En México se desconoce el paradero de casi 7 mil niños, niñas y jóvenes menores de 18 años, lo que representa el 30% de los casi 23 mil desaparecidos que se tienen registrados oficialmente de 2006 a 2014.

Organismos nacionales e internacionales exigen al gobierno federal que actúe con urgencia (se estima que habría unos 27 mil desaparecidos a la fecha), pero ¿cuál urgencia? El informe final del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) sobre Ayotzinapa, por ejemplo, evidenció la falsedad de la versión oficial sobre el caso y una deliberada obstaculización federal para que se investigara a fondo. La iniciativa de Ley General de Desapariciones Forzadas, a la que todavía no se había incorporado un capítulo específico enfocado en niños y adolescentes, fue rechazada el pasado 30 de abril en el Senado.

De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México, entre 2012 y 2014 siete de cada 10 desaparecidos fueron mujeres entre 15 y 17 años de edad. En ese periodo el número de mujeres adolescentes desaparecidas incrementó 255.8% (de 172 a 612). Las entidades donde se concentraron la mayor parte de sus desapariciones, de 2006 a 2014, fueron Estado de México, Tamaulipas y Baja California. (Para profundizar en estos datos y acceder a un buscador por entidad da clic aquí.)

En este panorama desalentador, dramáticamente desfavorable para las mujeres, son precisamente ellas las que suelen movilizarse más.

Las “Madres rastreadoras” de Sinaloa (como las Abuelas de la Plaza de Mayo de Argentina) es una iniciativa ciudadana que ha surgido para exigir pero también para compensar la indiferencia e ineptitud de nuestros gobernantes.

No hay libros informativos en México para niños que aborden todavía estos temas tan concretos, como sí lo hace Abuelas con identidad (Ediciones Iamiqué, 2012), mucho menos obras de ficción que ubiquen a sus protagonistas en estas realidades de nuestro país, como sí sucede con títulos publicados en Argentina y Chile, pero una publicación reciente llama la atención por sus posibles ecos: La madre y la muerte/La partida de Alberto Chimal, Alberto Laiseca y Nicolás Arispe (FCE, 2015).

Al leer este libro con niños y jóvenes de una primaria pública de la Ciudad de México surgieron en ellos preguntas claves: ¿a dónde van los desaparecidos?, ¿por qué desaparecen?, ¿quién se los lleva? ¿qué pasa con las madres que se quedan esperando?, ¿se termina algún día la espera?, ¿están muertos los desaparecidos? No hay soluciones que satisfagan a todos, pero al trabajar con libros informativos o de ficción podemos intentar encontrar respuestas personales y grupales que nos hagan sentir parte de esas historias y trastocar la espeluznante normalidad con la que se han incorporado a nuestras sociedades.

Lo dice mejor el Centro de Derechos Humanos para las Mujeres en México en un comunicado de prensa en el que exige: “Hacer visible la impunidad de los casos; la ausencia de acciones y planes de búsqueda; la corrupción y colusión de las autoridades; el riesgo en que se encuentran los familiares por buscar a sus seres queridos y exigir justicia; la mala fe en las diligencias de identificación de restos así como la falta de políticas adecuadas de educación, vivienda y trabajo”.

Amnesty desaparecido alderete
Ilustración de Dr. Alderete para Amnistía Internacional

LAS MADRES RASTREADORAS DE SINALOA

Impacta la historia de un grupo de madres a las que nadie da respuesta sobre el paradero de sus hijos e hijas. Madres que decidieron empezar a buscar por su cuenta. Pero hiela la piel saber que no esperan encontrarlos vivos: salen a buscarlos con picos y palas. Recorren campos agrícolas y terrenos baldíos en los alrededores de la ciudad de Los Mochis, Sinaloa, y en municipios del norte de la entidad. Ya solo les queda el consuelo de encontrar los cuerpos y darles sepultura. Saben que lo más probable es que los hayan asesinado, porque ya son demasiadas las historias con ese final. 

