casa o que se pueden encontrar fácilmente en acervos digitales gratuitos o bien adquirir en línea en formato físico o digital, lo mismo que la mayoría de los libros más recientes en el listado (apoyemos a nuestros libreros de confianza, muchos de ellos siguen haciendo envíos).

Robinson de Peter Sís, 2018.

Ávalon o la isla de cristal del ciclo artúrico, la isla de Robinson Crusoe (y todas las robinsonadas), las islas del capitán Gulliver, la Isla del Tesoro, la Isla Misteriosa de Julio Verne, Nunca Jamás e incluso Aztlán, una de las muchas islas míticas, conforman un archipiélago siempre expansión que, ya desde Odiseo, puebla nuestro imaginario con pedazos de tierra paradisiacos e infernales.

Una tradición de exploradores marítimos y náufragos, condenados a los tesoros y a los enigmas de las islas, que ha resonado especialmente en los lectores jóvenes. Precisamente Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift y Robinson Crusoe de Daniel Defoe son dos casos emblemáticos de literatura infantil y juvenil por desplazamiento: no fueron pensados para niños, niñas y jóvenes pero a ellos y ellas les interesaron. Por eso Mariana Colasanti ha destacado (aquí) que las historias con islas son fundacionales del género literario infantil y juvenil.

La isla está asociada al confinamiento, pero también a la escapada idílica, al paraíso y a la libertad (es en la Isla de Jackson donde Tom Sawyer y Huckleberry Finn aprovechan para descansar y fumar tranquilos sus pipas y es Nunca Jamás el reino del juego). Tienen un valor iniciático. Vemos, desde las revisiones de mitos que hizo Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, a personajes que deben enfrentar demonios, peligros y otras dificultades en islas, para coronarse, madurar y conocerse a sí mismos (Ulises es uno de los modelos). Las islas son perfectas para esconder tesoros, fundar sociedades utópicas (como La Atlántida), y escapar de figuras opresoras. Establecen otro ritmo, posibilitan otro orden, están determinadas por un borde, limitadas por un mar que va y viene en tensión con llegadas o salidas que, muchas veces, definen la trama.

Son deseo, así que son, por naturaleza, ficción, literatura, puntos de encuentro.

 

Archipiélago Robinson

Robinsón, Robinsón, despierta y mira:
la calle lenta junto a las hojas
de un sol nuevo y distinto,
la isla donde aletea el pájaro
y sueña el pez con otros hijos
como un sordo temor para la lluvia.

Ya no hay regreso. Te quedarás
intacto en ese mar dormido
o acaso despertando al grito de la rana
entre la sangre de un viejo paraíso.

María Baranda, fragmento de Cartas a Robinsón.

Algunas de las islas narradas integran ya un archipiélago o cadena de textos en su sentido más amplio: desde la oralidad hasta la adaptación cinematográfica o la app. Esto es especialmente claro con la novela de Defoe, Robinson Crusoe que se inspiró en un par de historias reales de náufragos y creó un nuevo arquetipo de sobreviviente que se instaló tan bien en el deseo y las fantasías de los lectores que inauguró una tradición literaria en sí misma: las robinsonadas. 

Algunas de las que más recuerdo son Los robinsones suizos de Johan David Wyss de 1812, de la que Walt Disney hizo una adaptación célebre en 1960, dirigida por Ken Annakin: “La familia Robinson” o “Los robinsones de los mares del sur”; Viernes o los limbos del Pacífico de Michel Tournier de 1967; y ya estirando más el arquetipo, la magistral, El señor de las moscas de William Golding de 1954, ejemplo, además, de esos territorios sin padres tan buscados por los jóvenes.

Estamos en una isla. Por lo menos, eso me parece. Lo de allá fuera, en el mar, es un arrecife. Me parece que no hay adultos en ninguna parte.
William Golding, El señor de las moscas.


Continuando en esa línea de escrituras derivadas o con un puente intertextual claro pienso en otros cuatro libros que han vuelto a la isla de Crusoe por caminos muy distintos, igualmente ricos. Una serie de poemas, un libro informativo, una novela gráfica y un álbum ilustrado. 

