“Vale más encender una sola y pequeña vela, que maldecir la oscuridad” dice un proverbio chino o, según algunos memes y citas en redes sociales, Confucio. Estos libros y muchos otros fueron mi vela en la pandemia. Linternas en el bosque, menos denso esta vez, de las publicaciones infantiles y juveniles que leí en 2020.

Espero que sean rompehielos, punto de encuentro, salida de emergencia, puerta secreta, lo que haga falta, espejo o máscara, selfie y panorámica para muchos niños, niñas y jóvenes lectores y lectoras en 2020. Y para la comunidad mediadora todavía leyéndoles a distancia. En algún momento, cuando sea seguro, tendremos que cerrar ese espacio que hemos abierto y ojalá que allí también algunas de estas publicaciones los acompañen, como he procurado que lo haga el contenido del blog desde hace siete años.

Mi registro de lecturas este año ocupó menos páginas en el cuaderno que utilizo. Fue aproximadamente una tercera parte de lo que leí en 2019, es decir, unos 120 libros ilustrados publicados en formato físico o digital. Aunque, como integrante del Comité Editorial (saliente) de Alas y Raíces, fui parte del jurado de los concursos de LIJ “Alas de lagartija” y “Las otras tintas”, lanzados por la Secretaría de Cultura, que recibieron más de 600 manuscritos de todo el país. Me tocó leer unos 150 (de extensiones y géneros literarios variados y normalmente sin ilustraciones) para integrar después una preselección con los otros miembros del jurado (Mónica B. Brozon, Ana Romero, Áurea Xaydé Esquivel Flores y Eduardo Langagne) de la que finalmente elegimos a 10 ganadores (incluí tres en este listado). Vale la pena recordar que esta es la única y muy limitada iniciativa del gobierno federal para publicar literatura infantil y juvenil. En cuestión cultural, y menciono en particular a las editoriales de literatura infantil y juvenil, llovió sobre mojado: antes de la pandemia ya se había desmantelado la Dirección General de Publicaciones y continuado la tendencia de gobiernos anteriores de reducir o anular las compras estatales de libros.

Ilustración: Alfredo Soderguit.

Vuelvo al listado. Hablar de “mejores”, “favoritos”, “destacados” es siempre odioso, pero mantengo el adjetivo porque refleja un ejercicio crítico y atrae nuevos lectores (amplía el alcance de esta revisión). Insisto, como cada año, que esta es una bitácora personal de lecturas, que realizo como investigador independiente. El tiempo para leer, el acceso a los libros y mi interés por ciertas zonas y experiencias estéticas condicionan el listado. 

Decidí reseñar 12 en vez de los habituales 15, por una parte para expresar de alguna forma la importante baja en lecturas que pude hacer este año, y también porque decidí priorizar mis ansiados reencuentros familiares en el cierre de este año que el trabajo en esta nota (y tres reseñas menos son mucho trabajo menos). También por eso estoy publicando más tarde. Lo que sí es que sumado a 12 están otros 26 “también favoritos” que podrían haber ocupado esos tres lugares.

Están ordenados por afinidades temáticas o estéticas, más o menos de menor a mayor experiencia lectora, NO a manera de TOP 12.

Del total leído sólo incluí los que fueron creados originalmente en Latinoamérica (a excepción de uno) o con alguno de sus creadores latinoamericanos. No promulgo nacionalismos o regionalismos, pero sí intento oponerme al colonialismo cultural, defiendo un flujo editorial más equilibrado (recuerden avisarme si un día encuentran en algún listado en otras lenguas libros originalmente creados en Latinoamérica) y busco aportar una mirada crítica sobre lo que están creando las personas que viven realidades más o menos cercanas a la mía. 

Aunque la mayoría apareció en 2020, para intentar compensar lo predatorio del mercado de novedades y la considerable reducción de las publicaciones este año, relajé más que nunca el criterio de temporalidad e incluí títulos de 2019, 2018 y uno de 2015 y otro d 2012.

Los libros enlistados rescatan, en algunos casos, ediciones de hace algunas décadas o saberes y cuentos de otros tiempos; reconocen la complejidad, diversidad y autonomía de sus destinatarios; reconcilian brechas generacionales; reivindican, y problematizan, los adjetivos “infantil/juvenil” (lo que entra allí); avanzan, muchos de ellos, hacia el ecoceno; innovan, arriesgan y maravillan, como si fueran inventos. Por eso, en su conjunto, resultan continuidad y ruptura.

Mi criterio central es la calidad artística que entiendo como densidad expresiva: obras que se leen y releen revelando sus distintas capas y que desde su singularidad son capaces de conmover, fascinar y transformar al que lee.

Entiendo por “libro ilustrado” aquellas publicaciones que contemplan imágenes aunque no necesariamente son álbumes. En algunos casos aquí el texto tiene mayor peso y las ilustraciones sólo acentúan o acompañan sutilmente; en otros, las imágenes son tan centrales que se trata casi de libros silentes y en muchos más hay un equilibrio y balanceado contraste.

Mi revisión fue posible gracias a las editoriales o artistas que me envían sus novedades en físico o en digital y a la inversión personal en la compra de títulos.

A toda la gente que apoya este trabajo, muchísimas gracias. Este es el sexto año que hago este listado y el pasado 4 de enero el blog cumplió siete años. Les agradezco infinitamente que sigan aquí. Ojalá que sea un 2021 de mejor suerte para todos y todas. 

 

1. Jardín de niños

José Emilio Pacheco y Vicente Rojo. El Colegio Nacional, 2019. México.

El mar. La trama. El color. El tiempo. La casa.

Estas son algunas de las cartas del tablero de lotería o colección de cromos inventado por José Emilio Pacheco y Vicente Rojo.

El cuaderno. El punto. El espejo. La tinta. El trompo. El recuerdo.

Dispuesto en perfecta formación en la primera página del libro. Sobre la mesa de trabajo de los artistas. 

La poesía. La maroma. La lluvia. La bomba. El lienzo. La pelota.

Funciona como índice o testimonio o poética. Es caja de herramientas exhibida. Una suerte de taxonomía común (compartida por dos) de la infancia, el arte y la creación de libros.

El niño. El doblez. La textura. El corazón. 

