El arte de contar historias comprende la ciencia de escucharlas. Escuchar el zumbido de las preguntas que vuelven y traducirlo con imaginación en palabras. Escuchar el murmullo de antiguas historias y escribirlas con una voz clara para ampliar su resonancia. Leerlas y reescribirlas para extender su vigencia. 

Esto es lo que muchos escritores y escritoras hacen hoy. Es lo que hicieron los recopiladores de los tres cuentos de hadas clásicos que comparto en esta entrada: Joseph Jacobs con “El muchacho de la piel de cabra” , Alexandr Nikolaievich Afanasiev con “La bruja Baba Yaga” y Jacob y Wilhelm Grimm con “Yorinda y Yoringuel”.

Ninguno de estos estudiosos inventó las tramas, los “¿qué?”, pero sí decidieron mucho de los “¿cómo?”. Tras los nombres hay años de investigación, escritura y reescritura, lectura y envíos de cartas y realización de entrevistas, en buena parte de los casos, a mujeres que no recopilaban o escribían sus propias versiones de los cuentos porque no les era permitido.

El cuento de hadas es un territorio común siempre en crecimiento, un arte de la combinación, un espejo que mira otro espejo y crea infinitos, una de nuestras invenciones más convincentes para dar sentido a la realidad. Decimos “Había una vez” y, ya sean sirenas, nahuales o pájaros sabios, hay mundos.

“De las hadas a los robots” será el tema del IV Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Pereira, LIJPE, que arranca este sábado con una charla que compartiré con Cornelia Funke y Andrés Jiménez titulada, precisamente, “Un espejo que mira otro espejo: el eterno retorno a lo fantástico”, y se extenderá hasta el 10 de octubre para hablar de la por mucho tiempo marginada, literatura fantástica, todo de manera virtual. Participarán Marina Colasanti, Martha Riva Palacio Obón, María Teresa Andruetto, Verónica Murguía, Antonio Malpica, Federico Ivanier y, con un taller cada uno, María José Ferrada y Fanuel Hanan. 


También en línea hoy empieza el IV Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, CILELIJ, uno de los encuentros de mayor alcance y reflexión en la región… o una serie de actividades adicionales al congreso que se había anunciado pospuesto para el 2021. No queda claro si un evento presencial o virtual más completo se mantiene para entonces. Tal como se comunica, pareciera que no, (imagino que la ambigüedad en la comunicación se debe a que ni la Fundación SM lo sabe), pero si este ya es el congreso, sorprende cuánto se ha reducido. Se extrañarán la diversidad y variedad de temas y espacios de discusión y análisis trienal, pero sin duda hay contenidos valiosos. Participarán, la mayoría con videos previamente grabados, Barry Cunningham, Nando López, Paloma Jover, Álvaro Pons, Sophie Van der Linden, Quetzal León, Farah Hallal, Juan Villoro y más; con una sección de editoriales independientes como Pato Lógico (Lisboa), Pequeño Editor (Argentina) y Alboroto Ediciones (México) y una serie de webinars: “La poesía en las redes sociales”, “El fenómeno booktube y su papel en el fomento de la lectura” y “La lectura da vida. Los libros entran en el hospital”.

Y, finalmente, también este mes, del 14 al 17 de julio, tendrán lugar las VI Jornadas de animación a la lectura, escritura y observación, JALEO, EN RED. Con un rico programa que comprenderá temas como: “Biblioteca escolar y biblioteca pública como centros de dinamización social y ejes en la educación literaria y estética”, “Poesía y lenguaje”, “El arte y la ilustración infantil como elementos de animación a la lectura”, “La selección de libros infantiles: el canon del anticanon”, “La lectura, la censura y el tejido social”, “Libros y bebés”, “La literatura de tradición oral y su transmisión” y “Librerías, más allá de vender libros”. Con invitados como Arianna Squilloni, Mempo Giardinelli, Ana G. Lartitegui, Juan Camilo Tobón, Yolanda Reyes, Juan Kruz Igerabide, Joaquina Guidobono, Germán Machado, Antonio Orlando Rodríguez, Mariana Ruiz y Mar Benegas, y un encuentro de colectivos iberoamericanos en el que participarán: la Academia Boliviana de la LIJ (Bolivia), el Colectivo CoLIJbrí (México), El Sitio de las Palabras (España), Espantapájaros (Colombia), Fundación Cuatrogatos (Estados Unidos), Fundación Mempo Giardinelli (Argentina) y Fundación Mustakis (Chile).

Tres cuentos para leer en casa y tres seminarios para seguir profesionalizando nuestra mirada a literatura infantil y juvenil. 

Esta es el entrada número 200 en Linternas y bosques. ¡Muchas gracias por seguir acompañándome!

