1.

Partir. Así es el principio. Por una madriguera, en una balsa flotando por el Misisipi, impulsado por un tornado; hasta el País de los Juguetes, en carreta; o volando, por la ventana abierta, hasta Nunca Jamás.

Partir. Marcharse de golpe. Sin padres.

 

2.

Comienzo esta charla y partimos nosotros también. Estamos en otro sitio a 14 horas de aquí. Escuchen: un chasquido. No es el murmullo del que recién se acomoda en su asiento en este auditorio, es un chasquido de chicharra… y otro más, de grillo. Luego el canto de un pájaro. Aumentan los sonidos y anochece. Imaginen cómo se cubre de nubes el techo y bajan algunas estrellas. La noche aquí dentro se enfría con una neblina densa y húmeda que se extiende lentamente. Huelan la alfombra de tierra que es el piso. Los apoyabrazos de sus asientos se llenan de musgo y crecen entre ustedes ceibas y amates, decenas de árboles que ignoran que esto era un auditorio, se elevan altos, hunden sus raíces.

No estamos donde viven los monstruos de Max, nos hemos trasladado juntos a una selva de la Sierra de Santa Marta, en Veracruz.

Detrás de mí, en el fondo interminable que es el escenario, se ven montañas que alguna vez fueron volcanes y una línea de mar sobre la que navega un barco. Si alguien quiere salir por un café, tendrá que luchar contra la corriente de los dos ríos que ya bajan por los pasillos principales. Si escuchan una risa tal vez sea de un duende, un chaneque o un chilobo, o quizá se trate del solitario niño maíz: Homshuk.

 Piedra labrada atardecer

3.

En una comunidad llamada Piedra Labrada, sumida en esta selva veracruzana en la que estamos, vive Mary, una niña de origen popoluca que conocí en el 2012, cuando ella tenía 10 años de edad. Una tarde, la primera que platiqué con ella, sentados a la sombra de un mango, me contó el mito de Homshuk, el niño dios maíz.

Homshuk vivía en esta selva, antes de nosotros, en el tiempo de los volcanes despiertos. Un día, cuando Homshuk era muy pequeño, lloró más fuerte que el aullido del mono y que el chasquido de mil chicharras, tanto lloró que su madre, que no tenía para darle de comer, que no tenía para cubrirle la piel, que no tenía ni una canción para arrullarlo, no aguantó más y lo molió en el metate.

Luego lo hizo una bolita y lo tiró al río.

En el agua, sigue contándonos Mary, a Homshuk se lo tragó un pez, y aunque Homshuk ya no era más que una bolita, le pidió al pez que lo escupiera de vuelta al agua, y el pez, lo obedeció.

Escuchen ahora el chapoteo de las pisadas de dos viejitos, brujo y bruja, andan camaroneando en el río porque tienen hambre. Encuentran a Homshuk, lo sacan, parece un huevo, lo llevan hasta su casa y lo acomodan en un montoncito de algodón. A los poco días, Homshuk nace otra vez: es un niño de cabello rubio como el maíz. Niño y dios. Crece rápido y juega en la selva, pero la pareja de brujos, que no ha olvidado el hambre, se afila los dientes, con piedras de río: han decidido que van a comérselo.

Homshuk los descubre y busca en el cielo a su Tío Murciélago quien lo ayuda a matar al brujo, y busca en los árboles a su Tío Tlacuache, quien lo ayuda a incendiar a la bruja.

Y el niño dios Homshuk, me dice Mary, se queda solo otra vez, pero salva su vida y emprende un viaje…

 

4.

Con el relato que nos cuenta Mary, vemos aparecer en esta selva, que también es bosque, a otros personajes emparentados con Homshuk. Por allá se ríe Pulgarcito que se ha librado del ogro; en una cabaña se abrazan Hansel y Gretel, que han quemado a la bruja. Cuánto corre la princesa Elisa, del cuento Los cisnes salvajes, esquiva ramas, salta charcos, se esconde en la espesura para librarse de su madrastra. Todos son abandonados o huérfanos que se marchan o que han sido expulsados; enfrentan la muerte, inician viajes. Su condición también recuerda a Mowgli, que nos ve desde una rama con Bagheera. Y ¿quién podría revelar de una vez por todas dónde en esta selva se halla la entrada a la guarida de Peter Pan y de los niños perdidos? 

árbol peter pan mogura_no_kanji

Dice Peter a Wendy: Los niños perdidos son los niños que se caen del cochecito cuando la niñera está mirando hacia otro lado. Si no los reclaman en siete días, los envían lejos, al País de Nunca Jamás, para sufragar gastos. Yo soy el capitán.

Se caen del cochecito o los tiran, como a Homshuk que lo molieron en el metate y lo aventaron al río. Son el arquetipo del niño abandonado, rechazado, expulsado, olvidado. Peter Pan es el capitán de una tribu mucho más grande de lo que, tal vez, nos hemos detenido a pensar. Se suman a sus filas La Cenicienta, Blancanieves, La Sirenita, Pinocho, Dorothy, Tom Sawyer, Bambi, Babar, Frodo, Bastian, Harry Potter… Personajes que han perdido a la madre o al padre o a ambos, huérfanos. ¿Y cuántos más vienen a sus mentes? Pueden buscar en esta selva o en otras y encontrarán muchos.

