Sucede muchísimo más de lo que nos atrevemos a reconocer… y a contar. Pero hay que contarlo y contar, como propone Graciela Bialet en este ensayo urgente, para visualizar las dimensiones de la pesadilla detrás de las cifras de la UNICEF: “En un salón de clase de escuela primaria de 36 estudiantes, 7 niñas y 3 varones han sido o están siendo abusados sexualmente. De 36 niños, 10 sufren abuso”.

Un terror que tenemos enfrente, cada mañana, cuando leemos a un grupo de niños. Es tan abrumador que el impulso a entrevistarlos uno por uno surge de inmediato. Pero sabemos que las palabras no salen a la primera porque el abusador y su entorno se han encargado de borrarlas. Entonces, quizá la experiencia de lectura y charla compartida de una historia literaria, capaz de removernos, sea un punto de partida, restablezca la confianza en algún adulto, rompa el silencio social, devuelva la capacidad de decir: fue, es real aunque se oculte y acalle.

Porque es un silencio que avanza desde distintos frentes. Cuando empecé a estudiar la censura en la literatura infantil y juvenil, recuerdo la experiencia de una destacada escritora a la que específicamente le habían dicho que una novela suya no era publicable porque relataba una violación de un padre a una hija. Y como ésta, fui escuchando más. Christel Guczka, autora de Las fotos de Caroque Bialet analiza en su investigación, cuenta que su libro “desaparecía” misteriosamente de las bibliotecas de aula, programa federal de fomento lector para el que fue seleccionado. Es como si antes, durante y después de la edición de un libro hubiera copartícipes inconscientes del delito, que en un afán de “proteger” a los niños de temas no “adecuados”, hacen justo lo contrario: protegen a los agresores y exponen más a los menores a estos abusos, blindan su silencio. “El silencio no solo desinforma sino que funciona como cómplice”, dice aquí Graciela Bialet.

Bialet, escritora comprometida social y artísticamente, identifica la ausencia de tramas atravesadas por un abuso sexual en los retratos de infancias y adolescencias en la LIJ en el siguiente estudio. Se escribe muy poco al respecto, tal vez también por lo delicado que puede resultar para un creador recuperar y reelaborar una experiencia propia de abuso o ponerse en la piel de alguien que lo ha vivido. Por eso me sorprendió gratamente la reciente publicación de la novela gráfica La breve pero significativa lucha de la Niña Ajolote (Edelvives México y Secretaría de Cultura, 2018) de Carolina Castañeda, uno de los mejores y más valientes libros ilustrados que leí en 2018, y que reseñé en la entrada pasada; y en 2017, igual  con lenguaje de cómic, el compendio de 20 relatos de abuso Sólo es un piropo de Maria Stoian (Océano, 2017).

Ambos libros rompen el silencio. Aunque le hablan más a adolescentes y jóvenes, no tanto a niños y niñas. Allí la frontera del tabú adulto es mayor. Que entre jóvenes sea un poco más común que circulen estas historias lo demostró un breve sondeo que hice en el grupo de Facebook del Consejo Editorial Juvenil del blog. Cuando les pregunté por publicaciones leídas en las que hubiera alguna experiencia de abuso sexual, subió el promedio de respuesta habitual en los comentarios. Las ventajas de ser invisible, Nunca olvides que te quiero, Desde mi cielo, Nada, The tales of One Bad Rat, Yo seré la última, Sisters of sorrow, El color púrpura, The Crow: Curare, Los demonios del edén estaban entre sus lecturas. Incluso Lolita de Nabokov, de la que Catherine Nieto, miembro del Consejo, dijo: “A pesar de la romantización que ha sufrido el texto (que no entiendo y me molesta dicho sea de paso 😠) habla de un señor que secuestra y abusa de una niña de 14 años. Y no importa cuanto adorne su relato de los hechos (la novela está hecha desde la perspectiva de él) sigue siendo un ser abyecto y aberrante”.

Regreso al ejemplo del número de abusos en el aula escolar. Quizá esta vileza esté más presente que el propio bullying entre pares que, por otro lado, estaba de moda en la LIJ cuando rechazaron la novela de la escritora referida.

¿Los adultos son los primeros en arbitrar sobre otros niños o niñas que molestan a sus compañeros, pero los últimos cuando se trata de denunciar los abusos perpetuados por otros adultos? ¿Será porque señalar el bullying escolar no los implica moralmente y mantiene a salvo, perpetúa, su posición de poder sobre los menores?

Para Silvia Piceda y Sebastián Quattromo, sobrevivientes de abuso sexual, inspiradores activistas y fundadores del colectivo Adultxs por los derechos de la infancia, hablamos, sobre todo, de un “descomunal abuso de poder”. 

Y una de sus manifestaciones es criminalizar al niño, niña o joven y absolver al adulto (discurso que se cuela hasta en películas taquilleras y premiadas como “La cacería” (2012) de Thomas Vinterberg). En entrevista para esta nota introductoria, Silvia Piceda dice: “La suerte de las víctimas ha sido desastrosa porque la sociedad se ha movido con alto permiso social a los abusadores. Este permiso social y el silencio es el que llena de vergüenza a la víctima. Son frecuentes las re vinculaciones forzadas con progenitores abusadores y hasta hay reversiones de tenencia [patria potestad]: la madre que fue a la justicia a denunciar a su pareja o ex pareja a partir de asumir la defensa de sus hijxs, ¡asiste a la tortura de ver que los jueces y peritos entregan a sus hijxs al agresor! Es en la sociedad donde tenemos que trabajar y en el discurso social. Por otro lado, cuidemos no generar una nueva victimización, un nuevo estigma en el niño o niña víctima. Insistimos en la frase de Boris Cyrulnik ‘Una herida en nuestra historia no es un destino’. Generemos situaciones donde los chicos puedan contar lo que les está sucediendo, con adultxs con una clara actitud de cuidado hacia la infancia, confiables”.

Y aquí entonces un valioso, detallado y comprometido recorrido de libros complejos y testimonios de sus autores con el que Graciela Bialet señala una tarea pendiente pero también un posible camino para desandar el silencio y acompañar la voz de alto, dicha en alto, de niños, niñas y jóvenes. Y la voz del adulto, sobreviviente de abuso, que sigue sin poder hablarlo. Como sucede con otros crímenes, como el terrorismo de Estado, la LIJ ha ofrecido una mesa de diálogo también para los adultos, para que hablemos de lo que tampoco hablamos entre adultos.

Con una mirada crítica, Bialet defiende el valor artístico de su corpus: por su efecto catártico, quizá podrá más la literatura que el manual preventivo dibujar las letras borradas del crimen. 

Agradezco la generosidad y la confianza de Graciela para compartir en Linternas y bosques esta apremiante e inédita investigación, una problemática que ojalá discutiéramos en cada vez más espacios comprometidos con la infancia y la juventud y el arte. ¿Cómo lograr que el tema no someta lo artístico? ¿Cualquier mediador de lectura está capacitado para abordar estas situaciones?, ¿hay momentos y espacios idóneos para hacerlo?, ¿realidad puntual o metáforas, para contarlo?, son algunas de las preguntas que quedan para seguir pensando. En la labor diaria de mediación, sabemos que es difícil acercar este tipo de historias, pero ya el sólo hecho de crear entornos de escucha, libertad y arte, con un buen libro en el que los personajes se defiendan y emancipen, escapen, hagan justicia, puede ser un comienzo.

Adolfo Córdova

 

 

La letra invisible de un crimen:

Abuso sexual y Literatura Infanto-Juvenil (LIJ)

por Graciela Bialet*

Ilustración de Hebe Gardes para “El que nada no se ahoga”.

 

Breve contextualización de la problemática del abuso sexual a menores

Números y letras. Voces acalladas. Delitos invisibles. ¿Realidades que superan la ficción?

Según UNICEF, en 2011, 5 mil 500 niños y niñas eran explotados sexualmente por día en América Latina y el Caribe. Estas cifras se disparan aún más en Asia y la Polinesia. Los mayores consumidores de “turismo sexual infantil” son adultos del llamado primer mundo. En España y en otros países de la Unión Europea, EEUU y Canadá, estiman que un 23-25% de las niñas y un 10-15% de los niños sufren abusos sexuales antes de los 17 años. No hay condición social para este crimen. Ricos, pobres, clases medias son víctimas o victimarios de esta perversión centrada en saciar fantasías y actos sexuales con niños y adolescentes. Y lo peor es que las tres cuartas partes de los abusadores denunciados son familiares directos de las víctimas.[1]

El abuso sexual a menores se configura cuando se produce cualquier contacto sexual, consentido o no, entre un adulto y un menor de edad. Según la Organización Mundial de la Salud —reflejado en documentos de UNICEF de noviembre de 2016— a nivel mundial, una de cada cinco mujeres y uno de cada trece varones ha sufrido abuso sexual en la infancia. “Entre las víctimas, el 71% son niñas y el 29% son varones y las edades de mayor riesgo son entre los 3-4 años y entre los 8-12 años”.[2]

Si nos situáramos hipotéticamente en un salón de clase de escuela primaria, cuya matrícula fuese de 36 estudiantes, podríamos deducir que dentro de ese grupo, 7 niñas y 3 varones han sido o están siendo abusados sexualmente. De 36 niños, 10 sufren abuso. O sea, casi la tercera parte de una escuela infantil vive esa pesadilla.

