En la conferencia inaugural del 36 Congreso Internacional de IBBY, que concluyó antier en Atenas, el especialista canadiense Perry Nodelman lanzó una propuesta audaz: pensar la literatura infantil con un enfoque posthumanista. Su discurso causó polémica entre los más de 400 asistentes de 73 países. Por lo que escuché y pregunté, a la mayoría lo descolcó, algunos parecían molestos, otros se cuestionaban auténticamente dónde acomodar esa idea tan antagónica en la historia de la LIJ.

En su ponencia “Fish is people” (Los peces son personas), Nodelman crítica negativamente un aspecto característico, fundacional, de la literatura infantil: la humanización de los animales. 

Básicamente argumentó que era necesario actualizar esa mirada antropocéntrica y falsamente incluyente, sobre todo cuando no queda ni rastro de la naturaleza del animal en cuestión. Para él, representar a los humanos con otros animales lejos de generar lecturas más abiertas en las que puedan identificarse muchos niños y niñas, encierra al ser humano en sí mismo. Vestir a peces (o cualquier otro animal) con guantes y bombín tras un volante en una carretera submarina o recibiendo a sus visitas en una estancia de coral, por más juguetón e inocente que nos parezca, niega la naturaleza de la otra especie, la anula. Dice: “No aceptes al otro por lo que es, consigue que sea como tú”.

La cultura de la domesticación de lo salvaje tuvo un momento que muchos consideran clave en su historia: la popularización de una caricatura política de Theodore, “Teddy”, Roosevelt con una cría de oso negro americano. Según contaban, en una excursión de cacería habían atrapado al oso para que Roosevelt le disparara pero a la mera hora no fue capaz y, dado que sus compañeros ya lo habían amarrado y maltratado, él ordenó que alguien más le disparara por “piedad”. El hecho haría que a un juguetero se le ocurriera nombrar “Teddy’s bear” a un par de osos de peluche que había hecho su esposa. La predilección por los tiernos osos afelpados se extendió por todo el mundo.

Muchos libros, hemos visto en esta serie de entradas (De Rómulo y Remo a Mowgli y Tarzán. Una breve historia de los salvaje en la literatura y Ruge como un tigre y otros libros feroces. El nuevo llamado de lo salvaje), regresan a los osos a sus bosques o a los peces al mar, como propone Nodelman. Dejan que “el pez sea pez”, así como dejamos que el niño sea niño en tantos libros y no un obediente autómata o un adulto en miniatura, como pretendían las representaciones gráficas y literarias en los orígenes de la LIJ. 

Espero más adelante poder compartir aquí el enlace a la conferencia íntegra, pero quería compartirlo porque francamente me sorprendió escuchar un texto tan poco complaciente y que cuestionara el canon. Admiré su valentía y compromiso.

La transición es paulatina y hay muchos matices en medio, pero como he intentado exponer en estas entradas sobre el nuevo llamado de lo salvaje, los creadores ya han puesto en marcha esta y otras corrientes de pensamiento antiespecistas, con ello reafirman —recordemos que dentro y fuera de la LIJ todavía hay quien lo duda— que los libros para niños, como toda expresión de arte, son un signo de su tiempo. Ello también fue evidente en los dos grandes temas alrededor de los cuales giró el congreso: la migración y el regreso a los cuentos de hadas.

El regreso que les propongo en esta tercera entrada de la serie es a la naturaleza. Verán que algunos libros podrían encajar con la propuesta de Nodelman, otros sólo parcialmente o explorando distintos sentidos, pero son una espesura en su conjunto en la que confío disfruten perderse.

Ilustración de Emily Sutton.

Creí que en los ruidos del bosque estaban todos los ruidos del mundo. Olía a la lima y a la madreselva, y me dieron ganas de revolcarme en la tierra. Ahora podía ver en las nervaduras de una hoja los ríos que corrían dentro de mí. Me miré en el agua y yo era un huemul.

Perla Suez y Natalia Colombo imaginan en El Huemul (Comunicarte, 2014) los pasos de un niño bosque adentro. Avanza descalzo entre los árboles, siente el suelo húmedo y blando, escucha a los pájaros, se asoma al río, lo envuelve una lluvia fina y, de pronto, descubre al huemul. El místico animal dice su nombre con dulzura, y él lo entiende. El encuentro es una revelación, como si se tratase del legendario espíritu de los bosques. Y se quedará para siempre en la memoria del niño. Las ilustraciones de Colombo acercan este tipo experiencia e introspección más adulta, a un lector en su primera infancia. Una invitación desafiante y original para entrar al mundo y quedarse lleno de ríos y verdes por dentro.