Se caen del cochecito o se bajan por su propio y pie, o por su seguridad, y se marchan a Nunca Jamás, a Oz, a Narnia, a Fantasía y a otros mundos sin padres.

¿Qué nos dice la condición de todos estos personajes huérfanos sobre los lectores niños y niñas, sobre los hijos? ¿Qué nos dice sobre la familia, la lectura, y qué conjugaciones posibilita? Despejemos la neblina para intentar responder esas preguntas y proponer otras más.

5.

Mary vive con su abuela y con un hermano y tres primos menores. En su comunidad, Piedra Labrada, casi no hay padres. Igual que en la mayoría de las comunidades indígenas de nuestro país, los padres se han ido al Norte y los hijos poco o nada saben de ellos. Crecen con abuelos, tíos, hermanos y primos, que fungen como figuras paternas sustitutas.

Mary me habla poco de su madre, no la recuerda mucho, nunca se comunica con ella, me dice, y luego sale corriendo tras sus primos gemelos que están molestando a los pollos.

Mary es un poco como Wendy. La única niña en una tribu de niños perdidos, sin padres a la redonda. Ella le dice a su hermano, Chepe, allá arriba trepado en el árbol de mango, que se va a caer, corre tras sus primos gemelos y cuida a un bebé. Le cuenta historias. Canta: mi madre es una centella y mi padre un rayo cruel.  

Reconozco los versos de ese son jaracho, El buscapiés, que yo también escuché de niño:

 

Mi madre fue una centella

y mi padre un rayo cruel

que tronaba como aquel

que retumba en las estrellas

al ver las flores más bellas

que van a reverdecer

por los campos al llover

cuando florecen en mayo,

hija de centella y rayo

díganme quién puedo ser.

 

Mary parece compensar su orfandad y buscar su identidad desde la ficción de los mitos que se cuentan en su comunidad y en las versadas de los sones que escucha. ¿Quién es uno cuando se queda sin padres? Díganme quién puedo ser. Mary le pregunta a la centella y al rayo ¿quién puede ser? Le pregunta a dos elementos naturales, de su entorno, pero recubiertos por la magia de los relatos que parecen dar mejores respuestas en el espacio que abre la ficción.

También conoce a Peter Pan. Vio la adaptación cinematográfica de Walt Disney. Me habla de hadas y me explica que nacen con la primera risa de un recién nacido. La abuela de Mary no juega con ella. Solo tiene tiempo de imponerle tareas; le advierte, la regaña, le dice que no vaya a quedar embarazada pronto.

Mary, a veces llama a su abuela mamá, pero su abuela no la llama hija.

Si Peter había tenido madre alguna vez, ya no la echaba de menos. Era algo de lo que podía prescindir perfectamente. Había pensado mucho en las madres y no se acordaba más que de las cosas malas.

6.

En el contexto de Mary, producto de la pobreza y la migración, quizá sea más natural la orfandad, pero en la ciudad también son comunes los hogares monoparentales o compuestos por figuras sustitutas. ¿Y los niños que tienen ambos padres? ¿Cómo lee cualquier niño o niña a los huérfanos en la literatura?

Dejemos la selva y recordemos el tráfico de afuera. A dos horas de este auditorio, en la primaria pública Guadalupe Victoria, donde asisto como lector voluntario de dos grupos de 5to de primaria, una mañana leo el libro álbum “El higo más dulce” de Chris Van Alsburg. Veamos el salón lleno de niños. Escuchen con ellos la historia de una anciana sin dinero que da un par de higos mágicos al dentista que le sacó la muela. Él no le cree cuando ella le dice que esos higos harán realidad lo que sueñe la noche que se los coma. Los niños y niñas ríen al ver que es verdad. Sí funciona: el dentista sueña que sale en calzoncillos a las calles de París y al otro día todos lo miran sorprendido.

Al terminar les pregunto a los niños qué les gustaría soñar si tuvieran dos higos mágicos. Muchas manos se levantan y piden dinosaurios y viajes espaciales. Pero dos deseos me llaman la atención.

Un niño de 10 años pide con uno de sus higos acabar con el universo y todos sus habitantes y sólo sobrevivir él. Los compañeros lo abuchean. Uno le pregunta: ¿A todos? Sí, a todos, responde el niño. ¿Hasta a tus papás? El niño no duda un minuto: ¡Sí!, dice. Le pregunto qué va a hacer solo, dice que va a viajar por otros universos…

Siguen las manos levantadas. Ahora una niña: “Yo quiero viajar en el tiempo”, dice, “para conocer a mi papá y preguntarle por qué se fue y me dejó cuando era chiquita”. Se hace un silencio. Después de ella, los niños empiezan a pedir, también, conocer a papás y revivir a los muertos.

En este salón de clases creo escuchar dos de las fuerzas que mueven la imaginación del niño y lo que busca en las historias que lee: O se tiene a los padres y con esa honestidad brutal se desearía no tenerlos o tener otros, o no se les tiene y se les desea. En términos más narratológicos: o son una amenaza y hay que librarse de ellos o se mueren muy pronto y hay que empezar un viaje solo, pero el caso es que en la Sierra o en la Ciudad no están, no pueden estar siempre. 