Primero Cartas a Robinson de María Baranda (Parentalia Ediciones, 2010), en donde la poeta envía diez cartas imaginarias al náufrago en su imaginación, un Robinson que no puede salir de la isla, que perdió su pasado y a quien ella acompaña y hace mirar, explorar, recordar otras historias. Aquí pueden escuchar a la poeta leer un fragmento.

El paraíso es una isla, el infierno también.
Judith Schalansky, Atlas de islas remotas.

Luego Judith Schalansky con su original Atlas de islas remotas (Capitan Swing y Nórdica, 2013). Un libro de no ficción en el que rastrea las islas más apartadas del planeta, materializando una geografía para nuestros deseos de huída. La propia autora dice en el subtítulo: “Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”. Pero vaya que leerlas despierta la curiosidad. En cada isla ofrece datos y pequeñas historias sorprendentes, algunas aterradoras, de soldados abandonados o náufragos devorados por aves. Otras que parecen albergar extrañas formas de vida o ninguna en absoluto. Y están dos islas reales de las que se dice Defoe tomó elementos para imaginar la isla de Robinson, la Isla del Coco (que según algunos también inspiraría La isla del tesoro de Stevenson) en Costa Rica y una isla en el archipiélago chileno Juan Fernández en la que vivió de 1704 a 1708 el pirata Alexander Selkirk.

La interpretación visual del artista plástico cubano, Ajubel, de Robinson Crusoe (Media Vaca, 2008) plantea un gozoso desafío de lectura pues, como se afirma en un subtítulo se trata de “una novela en imágenes inspirada en la obra de Daniel Defoe”. Una interpretación silente que confía en que la obra original es terreno conocido del lector (como han hecho tantos otros creadores entre los que destaca la suiza Warja Lavater con sus cuentos de hadas ilustrados con figuras geométricas). Para Leonardo Padura, el ejercicio de Ajubel ofrece “la posibilidad de hacer una lectura de las esencias del texto: el precio de los sueños, el desamparo de la soledad, el ansia del regreso, temas tan antiguos como la misma literatura”.

Y finalmente, el gran Peter Sís, con su autobiográfico Robinson (Ediciones Ekaré, 2018) (Aquí encontrarán un video de Sís hablando del libro y dibujando una acuarela, lamentablemente sólo disponible en inglés). La historia de un niño (el propio autor) que decide caracterizarse como uno de sus héroes, Robinson Crusoe, en la fiesta de disfraces de su escuela. Pero a sus compañeros les causa mucha gracia su atuendo y se burlan de él. El niño vuelve muy triste a su casa a refugiarse en su isla favorita. 

A. F. Lydon, 1865.

En algún punto el personaje se pregunta: “¿Cómo podré sobrevivir solo?”. La respuesta es que no podrá del todo, aunque haya encontrado un hogar en su imaginación, en el que estar solo está bien, la presencia simbólica o real del otro, lo salva. 

Las islas prometen una nueva vida o un regreso a una vida más cercana a la naturaleza, que tan urgentemente nos golpea ahora. Sobre este regreso a la naturaleza en la literatura infantil y juvenil, que es una afortunada tendencia, escribí un ensayo amplio dividido en tres entradas que pueden consultar aquí.

Una variación en formato cinematográfico para sumar a este archipiélago es “La tortuga roja” de Michaël Dudok de Wit, estrenada en 2016, luego de diez años de trabajo, y ganadora ese mismo año en el Festival de Cine de Cannes del premio Un Certain Regard. Cuenta el regreso a la naturaleza de un náufrago con un sutil giro fantástico.

La forma, realista y sombreada que actualiza de manera brillante la tradición estética del cómic franco-belga, y el fondo, el ciclo de vida y muerte, son abordados de tal manera por su director que la cinta parece contar algún mito fundacional. Y con profundidad y belleza míticas la recuerdo y la recomiendo.

Otra variación para niños y niñas del explorador solitario en una isla que se encuentra con su “Viernes” es Sebastián y la Isla Tut de Tania de Regil (Ediciones Castillo, 2014), una enternecedora historia sin palabras que narra el viaje a una isla en la que vive un personaje extraño, como extraído de un libro… Y sí, hay un libro rojo, el favorito del niño protagonista. Lo lee en el jardín y en su habitación, de día y de noche, tiene en la portada varias plumas y la silueta de una especie de rey pájaro. Una mañana el pequeño niño encuentra una pluma en la orilla del mar. ¡Es exactamente como la de su libro! Le cuenta a su abuela, pero ella no sabe muy bien qué hacer, así que el niño arma un plan, prepara un bote y se lanza tras la pista de esa pluma. Cuando llega a una isla una niña con alas de pájaro y corona de reina le mostrará las maravillas del lugar.