#QuédateEnCasaLeyendo #YoMeQuedoEnCasaLeyendo

Adolfo Córdova

 

El muchacho de la piel de cabra

versión de Joseph Jacobs (1854-1916)

 

El cuento del cuento: Algunos no querían a Joseph Jacobs: “¡Qué falta de seriedad!”, “¡Usted no respeta la ciencia del folclor!”, “¡Vaya a saber cuántos inventos nos ha contado!” Se escandalizaban con sus recopilaciones de historias porque en lugar de escribirlas tal cual las escuchaba (ésa era la forma “correcta” de hacerlo, según algunos recopiladores), les ponía de su cosecha: cambiaba palabras, agregaba elementos para hacerlas más entretenidas, jugaba con el lenguaje para que sonaran mejor…

Pero no era el único coleccionista de historias que trabajaba de esta manera, así que continuó haciéndolo. Lanzó a la fama nada más y nada menos que a “Ricitos de oro y los tres osos”, “Los tres cerditos”, “Jack y las habichuelas mágicas” y “Jack, el matagigantes” (seguro que ya te parece más familiar este señor, ¿no?).

Nació en Sidney, Australia, en 1854. Terminó la escuela en Inglaterra, estudió la universidad en Alemania y se asentó con su familia en Estados Unidos.

Fue un folclorista, historiador, crítico y viajero que recopiló cuentos populares de la tradición oral inglesa y celta, como hicieran cincuenta años antes que él los Grimm en Alemania o Afanasiev en Rusia. 

“El muchacho de la piel de cabra” se publicó por primera vez en 1892, en el primero de dos libros de cuentos de hadas celtas. Por ellos sentía una especial fascinación.

El joven que protagoniza este cuento se parece a muchos otros de ese mismo tipo de relatos, el de los fortachones que pasan muchas pruebas, pelean con medio mundo, obtienen objetos mágicos y al final consiguen que una princesa les diga que sí. Este muchacho tenía una madre tan pobre que, cuando él era pequeño, lo cubría con cenizas pues no tenía con qué vestirlo (si este fuera otro cuento, con hermanastros malvados, le hubieran dicho el Ceniciento). Ya mayor, deja su pueblo y se va a la ciudad de Dublín para intentar enamorar a la melancólica hija del rey. Debe hacerla reír tres veces. Averigua si lo consigue.

Melhem Haddad.

El cuento: Hace mucho tiempo, cerca de la herrería, en Enniscorth, vivía una viuda pobre; tanto que no tenía ropa para ponerle a su hijo, así que solía colocarlo en el hueco de la ceniza, cerca del fuego, y cubrirlo con las cenizas calientes. A medida que él crecía, ella excavaba el hueco más profundo.

Finalmente, de alguna manera, la viuda consiguió una piel de cabra y pudo vestirlo con ella: se la ató alrededor de la cintura. Él se sintió bastante importante con su piel de cabra y salió a vagar por la calle. 

Al día siguiente, ella le dijo: 

—Tom, bribón, nunca has hecho nada bueno, y ya mides 1.80 de altura y tienes diecinueve años pasados. Toma esa cuerda y tráeme un haz de leña del bosque.

—No tienes que pedirlo dos veces, madre —dijo Tom—, allá voy.

Cuando había reunido y atado la leña, se le acercó un gigante imponente, de casi tres metros, e intentó golpearlo con un garrote. Por suerte Tom saltó hacia un lado, recogió un tronco quemado, y al primer golpe que le dio al grandulón, lo hizo morder el polvo.

—Si sabes alguna una oración —sentenció Tom— dila ahora, antes de que te haga pedazos.

—No sé ninguna oración —lloriqueó el gigante—, pero si me perdonas la vida te daré este garrote, y mientras te mantengas alejado del pecado, ganarás con él todas las batallas.

Tom lo dejó ir sin dificultades, y tan pronto como tuvo el garrote en sus manos, se sentó sobre la leña, le dio un golpe con éste y dijo:

—Haz de leña, me costó mucho juntarte, y me jugué la vida por ti, lo menos que puedes hacer es llevarme a casa.

El soplo de sus palabras fue todo lo que necesitó, atravesó el bosque, crujiendo y crepitando sobre la leña, hasta que llegó a la puerta de la viuda.

Cuando quemaron todos los troncos, Tom tuvo que ir a recoger más. Esta vez se enfrentó a un gigante de dos cabezas. A Tom le costó un poco más de trabajo. Y como el gigante tampoco sabía ninguna oración, le dio a Tom un flautín mágico con el que nadie podría dejar de bailar cuando él lo tocara. ¡Cielos!, hizo que el gran haz de leña bailara hasta casa, con él sentado encima.

El siguiente gigante era apuesto y de tres cabezas. Como los otros, no tenía plegarias ni oraciones, así que le dio a Tom un frasco de vidrio con ungüento verde que impedía quemarse, escaldarse y herirse.

—Ahora —le dijo el gigante—, ya no hay más de nosotros. Puedes venir y juntar varas hasta la Luna Nueva de cosecha sin que haya gigantes o hechiceros molestándote.

Entonces Tom se sintió más orgulloso que diez pavos reales y solía pasear por la calle al caer la tarde. Pero algunos niños no tenían buenos modales, y le sacaban la lengua para burlarse de su garrote y la piel de cabra. Eso a él no le gustaba nada, pero hubiera sido una maldad darles un golpe.