Pienso en los artistas imaginando un cuerpo concreto, como un mazo de cartas, y luego diseccionando ese cuerpo, barajeando, cortando y repartiendo. ¿Cuáles son las cartas que describen una infancia, una identidad, un momento en la vida de alguien, un encuentro o un proceso artístico compartido? ¿Qué otras cartas, que aquí no vemos, hay en el mazo de cada lector? ¿Cómo reordena las cartas el que lee? ¿Qué otros órdenes o tablas posibles para describir o crear qué? 

El laberinto. El mar. 

Es la primera página del libro y uno se detiene, como yo en esta reseña, a pensar y a disfrutar de la provocación y pregnancia de la propuesta: equilibrada pero no completamente estable. Algunas palabras, sin carta, flotan como nube o humo, caen como tinta o sangre, revelando que esa calma, ese orden, es solo aparente. Cada cromo puede leerse como una pequeña página en sí misma en la que ocurre más (¿y habrá cartas debajo de las cartas?), como si el inventario articulara un manifiesto o esta lotería se transformara en tarot. Vicente Rojo ilustra cada texto (¿o sería Pacheco el que nombró cada dibujo?) desarrollando una iconografía de abstracciones, símbolos, síntesis, literalidades y libertades que explica esta densidad y que ha de mantenerse a lo largo del libro.

¿Y al pasar la página? Más poesía que a veces se acerca a la infancia, le habla mirándole la cara, en segunda o en primera persona (“Desde la cuna veo llover (…). Vibra el rumor que me adormece. Me duermo”), y otras veces, con más frecuencia, se aleja y habla de la infancia, en tono de ensayo, como un pasado común, un recuerdo que no excluye la guerra, el exilio, el terrorismo de Estado, la tristeza, el miedo (“Llanto, llanto / de aquel recién nacido en quien renueva / sus temores la especie”). Esta dialéctica encaja con publicaciones infantiles y juveniles actuales, políticamente comprometidas, como muchas de las reseñadas en este blog (en particular en Infancia, dictadura y migración), y problematiza otra vez nuestras ideas de infancia.

Publicado originalmente en 1978 por el serigrafista Enrique Cattaneo en los talleres Multiarte de la Librería Madero, este rescate de El Colegio Nacional, a cargo de Alejandro Cruz Atienza, que también es fundador, junto con Andrea Fuentes, de La Caja de Cerillos Ediciones, es notable no sólo por el valor estético e histórico que tiene la publicación, sino por hacerla accesible, en una edición comercial, ya que el proyecto fue pensado como libro-objeto (su primer tiraje fue de 120 ejemplares; el de ahora, de 1500). Y lo logran conservando parte de la apuesta material, con páginas que se desdoblan, papeles que se levantan, distintos cortes en las hojas que anticipan la página siguiente… 

En muchos sentidos los autores recuperan motivos, juegos, formas clásicas de la cultura infantil, pero los enriquecen y rompen convenciones didácticas. Como hiciera Aquiles Nazoa en su Método práctico para aprender a leer en VII lecciones musicales con acompañamientos de gotas de lluvia en 1943 o Lissitzky, el vanguardista ruso, en Sobre dos cuadrados en 1921.

Pero Jardín de niños le hablará menos a niños y niñas, más a jóvenes, sobre todo a adultos. No está concebido desde la conciencia de un lector infantil específico, sino con la intuición de que algunos fragmentos de la propia infancia pueden conectar con otras infancias, como una etapa que se está atravesando o se atravesó, pero siempre presente.


También favoritos. Otros tres que recuperan creaciones publicadas hace décadas y en esa frontera de lo no pensado necesariamente para niños, niñas y jóvenes pero que puede interesarles. Cuentos de Gabriel García Márquez (Diana, 2019. México) con el nuevo aire de las ilustraciones de Carme Solé Vendrell y una selección de seis relatos en los que se escucha esa voz de la abuela que contaba al nieto Gabo eventos fantásticos e inquietantes como los de un niño que ve un barco fantasma o dos hermanos que descubren la otra vida de su niñera. Paisaje de un día (Calibroscopio, 2020. Argentina) que retoma siete poemas de Federico García Lorca ilustrados y extendidos por Isol. ¿Dónde fue a parar el anillito de plomo de los lagartos? Esta creadora tiene una teoría. ¿Cómo es el mar que escucha un niño en la caracola? Isol nos sumerge. Y Las etapas del día. 50 años del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (1968-2018) con selección y prólogo de Luis Vicente de Aguinaga e ilustraciones de Jesús Cisneros, Amanda Mijangos, Roger Ycaza, María Wernicke y Gabriel Pacheco (FCE, 2018). Un nuevo imprescindible para la sección de poesía para jóvenes. 


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2. Cuando no ves bien y enciendes la luz y ya ves bien

Pana Cotta (Manuela Eguía y Santiago Marín). Pitzilein Books, 2020. México.

Me encontré con este enigmático librito en una librería independiente en la Ciudad de México. Me llamó la atención que fuera tan pequeño (10 x 11 cm) y que la portada fuera tipográfica, con ese divertido título, y de tela. Enseguida lo tomé para sentir su textura y abrirlo. Basta pasar cuatro páginas para entender el juego y fascinarse por su sencillez y potencia.

En la esquina de una misma habitación, como en un escenario, aparecen y desaparecen personajes en un prender y apagar la luz, pasar de páginas. Del lado izquierdo, una serie de recortes hacen malabares en la oscuridad. Del lado derecho, un dibujo a una línea y en fondo blanco revela lo que se oculta. Pero, ¿qué es? y ¿qué cuenta? Las caprichosas figuras geométricas en este teatrito de sombras, recortadas a pulso, esconden cuerpos contorsionados y asociaciones improbables, que parecen aleatorias, llenas de humor absurdo. No hay demasiada elaboración en el tránsito, a veces lo que parece un rayo es un hombre con cabeza de rayo o esa forma de bota simplemente abre un ojo. Esa simplicidad es liberadora.

“La sandía. El nopal. El músico. El pájaro. La palma. La estrella…”. Así titulan cada escena los autores, pero el listado viene en una hoja aparte, junto con varias calcomanías, que me dieron en una bolsa ziploc cuando compré el libro. Sin la referencia del título, las interpretaciones igualmente ocurren y se diversifican en muchas posibles acciones y personajes. Cuando leemos “La luna. La mano. El paraguas. La muerte. El mundo…”, disfrutamos buscar también en esa dirección (y no siempre es evidente dónde está el elemento, o de plano no aparece) y reinventar el juego de lotería como lo hacen José Emilio Pacheco y Vicente Rojo en Jardín de niños.

