Se acerca el primer año de una vida que gira alrededor de la pantalla. La misma que ahora nos conecta, a ti que lees y a mí que escribo, pero que también nos hace mantener distancia. Y aunque esta paradoja nos resultaba familiar, demostró que aún podía ampliar sus efectos (que habíamos proyectado más en la ciencia ficción que en la realidad).

La resistencia a habitar una superficie plana, luminosa y rectangular cedió rápidamente ante la urgencia de mantener las mismas rutinas, relaciones, planes… en muchos casos sin verdadera adaptación: haciendo una traducción literal de la vida a la pantalla. Es decir una mala traducción, legible pero incomprensible.

O eso evidencian muchos niños, niñas y jóvenes cuando se les pregunta por sus jornadas escolares virtuales de hasta siete horas. Que no están aprendiendo nada, que su objetivo es nomás pasar el año, que muchos maestros se hacen mensos, que se sienten atados a una silla, que pierden el tiempo, que les agobia… (y la pregunta incómoda en el paréntesis: ¿no eran ya algunas escuelas igual de malas para inspirar a sus alumnos? “Sí”, me responde la hija de una colega, “pero por lo menos haces amigos y estiras las piernas”). Sé que estos testimonios, levantados en estos meses, son injustos pues muchos maestros y maestras están quebrándose la cabeza para sortear el desafío. Pero creo que en cualquier caso ambas partes podrán identificarse con esta imagen que retoma el cuadro clásico de Magritte “Esto no es una pipa”, para recordarnos que “Esto no es una escuela”: 

La variación ha circulado en redes sociales (yo la encontré en ofthebox.be pero no se especifica la autoría) y creo que los niños, niñas y jóvenes reunidos en este artículo también estarían de acuerdo. O en todo caso pensar: “Una escuela es más que esto”. 

¿No hubiera sido una oportunidad para discutir si había otras formas de gestionar la educación y aprovechar para experimentar, o por lo menos mezclar rutina con experimentación? ¿Una oportunidad para pensar cómo hacer más habitable este medio y nuestra relación con las tecnologías? Todavía puede serlo, lo está siendo para muchos. Y a un año de que empezamos a vivir así, escuchar las opiniones de niñas, niños y jóvenes puede ser de ayuda… Para imaginar, o seguir articulando, traducciones no literales que nos ayuden a leernos mejor. Y a tomar tierra, pues lo que comentan es duro de enfrentar, pero genuinamente esperanzador.

Este artículo, que escribí originalmente para la Revista de la Universidad y que comparto ahora en este espacio, en versión extendida y ajustada al blog, no busca resolver ni concluir, sólo mostrar diversas cuestiones desde la infancia y la adolescencia en estos momentos de futuros inciertos. Para mí el ejercicio de escucha y escritura ha sido renovador, espero que lo sea para ustedes también y que conecte con otras voces nombrando “mañanas” cerca suyo. 

 

Una piedra en el estanque del futuro

¿Y después? Hace cien años dos cuadrados chocaron contra la Tierra y la reordenaron. Uno de los primeros álbumes ilustrados pensado específicamente para niños y niñas narraba esta colisión. Realizado en 1920 y publicado en Berlín en 1922, Sobre dos cuadrados, del vanguardista ruso, Lissitzky, proponía a sus lectores otro presente posible, uno en el que eran bienvenidos a participar interviniendo el propio libro. “No lo leas, usa el papel, coloréalo, dóblalo, construye con él”, escribe en la página de “Instrucciones”. Una manera de alterar el espacio bidimensional de la publicación y expresar así, literalmente, la transformación que correspondía hacer en el mundo real. Pero el libro, más allá de lo que haya hecho cada lector con él, sí contaba una breve historia de choque y nuevo orden que se dejaba leer, y terminaba sugiriendo en una frase que ese no era realmente el final. “¿Y después?”, “la historia sigue”, “hay más”, “ve más allá” son formas de traducirla, o también: lo que venga después no está escrito, depende de ti.

