Celebramos a los niños y niñas emancipados, que logran liberarse de las opresiones adultas o resistir, aguantar (ahora todavía más)… aunque sea en los cuentos. Como el pequeño elefante al que todos le pegan por hacerse preguntas: “Mi papá me ha pegado, mi mamá me ha pegado; todas mis tías y todos mis tíos me han pegado por mi curiosidad insaciable”, dice, y se irá de casa para encontrar la respuesta a una gran incógnita y luego obtener su revancha.

O como Jim, el niñito malo que tiene una vida encantadora a pesar de que hace cosas horribles. Una afiladísima crítica a doble moral de nuestras sociedades y a los libros infantiles que recetan lecciones, un embate a las instituciones que aparecen retratadas en esos libros como dogma, perfectas e intocables (Familia, Escuela, Iglesia, Estado, etc) y que no son más que una fachada de realidades muy distintas. La mamá de Jim es una peor señora del mundo, su maestro y un juez de paz no parecen mejores, ¿por qué habría de ser diferente Jim? El estilo paródico, con un tono devoto y muy exaltado son, además, divertidísimos.

Finalmente, un cuento en el que Conradín, un niño enfermizo, vive casi siempre encerrado, bajo el yugo de una prima adulta (“oprimido por su tiranía asfixiante”), otra defensora de las buena costumbres y la “respetabilidad” que puertas adentro es ruin y cruel.

Este niño, “sin su imaginación, desenfrenada y alimentada por la soledad, hubiera sucumbido mucho tiempo antes”. Logra sobrevivir a su tía… y mucho más que eso. Algunos consideran este relato un clásico de terror.

En esta segunda entrega de la serie El cuento del cuento (aquí la primera), otras tres ficciones desobedientes e infalibles, de Rudyard Kipling, Mark Twain y Saki, que incluí originalmente en la antología La hoguera de bronce (Secretaría de Cultura, 2017). Hay quienes hablan de tiranías infantiles. Para mí no cabe duda de que si realmente existen, son la excepción a la regla. Confío que estas historias, políticamente incorrectas según el estatuto adulto, harán sentir más comprendidos, menos solos, a lectores niños, niñas y jóvenes… y a todo el que se sienta oprimido.  

#QuédateEnCasaLeyendo #YoMeQuedoEnCasaLeyendo

 

El Hijo del Elefante

de Ruyard Kipling (1865-1936).

 

El cuento del cuento: Llega la hora de acostarse en casa de la familia Kipling, en El Cabo, Sudáfrica. Josephine, Elsie y John escuchan atentos a su padre, Rudyard, antes de dormir. A él le encanta inventarles cuentos -e ilustrarlos-, y es el primero en carcajearse con sus propias ocurrencias: “En tiempos pasados, el elefante tenía una nariz negruzca y gorda, tan grande como una bota”. Mientras cuenta, las niñas le hacen sugerencias que él va incorporando a la narración. John apenas tiene un año, pero se ríe con su padre. 

De aquellas noches surgió un libro lleno de explicaciones originales que el escritor Rudyard Kipling publicó en 1902: Los cuentos de así fue como. “Y así fue como le salió la joroba al dromedario, y así fue como se arrugó la piel del rinoceronte, y así fue como se llenó de manchas el leopardo…”

El cuento que leerás forma parte de ese libro. En él, un pequeño elefante, que pregunta mucho (tiene una “curiosidad insaciable”) y es golpeado por los adultos cada vez que lo hace, se va de casa para intentar responder, por su cuenta, lo que más lo inquieta: “¿qué cenan los cocodrilos?” 

Descúbrelo y escucha cómo Rudyard te narra, igual que hacía con sus hijos, por qué a los elefantes les creció la nariz. Muchos autores se inspiran en sus propios hijos o en niños o niñas cercanos para escribir. También Lewis Carroll escribió Alicia en el País de las Maravillas para alegrar a una niña, y Robert Louis Stevenson imaginó La isla del tesoro luego de que su hijastro dibujara un mapa del tesoro.

Kipling, quien en 1907 ganó el Premio Nobel de Literatura, nació y vivió hasta los seis años en India, un país de mitos y naturaleza exuberantes por el que escribió El libro de la selva. Ahí incluye, por primera vez, una de sus explicaciones curiosas. Hathi, el elefante, le cuenta a Mowgli cómo al tigre le salieron rayas. Veamos a continuación cómo fue que a los elefantes les creció una trompa.

Ilustración de Liz Medrano.

El cuento: En los buenos y remotos tiempos, queridos míos, el Elefante no tenía trompa. Sólo tenía una nariz oscura y protuberante, grande como una bota, que podía mover de un lado a otro, pero con la que no podía alzar cosas. Sin embargo, había un Elefante, un nuevo Elefante, el Hijo del Elefante, cuya curiosidad era insaciable, lo que quiere decir que siempre hacía muchas preguntas. Vivía en África y abarcaba toda África con su curiosidad insaciable. Le preguntaba a su alta tía, el Avestruz, por qué las plumas de la cola le crecían así, y su alta tía, el Avestruz, le pegaba con su durísima garra. Le preguntaba a su alto tío, la Jirafa, por qué tenía manchas en la piel, y su alto tío, la Jirafa, le pegaba con su durísima pezuña. ¡Pero aun así tenía una curiosidad insaciable!  Le preguntaba a su gorda tía, la Hipopótama, por qué sus ojos eran rojos, y su gorda tía, la Hipopótama, le pegaba con su gordísima pezuña. Le preguntaba a su peludo tío, el Babuino, por qué los melones sabían así, y su peludo tío, el Babuino, le pegaba con su peludísima pata. ¡Pero aun así tenía una curiosidad insaciable! Hacía preguntas sobre todo lo que veía, escuchaba, sentía, olía o tocaba, y tanto sus tías como sus tíos le pegaban. ¡Pero aun así sentía una curiosidad insaciable!