Esta comunión con la naturaleza, motivo de esta tercera y última entrada sobre el nuevo llamado de lo salvaje en la LIJ, tiene aquí tintes místicos y fantásticos que marcan a los personajes. Un motivo clásico también abordado recientemente en El bosque dentro de mí de Adolfo Serra (FCE, 2016) o Yokai de Manuel Marsol y Carmen Chica (Fulgencio Pimentel, 2017).

Y recorrido con humor por un camino muy distinto en Martín y el rey del bosque de Sebastian Meschenmoser (FCE, 2018). El “espíritu del bosque” es una figura asociada al “hombre salvaje”, del que veíamos una posible genealogía en la primera entrega de esta triada. Seres que simbolizan, de una forma no corrompida, la esencia de la naturaleza, el núcleo de la vida en el bosque. Una de sus representaciones más memorables es la que aparece en La princesa Mononoke, la película animada de 1997 de Hayao Miyazaki.

El álbum de Meschenmoser propone una variante cómica. El trono del ser mítico, casi imposible de ver, es ocupado, por accidente, por uno de los más visibles, instintivos y espontáneos: el perro.

En la cuarta entrega de la serie de aventuras de la ardilla Martín (Martín y la llegada de la primavera, Martín y la primera nevada, Martín y la luna, FCE, 2013, 2014), Ramón, la cabra montés, le cuenta, a él y a sus amigos, que el rey del bosque se aparece en diversas formas: “Su cabeza puede ser la de un zorro; las orejas, las de una liebre; el cuerpo, el de un ciervo. Su testa tiene una corona de hojas y sobre su corazón lleva el lucero de la mañana”. A continuación una secuencia con un tratamiento gráfico distinto, como de óleo naturalista antiguo, muestra al rey saliendo de entre la niebla, trayendo la primavera, inspirando a otros animales. Y luego, otra vez la línea característica de Meschenmoser para esta serie: lápiz directo y lápiz de color, como bocetados, que dan una apariencia más silvestre, despeinada, de Martín y su tropa.

Mientras la ardilla está soñando con el rey del bosque, un simpático perro sale feliz de su casa rodante a revolcarse. Sin querer se le atoran dos ramitas en el collar, que tiene una placa en forma de estrella, y se le acomodan como una cornamenta. “Cabeza de zorro, orejas que cuelgan flojas como las de una vieja liebre, manchas de vaca, piernas cortas de erizo”, Martín une los puntos y concluye que se encuentra ante el mismísimo rey del bosque.

Ilustración de Sebastian Meschenmoser. Entonces todos aprenderán a vivir como perros: cavar hoyos, correr en círculos, rascarse las orejas, sentarse a mirar y, sobre todo, dejar tu olor por todas partes… Los animales toman muy literal esta última indicación y… ¡prolifera la caca! De tal forma que apenas les queda sitio para pisar sin ensuciarse. Del “rey del bosque” ni sus luces, ¿o sí? ¿cómo harán para recuperar su limpio bosque? ¿descubrirán la farsa? La Naturaleza misma cerrará el ciclo con la solución.

El perro como símbolo de lo simple y dichoso es recurrente en la literatura y me hizo recordar el bellísimo poemario Lo que no sabe Pupeta, de Javier Mardel y Cecilia Rébora (FCE, 2012; ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2011). Versos no rimados para una Pupeta todavía más tierna en la ilustración. Otro perro que actúa como perro y, así, le enseña muchas cosas a su humano… pero De pronto se te queda viendo / como si te mirara / desde el primer momento de su vida. / Te mira fijamente, / sin parpadear, sin titubear ni un pelo. / Todo desaparece en torno suyo. / No hay una sola cosa al lado, / quieta o en movimiento, / que exista para ella en ese instante. / Es como si quisiera / decirte algo secreto pero a gritos (…) / que no importan tu edad, / la especie a la que perteneces, / el extraño sonido de tu nombre / que ella jamas podrá imitar, / todo lo que sus ojos necesitan / es lo que ve / cuando la ven los tuyos.

Una adolescente experimenta esa conexión pero con unos conejos muy peculiares en Afuera de Mari Kanstad Johnsen (Niño Editor, 2017; Mención especial del Bologna Ragazzi Award 2017). El cambio de ciudad y de escuela la hacen sentir bicho raro hasta que una noche descubre su reflejo: algo quizá más extraño que ella resplandece en una isla frente a su casa. La chica curiosa sale, toma una lancha a motor y descubre una conejera luminosa en la otra orilla. Allí, entre la exuberancia de la isla y esas criaturas que la miran sin juzgarla, se sentirá cómoda.