María Montessori, contemporánea de Lissitzky, coincidía. Creía en infancias activas, en las que niños y niñas podían ser sus propios maestros y organizarse como Pippi Calzaslargas, quien proclamaba: “A los niños conviene llevar una vida ordenada, sobre todo si pueden ordenársela ellos mismos”. Montessori demandaba atención en las infancias pues, insistía, allí se forjaba el futuro de la sociedad.

En 1931 el maestro José Antonio Emmanuel, impulsor de la Biblioteca Anarquista Internacional (B.A.I.), publicó “La anarquía explicada a los niños”, un folleto que ha sido recuperado recientemente por varias editoriales donde afirma: “Que el libro sea tu mejor amigo, tu consejero, tu guía. Nunca sabremos bastante. Quien añade ciencia, añade anarquía. Investiga por ti mismo…”. Quería una educación, se lee en un epílogo, que desterrara “todo fanatismo” y aspirara “a libertar a la infancia de la opresión que sobre ella se ejerce”.

Estos discursos vindicativos y emancipadores se alejaban de aquellos más uniformadores y dogmáticos de las publicaciones socialistas infantiles de la primera mitad del siglo XX, en las que los niños y niñas eran instrumento, el medio para un fin mayor, la tierra prometida sobre la que se habría de arar el futuro. Esta idea enraizó en México con el nacimiento de la Unión Soviética y la proliferación de libros escolares gratuitos, sobre todo en el sexenio de Lázaro Cárdenas, que repetían a los niños y niñas sus deberes con una patria nueva y su futuro. Una de las actualizaciones de todas esas ideas románticas alrededor de la infancia.

Tanto Lissitzky como Montessori y Emmanuel mostraban otra cara del pensamiento socialista (atravesada por el feminismo en el caso de Montessori) en la que los niños y niñas también habían sido marginados y oprimidos, pero no tenían que esperar a crecer para cambiar su mundo. Lissitzky volteaba a ver directamente a sus jóvenes lectores y los invitaba a que comenzaran a materializar la realidad que querían ya, ahí mismo; les hablaba de un futuro en presente, como algo más cercano y siempre abierto. Lo hizo, además, desafiando una relación muy concreta: la de los niños y niñas con la tecnología del libro.

 

Autoentrevistas desde el confinamiento

En dos siglos de expansión y consolidación, argumentaba Gramsci, el capitalismo organizó y mantuvo su liderazgo utilizando agencias de información y cultura como escuelas y universidades, iglesias y corporativos, museos y, por supuesto, medios de entretenimiento y comunicación, lo que produjo un orden mundial que se pretendía incuestionable. Pero surgieron también medios para contrarrestar este dominio, informes internacionales que denunciaban la disparidad en el flujo noticioso y movimientos políticos y filosóficos para democratizar la comunicación y uso de las tecnologías.

Las redes sociales, blogs, foros y otras plataformas virtuales de conversación en medios electrónicos, con frecuencia portátiles, son continuidad de esa historia y conforman hoy un camino para continuar propiciando el agenciamiento político en niños, niñas, adolescentes y jóvenes. En tiempos de pandemia han sido, de hecho, una de sus principales vías.

Desde España, por ejemplo, el proyecto editorial Wonder Ponder, lanzó “Me pregunto, autoentrevistas desde el confinamiento”, una invitación para “personas de 5 a 18 años a preguntarse y reflexionar sobre la crisis del coronavirus y sus consecuencias”. Los niños, niñas y jóvenes o, mejor, las “personas” (provocadora variación, declaración de principios en sí misma) envían sus respuestas grabadas, escritas o dibujadas y Wonder Ponder las difunde y aloja en su sitio web. Este “repositorio de voces”, como también llaman al experimento, es público y evidencia que las preguntas en pandemia son catalizadores especialmente efectivos para desencadenar imágenes de futuro.

En un documento descargable sobre la propuesta se incluyen instrucciones más en el tono de sugerencia y incitación del libro de Lissitzky o de la filosofía Montessori. Allí, Ellen Duthie, una de las fundadoras de Wonder Ponder, dice a los lectores que pueden elegir entre las preguntas sugeridas en el documento o modificarlas “como te parezca mejor” o pensar “en las tuyas propias”.