Una hermosa mañana, en medio de la precesión de los equinoccios, el siempre curioso Hijo del Elefante hizo una gran pregunta que nadie se había hecho antes. Preguntó: “¿Qué cenan los cocodrilos?” Entonces todo mundo respondió: “¡Shhh!”, en un tono grave y temeroso, y le pegaron de inmediato y directamente, sin pausa, durante mucho tiempo.

Poco después, cuando la paliza terminó, el Hijo del Elefante se encontró con el Pájaro Kolokolo, que estaba sentado en medio de un arbusto espinoso, y le dijo:

—Mi papá me ha pegado, mi mamá me ha pegado; todas mis tías y todos mis tíos me han pegado por mi curiosidad insaciable, pero yo de todos modos quiero saber ¡qué cena el cocodrilo!

El Kolokolo respondió, con tono afligido:

—Ve a las orillas del gran río Limpopo, que es verde grisáceo y grasoso, y empieza donde están los árboles de la fiebre; ahí lo averiguarás.

A la mañana siguiente, cuando ya no quedaba nada del equinoccio, porque la precesión había precedido según lo precedente, este insaciable Hijo del Elefante se llevó cuarenta y cinco kilos de plátanos (de los rojos y chiquitos), cuarenta y cinco kilos de cañas (de las largas y moradas) y diecisiete melones (de los verdes y crujientes), y les dijo a todos sus queridos familiares:

—Adiós. Me voy al gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, que empieza donde están los árboles de la fiebre, para averiguar qué cena el cocodrilo —y todos le volvieron a pegar, una vez, por suerte, porque les pidió amablemente que se detuvieran.

Luego se fue, un poco acalorado, pero sin que le importara, comiendo melones y tirando la cáscara, pues no podía recogerla. 

Se fue de Ciudad Graham a una llamada Kimberley, y de Kimberley al país de Khama; de Khama se fue al noreste, comiendo melones sin parar, hasta que por fin llegó a las orillas del gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, que empieza donde están los árboles de la fiebre, tal como dijo el Pájaro Kolokolo.

Ahora deben saber y entender, queridos míos, que, hasta esa semana, día, hora y minuto, este insaciable Hijo del Elefante nunca había visto un cocodrilo y no sabía cómo era, pero sentía una curiosidad insaciable.

A la primera que se encontró fue a una Serpiente Pitón de Roca Bicolor, enroscada, precisamente, en una roca.

—Perdone —le dijo el Hijo del Elefante amablemente—, ¿ha visto a un cocodrilo por estas extrañas tierras?

—¿Que si he visto a un cocodrilo? —preguntó a su vez la Serpiente Pitón de Roca Bicolor con voz de desprecio—. ¿Qué otra cosa me vas a preguntar?

—Perdone —repitió el Hijo del Elefante—, ¿podría decirme qué cena el cocodrilo?

La Serpiente Pitón de Roca Bicolor se desenroscó muy rápido de la piedra y azotó al Hijo del Elefante con su cola escamosa, que era como un látigo.

—¡Qué cosa! —dijo el Hijo del Elefante—, porque mi padre y mi madre, y mi tía y mi tío, sin olvidar a mi otra tía, la Hipopótama, y a mi otro tío, el Babuino, todos me han pegado por mi curiosidad insaciable… supongo que esto es lo mismo.

Así que se despidió muy educadamente de la Serpiente Pitón de Roca Bicolor, la ayudó a enroscarse otra vez en la roca, y siguió su camino, un poco acalorado y sin asombrarse, comiendo melones y tirando la cáscara, pues no podía recogerla, hasta que pisó lo que le pareció ser un tronco en la orilla misma del gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, que empieza donde están los árboles de la fiebre. Pero en realidad era un cocodrilo, queridos míos, y el Cocodrilo le guiñó un ojo… ¡Así!

—Perdone —le dijo el Hijo del Elefante muy amablemente—, ¿de casualidad ha visto a un cocodrilo por estas extrañas tierras?

Entonces el Cocodrilo le guiñó el otro ojo y levantó la mitad de su cola, que estaba enterrada en el lodo. El Hijo del Elefante retrocedió muy educadamente, pues no quería que le pegaran más.

—Ven aquí, pequeño —le pidió el Cocodrilo—, ¿por qué haces esas preguntas?