En su anterior libro, Mi pequeño gran papá (Niño Editor, 2013) que también reseñé aquí, Kanstad ya contaba una historia en la que el mundo exterior actúa como detonante de una emancipación. Afuera, como atinadamente invita el título, hace que la adolescente abandone su cuarto propio para sacudirse la tristeza. Mirar afuera de sí misma, con la sencillez de un conejo, le renueva el ánimo. Más adelante, ese cariño y aceptación incondicionales que le demuestran los animales, la harán tomar una decisión que le dará paz. Seguirá trepando a los árboles, viendo cómo pasan las estaciones para las plantas, conectada a la Naturaleza, contenta consigo misma. 

Más allá de la originalísima técnica de Kanstad, cuya rareza recuerda el trabajo de Cristina Sitja Rubio o de Kitty Crowther, parte del valor del libro radica en que no tiene palabras y mucho de lo que ocurre nos deja dudando entre lo fantástico y lo real. ¿Realmente los conejos forman una gran carita sonriente en su isla, que ilumina la noche de la adolescente? ¿La misma carita que más adelante le dibujará alguien más? Pero los conejos, con todo y que brillan en la oscuridad y gesticulan como humanos, son reales. No es como en otras historias que al final lo racional se impone y todo resulta un juego de la imaginación. Kanstad integra lo mágico a lo cotidiano y ello multiplica las posibilidades de lecturas. 

En Mi pequeño gran papá, un niña pequeña, extraviada accidentalmente por un padre muy despistado, debe abrirse paso sola y encontrar ella misma a su gran papá que se ha empequeñecido. Afuera podríamos decir que da continuidad al carácter de ese mismo personaje. Aquí, la niña ha crecido, sus padres son periféricos, ella toma la lancha y encuentra su lugar. Uno de mis libros favoritos del año pasado, otro tesoro de esta autora.

Formas muy distintas de salir al mundo y crecer como aventurero nos proponen dos libros de Ekaré: Los últimos gigantes de François Place (2016) y Guachipira va de viaje de Arianna Arteaga Quintero y Stefano Di Cristofaro (2016; The White Ravens 2017). Ambos anclados en la ficción pero con recursos de libro informativo, como el diario de campo. En el primero, estamos ante una narración clásica de exploradores, del subgénero fantástico de mundos perdidos, bien en la tradición de Julio Verne (1828-1905) o de Las minas del rey Salomón (1885) de H. Rider Haggard. Este tipo de novelas, que surgieron como expresión misma de su tiempo, época de grandes hallazgos arqueológicos y naturalistas, continúan vigentes sobre todo en la LIJ. Pienso, por ejemplo, en La isla de los lagartos terribles de Francisco Haghenbeck (Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil 2016) o en la multipremiada El árbol de las mentiras de Frances Hardinge (Ediciones Castillo, 2017).

Archibald Leopold Ruthmore el protagonista de Los últimos gigantes tiene el perfil de aristócrata de Phileas Fogg de La vuelta al mundo en 80 días y podría haber pertenecido a las mismas sociedades científicas que Otto Lidenbrock de Viaje al centro de la Tierrapero su odisea lo lleva hasta los valles altos en los se cree que habita una tribu de gigantes. Y así cuenta parte de esta travesía para un lector adolescente o joven:

A medida que subíamos, los acantilados desaparecían bajo una vegetación exuberante. La selva nos sumergía en miasmas fétidas, saturadas de pesados olores de humus y moho. Un tigre rondaba sobre el margen escarpado, dirigiéndonos de vez en cuando un rugido reprobador: luego desapareció en la espesura del monte (…).

Debíamos, sin pausa, trepar por raíces pegajosas, deslizarnos sobre piedras filosas, chapotear en ciénagas infestadas de sanguijuelas, resistir las picadas de mosquitos y hormigas… La expedición se volvía un calvario.

Como es característico en este tipo de narraciones, los hechos fantásticos van integrándose con normalidad a la descripción realista. La recompensa llega finalmente para Ruthmore: halla a los gigantes, o ellos a él, y lo tratan bien. Como un Gulliver, él se queda un tiempo y aprende de ellos. Lo registra todo, llena cuadernos y cuadernos con dibujos de los gigantes en el paisaje y del paisaje en los gigantes: Tatuados de la cabeza a los pies, incluidos la lengua y los dientes, con una maraña delirante de volutas, lazos, espirales y punteados de extrema complejidad. A la larga, se podían discernir, emergiendo de ese laberinto fantástico, algunas imágenes reconocibles: árboles, plantas, animales, flores, ríos, océanos…

Conectan el cielo y la tierra, como si fueran dioses, pero juegan y disfrutan como niños. Y aunque Ruthmore es feliz —registrando nuevas especies de plantas y el idioma cantado de los gigantes— empezará a extrañar a su familia y decidirá volver a Londres (al final del libro, como un apéndice metaficcional, se incluyen textos que “publicó” Ruthmore sobre el arte de los tatuajes de los gigantes).