Un día llegó al pueblo una especie de pregonero, que en lugar de campana tenía una gran corneta, un gorro de cazador en la cabeza y una especie de camisa estampada. Así que este tipo —no era un pregonero, así que no sé cómo llamarlo, cornetero, quizá— proclamó que la hija del rey de Dublín estaba tan melancólica que no se había reído en siete años, por lo que su padre la prometía en matrimonio a quien pudiera hacerla reír tres veces.

—Esto es para mí, lo tengo que intentar —exclamó Tom, y sin perder ni un momento más de luz, besó a su madre, amenazó con su garrote a los niños y se fue por el camino real hacia la ciudad de Dublín.

Cuando llegó a las puertas de la ciudad, los guardias se rieron y lo insultaron en lugar de dejarlo entrar. Tom lo soportó durante un rato, hasta que uno de ellos, de broma, según dijo, le acercó la bayoneta a unos dos centímetros de uno de sus costados. Tom no hizo nada más que agarrar al hombre por el cogote y la pretina del pantalón para lanzarlo al canal. Algunos corrieron para sacar al desgraciado del canal y otros para enseñarle modales al bárbaro con sus espadas y dagas, pero Tom los mandó de cabeza a la fosa o contra las piedras de un garrotazo, así que pronto le suplicaron que se tranquilizara.

Por fin, uno de ellos tuvo la disposición suficiente para mostrarle a Tom el camino al jardín del palacio. El rey, la reina y la princesa estaban ahí, en una tribuna, observando todo tipo de combates: esgrima, grandes bailes y obras de teatro, como San Jorge y el dragón, con lo que buscaban complacer a la princesa. Pero ni una sonrisa se dibujaba en su hermoso rostro.

Todos se detuvieron cuando vieron al grandulón de Tom, con su cara niño, y su pelo negro y largo, de barba corta y rizada —pues su madre no podía permitirse el lujo de comprar navajas de afeitar—, de fuertes brazos, piernas desnudas y ninguna otra prenda más que la piel de cabra que lo cubría de la cintura a las rodillas.

Un hombre pequeño, pelirrojo, que se retorció con un poco de envidia, que quería casarse con la princesa y al que no le gustó la manera en que ella abrió los ojos cuando vio a Tom, se adelantó y le preguntó con brusquedad cuál era su asunto.

—Mi asunto —respondió Tom— es lograr que la bella princesa, bendita sea, se ría tres veces.

—¿Ves a toda esa gente alegre y a los diestros espadachines, con los que no tienes comparación? —señaló el otro—. Cualquiera de ellos podría tragarte con un poco de sal, pero ninguno ha logrado que se ría en estos siete años.

Todos los hombres se reunieron alrededor de Tom. El tipo malvado lo insultaba, hasta que Tom les dijo que le importaba una pizca que todos ellos se le fueran encima, seis al mismo tiempo, pues verían de lo que era capaz.

El rey, quien estaba muy lejos para escuchar lo que decían, preguntó qué quería el extraño.

—Quiere hacer papilla a sus mejores hombres —dijo el pelirrojo.

—¡Ah! —exclamó el rey—, si es eso, dejen que uno de ellos lo enfrente y demuestre su coraje.

Así que uno dio un paso al frente, con espada y escudo, y asestó un tajo a Tom. Él golpeó el codo del hombre con el garrote, la espada voló sobre sus cabezas, y de un segundo golpe, en el yelmo, el tipo cayó a plomo sobre el suelo. Otro más tomó su lugar, y otro, y otro, hasta media docena de ellos al mismo tiempo. Tom mandaba a rodar por el suelo espadas, yelmos, escudos y cuerpos, una y otra vez; sus oponentes gritaban que estaban muertos, mutilados o heridos, sobaban sus pobres codos y caderas y se iban cojeando. Tom se propuso no matar a ninguno. La princesa estaba tan divertida, que soltó una dulce carcajada que se escuchó por todo el jardín.

—Rey de Dublín —dijo Tom—, ya tengo una tercera parte de su hija.

El rey no sabía si reír o llorar, y a la princesa le subió toda la sangre del corazón a las mejillas. 

No hubo más combates ese día, y Tom fue invitado a cenar con la familia real.

A la mañana siguiente, el pelirrojo le contó a Tom de un lobo, del tamaño de una vaquilla, que solía dar serenata cerca de las murallas, y comer gente y ganado, y agregó que para el rey sería un placer que lo mataran.

—Con todo gusto —dijo Tom—. Manden a algún muchachito para que me enseñe dónde vive, y veremos cómo se comporta con un desconocido.

La princesa no estaba muy contenta porque Tom parecía una persona diferente con ropas finas y un bonito gorro verde sobre su largo pelo rizado; además, había hecho que se riera. Sin embargo, el rey dio su consentimiento; al cabo de una hora y media el terrible lobo ya estaba caminando en el patio del palacio, y Tom un paso o dos detrás de él, con el garrote al hombro, de la misma manera en que un pastor camina detrás de un corderito.