—Perdone —dijo el Hijo del Elefante muy amablemente— pero mi padre me pegó, igual que mi madre, sin olvidar a mi alta tía, el Avestruz, y mi alto tío, la Jirafa, que patea durísimo, así como mi gorda tía, la Hipopótama, y mi peludo tío, el Babuino, incluyendo a la Serpiente Pitón de Roca Bicolor, que tiene la cola espinosa y como látigo, y está allá, al principio del río, y pega más fuerte que cualquiera de los otros; ¿qué tal que pasa lo mismo con usted? No quiero que me peguen más.

—Ven aquí, pequeño —le pidió el Cocodrilo—, porque yo soy el Cocodrilo —y lloró lágrimas de cocodrilo para demostrarle que era verdad.

Entonces el Hijo del Elefante se quedó sin aliento, jadeaba, se arrodilló en la orilla y dijo:

—Usted es la mismísima persona que he estado buscando durante todos estos largos días. ¿Me diría, por favor, qué le gusta cenar?

—Ven aquí, pequeño —le pidió el Cocodrilo—, y te lo diré al oído.

El Hijo del Elefante acercó su cabeza a la boca almizclada y colmilluda del Cocodrilo, entonces éste lo atrapó por la nariz, que hasta esa semana, día, hora y minuto no había sido más grande que una bota, aunque mucho más útil que una.

—Creo —dijo el Cocodrilo, y lo dijo entre dientes, así—, ¡creo que hoy empezaré con el Hijo del Elefante!

El Hijo del Elefante estaba muy molesto, queridos míos, y dijo, hablando por la nariz, así: 

—¡Suéltebe, be lastiba!

La Serpiente Pitón de Roca Bicolor se arrastró de pronto hasta donde estaban y dijo:

—Mi joven amigo, si no tiras ahora mismo, en este instante, de inmediato, tan fuerte como puedas, me parece que tu conocido del abrigo largo de piel —se refería al Cocodrilo— te arrastrará hacia la corriente límpida antes de que puedas gritar “¡auxilio!”

Así hablan siempre las Serpientes Pitón de Roca Bicolor. El Hijo del Elefante se sentó sobre su traserito y jaló, jaló y jaló, hasta que su nariz empezó a estirarse. El Cocodrilo forcejeaba dentro del agua, daba coletazos que la revolvían y hacían espuma, y jalaba, jalaba y jalaba.

La nariz del Hijo del Elefante siguió estirándose, y el Hijo del Elefante se alzó sobre sus cuatro patas y jaló, jaló y jaló, y su nariz siguió estirándose; mientras el Cocodrilo movía la cola como un remo y jalaba, jalaba y jalaba. Cada vez que jalaba, la nariz del Hijo del Elefante se estiraba más y más, ¡le dolía muchísimo! Entonces el Hijo del Elefante sintió que sus patas se resbalaban, y gritó con la nariz, que ya casi medía metro y medio:

—¡Do puedo mád!

La Serpiente Pitón de Roca Bicolor se volvió a acercar y se enroscó dos veces alrededor de las patas traseras del Hijo del Elefante, y le dijo: 

—Viajero inexperto e imprudente, deberíamos enfocarnos seriamente en ejercer más resistencia, pues si no lo hacemos, me parece que este guerrero autopropulsado de blindada armadura superior —se refería, queridos míos, al Cocodrilo— arruinará sin remedio tu futuro. 

Así hablan siempre las Serpientes Pitón de Roca Bicolores. 

La Serpiente jaló, y el Hijo del Elefante jaló, y el Cocodrilo jaló, pero el Hijo del Elefante y la Serpiente Pitón de Roca Bicolor jalaban más fuerte. Al final el cocodrilo soltó la nariz del Hijo del Elefante con un ¡splash!, que se escuchó por todo el Limpopo. 

El Hijo del Elefante se dejó caer, pero antes tuvo el cuidado de darle las gracias a la Serpiente Pitón de Roca Bicolor, después se frotó su pobre nariz jaloneada, la envolvió con hojas de plátano frescas y la metió en el gran Limpopo, verde grisáceo y grasoso, para enfriarla.

—¿Por qué haces eso? —preguntó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor.

—Perdone —respondió el Hijo del Elefante—, pero mi nariz quedó muy deformada y estoy esperando que se encoja.

—Entonces tendrás que esperar mucho tiempo —dijo la Serpiente Pitón de Roca Bicolor—. Algunas personas no saben lo que es bueno para ellas.

El Hijo del Elefante se quedó sentado ahí durante tres días, esperando a que su nariz se encogiera. Pero no se achicó ni un poquito, sólo lo hacía ponerse bizco. Como verán y entenderán, queridos míos, el Cocodrilo la había jalado hasta convertirla en una verdadera y auténtica trompa, igual a la que tienen ahora los elefantes. Al final del tercer día llegó una mosca y le picó el hombro, y antes de que se diera cuenta, levantó su trompa y la aplastó con la punta.

—¡Ventaja número uno! —contó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor—. No podrías haber hecho eso con el intento de nariz que tenías. Ahora come un poco. 

Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, el Hijo del Elefante estiró la trompa y arrancó un gran manojo de pasto, lo sacudió sobre sus patas delanteras y lo introdujo en su boca.

—¡Ventaja número dos! —contó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor—. No podrías haber hecho eso con el intento de nariz que tenías. ¿No crees que el sol quema mucho aquí?