Prosa y trazo de alta factura y un triste desenlace que cambiará el estilo de vida de este hombre, igual que Ernest Thompson Seton después de cazar al Rey lobo, como veíamos en la entrada pasada con Los lobos de Currumpaw (Impedimenta, 2016; Loqueleo, 2017). La sabiduría ancestral del tiempo y la naturaleza, frente a la mezquindad y voracidad humana marca a estos personajes. (Más sobre el proceso creativo de este libro, en el blog de Ekaré).

En Guachipira va de viaje, de joven lector a niño lector con Guachipira, “pequeña, con una boca tan chiquita que solo podía comer flores”. La encantadora colibrí vive con su padre, madre, tías y abuelos, todos especies distintas de aves, en un gran árbol. Su abuela, experta en “todas las flores del mundo”, mantiene la armonía familiar con sus pociones que lo curan todo hasta que un día se le terminan los ingredientes y es Guachipira quien debe salir a recolectar flores nuevas.

Nunca ha salido de su árbol pero está lista, su abuela ya es muy vieja para emprender la travesía, y se lanza a recorrer los más bellos parajes. Costas, bahías, ríos, montañas, médanos, en cada escala alguien la ayuda a encontrar la flor adecuada. Habla con árboles, delfines, tortugas, monos y hasta lagunas: Una laguna verde que estaba dormida se despertó y le dijo: —Guachipira, anda a arroparte entre las hojas del frailejón, mira que viene la noche y te vas a congelar. Mañana te llevas las flores.

Mismo caso impecable de texto y trazo. La riqueza en ambos lenguajes es refrescante, en ello radica la novedad de este viaje. La poción son las palabras: bromelia, anémona, cayena, bora, flor del tepuy, flor del araguaney, flor de frailejón… Arianna Arteaga y Stefano Di Cristofaro machacan, pican, mezclan y cocinan, como la abuela de Guachipira, un relato de identidad y memoria con sabor local. Igual que los gigantes llevan tatuada su geografía e historias en la piel, la colibrí tatúa el aire con su vuelo, dibuja una ruta que se queda grabada en el color de cada una de las flores que recolecta y que luego bebe junto a su familia. Como si se bebieran una gotita del néctar de todo su país. Se trata de Venezuela, con lo que los símbolos se disparan aún más en un tiempo en el que tantos venezolanos han debido emigrar. El libro se lee entonces como una promesa. La naturaleza estará allí, esperando que regresen a ella. De hecho, al final del libro un mapa nos muestra la ruta exacta que siguió Guachipira, como una Nils Holgersson tropical, pero la colibrí no sabe qué es un país, su humanización es parcial, ella solo sabe que debe ser valiente, seguir volando, escuchar a los otros y ayudar a su bandada. ¿Volverá a salir de viaje? Eso parece, ojalá que sí.

Ilustración de Stefano Di Cristofaro.

 

.

Cinco libros informativos muy naturales

Y ahora sí, ya con los dos pies en lo informativo, otra exploradora nos conduce por lugares sofocantes, peligrosos, salados, helados, profundísimos, más altos que las nubes, rodeados por infranqueables rocas, tan deshabitados que solo hay musgo o con lluvias que duran todo el año.

Esta es la Guía turística de la Tierra extrema de Mariano Ribas y Javier Basile, con el sello inconfundible de Ediciones Iamiqué. ¿Buscaban emociones fuertes? Los autores se lo tomaron muy en serio: cuentan cuál es la isla más aislada del Planeta, la cueva más laberíntica y profunda, el desierto más seco, la montaña más elevada, el volcán más furioso, las cataratas más caudalosas, el pueblo más frío y el más caliente: “Si realmente quieres saber y sentir lo que es calor extremo, hay un lugar que no puedes perderte. Está situado en pleno desierto de Mojave, en California, y su nombre seduce antes de llegar: Valle de la Muerte”. 