Son el centro de los libros para niños y jóvenes, porque desde su ausencia o presencia malograda se desencadenan los hechos, pero es necesario que se hagan a un lado para que los personajes icen las velas de sus fantasías y ocurran las hazañas.

La muerte o la renuncia a los padres es el principio.

En el primer enunciado de la versión de los Hermanos Grimm de La Cenicienta, la mamá de Cenicienta se enferma, en el segundo le pide a su hijita que sea buena y en el tercero se muere.

Huckleberry Finn padreEn Las aventuras de Huckleberry Finn, Huckleberry, el camarada de Tom Sawyer, un joven de unos 13 años, huérfano de madre, deberá escapar de la casa de su padre si quiere seguir con vida. Su padre, “el borracho del pueblo”, lo ha desconocido en plena borrachera y ha intentado matarlo. Paradójicamente, Huck, finge su muerte, muere también, para librarse de él.

En muchas historias el huérfano enfrenta la muerte o muere, literal o simbólicamente y vuelve a nacer, igual que Homshuk después de ser molido.

Ya podemos intuir algunas de las razones de la pervivencia de la figura del huérfano en la literatura para niños y jóvenes. Pero para profundizar en ella hemos de recorrer dos caminos más: uno histórico y otro simbólico.

 

7.

El histórico nos invita a recordar aquella frase de Víctor Hugo: “Soy de mi siglo”. Andersen no se inventaba a las brujas y sus encantamientos: eran parte de su realidad y de las creencias populares de su época.  

Leemos muchos cuentos folclóricos que hablan directamente de una madrastra: no hacía falta aclarar la muerte de la madre, era un escenario común todavía a principios del siglo pasado. Así nos lo ha hecho notar Daniel Goldin en su ensayo esencial “La invención del niño”, recuperando las observaciones de los historiadores estadounidenses Lloyd deMause y Robert Darnton. Los cuentos y novelas de antaño están llenos de orfandades porque eran otras las expectativas de vida. Más valía que padres e hijos se entrenaran en el desapego. 

Goldin, con quien además estoy en deuda por su valiosa interlocución para encontrar lo que hoy expongo, recupera las palabras de Darnton cuando dice que la realidad general de hace un siglo y más “era sórdida, brutal, breve”. La pobreza y la escasez obligaban a los padres a tomar medidas que hoy nos parecen terribles, pero que entonces eran habituales.

No satanicemos a la madre de Homshuk que lo muele en el metate porque no deja de llorar. Ni al padre y a la madrastra que abandonan a los hermanos en el bosque.

Incluso el señor Darling, padre de Wendy, hace cuentas cada vez que va a nacer uno de los hijos para ver si podrán mantenerlo. “Cuando llegó Wendy, (los señores Darling) pasaron una semana o dos dudando si podrían quedarse o no con ella, puesto que era una boca más que alimentar (…). Este mismo proceso se repitió con John, y Michael se salvó de milagro”.

Hubo muchos huérfanos en la literatura porque había muchos huérfanos en la realidad.

¿Y hoy? La Sierra de Santa Marta, donde se cuenta la historia de Homshuk, todavía tiene un costado “sórdido, brutal y breve”. ¿Sólo la Sierra? La violencia y la impunidad, esos dos nuevos puntos cardinales en el mapa de nuestro país, han hecho que a la fecha haya, no sólo 43, sino unas 26 mil personas desaparecidas. El rango de edad con el mayor número de personas desaparecidas va de los 15 y los 45 años de edad. Todo esto según cifras del Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública a abril de 2015. Es fácil intuir que muchas de estas personas son padres, por lo que organizaciones nacionales e internacionales han demandado la necesidad de integrar un padrón de niños y niñas huérfanos producto de la narcoviolencia y los crímenes de Estado. Tan solo en Ciudad Juárez se estima que hay 10 mil niños con alguno de sus padres asesinado.

Viajemos en el tiempo 14 años atrás, en este mismo espacio y escuchemos lo que entonces dijo Michéle Petit: “la lectura no puede reparar los desórdenes del mundo ni tener en todas las ocasiones una función catártica. Sin embargo, entre más violento e insensato es el contexto, más vital resulta mantener espacios de respiro, ensueño y pensamiento; espacios en los cuales rehacerse para mantener la propia dignidad”.

Michele Petit

Pareciera haber motivos suficientes desde el punto de vista histórico y sociológico actual para que niños y jóvenes sigan buscando historias con personajes huérfanos.

Pero el segundo camino para explicar la ausencia de padres en la LIJ, el simbólico, parece justificarlo más claramente.

 

8. 

Hay muchos matices en cómo se tejen las relaciones de padres e hijos en la literatura, dependiendo de si es una novela para niños o una para jóvenes, y es verdad que hay tantos huérfanos como figuras paternas sustitutas en las historias, pero no haremos aquí una tipología de orfandades, porque estén como estén representados los padres, el viaje es separarse de ellos. Apunta María Nikolajeva en su libro Retórica del personaje en la literatura para niños, retomando el estudio de Roberta Seelinger Trites, que en las novelas para niños parece ser más sencillo que de entrada no estén los padres o que los que estén no los quieran (tíos, madrastras, primos), para lanzarse a la aventura. En cambio en las novelas para adolescentes y jóvenes conviene que estén un poco más presentes para rebelarse ante ellos. En la novela Loba de Verónica Murguía, una muchacha huérfana de madre pero con un padre severo, que la desprecia, emprende un viaje desafiando los roles tradicionales de su posición como hija.