—Sí —afirmó el Hijo del Elefante, y antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, aspiró un poco de lodo de la orilla del gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, y se lo echó sobre la cabeza, donde se hizo una gorra fangosa, chorreante y muy refrescante que se le escurrió por detrás de las orejas.

—¡Ventaja número tres! —contó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor—. No podrías haber hecho eso con el intento de nariz que tenías. Y ahora, ¿qué sentirías si te volvieran a pegar? 

—Perdone —dijo el Hijo del Elefante—, pero no me gustaría nada.

—¿Te gustaría pegarle a alguien? —le preguntó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor.

—Me gustaría bastante, de hecho —le respondió el Hijo del Elefante.

—Bueno —le explicó la Serpiente Pitón de Roca Bicolor—, te darás cuenta de que tu nueva nariz es muy útil para pegarle a la gente.

—Gracias —dijo el Hijo del Elefante—, lo recordaré. Ahora creo que me iré a casa con mis queridos familiares para probarlo.

Así que el Hijo del Elefante atravesó África para llegar a casa, sacudiendo y jugueteando con su trompa. Cuando quería fruta para comer la jalaba de un árbol, en lugar de esperar a que cayera, como antes. Cuando quería pasto lo arrancaba del suelo, en lugar de arrodillarse como antes. Cuando las moscas le picaban, rompía la rama de un árbol y la usaba como matamoscas; además se hacía gorras fangosas, chorreantes y muy refrescantes siempre que el sol quemaba. Cuando se sentía solo caminando por África se cantaba a sí mismo con su trompa y el ruido que hacía era más fuerte que el de varias bandas de metales. 

Se desvió de su camino para ir tras un gordo hipopótamo (que no era pariente suyo), y le dio un trompazo muy fuerte para corroborar que la Serpiente Pitón de Roca Bicolor hubiera dicho la verdad sobre el poder de su nueva trompa. El resto del tiempo fue recogiendo las cáscaras de melón que había dejado camino al río Limpopo, pues él era un paquidermo limpio.

Una noche oscura llegó con sus queridos familiares, enroscó su trompa y dijo: 

—¿Cómo están?

Estaban muy contentos de verlo, pero dijeron de inmediato:

—Ven para que te peguemos por tu curiosidad insaciable.

—¡Bah! —dijo el Hijo del Elefante—. No creo que ustedes tengan la más mínima idea de lo que es pegar, pero yo sí y se los demostraré.  

Entonces desenroscó su trompa y de un golpe dejó patas arriba a dos de sus queridos hermanos. 

—¡Santas bananas! —exclamaron—, ¿dónde aprendiste ese truco y qué le hiciste a tu nariz? 

—El Cocodrilo de las orillas del gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, me dio una nueva —les contó el Hijo del Elefante—. Le pregunté qué cenaba y me la dejó así de recuerdo.

—Se ve muy fea —dijo su peludo tío, el Babuino.

—Sí —dijo el Hijo del Elefante—, pero es muy útil —y levantó a su peludo tío, el Babuino, por una de sus peludas piernas, y lo aventó hacia un panal de avispas.

Luego ese malcriado Hijo del Elefante les dio de trompazos a todos sus familiares durante una buena temporada, hasta que quedaron muy acalorados y estupefactos. Le arrancó a su alta tía, el Avestruz, las plumas de la cola; y tomó a su alto tío, la Jirafa, de la pata trasera, para arrastrarlo hacia un arbusto espinoso; y le gritó a su gorda tía, la Hipopótama, y le hizo burbujas dentro del oído cuando dormía bajo el agua después de comer. Pero no dejó que nadie tocara al Pájaro Kolokolo.

Al final la situación llegó a interesarles tanto a sus queridos familiares que se fueron, uno por uno, a las orillas del gran río Limpopo, verde grisáceo y grasoso, que empieza donde están los árboles de la fiebre, para que el Cocodrilo les diera narices nuevas. Cuando regresaron ya nadie le pegó a nadie nunca más.

Desde ese día, queridos míos, todos los elefantes que verán y todos los que no verán, tienen trompas iguales a la trompa del Hijo del Elefante, cuya curiosidad era insaciable.

 

La historia del niñito malo que tuvo una vida encantadora 

de Mark Twain (1835-1910).

 

El cuento del cuento: “¡Sam!, ¡Sam!, ¡diablo de chico! ¿Dónde estás? ¡Sam! ¡Ven aquí!”, grita la madre de Samuel Langhorne Clemens, alias Mark Twain. Nadie responde. Para encontrarlo debería ir cerca del río, donde pesca con su amigo Tom, o al interior de una cueva, donde desentierra un tesoro o intercambia dos trozos de vidrios de colores por una rana muerta. Sam no volverá a casa a la hora indicada ni estará limpio cuando deban ir a la iglesia.

A Mark Twain le aburrían los niños que se portaban bien y las historias que daban cuenta de ellos. Prefería a los vagos y a los revoltosos; con ellos se identificaba. Por eso escribió las aventuras de dos grandes amigos y embusteros: Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Pero diez años antes de ellos, en 1865, publicó en una revista una historia irónica donde se burlaba de los cuentos religiosos que daban lecciones de conducta y bondad a niños y jóvenes. “La historia del niñito malo que tuvo una vida encantadora” retrata a un pequeño rufián que no recibe castigos divinos por su mal comportamiento, al contrario, le va de maravilla.