Esta guía toma en serio a los lectores y sus deseos de exploración, alimenta poderosamente sus fantasías de travesía. No sólo está “lo más”, el título realmente cumple lo que promete, da indicaciones de cómo llegar: “En las ciudades de Beijing o Shanghái puedes tomar un tren hasta la frontera con Nepal y, desde allí, seguir por tierra…”; “No es fácil llegar al asentamiento humano más boreal del planeta, pero se puede: a tan sólo un kilómetro está el pequeño aeropuerto de Alert…”; “En Ottawa (Canadá) puedes tomar un pequeño avión hasta Pangnirtung. Luego se toma un barco local hasta el Parque Nacional Auyuittuq, en la Isla de Baffin”. E incluye datos a tomar en cuenta: “Eso sí, viaja en verano porque en invierno la temperatura puede ser inferior a los 30 grados bajo cero, hay mucho viento y casi una completa oscuridad”. ¿Verano o invierno? Quizá los más intrépidos ignoren voluntariamente el consejo.

Ilustración de Javier Basile.

Una guía como esta hubiera hecho babear a Marco Polo, Amelia Earhart, Lawrence de Arabia, Gertrude Bell o Cousteau. De hecho, un libro hermano es ¡Explora! Las expediciones más peligrosas de todos los tiempos de Deborah Kespert  (Siruela, 2013) que además de contar cómo se llegó por primera vez a algunos de los sitios incluidos en la guía, incluye consejos para sobrevivir en condiciones extremas. 

De la misma serie de Iamiqué, también recomendamos la divertidísima Guía turística del Sistema Solar (2010) y, aunque mucho más suave, pero enfocada en muchas de las maravillas de la Naturaleza, Cómo ser un explorador del mundo  de Keri Smith (Conaculta, 2013).

En el campo de las publicaciones informativas que buscan maravillar al lector con los prodigios de la Naturaleza, encontré otros cuatro libros recientes y notables: El hilo invisible de la naturaleza de Gianumberto Accinelli y Serena Viola (Libros del Zorro Rojo, 2018) y El mundo natural de Amanda Wood, Mike Jolley y Owen Dawey (Océano Travesía, 2017), para lectores más experimentados; y Muchos. La diversidad de la vida en la Tierra de Nicola Davies y Emily Sutton (Ediciones Castillo, 2017) y Cachorros de Berta Hiriart y Adriana Quezada (El Naranjo, 2017) para primeros lectores.

Todos, en mayor o menor medida, buscan generar conciencia medioambiental y lo dicen más o menos expresamente. Aunque pareciera que la urgencia ecológica ha perdido fuerza en la agenda internacional (quizá en su lugar estén ahora las crisis migratorias), estos libros ofrecen una experiencia más científica y conservacionista, incluso hippie, menos alarmista. Hoy conocemos mejor que antes las maravillas naturales, y ello ha elevado la calidad de la información. De lo insólito a lo inédito: también ahora se hacen libros informativos más sofisticados (¡pero costosos!) para niños y jóvenes. El diseño, el despliegue visual, los detalles narrados o graficados y las formas de interpelar al lector no abaten, fascinan: libro y naturaleza increíbles. Este enfoque ha tenido mayor cabida en los libros de divulgación infantiles que en los medios de comunicación, por más que la mirada positiva, de llamado a la acción, se intente impulsar desde el periodismo ambiental.

El hilo invisible de la naturaleza me recordó una edición que tenía de la revista National Geographic de finales de los 90. Al centro de la característica portada con marco amarillo se veía un anfibio casi cubierto totalmente por arena roja. Sólo se distinguía uno de sus ojos completos, que miraba expectante… o eso interpretaba al leer el encabezado del reportaje: “Biodiversidad. La frágil red”. El hilo invisible al que hace referencia este libro es esa misma red, pero aquí el entramado es más fino y, sin duda, mucho más extravagante.

Toma la teoría del Caos, todo está conectado, pero le da un enfoque más positivo, en sintonía con la teoría de Gaia de Lovelock: la tierra es un ser vivo perfecto que se las arregla sola para encontrar el equilibrio. El aleteo de una mariposa no causa una catástrofe, puede salvar a un país entero. Así lo narra Gianumberto Accinelli, por ejemplo, en la historia que abre el libro: “Una mariposa salva Australia”. Más adelante no tiene problema en hilar la aparición de la vida en los océanos con las virtudes de un pulpo o la adoración que tenían los fenicios por los conejos con los trucos de este mamífero para reproducirse.

Quizá lo que lo hace más entretenido es que Accinelli incluye en todos sus relatos hechos históricos de las sociedades humanas (y no quedamos muy bien parados). Y así, le da más densidad a su propuesta: suscribe el pensamiento antropológico contemporáneo que entiende a la cultura como expresión de la naturaleza humana. “La cultura es nuestra naturaleza”, dice Marshall Sahlins. Y este autor nos hace sentir claramente que esa naturaleza nuestra, es una más y es esencialmente simbiótica: necesita de las otras (es decir, debe respetarlas).