En el camino simbólico va a tener que aparecer Freud. Freud escribió que había una necesidad psicológica de “matar al padre”, para abrirse paso hacia la madurez, para afirmarse como individuo independiente. Sin padre no hay ley, y sin ley, sin “NO”, hay permiso ilimitado y lugar para el viaje literario.

Con los padres cerca, Alicia, que podríamos llamar una “huérfana funcional”, porque no sabemos nada de sus padres, tendría que haber pedido permiso, en su sueño, para asomarse en la madriguera: ¿Puedo perseguir ese conejo blanco de ojos rojos y chaleco, mamá? ¿Puedo asomarme por la madriguera, papá?

Ya sabemos qué grupo de hermanos salen volando por la ventana sin permiso. Lo primero que hace Pinocho cuando Geppetto le termina de hacer los pies es pegarle una patada en la punta de la nariz, y cuando, un par de renglones después, Gepetto lo enseña a caminar, Pinocho sale corriendo como potro desbocado y se pierde en la calle. De nada sirve que Geppeto le diga “¡Hijo mío!”. En el fondo, Pinocho sabe que las marionetas no tienen padres. Y eso le conviene para irse.

Los huérfanos son unos incitadores (y por eso muchos de estos libros han sido censurados por los adultos desde hace décadas, pero ese es tema de otra charla). Los huérfanos quieren que los lectores desobedezcan a los adultos, que se manden solos y escapen con ellos. Deben aprovechar que no tienen padres para iniciar su propio camino, en libertad; jugar y entrenarse, hacia la adultez.

Aconseja Pippi Calzaslargas: “A lo niños les conviene llevar una vida ordenada, sobre todo si pueden ordenársela ellos mismos”. Matilda, quien representa mejor que nadie al personaje que desearía otros padres, organiza su vida a tal grado que se consigue una nueva madre. Matilda, Tom Sawyer y Bastian, por supuesto, son algunos de los personajes huérfanos (reales o simbólicos) que ofrecen al lector un espejo multiplicado al infinito: ellos también leen y usan la ficción para compensar sus orfandades.

A nivel narrativo, la orfandad y el viaje son una buena combinación. Joseph Campbell, explica que los cuentos populares vinculan el tema del exilio con el del despreciado y maltratado: el hijo o la hija menor que sufre maltrato, el huérfano, el hijastro, el patito feo o el paje de extracción baja que se va.

Partir. Marcharse. Sin Padres.

 

9.

Volvamos a Huckleberry Finn, camarada incondicional de Tom Sawyer. Huck como Buck, el perro lobo de El llamado de lo salvaje, responde, porque no le queda de otra, al “llamado de la aventura”. El llamado del río. La libertad. Necesita un empujón del “heraldo o mensajero”, que, explica Campbell, “es a menudo oscuro, odioso, o terrorífico, lo que el mundo juzga como el mal”. El mensajero en este caso es el padre de Huck, “el borracho del pueblo” que mantiene encerrado en la casa su hijo, intenta matarlo y provoca una crisis en el personaje que lo hace ponerse en acción: ¡escapar!

Lo que le sucede al personaje, desde la propuesta de Freud sobre lo ominoso o lo siniestro, es que lo que le era familiar, se convierte en una fuente de represión que lo angustia. Casi el terror a ser enterrado vivo. En algún momento, Huckleberry cree que morirá de hambre porque su padre lo dejó encerrado y lleva varios días sin volver a la casa. Así que se decide: debe escapar cuánto antes.

Dice la especialista francesa Joëlle Turin: “El estado de orfandad es un estado ideal para que el personaje y el lector se liberen de las limitaciones de la familia, que a menudo constituyen un ambiente más bien de encierro, percibido como autoritario, porque se basa en una autoridad impuesta, no ganada. Este tipo de historias se corresponden bien con la novela de iniciación y abordan el tema de la búsqueda de identidad por medio de la investigación o invención que el personaje hace de sus orígenes”.

Otra vez el son de Mary: hija de Centella y rayo, díganme quién puedo ser. Y el huérfano responde que puede ser muchas cosas y en ello radica el poder de estos personajes.

Uno de los personajes más entrañables que he encontrado en la literatura infantil fue creado por la escritora María Gripe. Se trata de Elvis Karlson, de la novela homónima. Elvis tiene padre y madre pero ella lo maltrata y lo hace sentir un niño malo y malagradecido, y el padre lo ignora, decepcionado porque no es bueno para los deportes. Elvis, como es natural, y aunque solo tiene 8 años, permanece fuera de casa lo más que puede. En un momento de la novela le pregunta a otro amigo adulto:

 

—¿También las flores tienen familia?

—Claro, porque de esa forma es más fácil clasificarlas —responde el amigo.

Elvis asiente, pero se nota que la idea no le agrada demasiado. Porque para él las familias solo sirven para vigilarlo a uno.

—Entonces las flores tampoco son libres —dice—. ¿Y las piedras? ¿También tienen familia?

 

Elvis desearía no tener familia. Wendy y sus hermanos también representan al niño lector que, teniendo padres, desea irse, él también, al país de los huérfanos.