En el colofón encontré otra pista para descifrar el enigma: “Editado por Idalia Sautto”. Sautto es autora y editora de literatura infantil y juvenil y eso confirmó mi sospecha de que lo disfrutarían niños y niñas. “Podría entrar en la categoría de libros-para-bebés, pero la simbología y el juego al que invita es para cualquier edad”, escribe Sautto en la página de Pitzilein Books. El juego de inventar historias, conectar escenas y, por supuesto, crear las propias. Las calcomanías que incluye el libro repiten algunas de las formas con las que se arman las escenas, aunque es muy sencillo recortar cualquier otra y extender la mirada.


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3. Los carpinchos

Alfredo Soderguit. Ekaré, 2020. Venezuela/España.

En julio de 2020 solicité a Ediciones Ekaré un pdf en baja de Los carpinchos porque sabía que abordaba de alguna manera la migración y estaba preparando dos entradas con el tema (Escuchar la historia, borrar la línea, cruzar la página y 20 historias de migración: antes, durante y después). Desde entonces, luego de leerlo, decidí que no lo incluiría en esas notas, estuve seguro ya que sería uno de mis libros favoritos del año.

La vida era tranquila en el gallinero, cada cual ponía su huevo y obtenía su alimento… “Hasta que un día llegaron los carpinchos”, cargados de diferencias. Tras superar el susto, las gallinas expusieron el reglamento: no podían hacer ruido ni salir del río por el que habían llegado ni comer de su alimento ni cuestionar nada. Los carpinchos habían tenido que dejar su hogar porque era peligroso: “había comenzado la temporada de caza”. Pero un pollito y una cría de carpincho sienten curiosidad y deciden conocerse mejor. El pollito es reprendido. “Las reglas eran para todos; nadie tenía permitido acercarse a los carpinchos. Eran animales salvajes”.

Hasta que un día “todo cambió”.

Los carpinchos no es un libro más de esos que abundan en el que unos personajes aprenden a aceptar a otros, tampoco una herramienta didáctica creada para pensar la crisis migratoria global. Es, de principio a fin, y más allá de los mensajes y las agendas, una narración impecablemente bien contada en la que todo tiene una causa y un efecto. Y así nos impacta.

La composición equilibrada y bella de cada página, el uso del espacio en blanco como frontera y su cruce constante, las secuencias ágiles del lenguaje de cómic, el texto depurado, el contraste del blanco y negro sobre el que destacan, sólo en color, los animales y el gallinero, construyen una alegoría, tan clara y elocuente, que nos hace reconocernos con humor y crítica y resulta difícil imaginarnos viviendo de otro modo. 

Pero es alegoría (sobre el choque cultural en un contexto de desplazamientos forzados, por ejemplo) y no. También quiere contar lo que cuenta: una historia de liberación animal frente a la explotaciónYa en Soy un animal (Zorro Rojo, 2018), un libro que seleccioné como “También favorito” en 2018 y luego reseñé en mi serie de entradas sobre el regreso a lo salvaje en la literatura infantil, Alfredo Soderguit mostraba su interés antiespecista aunque todavía con algunas incongruencias. En Los carpinchos ajusta y sube su propia marca. Si bien los animales aparecen humanizados en su comportamiento, la caracterización es siempre realista y la acción focalizada en el deseo de supervivencia de los animales no humanos. Un ajuste de cuentas en dirección al ecoceno y una novedad que cruza migración, emancipación y regreso a la naturaleza sin que se le despeine una pluma.

 

También favoritos. Otros tres libros que migran: Anfibius lunaticus de Verónica Linares con ilustraciones de Jorge Dávalos (Loqueleo, 2019. Bolivia), metáfora sobre la transformación que atraviesa el local cuando conoce la historia del que llega y se convierte en anfitrión; El viaje del calígrafo de Arianna Squilloni y Samuel Castaño. (Juventud, 2019. España), una crónica del viaje primigenio que quiere capturar la esencia nómada de nuestra especie; y, también de novedad de Ekaré, Los distintos de Mónica Montañés y Eva Sánchez Gómez (2020) en el que dos niños cuentan de manera sensible y realista su vida en la Guerra Civil española y su exilio a Venezuela.


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4. El encargo

Claudia Rueda. Océano, 2019. México.

Como en Los carpinchos ¡más galliformes! Ahora, un gallo, pero igual mirado con respeto.

“Hubo una vez un emperador que amaba a los gallos por sobre todas las cosas. Así que un día decidió llamar al mejor artista del imperio para que le pintara uno”. 

Clásica parábola oriental, con motivos que comparten China y Japón, en la que un emperador hace un encargo a un tranquilo pintor y éste le revela al final un poco de su sabiduría. El libro es pura forma pues Claudia Rueda lo resuelve metaficcionalmente, como el pintor de la historia, pintando, probando diferentes técnicas y palabras. El lector disfruta su ensayo y error y imaginará (¡y quizá hasta lo dibuje!) su propio gallo perfecto. 

Eso ya introduce una serie de preguntas sobre el arte de la representación, pero me parece que, sobre todo, El encargo refleja aquella preocupación artística de entender la obra no como un objeto terminado, un producto, idea muy capitalista, sino como un proceso inconcluso, siempre cambiante. Incluso el propio proceso -boceto- como obra. Además muestra cómo un mismo tema o problemática se defracta, tiene muchos ángulos, distintas caras. Acercarlo a niños y niñas lectores es un acierto.

Los trazos ágiles de Rueda, como sacudidos por el viento, animan al que lee y me recordaron uno de los largometrajes animados más hermosos que visto, hecho enteramente a lápiz, “El cuento de la princesa Kaguya” de Isao Takahata, que también conocí este año y les recomiendo muchísimo.


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5. Las ovejas

Micaela Chirif y Amanda Mijangos. Limonero, 2020. Argentina.

Micaela ha hecho el trabajo del esquilador con sus versos. Amanda ha tejido con la lana. 