El suspenso en cada ensayo recuerda los documentales de vida silvestre de la BBC y la mezcla de técnicas en las ilustraciones lo hacen más vanguardista. Además, no sólo es interesantísimo todo lo que se cuenta sobre arañas espaciales, gatos paracaidistas, escarabajos, ovejas, “murciélagos, demonios y ultrasonidos”, sino que uno lee como si se tratase de una novela de misterio cuyo desenlace debería importarnos más que otros. Al estilo de Sapiens. De animales a dioses de Yuval Noah Harari (Debate, 2011).

El mundo natural de Amanda Wood, Mike Jolley y Owen Dawey (Océano Travesía, 2017) es más enciclopédico y también por ello menos anecdótico, más instructivo. Está compuesto por 67 esquemas (como modernas monografías escolares) que se corresponden con alguno de estos tres temas globales: 1) hábitats o entornos, 2) especies o grupos de plantas y animales y 3) adaptaciones especiales para sobrevivir. 

Los creadores proponen una navegación libre por este mundo natural y perderse entre las páginas o bien seguir las flechas: cada esquema señala conexiones con otros dos esquemas. Así que el lector puede saltar entre ecosistemas, como si estuviera “eligiendo su propia aventura” natural. Otra estructura para nombrar ese “hilo invisible” que une a los seres vivos.

“Cráneos y esqueletos”, “Todo sobre las plumas”, “Camaleón, el amo del color”, “La vida en la oscuridad”, “Romance salvaje”, “Capas oceánicas”, “El baile de los caballitos”, “Microcriaturas”, “Superespinas”, “Un planeta cambiante” son algunos de los títulos que, con explicaciones puntuales y accesibles e ilustraciones realistas y esquemáticas, se volverán favoritos para consulta.

Muchos. La diversidad de la vida en la Tierra de Nicola Davies y Emily Sutton (Ediciones Castillo, 2017) tiene un formato de álbum y como tal las autoras nos invitan a dar un paseo muy ameno que termina medio mal. Una niña (continúa la tendencia de niñas protagonistas), con vocación de bióloga, recorre cielo, mar, desierto y selva y observa detalles como los diferentes patrones en las alas de las monarcas o en las escamas de los peces ángel o las especies descubiertas hace poco. Todo es asombro y, otra vez, todo está unido, pero, y aquí la niña toma nota, el ser humano suele reducir a “pocos” esos “muchos”. La última parte del paseo muestra una secuencia de problemáticas ambientales, un antes y después de la selva deforestada y una galería de especies extintas que sensibilizan sin necesidad de ser demasiado explícito. Pero luego la niña vuelve a tomar su tabla portapapeles y observa ese mundo de muchos pero con las mismas especies forogénicas. Aunque me pregunto si el final no banaliza el discurso de denuncia ambiental que quiere integrar el libro, como aproximación al tema para primeros lectores resulta bien logrado, sobre todo por los virtuosos paisajes.

Y Cachorros de Berta Hiriart y Adriana Quezada (El Naranjo, 2017) reúne diez historias conmovedoras de nacimiento, crianza y primeras huellas que disfrutarán especialmente padres, madres e hijos. Nuevas fábulas de Esopo que se miran con cámara y binoculares. Dromedarios, focas, orangutanes, jirafas, ornitorrincos, ballenas, musarañas, murciélagos, canguros y elefantes nacen y enfrentan enseguida mil adversidades. No hay conejo astuto que le tome el pelo a nadie, aquí las crías salen adelante por instinto o con la ayuda de sus padres. A lo mucho, la moraleja es ecológica, porque no falta el hombre en alguno de los relatos que intente echar a perder la fiesta del nacimiento, aunque otros también la celebran. Berta Hiriart explica, en un breve texto introductorio, que quería cautivar a los lectores con la idea fantástica de sentirse cría de otra especie por un instante y en una geografía ajena. Va soltando muchos datos bien documentados sobre el comportamiento aguerrido de sus cachorros que contrastan muy atinadamente con las tiernas ilustraciones. El papel de apariencia rústica termina de cerrar la experiencia salvaje de nacer.

 

Una sola tribu

La idea de estas tres entradas que preparé alrededor del nuevo llamado de lo salvaje o el regreso a la naturaleza fue detonada por este libro: Había una tribu de Lane Smith (Océano, 2016).

En él se condensa de manera simple y brillante mucho de lo que ya he expuesto y que buscan los libros que elegí: ponernos al mismo nivel que otras especies y celebrar la unidad de la vida natural.