Alguna vez se definió al abuso sexual en la infancia como un crimen silencioso, porque las víctimas son indefensas, vulnerables, y mientras ese delito se consume, las criaturas no entienden qué, ni por qué les sucede, sospechan que tal vez son responsables por algo que han hecho mal, o es un tema natural a aprender, dado que la mayor cantidad de abusos contra las niñas y los niños ocurre en el seno de su hogar: siete de cada diez abusadores son los padres, padrastros, tíos y/o abuelos.

El abuso siempre es una violación a la intimidad, ya sea que la agresión sexual implique penetración carnal, acosos, exhibicionismo, toqueteos, pornografía, o engaños seductores a través de encuentros en redes de internet (grooming, en inglés).

“El abuso es una de las formas más tremendas de violencia hacia la infancia, pues los chicos tienen miedo de hablar porque son niños, porque se los juzga, por temor a las represalias, porque sienten culpa y vergüenza” [3], dice Mariángeles Misuraca, oficial de Protección y Acceso a la Justicia de Unicef.

Las secuelas emociones, psicosociales y físicas que marcan al infante abusado van desde la ansiedad, enuresis, depresión, dificultades en su adulta vida sexual, ya sea por insatisfacciones amorosas crónicas o por el desarrollo de conductas promiscuas, incluso una fuerte predisposición a la esquizofrenia.

Según estudios realizados en la Universidad del País Vasco, las niñas son más proclives a mostrar reacciones ansioso-depresivas, en cambio los varones, tienden al fracaso escolar, a tener dificultades para socializar, e incluso, precoces comportamientos sexuales agresivos.

Los niños más pequeños, en etapa pre-escolar, como consecuencia de su escueto repertorio lingüístico y el incipiente proceso de formación de sus recursos psicológicos, tienden a invisibilizar o negar lo ocurrido. Pero cuando crecen, aparecen los sentimientos de culpa y de vergüenza. Ya en la adolescencia, se agudiza el problema, pues se toma conciencia del alcance de esas relaciones abusivas e incestuosas, del riesgo real de coito y de embarazo, lo que da cabida a “huidas de casa, consumo abusivo de alcohol y drogas, promiscuidad sexual e incluso intentos de suicidio”[4].

En el libro Instrumental, el músico y escritor James Rhodes narra su propia experiencia infantil de abusos, y relata que:

La vergüenza es el legado que dejan todos los abusos. Es lo que garantiza que no salgamos de la oscuridad, y también es lo más importante que hay que comprender si queréis saber por qué las víctimas del abuso están tan jodidas. El diccionario define la vergüenza del siguiente modo: «Una dolorosa sensación de humillación o congoja causada por la conciencia de haber actuado mal o con insensatez». Y esta definición me parte un poco el corazón. Todas las víctimas consideran en determinado momento que lo que les han hecho son actos malos o insensatos que ellas han cometido. A veces, si tienen muchísima suerte, pueden darse cuenta y aceptar a un nivel profundo que se equivocan, pero normalmente se trata de algo que en el fondo siempre creen, que siempre creo, que es cierto. La primera amiga de la familia a la que le conté lo de los abusos, me conocía de toda la vida. Yo tenía treinta años cuando se lo dije, y, literalmente, lo primero que soltó fue: «Bueno, James, eras un niño preciosísimo». Más pruebas de que esto lo causé yo. Eran mis coqueteos, mi belleza, mi dependencia, mi libertinaje, mi maldad, lo que les obligaba a hacerme esas cosas.

La vergüenza es el motivo por el que no se lo contamos a nadie. Las amenazas funcionan cierto tiempo, pero no años. La vergüenza asegura el silencio, y el suicidio es el silencio definitivo. [5]

Muchas veces ese suicidio, del que habla Rhodes, no es la muerte física, sino la emocional, esa vida introspectiva sensible a la que el arte arropa y posibilita vuelos, otra vuelta de tuerca para reanudar inmensidades de nuevas vidas, en nuestro caso de estudio, el arte literario: la literatura infantil y juvenil.

 

LIJ y abuso sexual

Silencios asesinos. ¡Silenciosos asesinos! Como dice la contratapa del libro Palabras envenenadas: “A veces, la verdad permanece oculta en la oscuridad y solo se ilumina al abrir una ventana”. La literatura es una hendija poderosa por donde espiar nuevas realidades.

Abuso sexual. Un tremendo tema para la literatura infantil y juvenil (LIJ) que durante décadas consideró cualquier acercamiento a temáticas en torno a la sexualidad como un tabú.

Ya en los años ochenta del siglo veinte, Marc Soriano alertaba acerca de estas ausencias de contenidos y los dobles discursos y ambigüedades que se generaban alrededor de lo sexual, negando incluso asuntos en torno a la diversidad de género. Lo que Graciela Montes definió como el tendido de un corral sobre la infancia, donde la contemporaneidad y visibilización contestataria de nuevas realidades sociales, culturales, políticas, que emergían a contra pelo de los modelos o estereotipos “políticamente correctos”,  quedaban en la periferia de los temas a tratar en la LIJ.

Dice Soriano, en su imprescindible ensayo La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas, que “las obras que se ocupan de estos problemas se consideran —casi peyorativamente— comprometidas”, por el contrario “las que los ignoran son artísticas.” Y puntualmente sobre temas sexuales, acota:

“Los adolescentes miran películas pornográficas que difunde un canal de televisión y quieren plantear sus preguntas. Pero ¿a quién se las plantean? Los padres no hablan con sus hijos del amor, sino cuando se trata del sida. No toleran su lenguaje procaz, pero emplean ese mismo lenguaje cuando están a solas con sus amigos. Los que militaban por la libertad sexual en 1968 se manifestaron tan incapaces como las generaciones anteriores para abordar con libertad los problemas de la sexualidad con sus propios hijos. El gran tabú sigue en pie.[6]

Y estas NO palabras se exacerban en un sentido y en otro, desde el libertinaje del “todo vale” hasta un silenciamiento ultra religioso que proclama un celibato casi inviable, cuando en el Siglo XXI, plena era digital, con un par de tecleos cualquier chico o niña accede a información sexual, a la pornográfica, o simplemente a estimulaciones precoces implementadas incluso en la publicidad de vestimenta infantil, golosinas y juegos, que alienta a niños y a pedófilos indistintamente.

Si la ficción —que opera como un motor entre lo posible y lo soñado, entre lo real y lo impensado— no habla también de estos temas “difíciles”, en realidad lo que sucede es que los niños de todas maneras acceden a estos conocimientos “no dichos” —o son sorprendidos— por otras vías, en o fuera del entorno afectivo, y muchas veces, desde medios menos comprometidos con el arte. La desinformación actúa erráticamente. Anestesia por saturación contaminante de mensajes a través de la vulgaridad en algunas pantallas. Obtura la posibilidad de acceder, en nuestro caso con el arte y la literatura, a la formación de lectores como cuestionadores potentes, con capacidad de establecer relaciones y desarrollar juicio crítico frente a diferentes situaciones de la vida, aun cuando éstas sean perversas. Cuando de “eso no se habla”, el silencio no solo desinforma sino que funciona como cómplice. Ya decía Paulo Freire: “Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión”.

La LIJ está entre nosotros para comprometerse con la fantasía y también con la realidad cotidiana construida con aciertos y contaminada de adulteraciones.

 

¿De qué LIJ hablamos?

Roger Ycaza para “Los fantasmas tienen buena letra”.

La literatura infanto juvenil es aquella que “también” leen niños y adolescentes, como decía Malicha Leguizamón: “Se entiende por literatura infantil toda obra, concebida o no deliberadamente para los niños, que posea valores éticos y estéticos necesarios para satisfacer sus intereses y necesidades” [7].

