Cuando el niño, pequeño, abre estos libros, abre la noche.

Se reconoce solo en el escenario oscuro, con las luces apagadas, sin público. Ya nadie le sonríe como un bobo solo porque es un niño. La mamá ya no dice su nombre ni lo persigue con la fruta picada. Nadie lo persigue. Nadie persigue a nadie en la noche. El alboroto de personas y objetos se detiene. Queda la incertidumbre, la amenaza, el silencio de las sábanas, en la cama abierta, sin topes, que es el libro. Ahí está él. Se mira en el papel del niño raptado por el Malo, en el tigre que vive bajo su cama, en el monstruo que se come los techos, en la leche derramada. Se siente perseguido.

No es verdad que nadie persigue a nadie en la noche. Alguien lo acecha. Quisiera ponerse a brincar para que saliera el día, pero se queda quieto. Espera. Pasan todos los terrores, todas las bestias. Pasa la página, jala la sábana, cierra el libro, se tapa.

Y, al fin, duerme.

tu no me vas a creer
Ilustración de Irene Savino. Tú no me vas a creer (Ediciones Ekaré, 2013).

 

Uno suele asociar la infancia con las palabras tiernas y los paisajes llenos de árboles. Y si eso es la infancia, así deben ser los libros para niños. ¿Hablar de torturas, de jaloneos, de abandono, de soledad? ¿Mostrar el lado monstruoso de lo inexplicable? Mejor no. Eso no es parte de la infancia. 

Por suerte existen libros que respetan la complejidad del niño y reconocen que la primera infancia también está llena de noches abiertas y frías, sin contacto ni miradas ni besos ni razones. Porque no puede haberlos siempre. Es así. 

Pero muchos especialistas, como Evelio Cabrejo, Joëlle Turin, María Emilia López, coinciden: los libros se inventaron para aligerar esas angustias, las buenas historias devuelven al niño una mirada que lo comprende, que no le oculta el desasosiego, las sombras, los terrores que siente.

Los libros a continuación (en mi opinión, obras maestras del libro álbum), encaran y “encarnan” el imaginario infantil y permiten a los lectores, desde muy pequeños, abrir y cerrar las noches tremendas de sus emociones. Y dejarlos, al final, con un sueño que, ese sí, se parece más al paisaje soleado, verde, azul, de la infancia que desearíamos todos.

 
 

TU NO ME VAS A CREER1Tú no me vas a creer, Jaime Blume Sánchez e Irene Savino

El libro para niños pequeños más poderoso y arriesgado que conozco para abordar los temores nocturnos. 

Mientras riegan juntos un jardín, en tonos pastel y trazos suaves, un pequeño revela a su madre la extrañísima y espantosa experiencia que vivió antenoche. Ella le dice que son sueños, pero él sigue hablando y ella escucha. Este orden del mundo en la historia: donde un niño habla y es capaz de expresar en primera persona lo que le pasa, y una madre escucha y da espacio al relato autobiográfico de la pesadilla, es ya un primer valor en el libro. Enmarca una relación de confianza donde caben los dos. Si la madre no escuchara, no habría libro. Ni niño. Ni miedo.

Pero hay libro, hay niño y hay mucho miedo. He leído esta historia a niños de 3 años y de 10, y todos se quedan callados, nerviosos, muy atentos. Algunos cierran los puños y se abrazan a un compañero. 

Cuando el pequeño relata que antenoche vino el Malo y se lo llevó para comérselo, se abre un nuevo registro en las ilustraciones: colores más intensos, paisajes complejos, cielos azules que se apagan, formas onduladas con crestas y filos; plastas de color recortadas sobre espacios blancos, que generan un paisaje surrealista, onírico, del rapto del niño. Es onírico pero sin ambigüedades. Las imágenes son directas, igual que los versos:

Me amarró con gruesas cuerdas,

me cubrió con negra capa,

y mientras todos dormían

me arrastró fuera de casa.

Así empieza la pesadilla. Luego hay una muerte, un caballo, trece lagartos azules, un saco y un rescate. La belleza y la musicalidad de cada verso contrasta con el contenido, y fascina: uno no quiere oír, pero no puede dejar de leer. Uno no quiere saber lo que va a pasarle al niño, pero es tan intrigante, suenan tan bien las palabras, que necesitamos pasar las páginas para descubrirlo. Porque el lector ha emprendido un viaje que necesita terminar.

Y sí, el final restaura el orden. Vuelven los colores de un pequeño edén lleno de árboles, y el Malo se aleja. La impactante historia se compensa bien con un desenlace envolvente, que cobija al lector con abrazos, colores cálidos y palabras dulces. Las editoras se toman su tiempo para hacerlo: son tres dobles páginas de recompensa en los brazos de la madre.

Si el Malo vuelve, el niño recuerda que tiene a alguien (y a un libro) que lo rescata. Que le cree.

 

Tengo miedoTengo miedo, Ivar Da Coll

La contundencia del título se corresponde página a página con una serie de monstruos, malvados y crueles, que develan temores e injusticias colectivas y dan universalidad al miedo nocturno que parecía exclusivo (e imaginario) del niño.

“Es hora de dormir”. Esa es la primera línea del texto. Podría ser el arranque de un cuento lleno de lugares comunes y buenos deseos, pero la frase descansa sobre una doble página que la resignifica: vemos dos árboles sin hojas ni pájaros, amoratados como el cielo, que casi rascan con sus ramas el techo de una casa, que se cierran sobre ella.