Cinco años después publicó “La historia del niñito bueno que no prosperó”, donde describe todas las desgracias que le ocurren a un pequeño muy educado y obediente.

Igual que su contemporáneo Saki, Twain no quería sermonear a nadie, al contrario, recordaba al niño y joven rebelde que había sido él. Por eso, todavía hoy, y en contra de las tendencias, su literatura es tan provocadora como sus personajes.

Buscador de oro, piloto de barcos de vapor, patrocinador de inventos imposibles, humorista, periodista y hasta adivino (pues predijo el año de su muerte): ése fue Mark Twain, gran defensor de malcriados.

 

El cuento: Había una vez un niñito malo que se llamaba Jim, aunque, si prestas atención, verás que los niñitos malos casi siempre se llaman James en los libros de escuela dominical. Era raro que éste se llamara Jim, pero no por ello menos cierto.

Tampoco tenía una madre enferma. Una madre enferma y piadosa, con tuberculosis, que hubiera sido feliz en la tumba, descansando, si no fuera por el gran amor que profesaba a su hijo, y la preocupación de que el mundo fuera duro y frío con él cuando ella se hubiera ido. La mayoría de los niños malos en los libros de escuela dominical se llaman James, y tienen madres enfermas, quienes les enseñan a decir: “Ahora, me voy a acostar…”, etcétera, y les cantan para que se duerman con voces dulces y lastimeras, luego les dan el beso de las buenas noches, se arrodillan al borde de la cama y lloran. Pero con este niño era diferente. Se llamaba Jim, y a su madre no le pasaba nada, no tenía tuberculosis ni nada parecido. Era más bien grandota, y no era piadosa; es más, no le preocupada nada la vida de Jim. Decía que si él se rompía el cuello no iba a ser una gran pérdida. Azotaba a Jim para que se durmiera, siempre, y nunca le daba el beso de las buenas noches, por el contrario, le jalaba las orejas antes de irse.

Una vez este niñito malo se robó la llave de la despensa, y se metió y se sirvió algo de mermelada, y luego rellenó el frasco con brea para que su madre no notara la diferencia. No lo invadió un sentimiento terrible en ese momento ni nadie pareció susurrarle: “¿Es correcto desobedecer a tu madre? ¿No es pecado hacer esto? ¿Adónde van los niñitos malos que se tragan la mermelada de sus buenas y amorosas madres?” Tampoco se arrodilló y prometió que no volvería a ser malvado nunca, ni se levantó con un corazón liviano y feliz y le fue a contar a su madre lo que había hecho, y le rogó que lo perdonara y lo bendijera con lágrimas de orgullo y agradecimiento en los ojos. No, así pasa con todos los otros niños malos de los libros, pero, extrañamente, no pasó así con este Jim. Se comió la mermelada, y dijo que estaba bien sabrosota, en su manera pecaminosa y vulgar de hablar; puso la brea en el frasco y se dijo que también estaba bien sabrosota; se rio y pensó que “la vieja resoplaría como un toro del coraje” cuando se diera cuenta; y cuando ella se dio cuenta, él dijo que no sabía nada de eso, y ella le dio unos azotes severos y él se puso a llorar. Todo sobre este niño era curioso, todo era distinto a lo que pasaba con los malos llamados James de los libros.

Una vez se trepó al manzano del granjero Acorn para robar manzanas, pero la rama no se quebró, ni él se cayó, ni se rompió el brazo, ni lo atacó el gran perro del granjero, ni languideció en una cama de enfermo durante semanas, ni se arrepintió ni se volvió bueno. ¡Ah, no!, se robó tantas manzanas como quiso y bajó del árbol en perfecto estado; y estaba preparado para el perro: lo golpeó con un ladrillo cuando quiso atacarlo. Era muy extraño, nunca pasó nada como esto en esos lindos libritos con las encuadernaciones marmoleadas y las ilustraciones interiores de hombres con abrigos elegantes y sombreros redondos, y pantalones cortos de las piernas, y mujeres con las blusas apretadas y sin crinolina. Nada como esto sucedía en ninguno de los libros de las escuelas dominicales.

Una vez robó la navaja de bolsillo del maestro, pero cuando temió que lo descubrieran y le dieran unos azotes, la metió en la gorra de George Wilson, el hijo de la pobre viuda Wilson, el chico decente, el niñito bueno del pueblo, quien siempre obedecía a su madre, nunca decía una mentira, le gustaba ir a clases y adoraba la escuela dominical. Y cuando la navaja cayó de su gorra, el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como si se supiera culpable, y el sufrido maestro lo culpó del robo, y estaba a punto de azotar la vara sobre sus hombros temblorosos. En ese instante no apareció en el centro del salón un juez de paz de cabello blanco, ni con tono enérgico dijo: “Liberen a este niño noble, ¡ahí está el culpable y cobarde! Yo pasaba por la puerta de la escuela durante el recreo y, sin que me viera nadie, ¡presencié el acto cometido!” Y a Jim no lo azotaron, ni el venerable juez le leyó a la conmovida escuela un sermón, ni tomó a George de la mano, ni dijo que un niño como él debía premiarse, ni le pidió luego que fuera a ayudarlo a su casa, ni lo mandó a barrer la oficina, a encender la estufa, a llevar recados, a cortar madera, a estudiar leyes, a ayudar a su esposa con las labores del hogar, a jugar el resto del tiempo, a ganar cuarenta centavos al mes, a ser feliz. No, eso hubiera pasado en los libros, pero eso no fue lo que le pasó a Jim. Ningún viejo juez entrometido clamó por justicia y causó problemas, y George, el niño modelo, fue azotado, y Jim se alegró porque, ya sabes, Jim odiaba a los niños decentes, y exclamó “duro con la nenita”; así de grosero era el lenguaje de este muchacho malo y descuidado.

