Daniela y Patricio tendrán su debut teatral en el festival navideño de la escuela, pero con los papeles que les asignó su maestra, la oveja y el árbol, no brillarán mucho que digamos. Daniela sólo debe balar. Patricio ni siquiera sabe qué tipo de árbol es. En el estreno, sin embargo, eso será lo de menos. 

Si eres fanático de la independencia y buen juicio de Mafalda, Matilda o Pippi Calzaslargas, si te gustan los cuentos de Maurice Sendak, como El letrero secreto de Rosie, lleno de niños impredecibles o Los tres bandidos de Tomi Ungerer o Secreto de familia de Isol, con aquellas niñas tan perspicaces, amarás Siete cuervos y ocho cuentos (Cataplum, 2019) de Jairo Buitrago, con ilustraciones de Juan Camilo Mayorga.

Un par de extraterrestres en plan pacífico sin ganas de tomar café ni té con un señor amable que les presta una sombrilla; una nieta de visita en casa de su abuela que invita a entrar a un peculiar personaje que no sabe rezar y habla con la boca llena; un chico loco por las estampitas que descubre que su abuela tiene algunas muy raras que seguramente nadie en su escuela ha visto nunca; una niña perdida y encontrada casi a pesar del torpe ángel de la guarda que le aparece; un hijo que pregunta mucho, unos padres que no saben qué responder, un hijo que dejará de preguntarles, unos padres que empezarán a tener respuestas; siete cuervos que se hacen pasar por príncipes, listos como los de las fábulas, pero en plan cuento de hadas, que se aprovechan de una pareja de granjeros hasta que la vecina, una niña, María Josefa, rompe el encantamiento; una fábula que sí es fábula, reescritura de fábula de Esopo: Androcles y el león, pero bien variadita; y dos niños que tendrán su debut teatral en el festival navideño… esa ya se las conté y los editores y autores generosamente la compartirán completa e ilustrada con ustedes, a continuación.

Ocho cuentos divertidos, íntimos y llenos de breves pero inolvidables conquistas, políticas, de niños y niñas como tú. ¿Te queda espacio en la carta?

Adolfo Córdova

 

La oveja

De Siete cuervos & ocho cuentos, Cataplum Libros, 2019.

Cuento de Jairo Buitrago. Ilustraciones de Juan Camilo Mayorga.

 

Para la fiesta de Navidad la maestra de 4ºB preparó una obra de teatro: El nacimiento. Los niños de la fila de adelante tenían los papeles principales: María, José, los tres Reyes Magos, un ángel y varios pastores. Ana María, la más linda del curso, sería la estrella de Belén, así que únicamente tenía que brillar y sonreír sentada sobre el establo de cartón. 

Para los demás chicos la maestra preparó otros papeles, aunque no brillaran mucho como Ana María, la estrella. 

Los mellizos Iñigo y Fermín serían el burro y el buey, y todos se murieron de risa cuando la maestra se los anunció. Luego se pelearon porque Iñigo quería ser el buey y no el burro, y Fermín no quería que su hermano le quitara el papel de buey. La maestra les dijo que daba lo mismo porque ninguno de los dos tenía que hacer mucho, salvo mover sus cabezas y respirar de vez en cuando en el fondo del establo. 

Los chicos de más atrás eran algo especial, Daniela y su mejor amigo, Patricio. 

La maestra también tenía un papel para cada uno. Daniela sería una oveja y Patricio un árbol. 

—¿Qué tipo de árbol voy a ser? –le preguntó Patricio a la maestra.

—Un árbol cualquiera –respondió la maestra, que estaba muy ocupada repasando los papeles con María, José y los tres reyes. 

—¿Qué tal un roble? ¿O un pino? ¿Podría ser un manzano con manzanas? 

—¡Un árbol simple! Te quedarás atrás muy quieto y muy guapo, como un buen árbol –le dijo la maestra con un tono como para acabar ahí la conversación sobre su papel. 

A Daniela no le pareció buena idea hablar de qué tipo de oveja debería ser; suponía que tendría que ser una común y corriente. Una oveja de las que dan lana y ya.

Iñigo insistía en preparar su parte rebuznando a todo pulmón y la maestra parecía cada vez más desesperada. Daniela pensó que no debería comenzar aún a hacer su papel de oveja, así que ensayaría a balar en su casa. 