El amplio universo de interrogantes posibles está dividido por temas como “Tu relación con el confinamiento”, “La experiencia de escuela en casa”, “Cómo lo están gestionando los adultos”, “La libertad”, “El desconocimiento o la incertidumbre” y “El futuro”. Aunque esta última categoría podría atravesar todas las anteriores, tiene sus propias preguntas: “¿Crees que tu vida/el mundo va a cambiar después de esto? Si crees que sí, ¿en qué sentido? ¿Qué crees que tendría que cambiar para que la próxima vez que pasara algo parecido tu país estuviera mejor preparado?

Sobre el cambio o el regreso a la vida de antes, Carla, de 13 años, y Tamara, de 16, ambas de España, mandaron a Wonder Ponder preocupaciones opuestas: “que las cosas no vuelvan nunca a la normalidad”, dice Carla. “¿Pero qué pasará cuando tengamos que retomar la normalidad? ¿Será igual que antes? […] Puede sonar paradójico que una simple niña de 16 años se pregunte eso, ya que su única preocupación es ir a la escuela y hablar con amigos. Pero yo también vivo en esa sociedad que teme a la normalidad, somos el futuro y nos tenemos que preparar para afrontar cualquier bache”, dice Tamara.

Como lo comentaba en otra entrada, querer y no querer volver a la normalidad es una de las contradicciones, dilemas, señas de identidad de este tiempo.

Otra de las preguntas de Wonder Ponder que más convoca es: “¿Qué te gustaría hacer el primer día que puedas salir libremente a la calle?”.

“Andar en bicicleta”, dice Loana de 12 años desde Batán, Argentina. “Ver a la familia que más extraño, como a mis abuelos, que antes los tenía pegaditos a mí”, comparte Valentina, de 6 años, desde la Ciudad de México. “Estar con mis amigos, jugar, invitarlos a jugar a mi casa, o ir a jugar a su casa, o ir al parque a jugar, a la plaza, caminar, andar en bici, gritar, ¡y eso!”, no duda, Martina de 10 años, desde Rufino, Argentina. “Iré a la naturaleza y correré tanto que no se me verá”, advierte Ixeia, de 7 años, de Zaragoza, España.

Ver y no ver.

 

Bola de cristal, piedra en el estanque

En uno de los libros de filosofía visual de Wonder Ponder, Lo que tú quieras, hay una escena para detonar preguntas sobre el futuro en la que se retrata a un padre ojeroso y despeinado, bebé en brazos, en consulta con una adivina. Una nota al pie de la ilustración de Daniela Martagón dice: “Veo cosas malas, muy malas. ¿Está seguro de que desea conocer el futuro de su hijo?”.

En su conferencia “¿En qué piensan cuando leen? Intenciones, atenciones y contagio en la literatura infantil”, Ellen Duthie hace un recuento de preguntas que suscitó esta escena en un grupo de pensadores entre 8 y 15 años de edad.

Las que leen más existencialmente la imagen van por aquí: “¿Es posible conocer el futuro?”, “¿El futuro está escrito?”, “Si el futuro estuviera escrito, ¿alguien lo podría borrar?”, “Si se pudiera conocer el futuro, ¿querrías saberlo todo o solo algunas cosas? Si solo algunas, ¿cuáles y por qué? ¿Y por qué no las otras?”, “¿Qué es mejor no saber o saber?”, “¿El conocimiento puede hacernos infelices? Si tuvieras una enfermedad grave, ¿querrías saberlo?”, “Si conociéramos el futuro, ¿seríamos libres? ¿Tendría sentido la vida?”.

Aunque entre las interrogantes se pueda encontrar “la pregunta filosófica del millón” y quede ejemplificada la amplitud de onda que puede alcanzar el pensamiento crítico sobre el futuro de un niño, niña o joven, la reflexión que más le interesa a Duthie es la que abre la pregunta de Alba, de 10 años: “¿Cómo sabemos que no estamos viendo una obra de teatro? (…) ¿Por qué tiene el padre el pelo azul?”. Es decir, aquella que pone en relieve la imagen de futuro como artificio, como ficción, susceptible, por lo tanto, de ser contada y recontada como a cada quien le parezca.