Pero lo más extraño que le ocurrió a Jim fue cuando salió a dar un paseo en barca un domingo, y no se ahogó; y esa otra vez en que un domingo pescando lo sorprendió una tormenta, pero no le cayó un rayo. ¿Por qué? Puedes buscar, y volver a buscar, en tus libros de la escuela dominical, desde ahora hasta navidad, pero nunca vas a encontrarte con algo como esto. Ah, no, te encontrarás con que todos los niños malos que salen en domingo a pasear en barca (cuando deberían estar en la iglesia), invariablemente se ahogan; y que a todos los niños malos que son sorprendidos por tormentas cuando salen a pescar en domingo, infaliblemente les cae un rayo. Las barcas que llevan niños malos a bordo siempre tienen contratiempos los domingos y siempre hay tormentas cuando los niños malos salen a pescar en domingo. ¿De qué manera se salvó siempre este Jim?, es un misterio para mí. 

Este Jim tenía buena fortuna, eso debía ser. Nada lo lastimaba. Incluso un día en el zoológico le dio al elefante tabaco para mascar, y el elefante no le golpeó la cabeza con la trompa. Estuvo curioseando en la alacena en busca de extracto de menta, y no se equivocó y bebió ácido nítrico. Robó la pistola de su padre y se fue de caza en domingo, y no se voló tres o cuatro dedos. Le dio un puñetazo a su hermanita en el templo porque estaba enojado, pero ella no agonizó durante los largos días de verano ni murió con dulces palabras de perdón en los labios, que duplicaran la angustia del destrozado corazón de Jim. No, ella se recuperó. Él se escapó y se fue al mar, y cuando regresó no se encontró triste y solo en el mundo, con sus seres queridos descansando en el silencioso cementerio ni la casa de su infancia en ruinas, cubierta de enredaderas y a punto de desplomarse. ¡Ah, no!, llegó a casa tan borracho como una cuba, y terminó en la comisaría.

Y creció y se casó, tuvo una gran familia, y una noche les partió la cabeza a todos con un hacha, y se volvió rico con todo tipo de engaños y estafas; y ahora es el villano más malvado, sinvergüenza y retorcido de su pueblo natal, donde es universalmente respetado y trabaja en la Cámara de Diputados. Así que como verás nunca hubo un James en los libros de la escuela dominical que tuviera tanta suerte y una vida tan encantadora como la del pecaminoso Jim.

 

Sredni Vashtar

de Saki (1870-1916).

El cuento del cuento. Conradín le reza a Sredni Vashtar, su dios animal, el que desata “el impaciente lado feroz de las cosas”. Ruega. Le pide un favor. Ya no aguanta la tiranía de su prima. Desea una cosa. Una sola.

Los cuentos de Hector Hugh Munro, alias Saki, son silenciosamente perturbadores. Cuando lees, sabes que algo fuera del orden común está pasando… que algo terrible sucederá.

Saki no idealiza la niñez ni la recubre con halos angelicales en su obra. Es más —y esto lo comparte con Mark Twain—,  utiliza un humor irreverente y tétrico, y no teme construir personajes que deseen vengarse de sus represores ni despertar el lado más feroz de las cosas. Como aquel cuento suyo donde un lobo se come a la niña más buena de todas.

En la historia de Conradín, el protagonista de “Sredni Vashtar”, parece que nada malévolo ocurre, pero la tensión aumenta en cada línea, igual que el resentimiento y la impotencia que Conradín siente por su desalmada prima.

Es muy probable que Saki haya experimentado frustraciones similares de niño. Su madre murió cuando él tenía dos años y fue criado por una abuela y unas tías puritanas, parcas y sumamente estrictas.

Empezó su carrera de escritor como periodista, pero es considerado un maestro del cuento corto. Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling fueron influencias importantes para él. Incluso escribió una versión paródica de Alicia en el país de las maravillas que se llama “Alicia en Westminster”, donde se burla de los políticos de su tiempo.

Hector Hugh Munro murió en una trinchera en la primera guerra mundial porque un soldado junto a él encendió un cigarrillo y el enemigo disparó hacia la luz. Dicen que sus últimas palabras fueron “¡Apaga ese maldito cigarro!”

Ilustración de Melhem Haddad.