Manifestación artística de la palabra que, en el caso de los libros para niños, interactúa también con la ilustración (expresión plástica importantísima en la construcción de sentido por parte del joven lector, especialmente en el libro álbum). Sus relatos tienen que ver con temáticas peculiares a la infancia, y si bien durante mucho tiempo ha sido “instrumentalizada” como material pedagógico, o sea, con fines didactistas, la LIJ se ha alejado de ese “servilismo”, abordando todo tipo de temáticas, incluso varias consideradas tabúes.

Rastreando el tratamiento del tema en la LIJ (en idioma castellano, ya sea como lengua de producción o traducciones en circulación por Latinoamérica), la primera revelación significativa es que hay pocos materiales ficcionales al respecto. La temática es escasamente abordada, con distintos niveles de incursión o definiciones, y ni remotamente estaría representando a esa tremenda relación de niños afectados. A modo de analogía, podría considerarse que, según informe de la Cámara Argentina del Libro[8]en 2017 se editaron 3 mil 982 nuevos libros para niños[9], y de entre ellos, solo uno habló de abuso (comentado en este trabajo): Los fantasmas tienen buena letra de la ecuatoriana María Fernanda Heredia, libro que recién salió al mercado argentino en 2018.

Gustave Doré para “Piel de Asno”.

La sexualidad y abuso han estado presentes en la LIJ desde sus orígenes. Ya la versión de Caperucita Roja —recogida de la oralidad popular y transcripta por Charles Perrault—, prevenía con explícita moraleja a las niñas sobre no dejarse seducir por “zalameros” que solo quieren llevarlas a la cama. Pero tal vez sea “Piel de asno” —también recopilado por Perrault e incluido en su célebre Cuentos de Mamá Oca (1697)—, uno de los primeros relatos para niños que toca el escabroso tema del incesto y la amenaza del abuso (un rey que halla en su propia hija la posibilidad de volver a casarse con alguien tan hermosa como su fallecida esposa y madre de la víctima): 

Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta, diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa.

La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante.

Cabe recordar que por aquellas épocas, la infancia era una etapa de vida poco mirada, un sector poblacional desatendido, y que los niños de los sectores populares llegaban a mayores si lograban sobrevivir a las extremas condiciones de vida que compartían con cualquier adulto. Al respecto, Daniel Goldin, citando a De Mause[10], nos recuerda que:

“Se trataba de sociedades en que el trato violento entre los hombres era habitual, donde todos estaban condicionados para ello y a nadie se le ocurría que los niños requerían de trato especial. De Mause hace un recuento pormenorizado de cómo hasta el siglo XVII los adultos sometían a castigo corporal a los niños sin que nadie los cuestionase, y la reducción del castigo corporal sólo se nota en el siglo XVIII. Esto desde luego no excluía el abuso sexual, tolerado y practicado comúnmente con la venia general más o menos explícita aún a comienzos del siglo XVIII (1982:80 y sigs.).”[11]

De infancias pasadas sabemos por la oralidad familiar (memoria doméstica y a la vez colectiva de los pueblos) y, más aún por la literatura, que siempre contará mejor la historia que los propios manuales. Por ejemplo, sabemos de infancias, como la de Oliver Twist, a través de la novela del mismo nombre, escrita por Charles Dickens (en 1837), infancias de niños que llegaban a adultos solo si sobrevivían de un modo salvaje y silvestre, sin protección y explotados[12]. Un solo párrafo de la vida de Oliver en el orfanato, pidiendo un poco de comida, da cuenta:

—Por favor, señor, quiero un poco más —repitió el muchacho.

El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amargamente. Solo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros.”

(…)

—¿Qué es esto? —preguntó tía Maylie—. Este chiquillo no puede ser el ladrón.

—Los seres más jóvenes y más bellos —repuso el doctor— son a veces las víctimas preferidas del crimen y del vicio.

—Suponiendo que tenga usted razón —dijo su sobrina Rose—, es también posible que este muchachito no haya conocido nunca el amor de una madre ni el calor de un hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad.

Y tú, querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a la cárcel.

Un siglo después de Oliver, ya en 1937[13], el brasileño Jorge Amado escribe la contundente y conmovedora novela Capitanes de la arena, que si bien no fue escrita como LIJ, sigue circulando como tal en casi todo el mundo con más de 50 traducciones. La historia trata de una pandilla de chicos —y una niña— que viven de la delincuencia y a sus derivas en un depósito sobre la playa en Salvador de Bahía, rechazados por casi toda una sociedad egoísta y negadora, que pide mano dura contra ellos. Son agresivos y mal hablados, así se protegen, dando miedo, y a pesar de sus abandonadas y riesgosas circunstancias de vida, se muestran divertidos como niños, haciendo vida de adultos, incluso sexualmente. El Gato es un personaje emblemático para la temática que se aborda en este trabajo. Es un muchachito de catorce años, elegante y precoz gigoló, descendiente de indios maloqueiros, que tiene un largo amorío con Dalva, una prostituta varios años mayor, quien le da bienestar a cambio de sexo.

“Pero Dalva no le cosía la ropa, quizá ni siquiera supiera enhebrar una aguja. Lo que sabía era sacudirse en la cama y arañarle la espalda a propósito para excitarlo, para que el amor fuera más intenso. Dora, no. No era a propósito. La mano de ella (uñas arruinadas, sucias y roídas por los dientes) no quería excitarlo, ni hacerlo temblar. Pasaba como la mano de una madre que le remienda la camisa al hijo. La madre del Gato había muerto muy joven. Era una mujer frágil y hermosa. También tenía las manos arruinadas, porque la mujer de un obrero no tiene manicura.”

En 1980 aparece la nouvelle del mexicano José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, contada como una historia iniciática que trascurre en 1941, donde se que narra con ironía una relación idílica e inapropiadamente sensual entre un niño y la madre de su amigo. Como Capitanes de la arena, es del tipo de literatura no escrita específicamente como LIJ, pero que los lectores adolescentes mexicanos tomaron como propia, y donde los abusos sexuales y la promiscuidad (consentidos o no) están presentes.

Es recién casi a finales de S.XIX donde la infancia empieza a ser considerada como portadora de derechos propios de vida y futuro, y por ende comienza a ser objeto de estudio y protección, para convertirse durante los siglos XX y XXI en sujetos de reproducción cultural y de consumismo. Se pasó de idearios de “infancia rosada y juventud divino tesoro” a niños (¿otra vez como en el medioevo?) “prematuramente seudo-adultos”, ahora por contextos globales donde la tecnología ha reconfigurado y desdibujado los límites entre el mundo adulto (inmigrante digital) y el infantil (absolutamente digitalizado) que a través de las pantallas accede con autonomía a todo tipo de información sexista, incluso lúdica, y en la mayoría de los casos sin filtro alguno.

 

Acerca del corpus seleccionado para este trabajo

En lo que va del S.XXI, en Latinoamérica, se han concretado un número interesante de producciones para niñas, niños y adolescentes en torno a visibilizar, concientizar, informar y prevenir a menores y adultos acerca del abuso sexual. Esos materiales, de muy buena calidad y con la información necesaria (muchos de ellos producidos e incluidos en programas o proyectos de Educación Sexual Integral en varios países latinoamericanos, incluso por recomendaciones de organismos de Naciones Unidas), abarcan libros para chicos con cuentos acompañados de manuales instructivos, videos, historietas y canciones, de hecho lo explicitan indicando:

“Para compartirlo con los niños y usarlo en actividades de prevención” (…) Como un recurso complementario al propio cuento, para que lxs adultxs dispongamos de más herramientas sobre cómo explicárselo a lxs niñxs”. (En manual pedagógico que acompaña al cuento Clara y su sombra).

“Es un libro de cuento para niñeces sobrevivientes de abuso sexual. Busca una mirada libre de revictimizaciones, que permita comprender el valor de la comunicación y el poder de los propios relatos en espacios de horizontalidad feministas y disidentes. (…) No es pedagógico pero sí trabaja la interacción entre adultes y niñes, que pueden encontrarse en la lectura y completar dialogando los espacios vacíos que la violencia patriarcal deja en la memoria de quienes la sobrevivieron”. (Reseña de la propia editorial, sobre el libro Yael y la casa violeta, en su página de Facebook).