Familia, revisemos, viene del latín famŭlus, “siervo, esclavo”. Tradicionalmente se ha vinculado la palabra famŭlus, y sus términos asociados, a la raíz fames («hambre»), de forma que la voz se refiere, al conjunto de personas que se alimentan juntas en la misma casa.

Vuelve el hambre, otra vez. Los padres que no pueden alimentar, el niño que no deja de llorar, el abandono, la familia que se rompe si no puede comer junta.

 

10.

Transformemos esta selva que hemos imaginado juntos ahora en un bosque lleno de arces, fresnos, olmos y sauces, y veamos bajar por el río que se ensancha hasta cubrirlo todo, a dos jóvenes en una balsa. Los huérfanos más queridos de esta ponencia: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Escuchemos cómo cuenta Mark Twain un momento en la vida de su personaje Tom:

Tom se decidió entonces. Estaba desesperado y sombrío. Era un chico, se decía, abandonado de todos y a quien nadie quería: cuando supieran al extremo a que le habían llevado, tal vez lo lamentarían. Había tratado de ser bueno y obrar derechamente, pero no le dejaban. Puesto que lo único que querían era deshacerse de él, que fuera así. Sí, le habían forzado al fin: llevaría una vida de crímenes. No le quedaba otro camino.

Esa voz, la reconocemos cercana: la del niño que se siente incomprendido, periférico, rechazado. Después Tom reclutará a otros amigos, incluido Huckleberry Finn, y harán creer a todo el pueblo que han muerto. Cuántas veces el niño, la niña, fantasea con esa muerte, con desaparecer, sólo para imaginar las lágrimas que derramaría su familia por él en el funeral. No subestimemos la hondura que tiene este deseo y el poder de la ficción para hacerlo realidad. Es un poder que lleva al niño y a la niña lector de la periferia al centro.

Hemos ido de la realidad a la ficción y ahora vamos de regreso: Si la vida fuera una novela, el niño sería un personaje secundario y los padres los protagonistas. Ellos marginales, vulnerables más que otros porque dependen, testigos de la vida de los padres o de los sustitutos. “La novela es la novela de los padres”, dice Alejandro Zambra en su libro “Formas de volver a casa”. El niño persona secundaria de la vida real, se vuelve personaje protagonista en la ficción.

 Tom Sawyer y Huck materializan en sus aventuras estos dos grandes deseos: Primero el de irse de casa, para ser extrañados, amados como a nadie más, entendidos. Luego, ese deseo llevado al extremo: morir. Pero solo es un juego: morir “de mentiritas” (ese mecanismo de ficción maravilloso) y asistir al propio funeral. Cuando Tom, Huck y Joe Harper reaparecen triunfantes en el pueblo e interrumpen su propio funeral, nadie los reprende por la cruel travesura que le acaban de jugar a todos. El niño lector lee catártico cómo los familiares se van a los brazos de Tom y Huck para llenarlos de besos y lágrimas, agradecer que están vivos y perdonarles todo.

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Es el mismo gozo de los señores Darling, los padres de Wendy, Michael y George, cuando los hijos vuelan de regreso.

Hay un estudio de Marthe Roberts que habla de esa otra fantasía del niño: la de que debe ser adoptado y que su verdadera familia debe estar compuesta por reyes. Es la fantasía del Patito Feo que renunciará a esa madre y hermanos que lo maltratan para encontrar a los de su propia especie.

 

11.

La historia, el nombre que tengo, el lugar en el que vivo lo eligieron mis padres. Por eso la ficción me compensa: en ella soy huérfano y puedo tener otra historia, otro nombre, otro lugar y otra familia.

Otro lugar. Otra familia. Exploremos esas dos vías.

Otro lugar. ¿A dónde se van los huérfanos? ¿Recuerdan esa línea de mar con un barco que les mencioné al principio? Subamos ahora a ese barco. Sientan la brisa, veamos los mástiles y las velas. La algarabía de los tripulantes, piratas o marineros. Escuchen ese trueno, huelan el viento de agua, vean las nubes oscurecerse. La tormenta nos golpea y las olas a nuestros costados llegan hasta el segundo piso. Yo llevo el timón, pero no por mucho tiempo. Tendré que estrellarnos en unos arrecifes para continuar la historia.

Naufragar.

La tormenta 

La orfandad y el naufragio. El huérfano también es el niño náufrago. Como aquel grupo de niños, de la novela de William Golding El señor de las moscas, que terminan, casi todos, convertidos en salvajes. 

Robinson Crusoe y Gulliver no fueron escritos para niños y jóvenes, pero pronto este público los adoptó porque ambos son dos huérfanos en las islas en las que naufragan.

Después de que Huckleberry Finn finge su muerte. Se sube a una balsa y se va la Isla de Jackson. El pequeño refugio de sus juegos cuando era más chico. El lugar donde se esconde con Tom Sawyer y el resto de la pandilla cuando los dan por muertos. Estamos en la secuela de Las aventuras de Tom Sawyer. En Las aventuras de Huckleberry Finn. Huck ha crecido. Y llama la atención cómo antes jugó a morirse y se divirtió entrando a su propio funeral, y ahora ha hecho otro montaje de su muerte para realmente salvar su vida.