El rey, la reina y la princesa estaban a salvo en lo alto de su balcón, pero los oficiales y los cortesanos que paseaban por el gran patio fortificado y sus jardines, cuando vieron a la gran bestia acercarse, quisieron marcharse y se encaminaron a las puertas. El lobo se relamía los labios como diciendo: “¡Cómo me gustarían un par de éstos para el desayuno!”

El rey gritó:

—¡Oh!, Tom, el de la piel de cabra, llévate a ese terrible lobo, y tendrás a mi hija.

Pero Tom ignoró que lo llamara de esta forma despectiva. Sacó el flautín y empezó a tocar, como en venganza; todos en el jardín, chicos y grandes, empezaron a levantar la punta del pie y el talón. El propio lobo tuvo que levantarse sobre sus patas posteriores y bailar la melodía —se trataba de “Tatther Jack Walsh”— junto con los demás. 

Una buena parte de la gente se resguardó en el interior del palacio y cerró las puertas, de modo que el bailarín peludo no los fuera a atrapar, pero Tom siguió tocando, y los que estaban afuera siguieron bailando y gritando, y el lobo también bailaba y aullaba del dolor que sentía en las patas, pero no dejaba de ver al pelirrojo, que se había quedado afuera junto con los demás. A donde fuera el pelirrojo, el lobo lo seguía, mantenía un ojo sobre él y otro sobre Tom para ver si lo dejaba ir, para comérselo.

Pero Tom negaba con la cabeza, sin detener la melodía; el pelirrojo no dejaba de bailar ni de berrear, y el lobo de bailar y de rugir, con una pata arriba y otra abajo, a un paso de caerse del cansancio.

Cuando la princesa vio que no había peligro de que alguien muriera, le causó tanta gracia el nerviosismo del pelirrojo que soltó otra carcajada; y el afortunado de Tom gritó:

—¡Rey de Dublín, ya gané dos terceras partes de su hija!

—¡Oh!, partes o todos —dijo el rey—, llévate a este lobo endemoniado y ya lo veremos.

Así que Tom se guardó la flauta en el bolsillo y le dijo a la bestia, que estaba sentada en sus ancas, exhausta, a punto de desmayarse:

—Vete a tu montaña, mi buen amigo, y vive como un animal respetable; y si alguna vez te encuentro a diez kilómetros de cualquier ciudad, te…

No dijo más, pero escupió en su mano y blandió su garrote. Era todo lo que un lobo derrotado pedía: metió la cola entre las patas y salió disparado sin voltear a ver a ningún hombre ni mortal, y ni sol, ni luna ni estrellas lo volvieron a ver por Dublín.

En la cena todos se rieron, menos el pelirrojo, pues seguramente estaba planeando cómo iba a terminar con el pobre Tom al día siguiente.

—¡No hay duda! —dijo—, sí que tienes suerte, rey de Dublín. Los daneses quieren acabar con nosotros a como dé lugar, y si alguien nos puede salvar de ellos es este caballero con la piel de cabra. Hay un mayal colgando en las vigas del Infierno, y ni danés ni diablo pueden contra él.

—Entonces —preguntó Tom al rey—, ¿me concederá la otra parte de su hija si le traigo el mayal del Infierno? 

—No, no —respondió la princesa—. Prefiero no ser nunca tu esposa a verte correr ese peligro. 

Pero el pelirrojo le dio un codazo a Tom y le susurró lo vil que se vería rechazar la misión. Así que preguntó hacia qué dirección debía dirigirse y el pelirrojo se la indicó.

Viajó y viajó hasta que divisó las murallas del mismísimo Infierno; y antes de tocar el portón, se untó aquella pomada verde que le había dado el último gigante. Cuando tocó, cien diablillos sacaron la cabeza por las rejas y le preguntaron qué quería.

—Quiero hablar con el diablo más grande de todos —dijo Tom—, abran el portón. 

No tardaron en abrirle la puerta y el Niño Viejo recibió a Tom con grandes reverencias y falsas cortesías, y le preguntó qué quería.

—No quiero gran cosa —respondió Tom—, sólo vine para que me presten el mayal que cuelga de las vigas para que el rey de Dublín les dé una paliza a los daneses.

—Bueno —dijo el otro—, los daneses son mejores clientes para mí, pero ya que caminaste tan lejos no me opondré. Tráeme ese mayal —le dijo a un diablillo, y le guiñó su ojo menos visible.

Entonces, mientras algunos bloqueaban el portón, el diablillo subió y bajó el mayal que tenía el palo y el azadón hechos de hierro incandescente. El diablillo se reía pensando cuánto le quemaría las manos a Tom, pero las quemaduras no fueron mayores a las que le hubiera hecho un retoño de roble.

—Gracias —dijo Tom—, ahora, ¿podrían abrirle la puerta a este amigo?, será la última molestia. 

—¡Oh, miserable! —dijo Satanás, el Niño Viejo—. ¡Es más fácil entrar por estas puertas que salir de ellas! ¡Quítenle la herramienta y denle una paliza!