Se autonombraron “Las Rastreadoras” y están encabezadas por Mirna Neryda Medina Quiñones, maestra retirada y madre de un joven de 33 años, Roberto Corrales Medina, desaparecido en 2014.

En un reportaje publicado por la revista Proceso se indica que son cerca de 20 madres que, desde septiembre de 2014, han encontrado ya 41 cuerpos, 16 identificados y entregados a los familiares.

Pero faltan muchos. Buscan a 140 hijos, pues forman parte de un colectivo de alrededor de 150 madres llamado Desaparecidos de El Fuerte (uno de los municipios en los que buscan), y no descansan.

Foto Octavio Gomez para Proceso Madres rastreadoras
Foto de Octavio Gómez para Proceso.

 

La madre y la muerte UN LIBRO: LA MADRE Y LA MUERTE / LA PARTIDA

Alberto Laiseca y Alberto Chimal. Ilustrado por Nicolás Arispe. FCE.

Aunque las madres en estos dos cuentos no pierden a sus hijos como consecuencia del crimen organizado o el terrorismo de Estado, leerlos hoy, en nuestro país, genera prolongados ecos, claros reflejos de la realidad de muchas madres. Y lo hacen desde la tradición del cuento folclórico o el cuento sobrenatural, actualizado con ilustraciones que remiten a José Guadalupe Posada y Berni Wrightson.

En este cruce de tradiciones la muerte es un personaje habitual. Y se humaniza para que una madre desesperada puede enfrentarla, aunque deba pagar un precio muy alto por ello.

En La madre y la muerte de Alberto Laiseca, una reescritura del bellísimo cuento de Hans Christian Andersen Historia de una madre, la muerte visita a una mujer para llevarse a su hijo. Ella deberá arrancarse los ojos, las piernas y un brazo en su desolador trayecto para llegar a la casa de la muerte y pedirle que le devuelva al hijo.

Como ninguna madre deja que le arrebaten a su hijo así nomás, la muerte tuvo que pasar sus dedos huesudos por el rostro de la madre para envolverla en un sueño mágico, en un hechizo. Después le quitó al niño y se fue (…). En poco tiempo, la muerte llegó a su casa con el niño en brazos. Entretanto, la madre despertó de su sueño mágico y supo lo que había pasado. Como todos, conocía dónde vive la muerte y, sin pensarlo, salió corriendo hacia el desierto. 

Laiseca respeta la triada típica de los cuentos de hadas: tres pruebas deberá pasar ella para llegar a la casa de la Muerte. Y nosotros vamos a su lado, el ritmo es muy poético, las escenas inquietantes y el final, funesto.

El texto dialoga con las ilustraciones en blanco y negro del argentino Nicolas Arispe, que proponen un contexto europeo posterior a Andersen, el de la Primera Guerra Mundial. La muerte es ese soldado que recorre los campos de batalla, las aldeas, los bosques… Aquí podemos tender puentes, en direcciones muy distintas, pero todas con muertes personificadas, a “La máscara de la Muerte Roja” de Edgar Allan Poe, “Macario” de Bruno Traven, “La muerte y el rey” de Marina Colasanti e incluso “La ladrona de libros” de Markus Zusak.

La madre y la muerte-Laiseca

La partida ChimalEl cuento “La partida” de Alberto Chimal, originalmente publicado en su libro El país de los hablistas (FCE, 2010)parece recordarnos aquella máxima fantástica: ten cuidado con lo que deseas. Igual que en el relato tradicional británico: “Jack y la muerte”, oponerse al final de la vida puede resultar catastrófico.

Una madre implora a los dioses que le devuelvan a su hijo, que ha muerto en un terremoto y:

Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas…

El tono de relato oral de Chimal y el desenlace menos lapidario que el de Laiseca dialogan aquí con una propuesta de Arispe que se acerca más al grabado de Guadalupe Posada y ciertos elementos de la imaginería mexicana (con todo y una escena de la fotografía post mortem del siglo XIX).