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En la Isla de Jackson, Huck cree que podrá vivir bien. Pescará y mirará las estrellas todo lo que quiera sin que nadie intente “civilizarlo”. Otra metáfora para nombrar el mundo de los padres: el de la civilización y el orden. Peter Pan huye de su casa porque ha escuchado que sus padres quieren convertirlo en un hombre de bien. Así que se va con las hadas que lo conducen a Nunca Jamás. Dice James Barrie al inicio de Peter Pan que todo niño tiene un País de Nunca Jamás en la cabeza, para Mark Twain ese país es la Isla de Jackson.

Y otras más: la Isla del Tesoro, la Isla Misteriosa de Julio Verne. Para Marina Colasanti, más que un accidente geográfico, “una isla es un símbolo. El símbolo de la soledad”, pero también un símbolo común, que nos une. Y recuerda Colasanti la frase de John Donne: “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada ser humano es parte del continente, parte del todo”.

El niño lleva dentro de sí el naufragio y la isla. ¿Solamente el niño? ¿Cómo leemos nosotros la orfandad y el naufragio? Y otra vez Colasanti: “Todo ser humano puede naufragar aun sin barco. Naufragamos cuando alguien que queremos se muere, naufragamos cuando el jefe nos echa a la calle, naufragamos cuando nuestro matrimonio se deshace, o cuando de niños se deshace el matrimonio de nuestros padres. Naufragamos cuando lo que tenemos como más importante en un momento determinado se nos va. Y las novelas de naufragio, todas las novelas de naufragio, nos dicen que, aunque sea difícil, es posible sobrevivir, que podemos crear otra vida”.

Eso es lo que le dice el personaje huérfano al lector: que puede crearse otra vida, en otro lugar. ¿Qué otra cosa quiere Frankenstein que encontrar otro como él? 

Alicia se escapa de ese mundo sin dibujos, de palabras a renglón seguido, que a veces es el mundo de los padres. Se va al País de las Maravillas donde parece haber muchos otros como ella: ni buenos ni malos pero tampoco muy cuerdos. En el País de las Maravillas puede hacerse grande o chica sin la mirada paterna. El mundo sin padres es el mundo propio.

Fantasía, Oz, Nunca Jamás, Narnia, el País de los Juguetes al que se va Pinocho, la Isla de Jackson, Therabitia, la isla donde naufragan los niños de El señor de las moscas… son mundos sin padres y sin bordes. El viaje es al centro de uno mismo.

Los mapas de estas tierras no están delimitados por los padres y se ensanchan aún después de cerrar el libro: cuando el niño lleva a sus juegos esos mundos.

La naturaleza de estos lugares es el desastre.

Un reflejo del desastre interior, quizás, del caos constante, pero con belleza, con humor, con aventura, con misterio. En los mundos sin padres no existe: Siéntate, pórtate bien, haz la tarea, sé responsable, sé bueno. Pinocho no se cansa de portarse mal. Arriesga la vida y hasta se muere. Pinocho también tiene su muerte simbólica cuando El Zorro y el Gato lo cuelgan de un árbol. Wendy es derribada por una flecha que le lanzan los niños perdidos cuando llega volando a Nunca Jamás. Todos creen que ella ha muerto pero de pronto se levanta porque la flecha ha dado justo en el dedal que lleva colgado en el pecho. ¿Podría una niña sobrevivir a una caída tan larga por la madriguera? ¿Y a Dorothy arrebatada de sus tíos por un tornado? Los mundos sin padres son tierras de fantasmas. Los huérfanos tienen sombra de fantasmas, mueren como sus padres. Se van a ese otro mundo posible donde hay una nueva vida. No mueren para reencontrarse con ellos, mueren para ser como ellos y tener su propia historia.

“Ante una novedad los niños siempre están dispuestos a abandonar a sus seres más queridos”, escribe Barrie en Peter Pan.

Son los mundos de la inquietud, de la pregunta, se abren como si se abriera una grieta en la tierra, una madriguera, y los huérfanos entran, caen, naufragan en ese espacio necesario.

Como en la novela de Frances Hodson Burnett, El Jardín Secreto. El jardín es el refugio para otra niña huérfana, Mary. Una epidemia de cólera en la India colonial mató a sus padres y ella es enviada al Reino Unido a vivir con un tío viudo y con un hijo enfermo, en una lujosa mansión. Pero el ambiente es asfixiante y mórbido, representa lo familiar convertido en opresivo, lo siniestro que describía Freud.

Es también el Dios Padre que castiga y expulsa del paraíso a su propia creación. Como la madre de Homshuk o la madre de Peter que le cierra la ventana o el padre de Huck que intentó matarlo. A la tierra sin padres se va por decisión propia o porque no quede de otra.

Y son dos deseos que se conjuntan: el deseo del niño de una vida mejor y una especie de deseo del mundo que llama, como El País de los Juguetes. En La historia interminable de Michael Ende, Bastián, huérfano de madre, lee y va transformando su espacio hasta que a la historia no le queda otra más que conducirlo a él también a ese mundo. Es el libro el que lo jala. Lo que hace girar estos territorios fantásticos es la curiosidad, el deseo de exploración y la conquista de esa historia propia, secreta.

En Fantasía, podrá, con Atreyu y Fújur, el dragón blanco de la suerte, salvar el mundo de todos los huérfanos que necesiten leerlo.