Estos textos pueden encuadrarse en una categoría de producciones y libros informativos para niños, planteados narrativamente, abocados al tema del abuso. Como:

  1. Dedé, Ma. Laura. Czarny, Reiman y Urbas (2016). Los secretos de Julieta (Libro y película animada). Ed. Norma-ONG Hospicom. Puede verse aquí.
  2. Dedé, Ma. Laura. Czarny, Reiman y Urbas (2016). Decir sí, decir no (Libro y película animada) ONG Hospicom. Puede verse aquí.  
  3. Ibarra, María (2018).Yael y la casa violeta. Ilustrada por Julia Inés Mamone. (Libro de cuento). Editorial Femimutante, Buenos Aires.
  4. Murillo, José Andrés (2017). Azul. Un cuento contra el abuso. Ilustrado por Marcela Paz Peña. Ediciones Thule, España. En 2018, se produce su Manual de actividades preventivas entorno al libro que estará disponible en 2019. (La primera versión de este libro se realizó en 2016, sin intenciones pedagógicas explícitas, titulado solamente Azul sin subtítulo—, de los mismos autores y diseño similar, por Editorial Penguin Random House Chile, a través de su sello Lumen, en Santiago de Chile).
  5. Silva, Natalia – Seudónimo: Natichuleta (2016). No abuses de este libro (Novela gráfica). Ediciones B. Providencia. Chile.
  6. Pascual Martí, Elisenda (2016) Clara y su sombra.(Libro de cuento en papel y Manual pedagógico. Ambos en papel y en digital) Ed. Uranito. México. Su manual puede descargarse aquí.  
  7. Zepeda Sein, Monique (2012). Salvavidas. Ilustrado por Marcos Almada Rivero. Editorial Norma. (Libro y película animada). Puede verse aquí: 

 

 

Se hallan en el mercado editorial, también, algunos textos literarios para niños y jóvenes que incluyen o aluden a algún episodio de abuso sexual, sin ser éste el tema central que da sentido a la narrativa de dicho libro. Tal son los casos, por ejemplo, de las novelas que se describen a continuación:

 

 

Monstruos que sí son monstruos de María Cristina Aparicio Agudelo, ilustrada por Darío Guerrero Díaz (Norma, Torre azul, México, 2015). Novela para niños, donde una chica, atrevida y lectora, va descubriendo y atacando distintos monstruos que acechan a la infancia (adicciones a drogas, a pantallas; padres enfadados, alcohólicos; pedófilos) y a través de un libro y con sus amigos los van desenmascarando y venciendo.

Los ojos de la noche de Inés Garland (Santillana, Buenos Aires, 2016). Novela juvenil donde un grupo de chicas adolescentes de clase media va de vacaciones a la Patagonia. Allí viven varias aventuras de autoconocimiento, descubren paisajes, amores y también el maltrato seductor de un sujeto inescrupuloso.

En la oscuridad de Julio Emilio Braz, ilustrada por Mauricio Gómez Morin (FCE, México, 2017, primera edición en libro electrónico y decimosexta reimpresión en papel). Novela para adolescentes, donde sin tapujos se comparte la tremenda vida de un grupo de niñas de la calle, quienes sufren todo tipo de violencias, abusos y precoces adulteces.

El rastreo de textos ha sido lo más riguroso posible, pero ha sufrido las limitaciones que imponen las fronteras de circulación de los libros. A través de las redes sociales, muchos autores, editoras y lectores sumaron datos.  Es destacable que el país con más producciones de libros de LIJ referidas al abuso sexual, ha sido México, que incluso ha traducido, comprado derechos autorales y distribuido gratuitamente para las escuelas primarias del país —a través de su Secretaría de Educación Pública, con sus publicaciones de Los libros del Rincón, vía el Fondo de Cultura Económica con su colección A la orilla del viento— títulos literarios como: Las fotos de Caro de Christel Guczka, La niña del canal de Thierry Lenain y ¡Estela, grita muy fuerte! de Isabel Olid.

 

 

Es necesario recordar aquí que siempre la selección de un canon es un recorte, una determinación particular que excluye otros casos, ya sea por desconocimiento de su existencia, o por elección, y que lo que se describe en los textos analizados a continuación es solo la lectura reflexiva de quien describe, o sea la manera autónoma con la que un lector interpreta y construye sentidos desde su subjetividad.

En este corpus, se han considerado únicamente los textos (en idioma castellano –de origen o traducidos-) de mayor accesibilidad en Latinoamérica, que cumplían con el criterio de ser material capaz de evidenciar, desde la ficción, acercamientos textuales propios del arte literario, sin explícita referencia a estrategias educativas contra el abuso sexual a menores.

Los textos LIJ del corpus finalmente seleccionado para este trabajo, (doce en total),  han realizado sus peculiares recorridos comerciales, y algunos de ellos cruzaron sus propias fronteras territoriales de mercadeo, como así también editoriales. Poseen diversas características y formatos pensados para diferentes lectores, pero todos tienen en común el tratamiento explícito de la temática del abuso sexual como eje de su razón narrativa.

Se describen y analizan, a continuación, listados según su fecha de edición (lo cual generó y posibilitó su circulación de lectura y análisis) los siguientes títulos:

  1. Lenain Thierry (2000) La niña del canal. Ilustrado por Anne Victoire. Traductora Patricia Gutiérrez Otero. Fondo de Cultura Económica. Colección A orillas del viento. México.
  2. Bojunga, Lygia (2003) El abrazo. Traductora Irene Vasco Editorial Norma. Colección Zona Libre. México.
  3. Lenain Thierry (2007) ¡No me toques! Ilustrado por Stéphane Poulin. Traductor Leonardo Rodríguez. Editorial CEC. Colección Los libros de El Nacional. Caracas.
  4. Olid, Isabel (2009) ¡Estela, grita muy fuerte! Ilustrado por Martina Vanda. Libros del Rincón. Colección Paso de Luna. Secretaría de Educación pública. México.
  5. Carranza, Maite (2010) Palabras envenenadas. Edebé. Barcelona.
  6. Chávez Castañeda, Ricardo (2010) La valla. Everest. León, España.
  7. Bialet, Graciela (2012) El que nada no se ahoga. Ilustrado por Hebe Gardes. Ed. Comunicarte. Colección Bicho Bolita. Córdoba.
  8. Guczka, Christel (2013) Las fotos de Caro. Ilustrado por Edmundo Santamaría Gómez. Libros del Rincón. Secretaría de Educación pública. México.
  9. Echevarría, Albeiro (2013) Pegote. Ilustrado por Marcos Toledo. Editorial Norma, Colección Torre Amarilla. Bogotá.
  10. Barberis, Alicia (2013) El infierno de los vivos. Ed. Colihue. Colección Leer y Crear. Buenos Aires.
  11. Murillo, José Andrés (2016) Azul. Ilustrado por Marcela Paz Peña. Editorial Penguin RH Chile (a través del sello Lumen). Santiago de Chile.
  12. Heredia, María Fernanda (2018) Los fantasmas tienen buena letra. Ilustrado por Roger Ycaza. Santillana. Buenos Aires.
Ilustración de Martina Vanda para “¡Estela grita muy fuerte!”

 

En este listado hay dos casos particulares: En El infierno de los vivos hay un  anexo —propio de la colección a la que pertenece esta novela (que hasta este título cuenta con 165 diversos volúmenes)—, que plantea una propuesta de educación literaria, pero no explícitamente de educación en prevención de abusos, por eso se lo incluye en este corpus literario. El otro caso es Azul, donde se analizará su primera versión, editada en 2016 sin proyecto explícito de tratamiento pedagógico, aunque se aclara que en una segunda edición (con otra editorial) sí lo esboza, y a futuro los autores trabajarán en un manual de actividades preventivas en torno al libro. (Esa segunda edición está listada entre los libros con propósito explícito de educación contra el abuso).

A modo de pre-lectura acerca del formato y tratamiento del tema en estos libros a analizar, se ofrece el siguiente el siguiente cuadro:

 

AÑO

Edición /

circulación

TÍTULO AUTORES

escritor/a – ilustrador/a

RELACIÓN ABUSIVA: GÉNERO

Literario

2000

México

La niña del canal Thierry Lenain – Anne Victoire Hombre (maestro) /niña

 

Nouvelle p/ niños. Ilustrada
2003

Latino América

El abrazo Lygia Bojunga Hombre (desconocido)/niña

 

Nouvelle p/ jóvenes
2007

Venezuela

¡No me toques! Thierry Lenain – Stéphane Poulin Mujer (tía)/ niña (sobrina nieta)

 

Álbum
2009

México

¡Estela, grita muy fuerte! Isabel Olid – Martina Vanda Hombre (tío)/ niña Cuento ilustrado p/niños

 

2010

Hispano América

Palabras envenenadas Maite Carranza Hombre (padre) /niña (hija)

 

Novela juvenil
2010

España

México

La valla Ricardo Chávez Castañeda Hombre (tío putativo)/ niña

 

Novela p/ niños
2012

Argentina

México

El que nada no se ahoga Graciela Bialet – Hebe Gardes Pez hembra/ pececito macho Novela ilustrada p/ niños pequeños

 

2013

México

Las fotos de Caro Christel Guczka – Edmundo Santamaría Gómez

 

Hombre (tío)/ niña Álbum
2013

México

Colombia

Pegote Albeiro Echevarría- Marcos Toledo

 

Hombre (tío político)/ niño Novela p/ niños. Ilustrada
2013

Argentina

 

El infierno de los vivos Alicia Barberis Padrastro (madre encubre)/ niña adolescente Novela juvenil
2016

Chile

 

Azul

 

José Andrés Murillo- Marcela Paz Peña Hombre / niño Álbum
2018

Argentina

 

Los fantasmas tienen buena letra María Fernanda Heredia – Roger Ycaza

 

Hombre (primo adolescente)/niña Novela p/ niños. Ilustrada

 

 

Reflexiones en torno a la lectura de los textos del corpus referido

 

(2000) 

La niña del canal

Thierry Lenain

Ilustrado por Anne Victoire.