Cuando me propusieron que escribiera este artículo para la Revista de la UNAM, con una “visión de los niños y niñas sobre su futuro individual y colectivo”, lo primero que hice fue lanzar la piedra-palabra “futuro” en el estanque-recuerdo de mi infancia (por retomar la metáfora de “la piedra en el estanque” de Gianni Rodari). Enseguida escuché la voz de una adivina reproducida repetidamente en una maquinita: “Deja que mi bola de cristal te dé tu futuro. Por favor, inserta la moneda”, y un desenlace: más que revisar en el bolsillo de mi pantalón si tenía dinero, esa voz prometiendo futuros me intrigaba e inquietaba lo suficiente como para imaginar más preguntas y fantasear respuestas que terminaban pareciendo más cuentos.

Luego vinieron a mi mente otras frases recurrentes de los adultos: los planes para cuando fuera “grande”, mi supuesto interés sólo en el presente y esa proclama hueca, referida antes, de que “los niños son el futuro”.

Diseñé entonces una suerte de “Autoentrevista”, en el tono de Wonder Ponder, o “bola de cristal”, para que niños, niñas y adolescentes mirarán en su futuro e hicieran de “autoadivinos”. Con ayuda de un grupo diverso y comprometido de mediadores de lectura la hicimos llegar a 68 niños, niñas y adolescentes entre 4 y 16 años de edad de Nuevo León, Ciudad de México, Oaxaca, Veracruz y Campeche.

Empezamos por lanzar una piedra en el estanque de su futuro.

“Una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene continuamente para aceptar y rechazar, ligar y censurar, construir y destruir”, escribió Gianni Rodari sobre su propuesta de ejercicio “La piedra en el estanque”, incluido dentro de Gramática de la fantasía de 1973.

¿En qué palabras piensan estos niños y niñas si decimos la palabra “futuro”?

Damián, de 11 años, es contundente: “Pandemias”. Su hermano Iker, de 13, completa un escenario: “Extinción, guerras, avances tecnológicos, dibujos, exposiciones” que espejea con la respuesta de Anette, de 11: “Aventuras, cosas nuevas, extinciones de animales, muertes, experiencias”.

Otros, como Daniela Guadalupe, de 12 años, despegan: “Autos voladores, robots, androides, viajes en el tiempo, zombis, fin de la tierra, árboles flotantes” o Fernanda, de 10: “Tecnología, robots, avances, burbujas, planeación”, o Toño, de la misma edad, “viajes a la velocidad de la luz”. Dana, de 16, lo extiende e incluye una emoción muy vigente: “Evolución, tecnología, inteligencia artificial, urbanización, industria, mecánica, humanidad, tiempo… incertidumbre”.

Algunos más se enfocan en deseos: “Trabajo, hijos, mi casa”, escribe Dulce María, de 9 años; “Comida y juego”, prioriza Ángel de Jesús, de 8; “Esperanza, adelante, vida, crecer, buscar trabajo, mi forma de ser”, dice Wiliam, de 12.

Yeidy, de 11, resume así la reverberación ambigua que en general provoca esta palabra: “Alegría, tristeza”.

 

Menos tecnología, más amigos

Las palabras se vuelven enunciados cuando preguntamos por sus imágenes de futuro antes de que hubiera pandemia y ahora. Muchos piensan que perdieron libertad y deberán acostumbrarse a las restricciones sanitarias para siempre; proyectan caos, sobrepoblación y menos árboles; y temen más a la muerte de familiares, al incremento de las enfermedades y a que haya más pandemias.

Gabriel Octavio de 8 años dice: “Creo que en el futuro va a haber otra pandemia pero yo no quiero, es como que tuve una especie de visión. También eso no me gustaría porque ahorita que estoy en pandemia no me gusta.”.