Así que uno de ellos sacó las garras para llevarse el mayal, pero Tom le dio con él un golpe tan severo en la cabeza que le partió uno de los cuernos y lo hizo bramar como el demonio que era. Todos se precipitaron sobre Tom, pero él les dio, a pequeños y grandes, una tunda tan tremenda que no la olvidarían por un tiempo. Al final, el mayor de los diablos, sobándose el codo, dijo:

—Dejen salir a este loco, y desgraciado el que lo vuelva a dejar entrar, grande o pequeño.

Así, Tom salió y se fue, sin importarle los gritos y las maldiciones que le lanzaban desde lo alto de los muros; y cuando llegó a la fortaleza del palacio hubo una corredera, como nunca antes, para verlo a él y al mayal.

Cuando contó su historia, dejó el mayal sobre las escaleras de piedra y ordenó que nadie lo tocara, por su bien. Si el rey y la reina y la princesa lo estimaban mucho ya, ahora lo estimaban diez veces más; pero el pelirrojo, ese sabueso malvado, se acercó discretamente y pensó en apoderarse del mayal para acabar con Tom. Sus dedos apenas lo habían tocado cuando se le escapó un bramido como si el cielo cayera sobre la Tierra, y agitaba los brazos de arriba abajo y bailoteaba de un modo que daba lástima verlo.

Tom corrió hacia él tan pronto como pudo, puso las manos del pelirrojo entre las suyas, las frotó, y el dolor de la quemadura desapareció antes de que pudiera contar hasta el uno. El pobre hombre, entre el dolor que acababa de desaparecer y el alivio que sentía, tenía la cara más cómica que hayas visto, una mezcla de risas y llanto. Todos soltaron una carcajada; ni la princesa pudo resistirse. Entonces,

Tom dijo:

—Ahora, señora, si tuviera cincuenta partes desearía que me las diera todas.

La princesa miró a su padre, y les juro que luego se acercó a Tom, y puso sus manos tersas dentro de las toscas de él. ¡Ojalá hubiera estado yo en sus zapatos aquel día!

Tom no llevó el mayal al palacio. Pueden estar seguros de que nadie más se le acercó; y cuando a la mañana siguiente los más madrugadores pasaron cerca del palacio, encontraron dos grandes grietas sobre una piedra. Nadie podría decir dónde quedó el mayal después de haberse quemado y hundido, pero un mensajero llegó al mediodía, y dijo que los daneses se habían asustado tanto cuando supieron que el mayal había llegado a Dublín, que se habían subido a sus barcos y zarpado de vuelta.

Supongo que antes de casarse, Tom se rodeó de hombres ilustres para que le enseñaran buenos modales, cálculo, artillería y fortificación, fracciones decimales y la regla de tres simple, a fin de que pudiera mantener una conversación con la familia real. Si perdió su tiempo alguna vez aprendiendo estas ciencias, no lo sé, pero es seguro que su madre no volvió a pasar necesidades hasta el fin de sus días. Seguro como el destino.

 

La bruja Baba Yaga

versión de Alexandr Nikolaievich Afanasiev (1826-1871)

 

El cuento del cuento: La niña pega la oreja al suelo del bosque y la escucha: son los pasos de Baba Yaga, la bruja que viene a comérsela. La niña corre más rápido, saca un objeto mágico, le corta el paso. Pero Baba Yaga vuelve a perseguirla. Tiene mucha hambre. 

Cientos de brujas han poblado los bosques desde que hay palabras para nombrarlas y, con ellas, conjuros, encantamientos y maldiciones. En los bosques de Rusia la bruja más conocida se llama Baba Yaga. Algunas veces es buena, como cuando Basilisa, una joven en peligro, recibe de manos de esta hechicera una calavera con ojos brillantes para alumbrar su camino y calcinar a sus crueles hermanastras. Otras veces, si no desayunó, puede intentar darte un mordisco y otro, hasta devorarte, pues tiene la desagradable costumbre de comer niños. Igual que los ogros.

Esta historia seguramente te recordará a otras como Hansel y Gretel o Pulgarcito, pues a lo largo de los siglos y en distintos lugares del mundo la gente cuenta historias que se parecen.

El folclorista ruso Alexandr Nikolaievich Afanasiev fue el más aplicado recopilador de cuentos. Publicó más de seiscientos en ocho volúmenes que tituló Cuentos populares rusos. Le costó trabajos y penas, y hasta fue censurado, pero también recibió ayuda de mucha gente que conocía su proyecto y le enviaba por correo cuentos, fábulas, canciones y arrullos (¡de qué otra manera habría juntado seiscientos!).

Afanasiev quería rescatar la voz, las costumbres y la filosofía de los campesinos y de las pastoras que vivían muy ignorados por los gobernantes rusos, pero que conocían narraciones llenas de transformaciones extraordinarias, como las que leerás en este cuento.

Ahí viene la bruja otra vez y la niña corre con todas sus fuerzas. ¡Corre también!

Liz Medrano.

El cuento:  Había una vez un hombre viejo que había perdido a su esposa y se había vuelto a casar. Tenía una hija de su primer matrimonio, una niña, que no encontró nunca la bondad y el consuelo que necesitaba en los ojos de su madrastra malvada. La mujer solía golpearla y preguntarse, sin titubear, cómo podría matarla.