 

12.

En los mundos sin padres, sin embargo, sí hay familias. El Principito en el asteroide B-612 cuida a su flor como si fuera una compañera de vida. Hansel tiene a Gretel y Blancanieves a los enanitos. Robinson naufraga pero encuentra a Viernes. Gulliver naufraga pero es adoptado por los liliputienses. Viernes es a Robinson lo que Huckleberry a Tom. Los liliputienses son a Gulliver como los niños perdidos, Wendy y sus hermanos a Peter Pan.

La orfandad es simbólica también, en la medida en que nadie es huérfano en los libros. La familia imaginada surge cuando el huérfano que se va se encuentra con los otros huérfanos que se fueron. El lector descubre entonces que hay otros como él con los que construir la ficción. Es habitual que se formen familias, pandillas, entre niños o jóvenes, o personajes en una condición similar; como lo es habitual en la vida real.

La familia imaginada es la que Dorothy hace con el espantapájaros, el león y el hombre de hojalata, otros seres incompletos como ella. Uno quiere inteligencia, otro valor, otro un corazón y Dorothy su hogar de vuelta.

Son tan dúctiles y abiertas las familias imaginadas que Christopher Robin es capaz de formarse la suya con animales de juguete. El muñeco pareciera otro huérfano como él, que necesita ser adoptado también.

Y también cuentan los animales de verdad: como Toto o Fújur el dragón blanco de la suerte. Heidi tiene a su abuelo, a Pedro, a Clara, pero también a su cabra copio de nieve. Mowgli se inventa una familia con lobos, osos y panteras, también Tarzán con los monos.

Matilda se queda al final con la persona que ella más quiere, con la que puede compartir lecturas: su maestra. Homshuk tiene a su tíos los animales: el Tío Murciélago, el Tío Tlacuache, y también el Tío Conejo, las Tías Iguanas.

Las familias imaginadas a veces se anuncian desde el título del libro, como la de Frodo, un hobbit huérfano. La primera entrega de la saga de El señor de los Anillos se titula: La Comunidad del Anillo. Pasa lo mismo con Harry Potter y la Orden del Fénix. La familia imaginada tiene forma, en la novela más contemporánea, de “personaje colectivo”.

El personaje colectivo conforma a una especie de personaje unitario que se marcha, emprende la aventura, pero en conjunto. Cada personaje del conjunto representa un aspecto distinto que le da complejidad y completud al personaje colectivo: Hermione es la calculadora y racional, Ron es la acción y el impulso y Harry Potter el punto medio que equilibra las dos fuerzas con nobleza. Frodo no hubiera podido destruir el anillo sin la ayuda de Sam y sin Gandalf.

Esta construcción de identidad a través de los otros es el motor de la ficción.

Octavio Paz lo dice así en su poema Piedra de Sol:

Para que pueda ser, he de ser otro

Salirme de mí, buscarme entre los otros

Los otros que no son si yo no existe

Los otros que me dan plena existencia.

Es decir que el huérfano no compensa su orfandad en solitario, su orfandad posibilita una fantasía donde hay otros.

huck jim tomCuando Huckleberry Finn se escapa y llega a la Isla de Jackson, ahí se encuentra a un esclavo negro, Jim, que ha huido igual que él, y emprenderán juntos un viaje por el Misisipi. Huck ayudará a Jim a alcanzar las tierras libres. Al final se reunirá con ellos Tom Sawyer y juntos imaginarán varias vías de escape para Jim. Dorothy y sus amigos van a ver al mago porque todos comparten un deseo.

Más que los lazos de sangre, lo que constituye a una familia es la posibilidad de imaginar juntos. Cuando empezamos esta charla y nos fuimos todos a la selva, quería que experimentáramos eso.

Lo que conjuga a una familia es la imaginación. La lectura y la imaginación hacen posibles muchas familias.

Vuelvan a ver crecer las ceibas y los amates, miren la cascada de helechos que cubre la pared derecha y las lianas que caen desde el barandal del segundo piso. Cuidado si una enredadera quiere sujetarse a su tobillo. Al imaginarnos juntos en esa selva hemos compartido lo que comparten todos los huérfanos que emprenden viajes con otros.

Por eso quizás el huérfano es un personaje literario que nos representa bien a todos. Porque todos somos huérfanos de lo que fuimos y todos somos personajes secundarios en los ojos de los otros. Pero la ficción nos permite ir al centro.

13.

Y, ¿realmente desea el niño, la niña que lee irse de casa? ¿Romper con su familia?

Un par de semanas después de la ronda de deseos con higos mágicos el niño que había pedido destruir todo el universo me pregunta si puede cambiar su deseo. Sí, le digo, y me informa que ahora solo destruirá algunos planetas y parte de la Tierra. Sobrevivirán sus papás y sus amigos.

Esto que parece gracioso es la negociación constante que los lectores hacen con su realidad y con la familia que les tocó.

Peter se queja de las madres porque cuando él quiso volver volando a su casa, su madre, había cerrado la ventana. Se queja de ellas pero desea que Wendy le cuente cuentos. La voz del relato es la voz de la madre, nos dice Michéle Petit.