Versos desadjetivados, mínimos, lacónicos que enuncian, con la sencillez del haiku y la claridad del ensayo, la vida onírica de las ovejas y su rutina del sueño: “Las ovejas no duermen en el autobús al volver del trabajo / ni en el cine / ni en la playa / ni en la cama. // Las ovejas duermen sobre la hierba”. 

Dibujos fecundos, complejos, desbordantes que representan con la elasticidad de la cinematografía y la profundidad de la lírica la vida onírica de los niños y las niñas, un viaje de ida y vuelta de la cama al sueño.

Esa relación entre versos y dibujos es muy potente. ¿Quién ilustra a quién? ¿Qué fue primero?, ¿el texto o la imagen? La cohesión entre ambos hace imposible una respuesta, y mejor, abre otra: ¿Quién sueña a quién? ¿Las ovejas a los niños y niñas o viceversa? En el texto de Micaela las ovejas son las soñadoras, en las imágenes, los niños y niñas. Al principio del libro los vemos probándose máscaras de ovejas y de rinocerontes y cocodrilos, ¿probándose máscaras o quitándose un disfraz?, pero cuando se han dormido son solo niños y niñas. ¿En los sueños somos más libres? ¿Los sueños nos permiten volver al origen? 

Amanda sumerge a sus protagonistas en el vientre de un sueño que es el mar. Transformar a las ovejas en niños y niños y al sueño en un salto al mar fue una decisión arriesgada, nada de eso se sugiere siquiera en el texto, pero funciona, porque Chirif sí habla de volar, que puede ser como nadar, y de la noche, que es el azul oscureciéndose con el pasar de las páginas hasta alcanzar el sueño más profundo. Allí, y cuando Micaela dice “pesadillas”, humanos y ovejas comparten el miedo a que se los coma el lobo.

La solución gráfica de todo el libro evidencia mucho trabajo de conceptualización en la lectura de imagen. Mijangos construye una narrativa rica en recursos que abre significados y vincula mundos, el humano y el no humano, el simbólico y el real, sin que lo cerebral excluya la ternura y fuerza expresiva. El poema de Chirif favorece estos desplazamientos, amarra y suelta las amarras de sentido, posibilita el despliegue, nos deja ver hondo gracias a su transparencia. 

Un viaje de ida y vuelta de la cama al sueño y del sueño a los brazos de alguien que quizá estuvo allí desde el principio para ayudar a contar ovejas o flores antes de emprender el solitario camino al sueño.

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También favoritos. Otros dos de Limonero en los que hay sueños y soñadores. El ascensor de Yael Frankel (Limonero, 2019. Argentina) un original sube y baja en pasamanos: dentro de un ascensor van subiendo, uno a uno, los vecinos, para formar una retahíla y una comunidad que no puede salir de ese reducido espacio (lectura afín en el confinamiento) y debe calmar el llanto de unos bebés mellizos. Con pastel y un cuento terminarán dormidos, pero no será el fin de esa pequeña comunidad. Quince ocasiones para pedir deseos en la calle de Nicolás Schuff y Maguma (Limonero, 2018. Argentina) catálogo de cabezas con sus respectivas tomografías poéticas que revelan deseos, impulsos, emociones. Incluye recomendación de soñar los deseos cumplidos. Y Nokone, un poema en náhuatl escrito por Ricardo Arce, traducido al castellano por Victorino Torres e ilustrado por Mariana Avilés (Alas y Raíces, 2020. México). Uno de los diez ganadores del concurso “Alas de Lagartija” (de descarga gratuita aquí), da continuidad a la tradición de arrullos con trasfondo político, realistas, con una aportación importante: es un libro bilingüe que resuelve el paso de una lengua a otra proponiendo que la ilustración sea un continuo. Esta acertada estructura y la brevedad de los versos hace que leamos/cantemos el náhuatl aunque no lo entendamos. Una niña tiene mucho miedo, también tiene miedo la luna, ¿quién va a tranquilizarla? Un padre. Otra decisión poco común en los libros de arrullo.


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6. Aconcagua

Perla Suez y Rebeca Luciani. Ojoreja, 2020. Argentina.

“Era enorme y se movía despacio por la selva. No sabía quién era ni cómo se llamaba. Apareció caminando entre el matorral. Los árboles se quedaron inmóviles al verlo y se preguntaron quién era ese animal deslumbrante”. 

Lo mismo me pregunté sobre este libro cuando lo leí.

Tres reescrituras breves de una leyenda quechua, una yuracaré y otra inca condensan, con hondura de mito (y formalmente son más mito que leyenda), algunos signos de identidad de nuestras culturas originarias, resaltando su vínculo, nuestro vínculo, con la naturaleza. Todavía tibiamente, pero va creciendo el interés en las culturas originarias en la literatura infantil y juvenil.  

Los tres escritos con dominio prosístico, en “El eclipse”, el fenómeno astrológico que da título al relato transforma a una niña en pájaro. Cada tarde, su hermano irá a descansar al pie del lapacho, el árbol en el que vive ella para escuchar una historia y con la historia, recolectar una pluma que cae desde las ramas altas.

En “Un extraño animal” somos testigos, al lado del tapir, el oso hormiguero y el gato montés, del nacimiento solar del magnífico yaguareté.

Y en “Aconcagua” observamos cómo se oscurece el cielo para anunciar el fin de la sequía. Fue otra niña, Rayén, la que subió la montaña con granos de maíz para el Espíritu del Agua. “En el lugar donde la gente vio a Rayén por última vez, brotó una planta de hojas grandes y flor morada. El chamán dice que en el tallo de esa planta está Rayén escuchando la lluvia fina que cae del Aconcagua”.

Plumas, garras y hojas, dedos y tallos, cuernos y orejas parecen todos hechos de la misma materia, pintados con intensidad para avivar un mismo latido, en tres viajes de regreso a los que regresaremos y regresaremos. 