Con varios guiños a Donde viven los monstruos y una niña salvaje que recuerda a la creada por Emily Hughes (Salvaje, Zorro Rojo, 2014), propone un recorrido visual por la isla con un final en el que la realidad es trastocada por la fantasía de una forma que lo destaca entre los libros con este mismo tipo de argumento.

También Johnny y el mar de Melba Escobar ilustrado por Elizabeth Builes (ganadora del Premio Tragaluz de ilustración 2013), se inscribe en estos motivos pero con una mirada más realista, a la Defoe. Narra el viaje de Pedro y su madre a una pequeña isla en el Caribe, regalo de cumpleaños y sueño cumplido de conocer el mar. Pero Pedro se pierde y encuentra a Johnny, un misterioso personaje que lo hará bucear dentro de sí mismo y que, por supuesto, igual recuerda a John Silver el Largo, con su loro al hombro.

 

Archipiélago del Tesoro

A medida que se asentaba el aire y se disipaba la bruma, se nos fue revelando nuestro nuevo mundo. Ambas orillas del río estaban cubiertas del follaje de plantas extraordinarias, que crecían juntas y tan densas, con tal profusión de flores, que tras los azules, verdes y grises predominantes de las anteriores semanas parecían poco naturales a la par que maravillosas.

Andrew Norton, Regreso a la Isla del Tesoro.

De acuerdo con Graham Allen, el término intertexto se ha utilizado para enunciar la relación que establece un texto con otros textos para constituirse como tal. Así, ninguna obra es un sistema cerrado que exista de manera aislada, siempre participa en un diálogo con otras. La isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson es otra de esas obras esenciales que detonó un archipiélago de creaciones.

En 2012 Andrew Norton publicó Regreso a la Isla del Tesoro (Tusquets), una secuela feroz, muy ambiciosa en su arquitectura textual, con largas y detalladas descripciones y una verosímil continuidad temática con la obra original, aunque muy distinta estilísticamente hablando. El lector ideal de esta aventura es mucho mayor que el de Stevenson (que la escribió para su hijastro). Norton la creó, sin duda, para los adultos, que la leyeron de niños.

Y de vuelta al lector más pequeño y alimentando en particular el arquetipo del pirata, está El tesoro de barracuda de Llanos Campos Martínez e ilustrado por Júlia Sardà. Ganadora del Premio Barco de Vapor SM de España en 2014, es una novela muy ágil, que refresca el tratamiento de este tema en la LIJ y que divierte y conecta espléndidamente con los niños y niñas, a pesar de que la autora insista con transmitir un mensaje positivo, a favor de la lectura y los libros que, oh, sí, son el verdadero tesoro. Se olvida porque esta idea no somete a la apuesta artística.

Otra historia reciente de piratas es la de Karen Chacek, una saga, tres títulos ilustrados por Teresa Martínez y uno por Luis San Vicente, y editada por Castillo: Los elegantes, la niña y… También me viene a la mente una novela histórica que recrea con precisión el final de siglo XVI español, con una prosa poética galopante:Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake de Gonzalo Moure (Alianza editorial, 2005). Tampoco olvido la Isla de Mompracem, refugio de aquel célebre pirata, Sandokan.

 

Archipiélago Misterioso

Cerca de aquí había una isla, llamada Arucheto, cuyos hombres y mujeres  no miden más de un codo y tienen las orejas tan grandes como ellos:  con una se hacen la cama y con la otra se cubren.

Umberto Eco, Historia de las tierras y los lugares legendarios.