Traducido del francés por Patricia Gutiérrez Otero.

Fondo de Cultura Económica, colección A la orilla del viento. México. 56 páginas

Esta nouvelle fue originalmente editada en francés, en 1993, luego de recibir el Premio de Novela Juvenil del Ministerio de la Juventud y del Deporte de Francia, en 1992, otorgado por el Jurado de Jóvenes, y recibió también Mención especial por el Jurado de Adultos en el mismo certamen.

Luego, en el año 2000, la editorial estatal mexicana Fondo de Cultura Económica compra sus derechos en castellano, y bajo la edición del reconocido especialista en LIJ Daniel Goldin, comienza su circulación por Latinoamérica y Estados Unidos.

Dentro de la colección A la orilla del viento está clasificada “Para los grandes lectores”, con formato de 15×19 cm., tapa a color y con doce ilustraciones en interiores (papel obra) en blanco y negro más una viñeta en el colofón del libro.

Los datos hasta aquí volcados ya estarían dando una lectura de sus posibilidades de circulación. Nótese que siempre aparece el Estado como mediador de legitimación y posterior divulgación de la obra. Y que a la hora de la premiación, fueron los jóvenes quienes definen inicialmente el mayor reconocimiento, asignado el premio, cuando el Jurado de Adultos solo le concede una mención. Estas cuestiones no serían menores a la hora de presuponer que la industria editorial por sí misma, no estuvo a la altura de las circunstancias cuando se trató de ponerse al frente de las apetencias temáticas de esta índole y para este sector de lectores.

“Esta historia comienza antes de las primeras páginas y, como tantas otras, terminará después de las últimas. O nunca.” Así empiezan las primeras líneas del libro. La nouvelle cuenta el abuso al que es sometida Sara, de once años, por parte de su profesor de dibujo, clases a las que asiste fuera de la escuela porque su estricta madre insiste.

Si bien no plantea capítulos formales, el autor recurre a veinte segmentaciones o separaciones de tramos o fragmentos narrativos, indicados por espaciado (dos líneas) al que le sigue el detalle centrado de tres asteriscos y dos interlineados posteriores en blanco. Así, con estas señales, se intercalan las miradas, voces y relatos del argumento que se va tejiendo.

Transcurre entre el relato de un narrador omnisciente y los extractos del diario de la maestra de Sara, quien registra casi etnográficamente las impresiones que ella observa en su alumna: se ha cortado el cabello como un varón, está demasiado triste y taciturna, se alimenta mal, y manifiesta falta de entusiasmo para las tareas escolares.

La niña muestra señales que los padres no ven. Además de su cambio de aspecto físico, Sara quema una muñeca, les dice que no quiere tomar clases de dibujo, pero no cuenta lo que le sucede. Y es que se siente parte del abuso, culpable.

En ningún momento del relato se explicita o se expone el acto abusivo en sí. Pero ahí está, en esas imágenes plásticas y textuales de una niña que no sabe por qué le está pasando a ella, ni por qué vuelve una y otra vez al lugar de sometimiento.

La maestra sí ve las señales, porque son las que ella misma tuvo antes de olvidar por completo que también había sufrido aquellos acosos. Y decide huir. Pero no puede. Cuando finalmente es capaz de encarar el problema, rescata a Sara, y se rescata a ella misma.

El canal es una metáfora geográfica y psicológica de ambas. Casi un canal de parto y de partida hacia un camino de superación.

Un texto que no decae, sostiene el hilo sin golpes bajos ni estridencias y remata con un final esperanzador, que repara no solo a las víctimas, sino también a los lectores.


Thierry Lenain nació y vive en Francia (1959). Comentó alguna vez (para FCE) que escribió su primera novela a los ocho años. Ha sido profesor de niños con capacidades diferentes y, según sus propias declaraciones, se dedicó a la literatura cuando asumió la crianza de sus propios hijos. En su página web proclama que escribir para jóvenes no es para él una profesión, sino un trabajo. Tiene alrededor de setenta libros publicados, en la mayoría de ellos aborda temas complejos, propios de la problemática juvenil actual.

Anne Victoire nació en Francia, donde realizó estudios de arte. Publicó ilustraciones en revistas y periódicos, tanto en Francia como en México. En La niña del canal, la ilustradora encara la tapa presentando un personaje femenino con un aspecto entre niña y joven (¿es Sara o su maestra?), abrazada a una muñeca, un pote de pintura roja al fondo, planteando las pistas de la trama. En las ilustraciones de interiores del libro utiliza la técnica del dibujo a plumín y tinta china, en doce cuadros, delicados y casi puntillistas, que ocupan toda una página. Una viñeta en el colofón del libro, circular, donde se ven apoyadas unas sobre el hombro de la otra, en una tierna escena de encuentro y empatía, aparecen Sara, su maestra y su muñeca, las tres han sobrevivido al abuso, y entonces el lector vuelve a la imagen de la tapa, al cerrar el libro, y entiende que aquella primera mujer es todas, cualquiera de ellas.


(2003)

El abrazo

Lygia Bojunga

Traducido del portugués por Irene Vasco.

Editorial Norma. Colección Zona Libre. México. 56 páginas

La nouvelle El abrazo de Lygia Bojunga Nunes, cuyo idioma original de producción fue el portugués brasileño se editó inicialmente en 1995. Fue traducida al castellano latinoamericano en dos ocasiones: la primera, traducida por Irene Vasco en la Colección Zona libre de Editorial Norma en 2003. La segunda, en 2008, traducida por Isabel Soto e ilustrada por Rubem Grilo en la Colección Casa Lygia Bojunga de Editorial SM.

Narrada en primera persona —a modo de monólogo interior—, Cristina, de 19 años de edad, se confronta y reacciona frente a la violación sexual sufrida en su infancia (a los 8 años), cerca del río, cuando el tosco cuerpo del “Hombre de Agua” la penetró, la derribó, ¿confundiéndola con Clarice?, su amiguita de 7 años desaparecida un año atrás…

Como un cuento dentro de otro cuento, como secretos dentro de otros secretos, un grupo de amigos dispuestos a dramatizar en una fiesta el cuento “El abrazo” desata la historia de esta novela. Para completar el elenco necesario para la puesta teatral que realizarán, falta una protagonista: la Muerte. Entonces aparece una misteriosa mujer enmascarada, quien ha de cubrir el rol… ¿Es Clarice? ¿Es la máscara de la muerte que ronda siempre a Cristina? La historia de Cristina ¿o Clarice, o de ambas? está atravesada por encontronazos con ese delito infame, recuerdos entremezclados, hechos de violencia física y emocional. El relato de las violaciones es conmovedor y contundente, sin atajos ni tapujos.

Desde aquella fiesta Cristina queda alterada por la presencia de esa enmascarada Clarice (personaje que entra y sale a lo largo de su vida, como otro yo, como amiga invisible, como la voz de una conciencia no verbalizada, una amiga con quien comparte secretos y abrazos).

La historia da un giro escalofriante cuando, días después, asiste a una función de circo y reconoce la voz del violador en uno de los payasos. Cristina lo sigue, lo espera, lo seduce… se enamora de él. Esta extraña reacción podría entenderse como una reacción similar a la conocida como Síndrome de Estocolmo, donde la abusada llega a empatizar con el abusador. Sin embargo cobra ribetes desconcertantes cuando Cristina es arengada, reprendida por esa mujer enmascarada quien la culpa por no denunciar al violador, “eres realmente una infeliz”, le grita, mientras alerta explícitamente sobre secuelas como embarazos no deseados o el sida… (alusiones que podrían leerse como adoctrinadoras):

“El estupro no tiene perdón, es un crimen que hiere profundamente la dignidad humana, como el homicidio, como la pobreza; crímenes que no tienen perdón” dice la autora tras la máscara, exasperada porque Cristina no denuncia al violador, e incluso lo busca, siente placer al recordarlo. “Eres cómplice de un crimen” le grita Clarice a Cristina, “Tú y todos los que callan, los que perdonan, los que olvidan un crimen así.”