 

El cuento: Conradín tenía diez años, y el doctor había diagnosticado que no viviría otros cinco. El doctor era blando y decrépito, no contaba mucho, pero su opinión era respaldada por la señora De Ropp, quien mandaba para casi todo. La señora De Ropp era la prima y tutora de Conradín, y a sus ojos representaba esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en antagonismo perpetuo con los anteriores, eran, en resumen: él y su imaginación. Conradín suponía que uno de esos días sucumbiría a la presión implacable de las cosas aburridas y necesarias, como la enfermedad, los mimos restringidos y la monotonía prolongada. Sin su imaginación, desenfrenada y alimentada por la soledad, hubiera sucumbido mucho tiempo antes.

Ni en sus momentos más honestos la señora De Ropp hubiera confesado que no le agradaba Conradín, aunque quizá se diera algo de cuenta de que impedirle hacer cosas “por su bien” era una tarea que no le parecía particularmente fastidiosa. Conradín la odiaba con una sinceridad desesperada, que era perfectamente capaz de ocultar. Las pocas diversiones que se inventaba ganaban algo de atractivo si había posibilidades de que disgustaran a su tutora. Del reino de su imaginación ella estaba desterrada, como un objeto impuro que no debía entrar.

En el jardín, aburrido y sombrío, acechado por tantas ventanas listas para abrirse con un mensaje de “no hagas esto o aquello”, o para recordarle que debía tomar las medicinas, encontraba poco entretenimiento. Los escasos árboles frutales habían sido celosamente podados de manera que él no pudiera arrancarles los frutos, como si fueran especímenes raros en un suelo árido; aunque probablemente hubiera sido difícil encontrar a un comprador de frutas que ofreciera diez chelines por toda la producción anual.

En un rincón olvidado, sin embargo, casi oculto detrás de unos arbustos lúgubres, había un cobertizo, un cuarto de herramientas abandonado, de buen tamaño, dentro del cual Conradín encontró un refugio que tenía los variados aspectos de un cuarto de juegos y de una catedral. Lo había habitado con una legión de fantasmas familiares, creados en parte de fragmentos de la historia y en parte de su propia mente, pero también se jactaba de tener dos huéspedes de carne y hueso. En una esquina vivía una gallina del Houdan, con su plumaje encopetado, a la que el niño dedicaba un afecto que difícilmente tenía otra salida. Más escondida en la penumbra había una conejera de madera dividida en dos compartimentos, uno de los cuales tenía al frente una cerrada hilera de barrotes de hierro. Ésa era la morada de un gran hurón salvaje que un simpático ayudante del carnicero había contrabandeado, con todo y conejera, a cambio de un pequeño tesoro de monedas de plata que Conradín había escondido durante mucho tiempo. Conradín le tenía pavor a esa bestia ágil de colmillos afilados, pero era su posesión más preciada. Su mera presencia en el cobertizo era una felicidad secreta y atemorizante al mismo tiempo, que debía ocultar escrupulosamente a La Mujer (como le decía en secreto a su prima).

Un día, sabe Dios de dónde, le inventó a la bestia un nombre maravilloso, y desde ese momento el gran hurón salvaje se convirtió en un dios y en una religión. 

La Mujer practicaba su religión una vez a la semana en una iglesia cercana, y llevaba a Conradín con ella, pero para él la misa era un rito extraño. Cada jueves, en el enmohecido y oscuro silencio del cuarto de herramientas, el niño oficiaba un ceremonial místico y elaborado ante la conejera de madera donde vivía Sredni Vashtar, el gran hurón. Flores rojas de temporada o moras escarlata en el invierno le eran ofrecidas en su santuario, pues era un dios que ponía atención especial en el impaciente lado feroz de las cosas. La religión de La Mujer, hasta donde Conradín había observado, atendía el extremo opuesto.

Para las fiestas mayores esparcía nuez moscada en polvo frente a la jaula. Tenía querobar la nuez moscada y eso daba más valor a la ofrenda. Las fiestas ocurrían irregularmente y su propósito era celebrar algún acontecimiento pasajero. En una ocasión, cuando la señora De Ropp sufrió un dolor de muelas agudo durante tres días, Conradín mantuvo el festival durante los tres días completos, y casi se convenció de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, el suministro de nuez moscada se le habría acabado. La gallina del Houdan nunca participaba en el culto a Sredni Vashtar. Conradín había establecido hacía mucho tiempo que ella era anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento de qué era un anabaptista, pero mantenía el deseo privado de que fuera algo intrépido y poco respetable. La señora De Ropp era la imagen y la razón por la que detestaba toda respetabilidad.

Después de un tiempo, las constantes visitas de Conradín al cobertizo empezaron a llamar la atención de su tutora. “No es bueno para él pasar ahí tanto rato sin importar el clima”, decidió rápidamente, y una mañana anunció en el desayuno que la gallina del Houdan había sido vendida y llevada la noche anterior. Con sus ojos miopes miró a Conradín. Esperaba un arranque de cólera y tristeza que estaba lista para reprimir con una serie de preceptos y razonamientos excelentes. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Quizás algo en su expresión muda y pálida le provocó a ella un poco de remordimiento, pues para el té de esa tarde hubo pan tostado en la mesa, una delicadeza que ella usualmente prohibía porque era malo para él; también porque hacerlo “causaba molestias”, una ofensa fatal para una mujer de clase media como ella.

—Pensé que te gustaba el pan tostado —exclamó, con un aire ofendido, al observar que él no lo tocaba.

—A veces —dijo Conradín.