De los diarios de los exploradores por mares tempestuosos e islas remotas hasta la apropiación de mundos imaginarios como mecanismo de extensión narrativa, pasando por la novela de aventuras y de fantasía. Las islas fantásticas hoy se nutren, fundamentalmente, de tres tradiciones: la del diario de exploración marítima, que tuvo su auge entre el siglo XV y el XVIII; su contraparte ficcional: la novela de aventuras y fantasía, en la que Jonathan Swift, Julio Verne, Robert L. Stevenson y J. M. Barrie siguen siendo centrales; y el largo camino de versiones, reescrituras e intertextualidades en que la Historia de las tierras y los lugares legendarios de Umberto Eco (Lumen, 2013) o la Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (Alianza Editorial, 1980) resultan una brújula.

La Isla Misteriosa de Julio Verne (1874), La isla del Dr. Moreau de H. G. Wells (1896), La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares (1940), Los lagartos terribles y otros ensayos científicos de Isaac Asimov y más recientemente, herederas de esta tradición, la novela La isla de los lagartos terribles de Francisco Haghenbeck (Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil 2015), que mezcla piratas, dinosaurios y exploradores científicos, y La Isla de Shapu de Lourdes Urrea (Montena, 2015), la aventura de una joven en África tras la pista de su padre, la tribu más antigua de la humanidad y el ave más inteligente de la tierra.

 

Archipiélago Mítico

Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio! 

Las mil y una noches.  

Inspiradas a veces en algunos hechos reales pero mayormente con los pies en la ficción, están las islas míticas. La Atlántida es una de las favoritas. Se puede rastrear en los Diálogos de Platón (Critias, siglo V a. C.); aparece también en Veinte mil leguas de viaje submarino (Julio Verne, 1869); e Ignatius Donnelly la elabora profusamente en Atlántida: El Mundo Antediluviano (1883).

La Odisea de Homero (siglo VIII a. C.) por supuesto, es un viaje entre islas, la de Eolo y la de Helios, Ogigia, la Isla de las Sirenas, la Isla de Circe… una de las historias más revisadas y referidas, muy fuertemente anclada en nuestro imaginario.

La Ilíada y la Odisea, según Homero de Soledad Bravi (Océano, 2018) propone una divertidísima síntesis de ambas épicas en lenguaje de cómic. La autora las realizó originalmente para la revista Elle y fue publicándolas por entregas en los veranos de 2013 y 2014. Una lectura muy adecuada para estos tiempos: humor ligero y, no por ello, menos preciso en su recuento. 

Ávalon o La isla de cristal del ciclo artúrico y la mitología celta (Siglo V) es otra de mis islas favoritas. La saga de Camelot de T. H. White (1938-1940) la menciona y es el punto de partida para Marion Zimmer Bradley en Las nieblas de Avalon (1983). Esta exitosa novela de fantasía histórica, en el ánimo de las Heroidas, cuenta, desde la perspectiva de personajes femeninos, principalmente el de Morgana, aunque también de Igraine y Ginebra, el ciclo del Rey Arturo. 

Las islas de la Odisea, Ávalon y la Atlántida son ya lugares en el imaginario colectivo. Existen más allá de las obras. A ellas regresamos porque existen más allá de ciertos personajes y autores: son lugares. Por cierto, también en Las mil y una noches hay varias islas. Una que recuerdo particularmente es la Isla de los Monos, inspirada en la isla de los Cíclopes. Hasta allí llega Simbad, pero su barco es tomado por un grupo de monos que escapan en él y dejan al héroe y a sus compañeros en la isla, a merced de un gigante.

Otras islas míticas que estimulan la imaginación son Kumari Kandam o Lemuria de los mitos drávidas y tamiles de la India; Baralku o la Isla de la Muerte, de la mitología aborigen australiana; Penglai Shan o la Isla de los Ocho Inmortales de la mitología china; Taprobana o La Isla Fantasma, de la mitología griega y poema épico portugués Os Lusíadas de Luís de Camões; y Aztlán, de la mitología azteca.

 

Archipiélago Variadito

El mar se convirtió en un monstruo que lentamente devora nuestra isla: la isla de Sarichef. Es una isla pequeñita. En el mapamundi pegado en la pared del salón, aparece como un punto minúsculo sin importancia. Una mancha de tinta cerca del círculo polar, entre Rusia y Alaska.

Jacques Pasquet, Mi Isla Herida.

Cinco libros de islas muy distintos entre sí pero que recomiendo ampliamente. 