El desenlace de la historia confronta la conciencia del lector, porque muestra a una Cristina mutilada emocionalmente, que vuelve a la escena del crimen a entregarse otra vez. Estas escenas contradictorias al “deber ser” de la profilaxis del tema del abuso, permiten leer entrelíneas que el abuso sexual infantil es una acción de tanta violencia, agresividad y perversión que afecta profundamente la personalidad de esa niña, provoca en la víctima trastornos disociativos de identidad. Esta identidad entremezclada en Cristina que se hace cargo de la voz de Clarice, su amiguita de los 7 años abusada y desaparecida, es también la suya, la de su subconsciente.

El precio que paga Cristina por no entender las voces de esas Clarice que habitan su mente y su contexto es alto, demoledor. Ella va nuevamente tras el payaso —metáfora triste si las hay—. Entonces el asesino repone su crimen y al igual que a la pequeña Clarice, la mata, la asfixia. Una corbata gris enroscada en sus cuellos acallan gritos y pedidos de auxilio. La de este último  “abrazo” ¿pudo evitarse?… la corbata aprieta más… más…

La autora enfrenta con valentía y solvente escritura este tema tabú a la LIJ. ¿Es un acierto de la novela El abrazo recriminarle complicidad a la abusada? Cada lector tendrá su respuesta.


Lygia Bojunga nació y vive en Brasil (1932). Su obra es muy prolífica, ha sido traducida a doce idiomas y aborda todo tipo de temáticas, algunas de ellas controvertidas como el suicidio, el desamor, los conflictos. Ha recibido importantes premios por su obra: el Hans Christian Andersen, otorgado por el IBBY (por primera vez a una autora latinoamericana), en 1982, y el Memorial Astrid Lindgren, en 2004. Al ser entrevistada por Antonio Orlando Rodríguez, acerca de cuánto de ella hay en sus textos, la escritora brasileña respondió:

“Yo solo escribo. Mientras lo hago, no pienso en destinatarios. Solo me concentro en lo que tengo que contar, ¡ya eso es bastante trabajo! Yo escribo y punto. Hago literatura. Hay mucho de mí en mis personajes, pero no necesariamente en los femeninos. A veces hay más elementos míos, de mi vida, de mi manera de pensar, en los personajes masculinos. Todos mis personajes son un pedazo de mí. Pero solo un pedazo, porque un escritor nunca escribe la verdad verdadera. Siempre escribe una verdad fantaseada.

En mis libros están mis preocupaciones políticas y sociales, mi desesperación por los problemas de Brasil y de toda América Latina, mis esperanzas. Mis personajes hablan por mí, buscan respuestas para mí, comparten conmigo sus dudas y sus sueños.” [14]


  

(2007)

¡No me toques!

Thierry Lenain

Ilustrado por Stéphane Poulin

Traducido del francés por Leonardo Rodríguez

Editorial CEC. Colección Los libros de El Nacional. Caracas. 32 páginas

Este cuento, tramado como libro álbum (donde ilustraciones y textos van construyendo la narración de la historia) cuenta con treinta y dos páginas (no numeradas) en un atractivo formato de papel de consistente gramaje, tapas con solapas, y mide 21 x 26 cm. Está ilustrado a páginas completas y a todo color.

Stéphane Poulin, el artista plástico, utiliza como fondo una textura de paño añejo, de colores que van del sepia a un marrón claro, presentando algunas manchas más oscuras, que dan la impresión de una tela vieja, usada y gastada por el tiempo. Un dato que podría entenderse como la intencionalidad de reflejar una temática tan sombría como antigua.

Es un álbum bellamente ilustrado, muy llamativo, que tiene además la particularidad de presentar el tema del abuso de una mujer adulta hacia una niña (dos mujeres). Desde la tapa se puede hipotetizar acerca del disgusto de esa nena, con gesto de fastidio, dando la espalda a una anciana que la mira maliciosa y sonriente, como acechándola y a la vez ofreciéndole una moneda. El aspecto anticuado de la mujer, nuevamente remite al pasado, y sus largas y rojas uñas, a una bruja de cuentos.

En la portadilla, la primera página donde se acredita a los autores del libro, ya no aparece sonriente esa vieja mujer, sino con gesto maligno, enmarcada en un cuadro apoyado en el vacío blanco de la hoja. Allí causa más impacto aun que las filosas uñas de una de sus manos asoman y salen del recuadro del marco, como al ataque.

La historia, narrada en primera persona por esa niña, comienza contando la visita a su escuela (podría tratarse de un jardín de infantes) de una señora que les enseña “algo muy importante (…) mi cuerpo es mi cuerpo”. La niña protagonista le pregunta si nadie, ni siquiera su tía Ramona puede tocarla ni darle besos que le “chupan la sangre”.

Hasta aquí el lector, la lectora, puede inferir que se trata del fastidio que le causa a los niños que las personas mayores los besuqueen o aprieten cachetes, etc. Pero aparecen pequeñas huellas de datos donde esos besos no solo son molestos, sino en lugares inadecuados: “Cuando ella me suelta, corro a verificar en un espejo si no tengo un hueco en mi cuello”.

La niña va con sus padres a visitar a tía Ramona (única nombrada con nombre de pila). La niña protagonista no quiere ir: “tía Ramona me muerde. Estoy segura que trata de chupar mi sangre”, argumenta. Mamá canta alegre. Papá no celebra, pero tampoco se opone.

Siguen apareciendo pistas de lectura: al llegar a la mansión de la vieja, ella los recibe con los brazos en jarra, sobre la cintura, y custodiada por dos bravísimos perros Dóberman. Sobre esa única y plena imagen, la niña se niega por primera vez a que la bese la tía. Mamá se disgusta y le pregunta por qué no la besa. Ella repite lo aprendido en el colegio. “Porque mi cuerpo es mi cuerpo”.

La doble página siguiente es aún más fuerte. Desde una mirada tipo zoom cenital se ve la sala de la mansión. Un cuadro gigante de la vieja que a su vez los mira desde la altura a ellos cuatro sentados (incluida la anciana). Tres perros, ahora, y huesos dispersos por todo el piso. Macabro. Mamá quiere ser amable porque la tía prometió heredarles esa casa.

Tía Ramona y los tres perros con miradas furiosas, son el primer plano de la siguiente doble página, donde la vieja vuele a intentar besarla. Y aparece nuevamente la escena de la tapa del libro, la mujer mayor ofreciendo una moneda. La niña piensa, en el texto: “Esas monedas suyas no me gustan nada. Se diría que las gano vendiendo mi cuello”. Esta escena remite a ideas de lo que siente un niño que debe entregarse a ese adulto, a quien le han enseñado a querer y respetar pero que lo incomoda y agrede con sus abusos. No accede.

De regreso ya a su propio hogar, papá y mamá discuten sobre la actitud de la hija. Mamá quiere esa casa como herencia. Papá retruca que… “Si tía Ramona quiere que yo le bese los pies, ¿tendría que hacerlo también?”.

Las imágenes y los planos en que se presentan, facilitan colocarse en el punto de vista de esa menor que siente invadido su cuerpo, y el abuso de que es objeto se refleja y puede incluso sentirse en esa desproporcionada relación de fuerza y poder en los dibujos. El valor del dinero agrega un condimento aun más desalmado y casi extorsivo.

En este álbum la pequeña protagonista asume con valor la defensa de su cuerpo, enfrenta la situación de dejar de ser víctima. Un final dialogado en familia da cuenta de la resolución del conflicto.


Stéphane Poulin, reconocido ilustrador canadiense, nacido en Montreal, en 1961. Ha creado también álbumes donde es autor integral de texto e imagen. Posee una amplia trayectoria. Por su luminosa y casi expresionista obra recibió el Premio de Literatura Infantil del Consejo de Canadá en 1986.


 

(2009)

¡Estela, grita muy fuerte!

Isabel Olid

Ilustrado por Martina Vanda

Libros del Rincón. Colección Paso de Luna. Secretaría de Educación pública. México. 24 páginas

Este libro fue editado originalmente en la Colección A lomos del Clavideño de la editorial mexicana Fineo, en 2008. Luego compró sus derechos la SEP y puede descargarse gratuitamente en PDF [15].

Se trata de un cuento ilustrado, presentado en formato de libro de 21 x 21 cm., en papel ilustración con tapas semiduras. Visualmente predominan los colores azules, amarillos y marrones, con dibujos de trazos sueltos, que dan plena sensación de imágenes en movimiento.