 


También favoritos. Otros tres que buscan en nuestras raíces: El imperio de las cinco lunas de Celso Román con ilustraciones de Andrés Díaz (Panamericana, 2015. Colombia) feroz novela, parte de una saga, publicada originalmente en 1998, pionera de la fantasía épica latinoamericana, hermana de la saga de Los Confines de Liliana Bodoc; El ave que se devoraba a sí misma de Martha Riva Palacio, ilustrado por Eva Sánchez (Loqueleo, 2020. México) serie de inolvidables reescrituras protagonizados por, o en los que cumplen un papel importante, las aves de diversas culturas; y recuperando el paisaje y personajes míticos del bosque andino, Nuestra voz sigue en el viento de Javier Mariscal Crevoisier con ilustraciones de Christian Ayuni (Ediciones Norma, 2020. Perú.), donde la particularidad se cruza con la memoria política (el contexto de la novela es la “guerra antisubversiva”, conflicto armado, de los años 80 y principios de los 90 en Perú).


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7. Prodigios y maravillas

Claudia Carranza (investigación y nota final), José Manuel Mateo (selección y adaptación) y Mauricio Gómez Morín (ilustraciones). Ideazapato, 2012. México.

Hace honor a su título. Y aunque ya va para la década de su primera publicación quise incluirlo porque es uno de los libros más especiales de mi biblioteca (¡y todavía se consigue!). Se trata de un rescate y adaptación de tres relaciones de sucesos del siglo XVII, publicadas originalmente en 1608, 1613 y 1678 en Barcelona, Murcia y Valencia en pliegos sueltos. 

Estos pliegos, explica Claudia Carranza en una nota final, estaban formados “por dos pliegos u hojas grandes que se doblaban y colgaban en cordeles (…), difundían textos más o menos breves, en prosa o en verso, con cancioncillas, romances, villancicos, pronósticos…”. De ahí que se les conozca más como “poesía de cordel”.

Con frecuencia narraban eventos sobrenaturales tomados como verdaderos. “Prodigios celestiales o infernales, fantasmas, duendes, agüeros y milagros (…), crímenes de todo tipo (…) castigos divinos o nacimientos monstruosos”, dice Carranza, eran difundidos allí. Algo así como los diarios sensacionalistas de ahora. 

Las tres historias que aquí se reúnen fueron encontradas en pliegos conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid y el British Museum. La primera podría titularse también “El Sirenito” y dialogar con la de Andersen y muchos sirenios más. Da cuenta de un joven que como se la pasaba nade que nade en el mar, sus padres lo encierran. Él escapa, todos lo persiguen. Antes de lanzarse a las olas desde un peñasco le grita al padre: “¡Oh quién fuera pez!” y el padre le responde: “Pues que te vuelvas pez”. Y en ese momento la mitad del cuerpo se le cubre de escamas y empieza una nueva vida que lo hará célebre. 

La segunda se titula: “Relación muy verdadera en la cual se contienen hechos de grandísima admiración, pues el verano pasado se aparecieron treinta y cinco legiones de demonios”. Vienen a comunicar mil terrores apocalípticos (efecto catártico en esta época).

Y finalmente el testimonio de unos pescadores que avistan a un monstruo marino, una especie de pescado con cara de hombre y múltiples ojos. 

Cada relación de suceso va acompañada de las ilustraciones de Mauricio Gómez Morín, vehementes, explosivas: barrocas como el mundo del que vienen los textos. Cada doble página es un Gabinete de curiosidades o Cuarto de maravillas abierto. En estos espacios, también habituales en el siglo XVII, los burgueses europeos exponían sus exóticas colecciones de objetos de todo el mundo. Eso es exactamente lo que hace Gómez Morín, un extravagante collage lleno de ricas referencias de ambos lados del océano. Cada doble página revela una relojería propia y podría detonar una reseña.

Se extrañan los proyectos editoriales como los de Ideazapato (que este año resurgió con un libro digital y gratuito llamado Cuatro paredes, se puede leer aquí, pero muy distinto a lo que nos tienen acostumbrados).

 


También favoritos. Otras tres extravagancias. Las cinco piezas teatrales de Los niños extraordinarios de Javier Malpica con ilustraciones de Luis San Vicente (Ediciones SM, 2020. México) en donde niños y niñas del más allá o muy acá usan sus poderes para sobrevivir al mundo adulto; ¡Cuéntanos la mentira! de Alicia Molina, ilustrado por Jonathan Farr (Ediciones Akal, 2020. México) hilarante relato con delirantes ilustraciones en los que una abuela cuenta a sus nietos aquella mentira grandota que tuvo que inventar para salvar sus vacaciones de la tarea; y Siete vidas de un gato de Mariana Osorio Gumá con ilustraciones de Pamela Medina (Castillo, 2019. México), siete cuentos de esos héroes que aquí acompañan al humano (¿o es al revés?) sin renunciar a sus secretos entre pasos inquietantes.


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8. El nombre verdadero

Alejandra Correa. Ilustraciones: Matías Acosta. La Gran Nilson/ Ediciones de la Terraza, 2020. Argentina. DESCARGA GRATUITA.

Conocí Ediciones de La Terraza en 2016, cuando preparaba un panorama de poesía publicada entre 2013 y 2016 para el CILELIJ, y me topé con la joya de libro-disco Apapachaditos. Supe entonces que el proyecto editorial se financiaba haciendo comunidad lectora en plataformas del tipo crowdfounding o micromecenazgo. Y además las ediciones digitales de los libros se podían leer gratuitamente y si enviabas un correo a las editoras te enviaban el pdf (y los archivos mp3 de las canciones en el caso del libro-disco). Volví a explorar esta terraza en el confinamiento y el hallazgo fue mayor: un flamante nuevo sitio web con todos sus libros fácilmente descargables. ¡Gran regalo para el encierro! Me lo leí casi todo, fue difícil elegir solo tres para este listado. Les recomiendo vayan a explorar y a disfrutar. Como mucho de lo que sucede cultural y socialmente desde Argentina resulta modélico.

El nombre verdadero celebra la sabiduría, ternura, calidez, labia, misterio y vitalidad de un abuelo. 

La que escribe en primera persona, su nieta, lo presenta pedaleando el mundo.

“Y con ese sol que le cruza los ojos / trae en andanada / inviernos azules, / otoños que huelen a tierra, / veranos que zumban, / primaveras mentoladas. // Se llama Juan Pablo. / Es mi abuelo”. 