Un día el padre tuvo que ausentarse por un viaje y la madrastra aprovechó y le dijo a la niña: 

—Ve con tu tía, mi hermana, y pídele aguja e hilo para hacerte un vestido. 

¡Pero esa tía era la perversa bruja Baba Yaga! La bruja caníbal. La chica no era tonta, lo sabía, así que primero fue a casa de una verdadera tía suya, hermana de su padre, y le dijo:

—¡Buenos días, tiíta!

—¡Buenos días, querida! ¿Qué te trae por aquí?

—Madre me ha enviado con su hermana para que le pida hilo y aguja para hacerme un vestido.

Consciente del peligro, su tía le dio instrucciones sobre lo que debía hacer:

—Hay un abedul ahí, sobrina, que te rasguñará la cara, debes atarle una cinta en una rama; hay puertas que crujirán y se cerrarán de golpe para no dejarte pasar, debes echar aceite en sus bisagras; hay perros que te atacarán, debes aventarles estos panecillos; hay un gato que te sacará los ojos, debes darle un pedazo de tocino.

Así que la niña se fue, tomó una cinta, aceite, un par de panecillos y tocino de casa de su tía, y caminó y caminó hasta que llegó al lugar. Ahí había una cabaña, donde estaba sentada, tejiendo, la perversa bruja Baba Yaga, con sus patas de puro hueso.

—¡Buenos días, tiíta! —dijo la niña.

—¡Buenos días, querida! —respondió la bruja.

—Madre me envió para pedirte hilo y aguja pues quiere hacerme un vestido.

—Muy bien, pasa, siéntate y teje un poco en lo que los traigo.

La niña se sentó detrás del telar mientras la bruja Baba Yaga salía de la cabaña y le decía a su joven servidora: 

—Calienta la bañera y lava a mi sobrina. Vigílala de cerca, me la voy a desayunar.

La niña se quedó ahí sentada, tan asustada que no sabía si estaba viva o muerta. Al poco rato habló, implorándole a la joven:

—Buena mujer, por favor, moja la leña en lugar de encenderla y trae el agua para el baño en un colador.

Y diciéndole esto le regaló un pañuelo. 

Baba Yaga esperó algún tiempo fuera de la cabaña, luego se acercó a la ventana y preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrina? ¿Estás tejiendo, querida?

—Ah, sí, tía, estoy tejiendo.

De modo que la bruja se fue otra vez y la niña aprovechó para darle al gato un pedazo de tocino, antes de que éste le sacara los ojos, y preguntarle:

—¿Hay manera de escapar de aquí?

—Aquí tienes un peine y una toalla —dijo el gato—, tómalos y vete. Baba Yaga te perseguirá, pero debes poner el oído sobre la tierra y cuando escuches que casi está frente a ti, arroja la toalla. Se convertirá en un río ancho, ancho. Si Baba Yaga logra cruzar el río, entonces debes poner el oído sobre la tierra otra vez, y cuando escuches que casi está frente a ti, avienta el peine. Se convertirá en un bosque espeso, espeso; no habrá manera de que pueda atravesarlo.

La niña tomó la toalla y el peine, luego huyó. Los perros la hubieran atacado, pero les aventó los panecillos y la dejaron seguir; las puertas hubieran rechinado y azotado para impedirle el paso, pero les puso aceite en las bisagras y la dejaron seguir; el abedul le hubiera rasguñado la cara, pero le amarró la cinta y la dejó seguir. El gato se sentó ante el telar, se puso a trabajar. No tejió mucho, en cambio, enredó todo. La bruja Baba Yaga se acercó a la ventana y preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrina? ¿Estás tejiendo, querida?

—Estoy tejiendo muy bien, ¡vieja bruja!, muy bien —respondió el gato con voz ronca.

La bruja no se la creyó, se precipitó hacia la cabaña, vio que la niña se había ido y golpeó e insultó al gato por haberla dejado escapar y no haberle sacado los ojos.

—A pesar de que te he servido durante mucho tiempo —dijo el gato—, no me has dado más que huesos. Ella me dio tocino.

Entonces la bruja se abalanzó sobre los perros, las puertas, el abedul, la joven, y empezó a insultarlos y a golpearlos. 

Los perros le dijeron:

—Te hemos servido durante mucho tiempo, pero sólo nos has arrojado mendrugos quemados. Ella nos dio panecillos para comer.

Las puertas dijeron:

—Te hemos servido durante mucho tiempo, pero ni siquiera le has puesto una gota de agua a nuestras bisagras.

Ella nos puso aceite.

El abedul le respondió:

—Te he servido durante mucho tiempo, pero nunca me has atado ni un hilo. Ella me amarró una cinta alrededor.

Finalmente, la joven dijo:

—Te he servido durante mucho tiempo, pero nunca me has dado ni un harapo. Ella me dio un pañuelo. 