En casa su abuela estuvo toda la tarde cosiendo su traje de oveja mientras veía la telenovela y, después, un tonto concurso de hacer cosas ridículas por dinero. Daniela lo odiaba, pero no quería dejar sola a su abuela mientras trabajaba. Al fin y al cabo ella pensaba que sería el disfraz más lindo del mundo. 

—¿Y tu parlamento? –preguntó su papá sonriendo–. Vamos a ensayarlo juntos. Cuando chico, en la obra de la escuela tuve que ser el rey Herodes.

—No tengo nada que decir en la obra. Solo soy una oveja –dijo Daniela. 

—Bueno –dijo su papá rascándose la cabeza–, las ovejas siempre son importantes en las obras de Navidad. 

—Tiene que quedarse ahí en cuatro patas y hacer «Beeeeee». Eso es todo –dijo la abuela detrás de su máquina de coser–, y lucir este hermoso traje de lana que ya casi termino. 

—Gracias abue –dijo Daniela–. Será el más lindo sin duda, y además tienes razón: solo tengo que estar ahí y balar. 

El traje era perfecto, aunque un poco caluroso. Daniela se miró al espejo y se encontró formidable. Ser oveja le quedaba muy pero muy bien. 

Llamó por teléfono a Patricio para preguntarle cómo iba con su personaje. 

—Mi mamá sigue en su oficina y mi tía me dice que tiene un traje de cuando era pequeña, pero insiste en que hay que lavarlo. ¿Y si no me queda? Además la maestra no quiso explicarme qué tipo de árbol tengo que ser y…

Daniela pensaba que su mejor amigo se preocupaba mucho en la vida.

Al otro día la escuela era un caos navideño: niñas y niños corrían por todas partes, un coro desafinado de niños duendes ensayaba, mamás y abuelas con cámaras fotográficas, maestros que no sabían qué hacer. Daniela y Patricio se encontraron en la mitad de todo aquello. 

El traje de Patricio no parecía un árbol. 

—No encontramos un disfraz de árbol, mi tía me prestó este de cactus, pero me aprieta un poco.

—Pareces un pepino, pero bueno, total te vas a quedar muy quietecito detrás de todos, como utilería.

—¿Pero qué me dices del tuyo? ¿No se le pasó la mano a tu abuelita con la lana? ¿No estás muerta de calor? 

La maestra los llamó a todos a la parte de atrás del telón, allí esperaron su turno: la obra de 4ºB sería el gran cierre del festival navideño.

—¿De qué vienes tú, Patricio? –le preguntó nerviosa la maestra.

 

 

No alcanzó a responder porque el maestro de ceremonias (que en realidad era el maestro de gimnasia) los anunció por el micrófono. Y todos gritando y en desorden salieron al escenario.

La luz iluminó al establo de cartón y la estrella apareció detrás sonriendo. 

María y José, cansados del camino y acompañados de Iñigo, es decir, del burro, no sabían qué hacer. Se acercaba la noche y no tenían dónde dormir. 

—A escena el posadero de Belén –ordenó en voz baja la maestra detrás del telón.

—¡El posadero! ¡El posadero! –repitieron algunos niños.

—¿El posadero? –dijo Juana que sabía exactamente dónde estaban y qué hacían todos y cada uno en el salón de clases–. No está, maestra, dijo que tenía que ir al baño.

La maestra se tomó la cabeza con las dos manos.

En el escenario, María y José esperaban impacientes a quién pedirle posada. 

Era un momento tremendo, todos se miraban con angustia y sin saber qué hacer. 

A veces en la vida hay momentos en los que uno debe actuar y salvar la situación. No pasan muy a menudo, pero cuando ocurren, alguien tiene que hacer algo. Así que sin pensárselo dos veces, la oveja Daniela salió al escenario y les dijo:

—No hay lugar en todo Belén, pero tengo un establo donde guardo a los animales por el frío. Si les parece, hay espacio ahí y un poco de paja para cuando nazca su bebé.

Y aunque desde el público llegaron murmullos y risas, María y José se encogieron de hombros y decidieron seguir a la oveja que los llevaba al pesebre. 

Las luces los siguieron y ellos se sentaron en la paja a esperar el nacimiento.