Nos lleva hasta su casa: “Martilla, serrucha y pinta. / Hace su casa mientras la imagina”; nos hace preguntarnos qué asuntos importantes lo traen de arriba abajo “entre las tomateras y el zapallar”: “Parece que adiestrara a las hormigas negras / que caminan sobre la roja superficie / de esos planetas jugosos”; lo escuchamos cantar a su huerta, como el jardinero de María Elena Walsh: “Él conoce de memoria / canciones de cuna para tomates, / arrorrós para uvas dulces, / el himno de las frambuesas, / mañanitas para que las higueras / preparen la miel dentro del fruto”; luego vemos cómo se transforma en niño cuando prueba su dulce de higos y cómo va creciendo en un álbum de fotos hasta que es otra vez el abuelo que tenemos enfrente y allí, es justo allí cuando la poeta se reconoce en sus ojos: “Al igual que en los tuyos, / todo cabe en mis ojos, Abuelo”. Como lector y escritor: “dos hojas que vuelan / con alas viejas y nuevas a la vez”.

Disfruto particularmente la literatura ilustrada que explora la relación entre vejez y niñez. Hablé de ese espejo, que los tiempos de pandemia pulieron, en una entrada hace algunos meses y volveré a hacerlo en otra más adelante. Hay algo profundamente conmovedor en el regreso a la infancia que experimentan los ancianos y ancianas. A veces también muy triste cuando notamos su marginalidad, lo difícil que es seguir siendo parte de una comunidad que considera que tu tiempo se acabó. Y entonces las diferencias entre niñez y vejez saltan: menos paciencia, más indiferencia, abandono.

Pero libros como estos son un mimo que estrecha la relación. El nombre verdadero es singular y plural: reconocemos en la “risa de dientes dorados” y en la nariz grande y mirada pequeña que dibuja el ilustrador, al abuelo de la poeta y también al nuestro. Queremos sumar dibujos sencillos y amorosos, otras canciones al repertorio, hacer un coro de nombres comunes.

“Se cambia el nombre de las cosas / para quererlas mejor”, dice este abuelo. Sin embargo, después de leer este poemario uno siente que quiere todas las cosas sólo porque un abuelo o abuela las nombra. O que, escuchado en la voz de ellos y ellas, todo nombre es verdadero.

 


También favoritos. De descarga gratuita. Otros dos de Ediciones de la Terraza: Bosque bonsái de Martín Cristal y El Esperpento (2018), hipnotizante espesura de microficciones que en su mayoría trascienden la ocurrencia e igual recuerdan a Borges, Cortázar y Shua que a Los misterios del Señor Burdick (Descarga gratuita aquí); y 20p de Luciano Debanne y JP Bellini (2018) microensayos, poemas en prosa, poemas, relatos de vida… o para responder cualquier duda los creadores dicen: “20 textos”, impetuosos, escritos en voz alta, con dibujos cósmicos (Descarga gratuita aquí). Y uno de Alas y Raíces: Arrullo de perro de Cinthia López y Michelle Veloz (2020), para esos otros héroes de la pandemia que nos acompañan y restauran en un batir de cola, un poemario inolvidable y feliz, lleno de juegos poéticos y gratitud al incondicional can (Descarga gratuita aquí).


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9. Una idea toda azul

Marina Colasanti. Traducción: Yolanda Reyes. Loqueleo, 2020. Colombia.

Hito de la literatura infantil en Latinoamérica y piedra angular del excepcional cuento de hadas desarrollado por esta autora.

Uma idéia toda azul apareció por primera vez en 1978 en Brasil, fue su primer libro publicado, y alcanzó reconocimiento inmediato, ¡y predilección de chicos y grandes! Pero llevaba ya mucho tiempo sin circular. Sólo de pronto “salía el sol y allá estaba el unicornio, pastando en el jardín de la princesa…” en alguna antología o bien, hilo tras hilo, “en la torre más alta” de alguna biblioteca podíamos sacar una fotocopia del “manto de seda blanca que las dos hadas florecían”. No mucho más. Una idea toda azul estaba por convertirse más en mito que en hito.

En el prólogo de esta nueva edición, Yolanda Reyes, amiga cercana de Marina que, con esa cercanía y en conversación con ella, tradujo los cuentos del portugués, recuerda “la emoción intensa de haber leído una obra que no se parecía a ninguna otra”, que le hablaba “en una lengua extraña y única, desde el fondo de la vida”. Y lo describe con justicia como un “tesoro”. Nada menos. Un prodigio literario:

“Cuando la cierva se despertó, ya no era más cierva. Solo dos piernas y largas, un cuerpo blanco. Intentó levantarse, no pudo. El príncipe le dio la mano. Vinieron las costureras y la cubrieron de ropas. Vinieron los joyeros y la cubrieron de joyas. Vinieron los maestros de danza para enseñarle a caminar. Solo no tenía la palabra. Y el deseo de ser mujer.

Siete días le llevó aprender siete pasos. Y en la mañana del octavo día, cuando se despertó y vio la puerta abierta, juntó siete pasos y siete más, atravesó el corredor, bajó la escalera, cruzó el patio y corrió al bosque en busca de su reina.

El sol todavía brillaba cuando la cierva salió del bosque, solo cierva, no más mujer. Y se puso a pastar bajo las ventanas del palacio”. 

Prodigio porque, entre tanto más, es al mismo tiempo continuidad y ruptura del cuento de hadas. Cumple sus reglas inventando variaciones temáticas y formales, como la muy calculada verosimilitud en sus descripciones, acciones y diálogos, o la reformulación narrativa de aperturas y cierres, o la diversidad de perspectivas femeninas. 

“Entonces la linda hija del rey se tiró al agua con los brazos abiertos, y el espejo se astilló en tantos pedazos, tantas amigas que se fueron hundiendo con ella, sumiéndose en las pequeñas ondas con las que el lago alisaba su superficie”. 

En 2020, Marina impartió la conferencia “Tres veces traicionados, los cuentos de hadas conservan su poder”, en el Seminario LIJPE (que amablemente tanto Marina como el equipo del Seminario me permitieron reproducir en mi blog y que también se puede ver aquí). En una charla promocional previa, con el director del seminario, Andrés Jiménez, escuché a Marina decir, con natural certeza, que escribía cuentos de hadas porque era lo que mejor sabía hacer, en eso nadie la superaba.