Un cachorro humano recorre el mundo con su traje de hojas e imita lo que ve. Así deba estirarse, agitar los brazos, darse un chapuzón o andar en cuatro patas como en ese desfile de Mowgli con los elefantes (versión de Disney de 1967). El niño quiere ser parte de todo y probar cómo se siente el aleteo de los pingüinos, el resplandor de las medusas, el vuelo de los cuervos, la formación de las rocas, el azul del mar… No intenta imponer su forma de ser, estudia la de los otros. De lo figurativo a lo abstracto con imágenes y deseos (el niño ve en una constelación las siluetas de unos posibles padres) enlazados sutilmente para dar una impresión de continuidad: es una gran marcha con una recompensa final. 

Piensa un poco, hermano americano, en eso que llaman progreso hoy en día. Sacúdelo de tu mente y trata de figurarte un mundo sin nada de ello. Insisto en esto porque es posible que la felicidad esté más al alcance mientras menos intervención del hombre haya en la naturaleza, y más de la naturaleza en el hombre.

La tribu crece con esta novela histórica para jóvenes de Antonio Malpica. Una tribu (Alfaguara, 2018) recrea de manera convincente y emotiva la vida diaria de un pueblo miwok, los ahwahneche o awahnichi, quienes vivían armoniosamente en el Valle de Yosemite hasta que la carrera por el oro hizo que el “hombre blanco” los considerara un obstáculo. 

La historia de los pacíficos pero aguerridos ahwahnechee la cuenta Petirrojo, hijo del gran jefe Tenaya. Podría considerarse la narración de un largo rito que al final resultará un símbolo de la igualdad entre los humanos y su lugar equitativo en la Naturaleza y con otras especies.

Y sí, hay un rito específico, un rito de pubertad, Petirrojo debe cazar por sí solo su primera pieza. Su tribu no caza por diversión sólo por necesidad, y de manera muy moderada o, como símbolo, una sola vez en la vida se cada miembro. Petirrojo debe cazar por sus propios medios alguna especie grande, para que coman muchos, un venado, un alce… no bastará un roedor. Tiene hasta cuatro días para hacerlo. Pero el tiempo se acaba y no lo consigue así que Conejo, su hermano mayor, y Oso, menor que Petirrojo lo ayudan. Una de muchas complicidades más que vivirán los hermanos en un territorio y un tiempo que evocan la película “El Renacido”, de Iñárritu (2015), basada en el libro de Michel Punke, y en la que los osos Teddy tienen su desquite, vuelven ser feroces.

Tribu de excluidos. “Nos llamaron parias y asesinos, Petirrojo. Pero somos hijos de la tierra y hermanos del hombre. Todas las tribus de la Sierra Nevada saben tan bien como nosotros que al grizzly se le vence sólo si el espíritu del grizzly está en paz contigo”.

El diálogo con otros animales invierte su sentido antropocentrista habitual, como suele suceder con muchas culturas originarias en México, aquí los humanos adoptan características de otros animales, desearían ser como ellos (pienso igual en Mina de David Almond: “Mi siento en un árbol, canto como las aves, mi pico es pluma, mis cantos son poemas”, escribe la niña). Y ser con ellos una misma tribu como en Al final de la línea de Marcelo Pimentel (FCE, 2016).

Ilustración de Marcelo Pimentel.

Los personajes históricos de Una tribu quieren quedarse en su valle, casi a toda costa. Cuando los han capturado para reubicarlos en una reserva consiguen escapar y regresar a su tierra. Allí está todo lo que pueden nombrar y lo que da sentido a sus espíritus.

En el imaginario, Mowgli, igual que Tarzan, vive en la selva. Aunque sabemos que el niño indio finalmente se marchará para casarse. De hecho, en el poco conocido El segundo libro de la selva, publicado en 1895, justo un año después que el primero, vemos cómo, efectivamente, Mowgli abandona la selva porque ya tampoco se siente bienvenida en ésta. Sin embargo, sus amigos animales Kha, Bagheera, tres hermanos lobos y Baloo, ya un viejo oso ciego, se despiden de él cantándole cada uno una canción que termina siempre igual:

Bosque y agua, viento y árbol,
¡vaya contigo el Amparo de la Jungla!

En el resto de los versos lo invitan a que la jungla viva siempre dentro de él. Es posible que esta idea sea resultado del pensamiento decimonónico sobre el regreso a la Naturaleza y su protección. Tradición en la que mucho influiría también Henry David Thoreau con ensayos como Walden (1854) o “Caminar” (1862) en el que afirma: “Todo lo bueno es libre y salvaje”, y que se ha ido refrescando con libros como El árbol (1949) de John Fowles, Una temporada en Tinker Creek (1974) de Annie Dillard e incluso Del natural (1988) de W. G. Sebald. Todos son títulos que siguen circulando en nuevas ediciones.