Luego Eusebio, pequeño y sumido en una cama grande, atrapado ya por la noche. No puede cerrar los ojos, se tapa con la sábana hasta la nariz, está atento, espera lo peor. Y de esa quietud llena de objetos que lo rodea surgen seis monstruos.

Eusebio escapa, sale de su casa, corre, se siente perseguido, cae, se esconde tras un árbol… hasta que finalmente llega a la casa de su amigo Ananías. Entonces, le cuenta por qué tiene miedo. Y su amigo, escucha, paciente. 

Los monstruos y fantasmas de Eusebio parecen ser los responsables de desastres naturales y sufrimientos sociales. Desplazamiento y migración, desaparición y violencia surgen cada vez que Eusebio describe a un monstruo, dan al relato otra dimensión, la de una realidad que puede ser monstruosa.

El diálogo entre lo que se dice con palabras y lo que se dice con imágenes tiene la solidez  y la precisión de un autor como Ivar Da Coll (Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil 2014), que escribe y dibuja. El texto no dice demás, las ilustraciones no resuelven todo ni son condescendientes. Los ojos de Eusebio y Ananías expresan inquietud. Los monstruos aparecen destruyendo casas, cazando gente, quemando pueblos, y luego maltratándose entre ellos: se pisan las caras, se jalonean, amarran a uno a un árbol.

Sin embargo, las formas redondeadas de los monstruos, sus manos y patas gordas, sus cejas pobladas y sus caras cachetonas suavizan e incluso enternecen para generar, también, cierta empatía con ellos, necesaria para el consuelo que le da Ananías a Eusebio. Los ojos de los monstruos cambian: primero miran dominantes y malévolos, luego infelices y miedosos. Le dicen al lector, y a Eusebio, con contundencia: “yo también”. 

Tengo miedo img9 

Duerme niño duermeDuerme, niño, duerme, Laura Herrera y July Macuada.

Del exterior llega la familia: la hermana, los abuelos, la tía, el padre. Van desfilando entre árboles, flores, lagos y campos. Aunque tienen un fondo oscuro y ventoso (es de noche), todos traen alguna luz y un bálsamo para serenar a José.

El niño no puede dormir. Se hace muchas preguntas. Tiene miedo de que todo se apague, y la calma no llegue, y la leche se derrame, y el violín no suene, y los jilgueros no canten. 

Pero el libro canta: es un arrullo contado. Va encadenando los versos y la imágenes con un ritmo que alterna la tranquilidad de los paisajes exteriores: abiertos, amplios, limpios, familiares; al paisaje interior de José, más dramático, que imagina todo fallido.

“No llores en la noche oscura”, le dice la madre a José. Las ramas del árbol ya solo tienen una hoja. José abraza a un conejo de peluche. Es de noche, pero siempre hay una luz.  

Libro ganador del Premio Fundación Cuatrogatos 2015.

 

¡Scric scrac bibib blub!, Kitty CrowtherScric scrac bibib blub

Escucha, escucha, escucha. Los goteos, burbujeos, chapoteos que en la noche silenciosa del estanque se magnifican. Este es el punto de partida para que la rana de esta historia no pueda dormir. Insistirá tanto en los ruidos que escucha, que el papá irá a dormir con ella y, entonces, él escucha también. Y sabe que su hijo decía la verdad.

Que el padre resuelva y acompañe la incertidumbre del niño, y no la madre, es la primera singularidad que se agradece en el libro. Después está otra vez la mirada compartida, la empatía y la confirmación de que lo que escucha el pequeño sí existe. El miedo tenía una fuente real. 

La fantástica autora de este libro, ganadora del Premio Astrid Lindgren, es experta en escribir y dibujar historias conmovedoras, que marcan al lector, que respetan al niño. Una extrañeza lo poco que se conoce y se publica en Hispanoamérica. 

 

Tigres de la otra nocheTigres de la otra noche, María García Esperón y Alejandro Magallanes.

Aquí la noche existe solo para que un tigre viva bajo una almohada, y con él, el lector salte a otras horas del día.

Tigre, / dame una manita de gato. / Quiero salir / a probar ese mundo/ a la carrera. / No podría hacerlo sin ti.

Afuera, dice el niño, están los chicos grandes, las materias desconocidas, la maestra y los policías: todo lo que le asusta.

No quiero tu piel, / ni tus colmillos, / ni siquiera tu rugido / metido en un pañuelo. / Si acaso, / tigre mío, / quiero una mano, / una manita de gato. 

No hay un adulto. Es el niño que imagina solo la fabulosa vida del tigre.

La poesía de García Esperón, juguetona, inteligente, explora en las metáforas de un mundo habitado por el tigre y dibujado por el niño: las rayas son la piel del cuaderno escolar, la noche es de Bengala, los zarpazos de humo, la cama es la hoja de papel… Las ilustraciones de Magallanes exploran magistralmente ese universo, con materiales y texturas que enriquecen aún más el poema (ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2005).

Encendí la vara de luz / y se hizo el tigre. / Iluminado, / duró lo que un regocijo. / Quedó dibujado en la noche / mucho rato. / Hasta que para despedirse / dio un zarpazo / de humo. 

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