Y sí, la obra de Marina Colasanti se siente como culminación e inauguración del cuento de hadas. Leemos los diez cuentos que reunió en aquel primer libro, hoy al fin rescatados en castellano, como las primeras palabras de su secreto, las que nos harían quedarnos. Son la espina de marfil que atraviesa nuestro imaginario, el bastidor en el que aquella niña borda una realidad a la que después salta. Marina es la hermana de la niña que nos sorprende después cerca de la garza dentro del paisaje bordado y, puntada a puntada, allí nos borda para siempre. 


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10. Aquí es un buen lugar

Ana Pessoa y Joana Estrela. Traducción: Paula Abramo. Ediciones El Naranjo, 2020. México.

Este es la única publicación sin creadores latinoamericanos que decidí incluir en mi selección. Corrección: Paula Abramo (su traducción es de premio). Disclaimer: Es la tercera vez (la tercera es la vencida) que El Naranjo nos recuerda que Ana Pessoa es una vecina confiable (ahí nomás, cruzando el Atlántico): Supergigante, 2016, y Mary Jo, 2019. Advertencia: este es un tipo de libro que muy rara vez se deja ver por estos lares. Vamos a intentar identificarlo.

Si quitáramos las ilustraciones podría pasar por novela en verso, intimista, fragmentaria, testimonial, como abundan en la literatura juvenil estadounidense. Pienso en Lejos del polvo de Karen Hesse (Castillo, 2018) o en Largo descenso de Jason Reynolds (Loqueleo, 2018). Pero le faltan subtramas y ni historia ni personaje atraviesan realmente un arco dramático. Es más poesía que narrativa. Hay incluso poemas en prosa disfrazados de “cuento popular”. Entonces, más que novela en verso, ¿poemario… con una dirección clara pero muchas desviaciones que no lo hacen llegar muy lejos (la poesía no necesita llegar a ninguna parte)?

Si quitamos el texto no nos queda una novela contada con imágenes. Parecería más un diario de artista, un cuaderno que un ilustrador toma de vez en cuando para dibujar lo que ve. Momentos y, cuando mucho, algunas secuencias narrativas.

Si quitamos los textos hay imágenes completamente incomprensibles. Lo mismo sucede con ciertas frases sin las imágenes. Esta codependencia es de álbum. Y allí otra vez la tentación de “contar” para reforzar el encasillamiento evidente: es una novela gráfica.

Leyéndolo bien creo que sería más justo decirle poemario gráfico. Allí se acomodan sin problema las hibridaciones genéricas, pues además de las colecciones de citas de libros o frases dichas por su abuela, su madre, alguien que habla en un radio y la poesía narrativa, hay microensayos y aforismos. 

Lo más parecido que he visto a esta rara especie, aunque temáticamente muy distinto, es Antes no había nada de Chiara Carrer (Petra Ediciones, 2015; y que por cierto elegí entre mis favoritos el primer año que hice esta lista, en 2015). También allí hay poesía, filosofía y naturaleza, pero la personalidad de la que comparte sus ideas en Aquí es un buen lugar es más rockera. Se llama Teresa Tristeza y es una mezcla de Daria Morgendorffer (irónica, pesimista, ácida, divertida) y Mina de David Almond (entusiasta, valiente, observadora, enamorada de la vida). Como es natural, Teresa es contradictoria y múltiple, como su propia creación, un híbrido, muchas posibilidades.

A sus 17 años se siente igual a una foca monje: “Yo también soy un animal mamífero. También soy un animal solitario. También me gustaría vivir en una isla desierta. Y, para como están las cosas, también estoy en peligro de extinción”.  A falta de libertad y un amante, por ejemplo, lee y dibuja. Imagina que dentro de una pluma plateada que se encontró hay un genio que saldrá a cumplirle sus deseos. Vuelve poética sus experiencias cotidianas: si se le rompe un tazón que decía “Dreams come true”, escribe: “¿Y ahora? ¿También habré roto mis sueños? En el suelo de la cocina, trozos de sueños y porcelana. Tal vez los sueños están hechos de porcelana. Nunca se sabe”. Su humor y sus cambios de voz en texto e imagen, la salvan de sentimentalismos. Va a estudiar ingeniería ambiental, tiene intenciones de salvar al planeta.

El trabajo de las autoras, Ana y Joana, es complementario. Coherente con uno los manifiestos poéticos que hay en el libro: “Aquí” es el lugar que tenemos dentro y, como el diario mismo, está hecho de muchas voces y de muchos otros. “Aquí” es un mejor lugar, si es compartido. 

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También favoritosOtros tres que celebran que este planeta es “un buen lugar” para leer: El zorro Chuleta de Sol Undurraga y Mujer Gallina (Cataplum Libros, 2020. Colombia), ¡puro gozo! Las peripecias de un zorro vegetariano que quiere ser parte de una fiesta herbívora; Bienvento de Roberta Ianamico y Sabina Alvarez Schürmann (Ojoreja, 2018. Argentina) que nos hamaca y convence como el viento a un gusanito; y Unas personas de Jairo Buitrago y Manuel Monroy (Océano, 2019. México) con esas personas entrañables que podríamos encontrarnos en cualquier esquina y, gustosamente, invitarles una limonada. 


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11. Un libro hecho con Filosofia*

*Filosofia (sin acento) es una bonita familia tipográfica. 

Diana López Font. Alas y Raíces, 2020. México. DESCARGA GRATUITA.

El título de este libro cumple a cabalidad lo que promete. En sus páginas sólo hay caracteres de una misma tipografía que juega a hacerse grande o chica, a repetirse o apenas asomarse sobre fondos blancos o negros. Y presenta personajes, deja en suspenso pequeñas historias y cuenta chistes. 

Este libro llegó al concurso “Alas de Lagartija” y destacó entre los más de 600 manuscritos recibidos. Se trata de un homenaje al poeta catalán Joan Brossa, a su poesía visual, sus poemas objeto, su determinación por volver materia prima de comunicación al signo tipográfico en sí mismo (como han hecho también Alejandro Magallanes, Isidro Ferrer, Pep Carrió…). O dicho de otro modo verle los cuernos a la “V” y cambiar el peine por la “E”.