Darlén de 14 años analiza y pondera: “Pues la pandemia más larga del mundo duró unos cuatro años así que yo supongo que esta no durará más puesto que la tecnología, ciencia y medicina han mejorado bastante, por eso creo que no afectará mis metas, pero el camino será más complicado”.

En la gran mayoría de las respuestas, se refleja una ambivalencia sobre el uso de las tecnologías. Es aliada y enemiga. La necesitan diariamente, pero quisieran liberarse de ella. De hecho, algunos, como Jonatan, de 9, y Arely de 12, creen que el futuro será mejor si hay “menos tecnología” o “no tanta”. Wiliam, de 12 años, está seguro que habrá más tecnología y eso afectará el hábito de la lectura: “Ya nadie va a querer leer porque todos van a tener su celular”. Uriel, de 10 años, imagina días de puro encierro “frente a una pantalla” y José Guadalupe, de 11, le gustaría que en el futuro “la tecnología no avanzara demasiado”.

Estas opiniones reflejan un ajuste en el imaginario que asocia la tecnología con las mejoras y actualiza la tecno distopía. 

Dana de 16 (que por cierto es una booktuber que ya he recomendado aquí) también lo advierte, y contrasta:

“Será mejor si aprovechamos este tiempo para organizar y sembrar nuevas cosas para más adelante cosechar y disfrutar de todo lo que trabajamos. Claro que no todo depende de nosotros, si los avances tecnológicos terminan siendo perjudiciales en lugar de favorables, esto representaría un problema para toda la humanidad. Así como si no elegimos a los gobernantes correctos y hay conflictos políticos, habrá dificultades para toda la sociedad”.

El rechazo a la tecnología es cuestión económica y de accesibilidad para otros, como Luis Alejandro, de 12 años, quien sostiene: “Es más difícil [la vida] porque algunos no contamos con el recurso para obtener un celular, una computadora, y ahora se comunica uno por un aparato electrónico”.

La ansiedad de vivir tras la pantalla se bifurca en otras respuestas que expresan desconcierto y desilusión, y lamentan el distanciamiento con los amigos y amigas.

Daniela de 12 años, por ejemplo, habitante de la comunidad de Tinún en Campeche, dice: “Para mí fue muy difícil comprender que no iba a tener graduación de la primaria y me sentía muy triste porque fue algo que no esperaba e imaginaba tener una fiesta con todos mis compañeros del salón. Otra cosa que me arrebató la cuarentena fue mi fiesta de cumpleaños, no fue como quería porque no pude invitar a mis amigos”.

Jennifer de 10 años, en San Francisco Chindúa, sueña días futuros así: “Los niños se preparan para ir a la escuela, sus mamás los acompañan, en la hora del recreo salen a jugar con sus amigos y los fines de semana pueden ir de compras y al parque con sus papás”. Sencillamente así. 

Asimismo, para José Guadalupe, de 11 años, también originario de allí, la esperanza de futuro es clara, está representada por su hermano, él quisiera “que se graduara”. Lorena López, su maestra, me explica que José es el más pequeño de cuatro y que el hermano al que hace referencia estudia la universidad en Huajuapan. 

 

Incertidumbre y miedo

Es habitual encontrar, entre las 97 autoentrevistas que ha recibido hasta ahora Wonder Ponder (principalmente de España, pero también de México, Ecuador, Argentina, Chile, Portugal, Alemania y Turquía) y las 68 que conseguí para este artículo, muchas respuestas que expresan preocupaciones y miedos.

Laura, de 14 años, desde Quarteira, Portugal, cuenta: “Lo que más me preocupa de esta situación es el futuro, aunque creo que todo estará bien, sé que llevará tiempo, y aún así, tendremos que saber cómo lidiar con la presencia de este virus.”

En las entrevistas y cuestionarios que aplicamos en México, los temores nuevos se cruzan con los viejos, vinculados a la impunidad y el narcoestado, y se expresan en forma de futuros en los que “los niños no sean maltratados”, “haya más respeto entre niños y niñas”, no existan: “enfermedades ni enfermos”, “violencia”, “bullying y drogadicción”; “que no roben a los niños y las niñas”, “que se resuelvan las desapariciones y muertes de los niños”, “que disminuya la contaminación”, “que no haya delincuencia”, “que el país no sea tan estricto”.