Iñigo, el burro, se encontró allí a su hermano Fermín, el buey, y se saludaron con un abrazo emotivo.

—¡Hermano! –dijo el burro.

—¡Perdona por no querer ser el burro! Me gusta ser buey –le respondió.

—¡Eso no está en el libreto! –les gritó María. 

Las luces se apagaron y la maestra envió a Juana, quien corrió velozmente y puso a su muñeco bebé en medio de María y José. Era el nacimiento de Jesús. 

Cuando las luces se encendieron Juana no había abandonado el escenario del establo. 

—No olvides cuidarlo muy bien, es muy caro, y no se lo prestes a José ni a los dos hermanos tontos.

Del público de nuevo llegaron murmullos y risas, y Juana, asustada, pegó un grito y salió corriendo. Los pastores y el ángel aparecieron por un lado del escenario. 

—Mirad, es ahí… ahí… donde… –dijo el ángel titubeando.

—Di tu frase –le decía en voz baja un pastor enojado–. Di tu frase.

Pero el ángel paralizado no iba a decir su frase ese día. 

Del otro lado del escenario apareció de nuevo la oveja y les dijo:

—¡Mirad pastores! En ese humilde pesebre ha nacido el salvador. 

Los pastores se miraron entre sí. Si el ángel estaba mudo no tenían más opción que seguir humildemente a la oveja, y la siguieron.

Luego, en fila india salieron caminando los tres Reyes Magos, seguían una estrella.

La luz se movió hasta donde estaba Ana María, la estrella de Belén. Pero se había quedado dormida encima del tejado. Se fue resbalando suavemente, muy despacio hasta caer detrás del establo de cartón.

La maestra no pudo contener un grito.

El público de nuevo empezó a reírse, y esta vez más fuerte.

Ya sabemos que hay momentos en la vida en los que tenemos que actuar y salvar la situación. Entonces Patricio, a pesar de su apretado traje de cactus, avanzó desde la parte oscura y olvidada del escenario donde estaba parado con la demás escenografía y se trepó al tejado del establo.

—¡Hey! ¡Por aquí, Reyes! ¡Es acá donde está el bebé! 

Los tres magos se miraron y decidieron seguir las instrucciones del cactus. Si no había estrella, bueno era un cactus. Patricio aprovechó la altura y su oportunidad en la obra para saludar a su tía que estaba entre el público.

Todos se reunieron alrededor del muñeco. Los reyes entregaron solemnemente sus presentes, los pastores se arrodillaron, el burro y el buey se acercaron a empujones para verlo mejor; y el posadero de Belén –que había llegado tarde–, la estrella, el ángel y el cactus también se acercaron. Luego miraron a la oveja. Era ella la que tenía algo que decir.

—Anda, oveja –le dijo su amigo cactus.

—Un niño ha nacido, lo anunció una estrella –dijo Daniela. 

La gente del público guardó silencio. 

Y de repente empezaron todos a aplaudir con fuerza y los niños se miraron sonriendo.

La maestra, que desde hacía un rato estaba sentada en el piso de madera totalmente abatida, se incorporó al escuchar los aplausos. Le hizo una seña al encargado del sonido, era el momento de la música final, era el momento para el Gloria in excelsis Deo

Pero el encargado del sonido se equivocó de música, y una vez más la maestra cayó de rodillas ante el estruendo de algo que sonaba como rock y que inundó la sala. Pero cuando vio que sus niños empezaron a bailar y saltar delante de todos, sus ojos se iluminaron. 

Daniela danzaba al frente del grupo y la maestra avanzó hacia ella. Las dos se abrazaron sonriendo; al fin y al cabo, pensaba la maestra, solo en Navidad podía permitirse bailar con una oveja.

 

 

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Entrada No. 190.
Autor del cuento: Jairo Buitrago.
Ilustración de portada de Juan Camilo Mayorga para Siete cuervos & ocho cuentos (Cataplum Libros, 2019).
Fecha original de publicación: 18 de diciembre de 2019.

 


4 Comentarios »

  1. Qué cuento de navidad tan divertido!
    Es muy bueno!
    Gracias Jairo!
    Gracias Juan Camilo!
    Gracias Adolfo!
    Gracias, gracias, gracias 😊

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