La bruja Baba Yaga, con sus piernas de puro hueso, llegó de un salto a su mortero, lo hizo andar, al tiempo que con una escoba iba borrando las huellas de su paso, y salió a perseguir a la niña. Entonces la niña puso el oído sobre la tierra, y cuando escuchó que la bruja le estaba dando alcance, ya a unos pasos de ella, arrojó la toalla que se convirtió en un río ancho, ¡verdaderamente ancho! Baba Yaga se acercó al río y rechinó los dientes de odio, luego se fue a casa por sus bueyes y los condujo al río para que se bebieran hasta la última gota de su cauce. Y la bruja reinició su persecución.

Pero la niña volvió a poner el oído sobre la tierra, y cuando escuchó que Baba Yaga estaba cerca, arrojó el peine, e instantáneamente brotó un bosque. ¡Vaya que era espeso!

La bruja quiso roer cada tronco pero por más que lo intentaba, no lograba abrirse paso, así que, sin más, regresó a su cabaña, hambrienta y roja de ira. Para entonces el padre de la niña ya había vuelto a casa y preguntado:

—¿Dónde está mi hija?

—Fue a casa de mi hermana —respondió la madrastra. 

Poco después, para sorpresa de la madrastra, la chica llegó corriendo a casa.

—¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.

—¡Ay, padre! —exclamó—. Madre me mandó a casa de la tía para pedirle hilo y aguja para hacerme un vestido. ¡Pero la tía es la bruja Baba Yaga y me quería comer!

—¿Y cómo has logrado escapar, hija mía?

—¡De milagro! —contestó la niña, y se lo explicó todo. 

Tan pronto como su padre terminó de escuchar su relato, echó a la madrastra de la casa y él y su hija siguieron con sus vidas y prosperaron, y ya no volvieron a estar en peligro.

Yo estaba ahí y lo escuché, bebí aguamiel y cerveza, se me escurrió por el bigote, pero no me entró a la boca.

 

Yorinda y Yoringuel

versión de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863, 1786-1859)

El cuento del cuento:  “Cuéntelo otra vez, repita más lentamente el principio”, dice Jacob. “¿Zapatos de hierro ardiente?”, pregunta Wilhelm.

De una casa a otra los hermanos van y escuchan muchas historias, toman notas, quieren detalles. “¿Migas de pan o guijarros blancos? ¿Una cabellera larga y dorada como hebras de oro? ¿La piel de un salvaje oxidada como metal? ¿Siete cuervos, un féretro de cristal?”. Los hermanos entrevistan a las mujeres que, mientras hilan, encienden un fuego o remueven la olla, les cuentan las cosas más espeluznantes. También escriben cientos de cartas y reciben mil más de gente que les cuenta diversas versiones de distintos cuentos. Y así, de charla en charla y de carta en carta, recorren caminos que los llevan atrás y atrás en el tiempo.

Estos hermanos, Jacob y Wilhelm Grimm, se dedicaban a recolectar las historias que, de un lugar a otro y de una voz a otra, contaba la gente en la Alemania del siglo xix. Al principio los publicaron lo más parecido posible a la versión que habían escuchado, pero después empezaron a hacer ajustes para que sonaran mejor las palabras o para que los niños y niñas no se asustaran tanto (aunque todavía lo suficiente como para no querer dejar de leerlos o escucharlos). 

El cuento que leerás a continuación no es tan conocido como Rapunzel o Blancanieves, pero está lleno de momentos inquietantes que tal vez nunca olvides: una pareja de enamorados confunde sus pasos en el bosque y termina bajo el hechizo de una poderosa bruja que tiene una exótica colección. Yorinda canta. La bruja no puede resistirse. Quiere ese canto encerrado en una jaula, para siempre.

Liz Medrano.

El cuento: Hubo una vez un viejo castillo a la mitad de un bosque extenso y frondoso. Ahí vivía sola una vieja mujer. Una bruja. De día se convertía en gato o en lechuza y por las noches recobraba su forma humana. Atraía bestias salvajes y pájaros sólo con desearlo. Luego los mataba, hervía y asaba. Si alguien se acercaba a cien pasos de su castillo, quedaba paralizado y no podía moverse hasta que ella pronunciara un conjuro. 

Sin embargo, siempre que una doncella entraba a ese círculo de cien pasos, la convertía en pájaro, la metía en una jaula de mimbre y la colocaba dentro de un gran salón. Tenía siete mil jaulas con pájaros bellísimos en su castillo. 

Hubo una vez una doncella, llamada Yorinda, que era más hermosa que todas las otras. Ella y un joven apuesto, llamado Yoringuel, estaban comprometidos. No imaginaban dicha más grande que la de estar juntos. Un día, para poder hablar en paz, decidieron dar una caminata por el bosque.

—Ten cuidado de no acercarte demasiado al castillo —advirtió Yoringuel.

Era una tarde preciosa; el sol iluminaba intensamente los troncos de los árboles, clareaba el verde oscuro del bosque, y las tórtolas cantaban melancólicamente sobre las hayas.