A Dana, le preocupa que los esfuerzos del presente no sean suficientes para construir un mejor futuro, o, dice “que por alguna razón quede silenciada o sin capacidad de luchar por quien lo necesite”. De hecho ella dice que si tuviera que mencionar algo de su contexto que le preocupe a futuro, “sin duda sería la violencia en mi país. Me abruma pensar que llegue un punto en el que las mujeres no podamos ni salir a la calle por la violencia que nos rodea”.

A los niños, niñas y jóvenes en San Francisco Chindúa, en la mixteca, por ejemplo, les preocupa que su situación empeore. Marco Antonio, de 13 años dice: “Las cosas se están poniendo más difíciles y nuestros padres no tendrán mucho trabajo”; a José Antonio, de 10 años, le preocupa enfermarse “o no poder estudiar ni trabajar”, y a Roberto, de 8, que haya “más enfermedades, no poder ir al parque, no conseguir trabajo”; Lizet de 11, se imagina el futuro “con muchas enfermedades desconocidas, con pobreza extrema”; y Gustavo, de 10, tiene “miedo a que esto no termine y no pueda volver a la escuela”.

Otro ajuste en los deseos se vincula con la escuela. Nadie lamentó volver a las aulas cuando esto termine, las añoran. Daniel, de 9 años, de la comunidad rural de Costa de Oro en el sur de Veracruz, anhela: “Si tuviera una bola de cristal me gustaría verme en la escuela”. En su cumpleaños número 14, a Daniela, de la Ciudad de México, sólo se le ocurre pedir “ir a la escuela” como deseo.

Algunos ni la conocen.

 

El futuro a los 4 años

El futuro, dice Kimberly Coral, de casi 4 años de edad, es “el tiempo que todavía no pasa… está en las estrellas”.

Cuando pedí apoyo para realizar los cuestionarios a la maestra Marcia Patricia Ramos, del preescolar público Amelia Fierro Bandala en Milpa Alta, no estábamos seguros si funcionaría. ¿Se preguntan por su futuro los niños y niñas de 4 años de edad? Sus respuestas, además de poéticas, son representativas de la encuesta y muestran cuánto la imagen de futuro está especialmente presente en estos tiempos, en las vidas siempre en la espera del día “después de la pandemia”.

Para Natalia Isabella el futuro es una palabra equivalente a “mañana” y grita de emoción cuando su mamá le pregunta qué día quisiera que llegara: “¡Mañana! Para conocer a mis amigos de la escuela”. 

Mía Zoé, comparte el deseo: “ya quiero ver a mi maestra, que me enseñe la tarea, hacer dibujos, que la maestra nos pregunte…”. Aunque sea si es “usando cubrebocas siempre, gel antibacterial en tu bolsita… casi como un astronauta”, completa Kimberly Coral. Zoé Yamilet directamente define el futuro como “ir a la escuela”.

Los nueve alumnos de Marcia empezarían su educación preescolar este ciclo. Ninguno conoce la escuela, pero saben que no es una pantalla en un teléfono.

Con la misma emoción que las clases, esperan días de vacaciones y playa. Ashlin María quiere que llegue el día de su cumpleaños para ponerse su vestido de Cenicienta. Imagina bonito el futuro, todos felices, ella “feliz y bonita y doctora”. Dayker Brayan quiere que llegue el momento de ir con sus abuelitos a Tabasco y espera que el futuro “no sea peligroso”. Zuri Harumi imagina un futuro donde los niños puedan salir de excursión todos los días, si es en carro volador mejor, quiere ser veterinaria o dentista. Constanza dice que un día, si no está todo destruido, se imagina a los niños y niñas del futuro haciendo unicornios y ya quiere que llegue su cumpleaños. Se visualiza “más bonita, con el cabello largote, más altota”. Para Jesús Yael el futuro “está muy cerca o puede estar muy lejos” pero quiere que sea de colores. Igual al futuro que encuentra Sara.