El texto, las letras, se convierten en una imagen que ilustra. Pero Diana López Font (¿será un apellido artístico o un mandato del destino?) no se despoja de las palabras: un paréntesis al pie de página es el ancla. Un ancla versátil, al igual que las letras-imágenes, que funciona de maneras diversas. A veces lo que vemos arriba sí es una palabra usada convencionalmente para decir “Auch” o “Flor”, incluso si a la Flor le falta la “o” y la “o” se ha vuelto pétalo:

A veces denota la polisemia y arbitrariedad del signo:

Otras tantas hace ambas o juega con las perspectivas, como en los libros conceptuales de Menena Cottin:

 

La fluctuación en las reglas del juego no impide que el lector quiera jugar, al contrario, se vuelve parte del juego, añade tensión. El interés surge del impulso mismo a entender qué cambio se está articulando, como sucede en Antes / Después de Anne Margot Ramstein y Matthias Aregui (Zorro Rojo, 2016) o This Equals That de Jason Fulford y Tamara Shopsin (Aperture, 2014). Otras exploraciones que nos hacen leer-mirar lúdica y críticamente, activando el deseo de crear de los lectores, fueron parte de este listado: Jardín de niños y Como cuando no ves bien y enciendes la luz y ya ves bien y también otro que se publicó recientemente: Juego de manos de Round Ground (FCE, 2020).

 


También favoritos. Otros tres que juegan con las letras: Tan tan. Abecedario de sonidos de Paula Ortiz (Cataplum, 2019, Colombia), original y juguetón compendio onomatopéyico; Letras sueltas de Juan Lima y Max Cachimba (Ojoreja, 2018) que también se podría llamar “la vida privada del abecedario”; y, en contraste, Mil nueve setenta (o el mundo al revés) de Virginia Schuvab y Alicia Pez (Editorial Artilugio, 2020. Argentina) en el que las frases giran y se dan vuelta más porque no saben cómo acomodarse, ansiosas, solitarias, que porque estén de fiesta. Una trama familiar con desgarraduras y un final sobrecogedor.


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12. Mil tomates y una rana

Historia de un huerto mínimo

Alex Nogués y Samuel Castaño. A buen paso, 2020. España.

Esta bitácora, a ratos diario de explorador botánico, a ratos breviario científico y con frecuencia ensayo filosófico, me puso a flotar como la constelación de semillas, frutos, caracoles, tubérculos, piedras y misterios que lanzó al aire Samuel Castaño en su portada.

“Observar es ver la diferencia en lo que parece igual y lo común en lo diverso. Es ver lo minúsculo en la inmensidad y la inmensidad en lo minúsculo. Observo. Nacen las larvas. Como aves fénix, surgen las mariquitas del interior de las crisálidas. Las mariquitas que dejamos en la borraja se encuentran, copulan. Micromundos. Microhistorias”.

Más allá de mi interés personal en el tema, que me hace andar tras la búsqueda de este tipo de libros, confirmo en este listado que sigue aumentando la preocupación artística general por volver a la Naturaleza. Y la dura pandemia que estamos viviendo quizá, ojalá, lo acentúe aún más. 

A lo largo de un año Alex Nogués y su familia, modernos robinsones, cultivan un huerto de un metro cuadrado en el patio de su casa. De la semana 0 a la 52, desde preparar la tierra hasta hacer un inventario de lo cosechado:

Y en el camino, pura vida: “Retiramos el calabacín desbordante antes de que se apodere de todo el huerto y parte del patio. Cosechamos las lechugas y la rúcula justo a tiempo. Las tomateras crecen tanto y tan rápido que pronto hacen sombra sobre el huerto. De las cinco, cuatro han crecido muy vigorosas. Ponemos cañas y mimbres para atarlas y pronto, sin darnos cuenta, hemos creado una cabaña selvática de dos metros de altura. Las ranas nos lo agradecen”.

Las ilustraciones de Samuel Castaño entrelazan las formas orgánicas, las curvas, la armonía y elasticidad naturalista, con el equilibrio, la limpieza, las simetrías del dibujo arquitectónico. No teme al vacío (horro vacui), deja mucho blanco, por eso acompaña tan bien el tono poético y la abundancia de datos de Nogués. Imagino que es un ilustrador ideal de poesía, pero, además de este, sólo conozco Palabras en mi maleta (Ediciones Castillo, 2018. México) y El viaje del calígrafo de Arianna Squilonni (Juventud, 2019. España), también incluido en este listado. Su suave paleta de color, recurrente en grises, cae en una superficie algodonosa que refuerza la elegancia, ligereza y espiritualidad de su trazo. En correspondencia con el texto.

 

“A veces me pregunto: ¿qué hicimos para que el huerto fuese tan generoso? Y no doy con mejor respuesta: tan solo lo fundamos. Le dimos un lugar. Un buen lugar y respeto”.

Un libro noble que merece un lugar en la biblioteca y que rendirá sus frutos. No es un decir, Alex es un hortelano idealista y quiere que lectores y lectoras (que cada vez afirman más que esta pandemia debería cambiarnos) escuchen croar, piar, zumbar, palpitar a la tierra, cambien. “Planta un huerto, un metro cuadrado será suficiente. Espera unos meses, cuida las plantas y a todos sus habitantes. Abre los sentidos. Aprende todo lo que puedas”. 

 


También favoritos: Otros dos informativos y uno biográfico, pero muy distintos entre sí. La serie de esclarecedores ensayos de Sí, no, depende. Ética para jóvenes de Carlos Zafra, ilustrado por Mauricio López V. (Trucha Salmonada Ediciones, 2020. México) que, sin sermonear y con amplitud de miras, propone una ética para llevar en la mochila; el álbum ilustrado Soy cosmos de Alejandro Uscátegui y Ana María Díaz (El salmón editores, 2019, Colombia) que describe meteoros, asteroides, planetas y otros cuerpos celestes como si habitaran el universo dentro del lector; y la novela gráfica Iguana Lady. La vida de Graciela Iturbide de Isabel Quintero y Zeke Peña (La Fábrica, 2018, España / Getty Publications, 2018, Los Ángeles) que ojalá fuera referente para crear biografías para niños, niñas y jóvenes, pues no esquematiza a la retratada.


 

Ilustración de Joana Estrela para “Aquí es un buen lugar” (El Naranjo, 2020).

 

 

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Entrada No. 210.
Autor: Adolfo Córdova
Ilustración de portada de Amanda Mijangos para Las ovejas (Micaela Chirif, Limonero, 2020, Argentina).
Fecha original de publicación: 9 de enero de 2021.

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