Yorinda, sin embargo, lloraba por momentos. Hasta que se terminó sentando, afligida, bajo el sol. Yoringuel también estaba pesaroso. Ambos estaban tristes. Tanto como si estuvieran a punto de morir. Entonces miraron a su alrededor y se descubrieron perdidos. No sabían por dónde ir para regresar a su casa. El sol seguía mitad arriba y mitad tapado por la montaña.

Yoringuel miró entre los arbustos y se dio cuenta de que casi podía tocar las viejas paredes de piedra del castillo de la bruja. Se horrorizó, ¡estaba muerto de miedo! Y Yorinda, de pronto, empezó a cantar:

Mi pajarito, con su collar rojo,
Canta: qué pesar, qué pesar, qué pesar.
Canta que la paloma morirá pronto,
Canta: qué pesar, qué pe… currú, currú.

Yoringuel miró a Yorinda, se había convertido en un ruiseñor y cantaba currú, currú. Una lechuza de ojos resplandecientes voló tres veces alrededor de ella, y tres veces chirrió uh-uh, uh-uh, uh-uh.

Yoringuel no podía moverse. Se quedó parado como estatua; no podía hablar ni llorar, tampoco mover la mano ni el pie.

El sol se había ocultado. La lechuza voló hacia los matorrales e inmediatamente después salió de ahí una vieja encorvada, amarilla y enjuta, con grandes ojos rojos y una nariz de gancho cuya punta le llegaba hasta la barbilla.

Hablando entre dientes, atrapó al ruiseñor con la mano y se lo llevó. Yoringuel no podía hablar ni moverse de donde estaba. El ruiseñor había desaparecido. Luego, la bruja regresó, y dijo con una voz apagada:

—Salve, Sachiel. Si la luna resplandece en la jaula, Sachiel, suéltalo de inmediato.

Entonces Yoringuel quedó libre. Cayó de rodillas ante la mujer y le rogó que le devolviera a su Yorinda, pero ella le respondió que nunca la volvería a ver y se fue. Él lloró, gritó, se lamentó, pero todo fue en vano.

—¡Ay!, ¿qué será de mí?

Yoringuel vagó por bosques y aldeas hasta que encontró un lugar desconocido en el que permaneció mucho tiempo como pastor. Habitualmente llevaba a las ovejas cerca del castillo, aunque nunca demasiado. Hasta que, un día, soñó que encontraba una flor rojo escarlata que tenía una perla bella y grande en el centro, y que recogía la flor y con ella iba al castillo y todo lo que tocaba con la flor dejaba de estar encantado. También soñó que así recuperaba a su Yorinda.

En la mañana, cuando se despertó, inició la búsqueda incansable de esa flor. Recorrió jardines, montes, valles, colinas… buscó hasta el noveno día. Entonces, muy temprano, encontró la flor rojo escarlata. En el centro brillaba una gran gota de rocío, tan grande como la perla más fina.

Yoringuel viajó día y noche con su flor hasta llegar al castillo. Cuando estuvo a cien pasos no se quedó paralizado, pudo seguir y llegó hasta la puerta. Iba feliz. Tocó la puerta con la flor y la puerta se abrió. Caminó por el patio intentando distinguir el sonido de los pájaros. Cuando por fin lo escuchó, lo siguió hasta encontrar el grandísimo salón de donde provenía. ¡Ahí estaba la bruja alimentando a los siete mil pájaros de las siete mil jaulas!

Cuando la bruja vio a Yoringuel enfureció, le escupió veneno y hiel, lo maldijo, pero no pudo avanzar hacia él. 

Yoringuel miró en todas las jaulas, había cientos de ruiseñores, ¿cómo iba a encontrar a Yorinda? Y en ese momento vio a la vieja tomar sigilosamente una de las jaulas y acercarse a la puerta. Él reaccionó rápido, dio un salto y tocó la jaula. Yorinda apareció ahí, más alegre que nunca, y lo abrazó enseguida.

Luego Yoringuel tocó a la bruja con la flor y la hizo perder sus poderes; ya no podría hechizar a nadie. Desencantó a todos los otros pájaros y al fin se fue a casa con su amada Yorinda, donde vivieron felices durante mucho tiempo.

 

Y PARA SEGUIR COMPARTIENDO LECTURAS EN CASA:

El cuento del cuento. Cinco historias comentadas para leer en casa con niños, niñas y jóvenes

El cuento del cuento. Contra las tiranías, tres desobedientes: El hijo del elefante, El Niñito Malo y Sredeni Vashtar

Las medias de los flamencos, a 80 años de la muerte de Horacio Quiroga

Gabriela Mistral, 60 años durmiente (La bella durmiente)

Encender una hoguera a 100 años de la muerte de Jack London

Julio Verne en las puertas del océano + Un cuento a 190 años de su nacimiento

Peter, el conejo travieso de Beatrix Potter

¡Un mundo de fábulas!

 

¡Entrada No. 200!

Autor de la nota introductoria y de “El cuento del cuento”: Adolfo Córdova.
Ilustración de portada de Liz Medrano.
Fecha original de publicación: 1 de julio de 2020.

1 Comentario »

Comparte tu opinión, deja un comentario.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s