 

Salvar al futuro

Sara, de 10 años, confinada en su casa en Terrasa, en la provincia de Barcelona, respondió al tema “El futuro” de las “autoentrevistas” de Wonder Ponder con un cuento dibujado y escenificado en video. Allí, cuatro niñas y un perrito viajan en una máquina del tiempo a la era de los dinosaurios, a Marte y a “un país” donde un anciano las recibe y les informa que han llegado a “El Futuro” (“El futuro es un país extraño”, escribió Josep Fontana). “El Futuro” es “triste”, blanco y negro y lleno de tumbas. El anciano les dice que es por culpa de un personaje llamado El Rico que casi ha agotado la naturaleza.

Para cambiar ese futuro volverán a su casa en el presente y, al crecer, una de ellas se convertirá en alcaldesa que pedirá: “no contaminar ni hacer nada malo”, mejor siempre en armonía con la naturaleza. Luego suben otra vez a la máquina para ver si ya modificaron el futuro y con ayuda de una varita mágica lo hacen aparecer: estaba ahí mismo, pero “escondido”, con “pandas, animales, árboles de colores, pájaros” y “todos felices”, dice Sara. ¿Y El Rico? “¡Muerto!”. Sara celebra ese final tocando su armónica.

Notable síntesis (el video dura 6 minutos) del poder de agencia de los niños y niñas activado por medio de una elaboración artística: ellas van a buscar al futuro y se piensan como sujetos políticos para cambiarlo, una se vuelve alcaldesa. Y quizá el gesto más potente del cuento sea que el futuro colorido ya estaba ahí, “escondido”, latente, posible.

Su ejercicio de ficción, además, revela la imagen de futuro como artificio, susceptible de ser contado y recontado como a cada quien le parezca, como quería Lissitzky en su libro infantil de hace un siglo, y sin esperar a que llegue un día quién sabe cuándo. Fernando Javier, del preescolar en Milpa Alta, imaginó que en el futuro los niños y niñas podrán ser presidentes. Otro símbolo de la agencia política de las infancias en presente.

En definitiva, niños, niñas y adolescentes tienen opiniones sobre el futuro, “no quiero que sea igual a este presente”, dice Anaatuu, de 9 años; externan sus preocupaciones y quisieran que fuera mejor, con mayores cuidados para sus pares, como Arely, de 12, que sueña con el día “que se quite la pandemia, haya más empresas para trabajar y los niños que están en la calle los recojan las personas del DIF o del orfanato”. Y están dispuestos a reinventarlo, como Viviana, también de 12, que se imagina “vivir en un mundo nuevo donde todos cuidemos la tierra para que no haya tantas enfermedades”.

No viven aislados y ajenos en el país del juego, se están repensando a partir de los cambios que ha tenido su cotidianidad, la falta de socialización, el encierro, la dependencia de las tecnologías y la conciencia de los cuidados. Y con todo, no pierden la esperanza. La entrevistada de mayor edad de la encuesta, Dana, de 16 años dice:

“Quiero pensar que a pesar de todo esto, el futuro será positivo, puesto que la población ha desarrollado un pensamiento crítico debido a la globalización y al conocimiento que hoy en día está al alcance de todos. Por lo que prefiero suponer que tomaremos la dirección correcta”.

¿Y la de menor edad? Cuando alguien le pregunta qué quiere ser de grande, Kimberly Coral, de 3 años 11 meses, dice: “Yo pienso… me pueden hacer pensar mucho… me emociona”.

 

Ilustración de Armando Fonseca.

 

 

AGRADECIMIENTOS

Empecé a escribir este artículo por encargo de Paulina del Collado del equipo editorial de la Revista de la Universidad de México en octubre de 2020, y originalmente se publicó en el número 867/868, que corresponde a la edición de diciembre de 2020 y enero de 2021, de la revista. Una versión un poco menos extensa se puede leer aquí. Y el pdf completo del la revista, aquí.