Esa tarde, en el cobertizo, hubo una novedad en el culto al dios de la jaula. Como de costumbre, Conradín había cantado sus alabanzas, pero esa noche le pidió un favor.

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

No especificó qué cosa. Como Sredni Vashtar era un dios, se suponía que debía saberlo. Y conteniendo un sollozo cuando volteó a ver la otra esquina vacía, Conradín regresó al mundo que tanto odiaba.

Cada noche, en la oscuridad confortable de su cuarto, y cada tarde, en el crepúsculo del cobertizo, la amarga letanía de Conradín continuaba:

—Haz una cosa por mí, Sredni Vashtar.

La señora De Ropp advirtió que las visitas al cobertizo no cesaban, así que un día hizo otra inspección más a fondo.

—¿Qué tienes en esa conejera cerrada con candado? —le preguntó—. Deben de ser conejillos de indias. Voy a hacer que se los lleven a todos.

Conradín apretó los labios con fuerza, pero La Mujer registró su cuarto hasta que encontró la llave cuidadosamente escondida, y en el acto fue al cobertizo a completar su descubrimiento. Era una tarde fría y brumosa, y a Conradín le habían ordenado quedarse en la casa. Desde la ventana más apartada del comedor podía verse, detrás de un arbusto, la puerta del cobertizo; Conradín se instaló ahí. Vio a La Mujer entrar, la imaginó abrir la puerta de la jaula sagrada y tratar de enfocar con sus ojos miopes la espesa cama de paja en la que se ocultaba su dios. Quizás ella estaría removiendo la paja con su torpe impaciencia. Y Conradín pronunció su oración por última vez, con fervor. Aunque supo al rezar que no había ninguna esperanza. La Mujer saldría enseguida con esa sonrisa fruncida que tanto aborrecía, y en una hora o dos el jardinero se llevaría a su dios magnífico, que ya no sería un dios, sino un simple hurón café dentro de una conejera.

Y sabía que La Mujer lo vencería siempre, como lo había vencido hasta ahora, y que él crecería aún más enfermo, oprimido por su tiranía asfixiante, por su sabiduría superior, hasta que un día ya nada importara demasiado para él, y el diagnóstico del doctor se cumpliría. Y ante el dolor y la miseria de su derrota, empezó a cantar en voz alta y desafiante el himno de su ídolo amenazado:

Sredni Vashtar atacó.

Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.

Sus enemigos le pedían paz, pero él les traía muerte. Sredni Vashtar, El Hermoso.

De repente detuvo su canto y se acercó más al vidrio de la ventana. La puerta del cobertizo seguía entreabierta, tal como se había quedado. Los minutos transcurrían. Eran minutos largos, pero transcurrían. Vio a los gorriones volar y correr por el césped; los contó una vez, y otra vez, sin perder de vista la puerta del cobertizo. Una empleada de cara avinagrada llegó a poner la mesa para el té, pero Conradín se quedó ahí, y esperó y miró. Poco a poco la esperanza ganó terreno en su corazón, y una mirada triunfante empezó a brillar en sus ojos que sólo conocían la paciencia anhelante de la derrota. En voz baja, con un júbilo furtivo, empezó una vez más su himno a la victoria y a  la devastación. Sus ojos fueron recompensados enseguida: por la puerta del cobertizo salió una bestia larga, baja, amarilla y parda, con los ojos deslumbrados por la luz menguante del día, y manchas oscuras y húmedas alrededor del pelaje de la mandíbula y de la garganta. Conradín se puso de rodillas. El gran hurón salvaje avanzó hacia un pequeño arroyo al pie del jardín, bebió un instante, luego cruzó un pequeño puente de tablón y se perdió de vista entre los arbustos.

Ése había sido el paso de Sredni Vashtar.

—El té está listo —dijo la empleada de cara avinagrada—, ¿dónde está la señora?

—Bajó al cobertizo hace un tiempo —dijo Conradín.

Y mientras la empleada iba a avisarle a la señora que ya estaba el té, Conradín tomó de un mueble una pinza para tostar y se dispuso a tostarse a sí mismo una pieza de pan.

Y mientras la tostaba, y la untaba con mucha mantequilla y la saboreaba lentamente, Conradín escuchó los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos del otro lado de la puerta del comedor. Los gritos tontos de la empleada, el coro de exclamaciones que le respondió desde el área de la cocina, el ajetreo y las comisiones para ir en busca de ayuda exterior; y luego, después de una pausa, los sollozos temerosos y las pisadas arrastradas de quienes llevan una carga pesada a la casa.

—¿Quién se lo dirá al pobre niño? ¡Yo no podría  nunca! —exclamó una voz aguda.

Y mientras debatían el asunto entre ellos, Conradín se tostó otro pedazo de pan.

 

NOTA

Los cuentos compartidos aquí forman parte de mi antología La hoguera de bronce (Secretaría de Cultura, 2017). Las traducciones de los cuentos son de Kenya Bello, Mar Gámiz, Javier Taboada y mías. Las ilustraciones de Liz Medrano y Melhem Haddad.

 

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Entrada No. 197
Autor: Adolfo Córdova
Ilustración de portada de Liz Medrano.
Fecha original de publicación: 30 de abril de 2020.


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