Apenas abrir la primer página, conmueve la dedicatoria “A mis hijos, para que aprendan a gritar cuando lo necesiten. A mi madre, para que aprenda a escuchar cuando grito.”

Estela es una niña feliz, juega, se divierte pero le apena que su mejor amiga, Lucía, tiene muy mal carácter y siempre quiere lo que Estela toma para jugar. Y si ella no se hace lo que la amiga quiere, Lucía la pellizca o molesta. Estela siempre cede, se imagina que es pájaro y se mete en las historias de los libros.

La maestra de las niñas nota esa dificultosa relación que va del cariño a la pelea entre ellas y le explica a Estela que “cuando alguien te haga algo que no te guste, tienes que decirle que pare. Y si no para, entonces gritas muy fuerte hasta que vengan a ayudarte” (la palabra “gritas” está en negrillas y en tipografía mayor).

Estela ensaya la estrategia, incluso cuando mamá la peina y sin querer tironea su cabello. Y mamá entonces para, se disculpa y lo hace más suave.

Luego aparece el tío Anselmo, que era bueno y divertido. Cuando se reunían en casa de los abuelos hacía magia y contaba cuentos. Un día la invita a jugar al baño, le quita la ropa y la toca en partes íntimas. Estela no entiende ese juego, pero le pide que pare, y como no lo hace, luego grita:

Le sale un grito enorme.
Un grito tan fuerte que se escapa por la ventana
y viaja mar adentro, resuena por China y por Australia
y les llega a los pingüinos del Polo Sur
y a las jirafas de África.
Y entonces toda ella se convierte en el grito
y siente cómo tiemblan las hojas de los árboles de la selva,
cómo los caracoles esconden los cuernos,
cómo los perros corren debajo de las camas
y todas las nubes se ponen a llover.

La resolución, a través de palabras poéticas, es amorosa y de rescate familiar. Estela aprendió a decidir: cuando alguien quiera hacerle daño, ella gritará muy fuerte.


Isabel Olid (también firma como Bel Olid) es catalana (n.1977). Miembro del grupo de investigación de literatura infantil y juvenil Gretel, en la Universidad Autónoma de Barcelona. Este libro recibió el premio Qwerty al Mejor Libro Infantil en 2009. Si bien este texto es incluido en programas de prevención del abuso infantil, y la autora ha expuesto públicamente el haber sido abusada de niña, el texto en sí no explicita ninguna estrategia pedagógica o didactista. Por el contrario, está narrado poéticamente sin caer en ningún remate moralista o con moralejas. En palabras de la propia Isabel Olid, esta no es una historia sexual, sino un cuento sobre el grito.

Martina Vanda es italiana (n.1978). Además de ilustradora, es artista plástica y autora integral. Se graduó en ilustración en la Universidad de Roma y continuó estudios en bellas artes en la ESAG de París. Edita y publica sus propios libros ilustrados en España, México y Francia. Vive entre Roma y Barcelona desde 2004, donde trabaja y expone sus obras. Según sus propias palabras: “Para el dibujo cotidiano saco inspiración de mi cotidianidad (mis clases de danza, la lluvia, las montañas, la música, la poesía, los encuentros…) Para mis proyectos completos, saco de las experiencias vividas plenamente y los recuerdos de mi niñez.” [16]


 

(2010)

Palabras envenenadas

Maite Carranza

Edebé. Barcelona. 256 páginas.

La autora recibió por esta novela, escrita originalmente en catalán, el premio Edebé de literatura juvenil en el 2009, y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2011 que otorga el Ministerio de Cultura de España. Sin duda, y más allá de esos reconocimientos, este libro representa un valioso aporte para la literatura infantil y juvenil iberoamericana.

Cuenta la historia de una adolescente, Bárbara Molina, abusada por su propio padre biológico. Su madre, Nuria Solis, parece mirar para otro lado. Una amiga, Eva Carrasco, no olvida afectos ni rencores. Un subinspector a punto del retiro, Salvador Lozano, policía que no se resigna a cerrar el caso de la chica desaparecida años atrás. Estos son los personajes que a lo largo de 28 capítulos —casi testimoniales— van narrando en tiempo presente, cual parlamentos para un guión cinematográfico, la potente historia de la desaparición misteriosa de una quinceañera, cautiva y dada por muerta durante cuatro años. Una adolescente que es sometida a maltratos y abusos sexuales por ese “sujeto-padre” que jura amarla.

Tramada en tres partes (la primera nombrada como La chica que veía Friends; la segunda, A oscuras; y la tercera: El mal de Molière), esta novela para jóvenes compone cuadros contundentes que se articulan en la retina del lector para armar el rompecabezas de la ausencia forzada de Bárbara. Cada personaje entra y sale de la historia contando el misterio y sus propias obsesiones en torno al hecho. Ningún parlamento —en formato de capítulo de esta novela— es habilitado para el delincuente, Pepe Molina. Él no narra. Actúa. Su presencia apesta a golpes, abuso, encierro.

Es inevitable referenciar esta historia ficcional con un aterrador hecho de la realidad, sucedido en Austria en 2006, y conocido a través de la prensa mundial. La propia Maite Carranza afirma que la escritura de esta novela fue motivada por el resonante y estremecedor caso de la niña vienesa, Natascha Kampusch, quien permaneció cautiva en un sótano a pocos kilómetros de su hogar, durante ocho años (entre sus diez y dieciocho años), secuestrada y abusada por un desconocido que la raptó en la calle mientras se dirigía a la escuela. Ese cobarde criminal terminó suicidándose cuando por fin la joven logró escapar.

Las similitudes entre el caso real de Natascha y el ficcional de Bárbara se entrecruzan pero, a veces, también se distancian. Ambas niñas fueron encerradas en sitios oscuros, tenebrosos. Su único contacto con el mundo era a través del propio abusador, quien justificaba con regalos, libros y vestidos su amor enfermo, su obsesión por las niñas; a la vez que golpeaba y amenazaba minando la dignidad, el temperamento y la autodeterminación de las pequeñas.

Pero la novela va más allá. El criminal es el propio padre, no un desconocido. Bárbara es sometida a maltratos y abusos por quien le dio y le robó la vida, urdiendo siniestras mentiras y actuando una doble vida para ocultar y sostener su vandálico proceder.

Ese andamiaje de doble vida que monta el represor para sostener su crimen en el anonimato y en el olvido, implanta en la narrativa un marcado sesgo de novela policial. Sus mentiras, las sospechas de la amiga y de la madre, el olfato y la persistencia del detective van aportando datos precisos para que el lector, aun prefigurando el desarrollo del delito, se involucre en la búsqueda que permita finalmente salvar a Bárbara.

Y es que Bárbara revela, en cada monólogo interior, que cualquier joven lector pudo o puede ser Bárbara. Que el delito invisible y silencioso del abuso infantil está tan cerca de cada uno de nosotros que es preciso ocuparse del tema, estar alerta y alertar.

Los nombres de los personajes son llamativamente simbólicos en la obra. Bárbara, la bravía y resistente jovencita, extranjera dentro de su propia vida durante los cuatro años de cautiverio. Nuria, esa madre atormentada, amurallada, paralizada, viviendo, como en el significado de su nombre, “entre montañas” de culpas, dudas e inacciones pero que repentinamente, casi como un milagro, puede leer el entramado de la situación y actúa. Eva, “la que da vida”, la que no pierde esperanzas, la que reacciona a pesar de todo para hallar a su amiga. Salvador, el policía que no se da por vencido, cual sabueso sigue todas las pistas, no se rinde, llega a tiempo para rescatarla, en un final tan trágico como heroico. En cambio el criminal, el padre, tiene un nombre cualquiera: Pepe, o mejor dicho no tiene nombre de pila sino un apodo, un sobrenombre, ¿indicando, tal vez, que la persona menos pensada puede ser quien ataca día a día a un niño, pasando ante los demás como un tipo del montón?

En propias palabras de la autora se manifiesta el móvil de su escritura: “Mi voluntad era dejar claro que el abuso sexual es la forma más completa de posesión de un niño o una niña y que el abusador, además, destruye la autoestima y la personalidad de la víctima”.


Maite Carranza nació y vive en Barcelona (1958). Ha escrito más de cincuenta libros, algunos de ellos, tal el caso de Palabras envenenadas, han sido traducidos a doce idiomas. Es guionista de televisión y cine. Su literatura va del humor a lo fantástico y a la denuncia social.


 

(2010)

La valla

Ricardo Chávez Castañeda

Ed. Everest. León, España. 84 páginas.

Esta novela para niños preadolescentes presenta una estructura narrativa sólida, donde se van anunciando escenas, que si bien no espolean la resolución del problema, le permite al lector visualizar que habrá un remate al conflicto, impulsando así su ágil y dinámica lectura, a pesar de presentar dos temas contundentes y dramáticos: varios niños que sufren ataques de pánico y una niña que sufre abuso sexual.