A Paulina y a Nayeli García de la Revista de la UNAM, muchas gracias por la invitación y edición. Disfruté y aprendí mucho en el proceso de entrevistar, leer entrevistas y escribir. Muy feliz de ser colaborador de esta revista que colecciono.

Además de las entrevista directas que realicé, quisiera agradecer especialmente a los mediadores de lectura que me ayudaron aplicando el cuestionario diseñado: Sara Elena Benavides de la Biblioteca Comunitaria Eco Calli en Costa de Oro, San Andrés Tuxtla, Veracruz; Marcia Patricia Ramos del preescolar Amelia Fierro Bandala en San Antonio Tecomitl, Milpa Alta; Noemí Nol de la Sala de Lectura Rehilete en Ciudad de México; Tajëëw Díaz del Colectivo Mixe en Oaxaca; Elizama Reynaga y Fermín Méndez de la Primaria Enrique C. Rébsamen en Oaxaca; Lorena López y Germán Wilfrido Hernández de la primaria Francisco I. Madero en San Francisco Chindúa, Oaxaca; David Canul del Club Colibrí de Niñas y Niños Lectores en Tinún, Tenabo, Campeche; y Nora Obregón y Evelyn Ovalle de la Biblioteca Formus en Monterrey.

Y a Raquel Martínez Uña, Ellen Duthie y Daniela Martagón, el equipo de Wonder Ponder, por su asesoría.

Y por supuesto, a los 68 niños, niñas y adolescentes entre 4 y 16 años que tan generosamente respondieron: Daniela Guadalupe Estrella Chuc, Anette Guadalupe Chuc Yah, William del Jesús Balam Euán, Rodney Ahiezer Moo Dzul, Luis Alejandro Mayoral Jimenez, Ashly Carolina Cruz Santiago, Lissette Yaritzi Salazar Tenorio, José Guadalupe Mayoral Mayoral, Jonatan Torres Mayoral, Viviana y Arely Torres Mayoral, Marco Antonio y Brenda Michel Domínguez Mayoral, Daiana Thayli Arriaga Salazar, Gustavo Cruz Muñoz, Roberto Bazán Domínguez, Yolotzin Danae Reyes Salazar, Luis Fernando y José Antonio Torres Torres, Dulce Valeria y Rosario Denise Cruz Santiago, Lizet y Edgar Domínguez García, Aileth Cruz Guzmán, Ayelén Joana García Mayoral, Benjamín Medina Cruz, Jennifer Tamara Cruz Cruz, Rodrigo Alejandro Martinez Cristóbal, Ingrid Joselyn Blas Mendoza, María Fernanda Valencia Aragón, Carlos Alberto Bohorquez Cortez, Raquel Jocelyn Robles Pérez, Ángel de Jesús Noyola López, Iker Oswaldo Ramírez Córdova, Anaatuu Díaz Vásquez, Alejandra, Jaime y David Villareal Cárdenas, Uriel Barrera González, Fernanda, Mariana y Otto Alejandro Preisser Ovalle, Paula Pedraza, Paulina Luebbert, Gabriel Octavio y Iker David Galván García, Damián e Iker Adrián López Nol, Daniela y Antonio Suárez Hernández, Darlén y Dana Elizondo Pulido, Dulce María Díaz Vargas, Marian Magfe Torres Vargas, Yeidy Loeza Gallardo, Daniel y Cecilia Mendoza Flores, Jesús Yael Abad Tenorio, Zoé Yamilet Angulo Angulo, Kimberly Coral  Cruz Miguel, Dayker Brayan González Jiménez, Constanza Zoé Jiménez Flores, Fernando Javier López Reyes, Ashlin María Martínez Delgadillo, Natalia Isabella Navarro Arévalo, Zuri Harumi Salas González, Mia Zoé Sánchez García, Elisa Velázquez Silva.

 

Entrada No. 212.
Autor: Adolfo Córdova
Ilustración de portada: Armando Fonseca.
Fecha original de publicación: 23 de febrero de 2021.

 

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