Los héroes del tsunami de Fernando Vilela (Ediciones Ekaré, 2015) un poema rimado que cuenta cómo un tsunami golpea una pequeña isla y cómo sus habitantes colaboran para salir a flote. Integra algunos elementos del libro informativo, pues recorre muy claramente el ciclo de este fenómeno natural, pero es sobre todo un deleite gráfico.

Una isla como tú de Judith Ortiz Cofer, con ilustraciones de Felipe Ugalde (FCE, 1997), libro de cuentos en los que la autora recuerda su niñez y adolescencia en Puerto Rico, con personajes y paisajes que resultan familiares y una narrativa limpia que no pierde el color del Caribe.

El hombre Niebla de Tomi Ungerer (Lóguez, 2013). De todos los álbumes que leí a lo largo de un ciclo escolar a un grupo de cuarto año de primaria, este fue uno de sus tres favoritos y, sin duda, el que más les inquietó. Había mucho en el contexto y en los personajes que les era ajeno, se trata de una historia situada en Irlanda (eso era atractivo en sí mismo) pero, sobre todo, tenía eso irresistible de los cuentos clásicos: niños protagonistas que desobedecen y llegan a un mundo fantástico. Los hermanos Clara y Finn se suben a una barca irlandesa, un curragh, y descubren una isla donde vive el Hombre Niebla. Este extraño pero amigable personaje se encarga, sí, de crear la niebla, y les enseña cómo lo hace. También canta con ellos y les sirve sopa de cenar. La pasan de maravilla, pero volver a casa sanos y salvos y que alguien crea su aventura será más difícil.

La isla de los lagartos de Manuel Marín (Petra Ediciones y Secretaría de Cultura, 2016), otro de esos libros inclasificables de este reconocido artista, de los poquísimos que exploran el ensayo ilustrado en el mundo de la literatura infantil. Aquí, Marín habla de geometría y los lagartos son sus modelos. Lizardrija, Lagardrilo, Caimandro, Gekkodrilo, Lodricoco, Vuelagarto, todas figuras suajadas y armables al final del libro, posan entre divertidas y complejas preguntas poéticas, filosóficas y espaciales.

Y también de Petra Ediciones, Mi isla herida de Jacques Pasquet, ilustrado por Marion Arbona (2010), un libro informativo que parece hacernos un llamado muy pertinente en estos momentos. Cuenta la historia de una niña Inuit cuya isla es amenazada por un “monstruo” invisible, que va comiéndose las orillas de la isla. La furia de esta creatura es provocada por el calentamiento global. Al final, la niña y su familia deberán mudarse. Un recordatorio de una crisis global, la de los desplazados ambientales, que afecta especialmente los territorios insulares. 

¿Por qué este monstruo se ensaña con nuestra isla? ¿Por qué Sedna no nos protege? El abuelo dice que nada puede hacer. Nuestra isla está herida, es devorada poco a poco por una creatura desconocida para los espíritus que protegían a nuestro pueblo en los tiempo antiguos…

 

Y un islote extra, una ficción digital que me recomendó Lucas Ramada Prieto: Islands: Non places de Carl Burton (2016). Con espíritu de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, pero cuerpo de ciencia ficción a la Blade Runner de Denis Villeneuve, el explorador visita aquí pequeños espacios imposibles, retrofuturistas, fantasmagóricos, engañosamente cotidianos, que revelan geometrías desconcertantes, artificiales y, sin embargo, descubrirá el jugador, con vida propia. Una pequeña joya para transformar el paisaje vacío tras la ventana, en paisaje hipnotizante tras la pantalla. Más aquí: 

 

Haz tu archipiélago

#YoLeoEnCasa #QuédateEnCasa y arma tu propio itinerario de islas e integra adaptaciones, versiones y relecturas en distintos soportes, no sólo libros. Aquí algunas islas que he reseñado El diablillo de la botella, Ella trae la lluvia y La Isla de Abel y otras más que me gustan: 

Y otra película “Isla de Perros” de Wes Anderson, que por cierto es parte del ciclo de obras comentadas que iniciaron los Guardabosques en su cuenta de Instagram.

 

Entrada No. 196.
Autor: Adolfo Córdova.
Ilustración de portada de Peter Sís.
Fecha original de publicación: 1 de abril de 2020.




 

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