En la narración, en su nivel textual y gráfico, se percibe una intención de registro hacia el humor negro, a la Edward Gorey y sus muertes de niños, que, sin embargo, no será evidente para muchos lectores, a quienes quizá les parezca demasiado tétrico.

La fuerza de ambos cuentos radica en sus múltiples capas de lectura y en su determinación por sacudirnos, casi sin concesiones (salvo en las páginas centrales en las que el ilustrador, a manera de cierre, buscar hacer un juego de espejos entre las dos historias con imágenes más conciliadoras). La desolación y la violencia golpean, como lo hace la realidad de nuestro país, y por eso, y como lo sugieren las ilustraciones de portada, es un libro que sería mejor que los niños leyeran con un mediador y que tendrá un lector más natural en los jóvenes.

Socorro Venegas, coordinadora de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica dice al respecto: 

No publicamos La madre y la muerte/La partida pensando en el público infantil. En nuestra colección de álbumes “Los especiales de A la Orilla del Viento” hay también títulos para jóvenes. Hace algunos días, a uno de los autores del libro, Alberto Chimal, le preguntaron si este libro era para niños. Él contestó algo muy inteligente, dijo que era “un libro para lectores”. Esas palabras me llevaron a recordar que justo nuestra colección de narrativa para niños A la Orilla del Viento –que cumple 25 años este 2016–, está dividida en series de acuerdo con la edad del lector. Pero no la edad cronológica, no se mide así la madurez de un lector, sino así: Para los que están aprendiendo a leer; Para los que empiezan a leer; Para los que leen bien, y Para los grandes lectores. Reviro la pregunta, ¿para qué lectores es este libro? Yo he encontrado grandes lectores de 8 años de edad.

Y sobre la pertinencia de hablarle a niños y jóvenes de violencia, desaparecidos, ejecutados, muerte:

No es necesario hablarles a los niños de violencia; y sin embargo, la viven. La ven a su alrededor en mayor o menor medida. Es imposible protegerlos de eso, como lo es –afortunadamente—protegerlos de la belleza. Se trata de hablar con ellos del mundo que está ahí afuera, por donde ellos van a transitar, y hablarlo desde la literatura para que no conozcan frases como “no hay palabras”. La literatura nos enseña que es posible apalabrar todo y que además es necesario para que no crezcan entre secretos ominosos, para que no se perpetúen injusticias, e incluso, como ocurre con la mejor literatura: para encontrar sentido en medio del horror.

La Partida-Chimal

“Existen ciertos temas absolutamente absorbentes, pero también completamente horribles para ser objeto de una obra de ficción. El mero escritor romántico debe evitarlos si no desea ofender o disgustar…”, escribe Edgar Allan Poe en su cuento “Enterramiento prematuro”.

Quizá estos autores ofendan, disgusten, incomoden. No son meros escritores románticos.

En su calidad de objeto, el libro es de colección. Tapa y contratapa de cartón grueso impresas con tinta metálica, lomo de tela negra al descubierto, guardas de papel plateado y opalina en interiores en un tono sepia. Funciona como flipbook, una publicación de doble cara que al darse vuelta revela la segunda historia.

Al leerlo con niños he percibido reacciones que van del asombro y la fascinación al desconcierto y al horror. Muchos hablan del sacrificio absoluto de la madre por los hijos, que incluso puede rozar con la locura, o mencionan algunas incongruencias entre el texto y las imágenes, pero al final, todos reconocemos el inmenso valor y dolor en las dos historias.

Tal vez sea una falta de reconocimiento a su dolor lo que más afecte a las madres rastreadoras, algunas de ellas amenazadas de muerte sólo por cavar, buscar, incansables, a sus hijos.

La madre y la muerte-Laiseca (2)

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