¿Leerle a niños huérfanos relatos amorosos de padres e hijos? También. Todo huérfano, en la realidad y en la literatura, ya lo vimos, tiene padres en su imaginación.

Pinocho quiere ser un niño de verdad para aspirar a tener un padre de verdad.

¿A dónde se fue Homshuk después de matar a los brujos? Cruzó el mar en busca de su padre y lo encontró: su padre era el rayo negro. El rayo le pone pruebas y luego de pasarlas, Homshuk vuelve con su madre, la perdona por haberlo molido en el metate y le entrega el maíz para que ya nunca tenga hambre. Maíz de todos colores. Homshuk, niño y dios maíz, termina de contarnos Mary.

 

14.

Volví este año a Piedra Labrada en la Sierra de Santa Marta. Y ahí estaba Mary. No me contó ningún mito esta vez. O sí, el mito del príncipe azul. Ya casi tiene 13 años y estaba muy interesada en preguntarme por mi sobrino, que tiene su edad, y que vino conmigo al viaje. 

Pero había un rumor en la comunidad. Se decía que la madre de Mary iba a volver por ellos. Mary me lo dijo, y parecía molesta. No quería irse. ¿Para qué iba a verla? ¿Qué iba a decirle? Ella seguía llamando mamá a esa abuela que no la llamaba hija. Y cuidando a sus primos y al bebé que ya caminaba solo.

Pero finalmente su mamá llegó y se los llevó a su hermano y a ella. No vi ese reencuentro. Tampoco pude despedirme. Pero pienso en Wendy cuando vuelve a casa y abraza a su madre. Mary ya se había imaginado a muchas familias, como hicimos nosotros en esta charla, se había cantado a ella misma un padre y una madre con ese son de El buscapiés. Imagino que sí, tendrá muchas preguntas y miedos, será difícil, pero pienso que su madre, expulsada también de la Sierra por las condiciones de pobreza extrema, estaría feliz de volver al fin y abrazar a sus hijos. Porque la orfandad de los hijos también es la orfandad de los padres.

Mary tiene sus canciones y sus mitos, y adolescente y adulta estoy seguro que seguirá volviendo a ellos para compensar las carencias de su entorno familiar, pero también para imaginar su propia familia.

15.

Partir. Marcharse de golpe. Sin padres. Y luego volver con la familia real que tiene rasgos de la imaginada.

Quiero dedicar esta ponencia a todos los huérfanos, hijos y padres, que ha dejado la violencia de Estado y el crimen organizado en nuestro país. 

Lo que nos enlaza con los otros, más fuerte que la sangre, es un deseo común. Ir a ver al mago. Volar a Nunca Jamás. Navegar hacia la libertad por el Misisipi. Encontrar al padre imaginado y reunirse con la madre imaginada, como Homshuk y Mary.  

Consideremos la figura del huérfano y los mundos sin padres en la LIJ como una tradición tan vigente como el deseo de crecer. Los personajes huérfanos son un espejo más amplio para el lector. Acerquemos personajes huérfanos a los lectores, mostrémosles que ellos, como nosotros, no están solos, no estamos solos si imaginamos juntos.

Muchas gracias.

 

Ponencia presentada el 10 de noviembre en el XVIII Seminario Internacional de Fomento a la Lectura: Familas y lecturas: las conjugaciones posibles en el marco de la Feria Internacional de Libro Infantil y Juvenil 2015.  

Saqué de esta versión las referencias bibliográficas y notas al pie.

 

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27 Comentarios »

  1. Un viaje fascinante entre mundos imaginarios y reales. Escribes desde el detalle para lanzarte hacia la comparación. ¡Serás periodista, pero pareces etnógrafo!
    Una gozada

    • Muchas gracias, Anna. Se me escaparon muchos comentarios pero ahora los estoy leyendo. Qué bueno que ya estemos en contacto. Sí, algo de etnografía tiene esto, jeje, por lo menos para mí, tiene más sentido cuando llevamos estas prácticas a la vida real. El próximo año andaré por Munich y seguro me descuelgo a Barcelona. Ahí te paso un pequeño libro que publicaron con esta ponencia y una de Ana María Machado. Eso y platicar de la vida y los libros. ¡Abrazo grande!

  2. Leí con interés y agrado la ponencia. Además de argumentar las coincidencias de los huérfanos en la literatura (que en sí mismo es un trabajo de literatura comparada muy interesante), me parece muy útil enlazar este conocimiento con la realidad no ficticia; es decir con la vida infantil del dia a día.
    Gracias por compartir este conocimiento.

    • Muchas gracias, Jorge, por leer y comentar. Me interesa mucho hacer, precisamente, ese tipo de cruces, mostrar que los libros tienen un efecto real y responden a realidades concretas. La orfandad es un tema que me interesa seguir investigando. Seguramente este año algún otro artículo compartiré. Cualquier otra reflexión que quieras aportar, bienvenida. ¡Saludos!

  3. Uff!!
    Excelente, tuve el gusto de presenciar la ponencia por teleconferencia en León, Gto. Y me encanto, pude decir que fue de las mejores fui de viaje de una historia a otra y reconocí la trizte realidad con tantas personas en la actualidad en esa condición, peor aún, en manos de quien debe garantizarnos seguridad. Por fin tengo el gusto de encontrar el blog.
    Simplemente excelente!!!

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