Y, como vimos, una tradición que la literatura infantil y juvenil se mantiene muy vigente.

Otra lectura posible de las ideas de Rousseau se limita a exaltar este regreso a la Naturaleza que revisamos a lo largo de las tres entradas y principalmente en esta.

En su libro Ensoñaciones del paseante solitario (1782), Rousseau afirma que sólo experimentó una “verdadera felicidad” que “llenó su alma”, al pasear solo en la Isla de Saint-Pierre, arriba de un bote a merced de la suave corriente o “sentado en los bancos de arena de un hermoso río susurrante”.

Casi cien años después, en 1884, la vida vagabunda de Huckleberry Finn y Tom Sawyer en la Isla de Jackson, navegando en una balsa por el Misispi nos recordarían estas escenas.

Pero la idea de infancia de Mark Twain, se separa de la imagen cándida de Rousseau. Tom Sawyer y Huck no se consideran así mismos buenos e inocentes, ni parecen requerir de ninguna protección. A ello apostarán también escritoras como Astrid Lindgren con Pippi Calzaslargas (1945) con la que se podría trazar una historia de niños y niñas rebeldes derivada de esta mirada sobre lo salvaje y las nuevas corrientes de pensamiento, sobre todo las psicológicas, que los reconocieron como sujetos con criterio propio.

Desde entonces a la fecha, siguen circulando los libros que suscriben una de las caras de aquel mito del Buen Niño Salvaje e intentan domesticar al lector reavivando la dicotomía barbarie/civilidad. 

En contrapunto, otros muchos libros celebran todo lo indomable, ambiguo y desconocido que supone todavía la niñez y la juventud. Proponen un regreso, una nueva conexión con la Naturaleza menos bucólica, más realista, que refleja la complejidad emotiva de los personajes, como en Afuera o El huemul o la identidad de una cultura, como en Una tribu. O que sitúa a los lectores como exploradores científicos —que valoran sin explotar a la Naturaleza— en sofisticados libros informativos como en El mundo natural o El hilo invisible de la naturaleza o alguno de los muchos inventarios ilustrados: animalarios, herbarios y atlas que circulan como parte de una mapamanía de la industria editorial actual.

Desde la primera entrega contaba la historia de Los jóvenes náufragos de Black Lake Island (Barrie, 1901) ese enigmático libro del que sólo se imprimieron dos copias, una perdida —¿para siempre?— en un tren y otra hoy en la Beineckle Library de la Universidad de Yale. Allí el personaje de Peter escribe una introducción en la que aclara que decidió omitir en su narración del naufragio muchos datos relativos a la flora y fauna de la isla que había recopilado pero que pensó resultarían de poco interés para los lectores. Seguro que a la tribu de lectores de este siglo les fascinaría leerlos.

Galería salvaje

Después de terminar esta serie de tres entradas he seguido encontrando más libros “salvajes” que plantean un regreso a la naturaleza. En una visita reciente a la librería Abracadabra llibres per a nens, me recomendaron un libro recién salido de la imprenta: En busca de lo salvaje, de Abigail Halpin y Megan Wagner Lloyd (Errata Naturae, 2018). Primer título de una nueva colección llamada nada menos que “Los pequeños salvajes”. Belleza de álbum que mezcla el ensayo informativo con la mirada poética de dos niños. Además, Litera Libros anunció la traducción de La tribu qui pue (Les fourmis rouges, 2017), La tribu que apestay la editorial Maeva este año tradujo del polaco el libro informativo Árboles de Piotr Socha y Wojciech Grajkowski.

 

Ilustración de portada de Lane Smith.

 

Entradas relacionadas:

De Rómulo y Remo a Mowgli y Tarzán. Una historia de lo salvaje en la literatura.

Ruge como un tigre y otros libros feroces. El nuevo llamado de lo salvaje.

#NuevoLlamadoDeLoSalvaje #RegresoALaNaturaleza #LIJ
Anuncios

2 Comentarios »

  1. Hola, ¡qué buen artículo! Hace años que leí “Todos somos censores” y quedé sumamente impactada. Fue de los artículos más movilizantes que he leído. Agradezco que compartas noticias de él en el blog, por Uruguay no abunda información de su tarea.
    ¡Qué tema! Me dio gracia contarle a mi compañero, que no es tan amigable a la hora de evaluar un libro, acerca de la temática del blog: él detesta los animales que hablan, je.
    Gracias por compartir esta riquísima entrada y espero novedades de ese congreso, si es posible subir la conferencia.

    Beso

Comparte tu opinión, deja un comentario.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s