Un grupo de niños del último grado de primaria se define como “Los rezagados”, pues los ha  reunido desde pequeños el miedo. Tienen diferentes temores que no pueden controlar. Saben que se supone van superándose con la edad, pero ellos aún no logran zafarse de sus pesadillas. Sin enunciarlo explícitamente en el texto, los personajes sufren de ataques de pánico, y entre ellos se acompañan hasta tranquilizarse. Son tres varones y una niña: Rubén teme al fuego, sufrió en un incendio grandes quemaduras; Sonia a los tornados, llama a su miedo “Zum; Néstor, el narrador de la historia, en primera persona, y protagonista principal, teme a “la mano”, su padre murió a raíz de una accidente aéreo y siempre lo espera y busca una tumba donde ir a recordarlo; y el cuarto es Octavio, hermano menor de Néstor.

Para contarse sus temores se reúnen en un lugar secreto, al que llaman “el Laberinto” y que funciona a lo largo de la novela como una metáfora de lo intrincado que es para los niños que han sufrido grandes traumas, buscar caminos y salidas.

La historia arranca presentando a Teresa, quien ha llegado ese año a la ciudad. Es una chica bella, con una madre más hermosa aún, y también violenta e introvertida. La madre como una figura autoritaria y ausente, siempre tras oscuros anteojos (otra imagen que puede leerse metafóricamente), que parece no saber cómo educar a su hija.

Néstor reconoce en las actitudes hurañas de Teresa que tiene miedo, como ellos. Y la encaran para sumarla al grupo y ayudarla. Pero ella reacciona con golpes, al principio. Cada uno le cuenta su pesadilla y entonces cambia la historia. Teresa les narra algo increíble, que el bueno del Sr. Julián, que ayuda a todos los chicos, la toca, la agrede, abusa sexualmente de ella. Se hizo de entrada amigo de su madre, cuando llegaron allí, y funciona como “tío”. Todos lo respetan en la comunidad, pero en privado, la ataca y la amenaza para que no cuente nada.

A principio no le creen (al igual que la madre de Teresa), pero deciden seguirlo y confirman lo que la niña ha contado. Entonces buscan maneras de solucionar ese terror, como lo han aprendido a hacer para superar, o transitar, cada cual el suyo.

Se describen algunas escenas de abuso sin caer en golpes agudos. Tal vez la más dura sea en la que se relata un episodio dentro de un cine, donde la obliga a oscuras a sentarse sobre sus piernas y a desprender su blusa para que la toque. Y ella acepta porque teme a las amenazas de que atacará a su madre si revela el secreto.

Los chicos del grupo tienen buenas relaciones con sus familias, sobre todo Néstor, que aprendió a jugar un juego inventado por su madre, el juego de los pesos, que consiste en contarse los secretos que más los apabulla o enoja o entristece, para descargarse.

Los rezagados piensan en soluciones para ayudar a Teresa. Y hablar con sus familias está en primer plano, pero temen que las amenazas del Sr. Julián sean extensivas a todos, si revelan ese secreto. Entonces planean una huida general de niños (se da el intertexto, explícito, con el clásico cuento “El fautista de Hamelin”), pero no les resulta. Los niños aman a sus familias, y solo quedan en ese plan Teresa y Néstor.

Inicialmente, el desenlace aparenta ser dramático, pero termina apareciendo una solución reparadora y casi épica, que se sostiene en empáticos lazos comunitarios de solidaridad e intervención.

“A veces hace falta más valor para abrir la boca que para cerrarla”, dice la mamá de Néstor, antes de encabezar la resolución, que no por idealista deja de ser emotiva y convincente.


Ricardo Chávez Castañeda nació en México (1961) y vive en reside en Vermont, Estados Unidos. Su obra LIJ se distingue por la frescura y desenfado (e incluso el humor) con que temas complejos se intercalan en el cotidiano juvenil. La valla ha tenido importante repercusión y circulación en México. Según sus propio decir: “Los niños y jóvenes están siendo expuestos hoy a la violencia en bruto a través de los medios de comunicación, por tanto la literatura debería aceptar el reto de abordar estos temas sobre los que nadie quiere hablar, porque es la única manera en que puedes ayudarles.” [17]


 

(2012)

El que nada no se ahoga

Graciela Bialet

Ilustrado por Hebe Gardes

Ed. Comunicarte. Colección Bicho Bolita. Córdoba. 32 páginas

Ficción para niños pequeños en formato de libro ilustrado de 24 x 24 cm. y en papel ilustración de grueso gramaje. Se encuentra en dos presentaciones: en edición cartoné (tapas duras) y en rústica. En su primera edición la tapa tenía escrito el título y un espejo que porta el personaje, en plateado. Desde las guardas y portadillas aparecen las acuarelas de Hebe Gardes, invitando a internarse en aguas de río, donde sucederá toda la historia. Las onomatopeyas bup blup, en formato tipográfico esférico, acompañan también a lo largo del relato aportando sonido a esa experiencia acuática.

Tramada en once capítulos breves, nombrados y numerados como “Burbuja uno” hasta la once, cuenta la historia de Saipé, un pececito que es diferente pues nada al revés. Se lo presenta tanto en el texto como en la ilustración entre otros muchos peces, todos con un aspecto distinto. Un distinto entre muchos diversos.

Su mamá le decía que no importaba si nadaba para atrás, que tal vez un día aprendería a hacerlo hacia adelante, y si no, daba igual, lo importante era andar. Su padre le recordaba el dicho “el que nada no se ahoga”.

Saipé se sentía tan feliz que quiso ir a lo más profundo del río a buscarle un espejito de mica a su mamá. Y comienza su viaje exploratorio. A medida que desciende, Gardes apaga la tonalidad de los colores. Aparecen más los negros y los verdes y azules oscuros, como anticipo del peligro que se aproxima. El pececito consigue tres bloques de mica, pero regresa asustado. Pierde uno por esquivar una botella rota arrojada al río. “Caracoles, pirañas y anguilas refritas” son las palabrotas que le salen a Saipé y que se repiten en las ocasiones de enojo.

En la “Burbuja cinco” pierde el segundo “espejito de mica” y aparece el verdadero motivo de sus distracciones, su miedo. Saipé teme que lo sorprenda y acose La Bigotuda del Agua, que lo molestaba “cuando lo pillaba a solas”. Era más grande que él, y amiga de sus padres.

En la “Burbuja seis”, Hebe Gardes retorna a sus acuarelas coloridas, pues Saipé piensa en algo bonito, en sus amigos jugando, para darse aliento. Y apenas se descuida, en el texto aparece “la mala bicha”. Entonces en la “Burbuja siete”, ya desaparece todo fondo de río, no quedan rastros de azules ni de agua. Aparece inmensa y en rojo (como aludiendo a alerta, a peligro) La Bigotuda de Agua, y Saipé en una esquina de la página pequeñísimo y tembloroso.

Solo una línea da cuenta del abuso sexual que la grandota ejerce y quien además quiere quitarle el último espejito a Saipé, dice el texto: “mientras que con una de sus aletas laterales se preparaba para rozarle el vientre”. La ilustración muestra manotas rojas y bigotes zigzagueantes tocando el cuerpo del pequeño pez. Todo en negro y diversos rojos.

Cual metáfora, Saipé, al mirarse en el último espejo que le queda, recuerda el dicho de papá “el que nada no se ahoga”, y estando acorralado por los miedos (en la imagen representados por aquellos enormes bigotes que aparecen en la “Burbuja ocho”,  envolviéndolo como en una jaula), topa con su cola contra un muro, “una piedra blanca”, y se anima a intentar huir, nadando hacia adelante. Así zafa, perseguido por la Bigotuda. Y lo logra, aún con tropiezos, llega a su casa, con “el último espejito que le quedaba”. Allí halla a su mamá y por fin se anima a contar lo que le sucede. “Todo”, dice el texto, con una tipografía más pequeña que indica los secretos del asunto.

Mamá escucha, abraza, entiende y actúa. Y encara a la Bigotuda, quien finalmente se esfuma. Cuando al miedo se le pone palabras, desaparece. Y ya todo repuesto, en la “Burbuja once”  los colores estallan, mientras se ve a Saipé y la diversidad plena de peces jugando, que es lo que mejor saben hacer los pequeños.

La narrativa visual de esta historia es orientadora de sentidos, por lo cual podría encuadrase en un libro que va del ilustrado al álbum.


Hebe Gardes nació en 1979 en La Plata y vive en Buenos Aires, Argentina. Es ilustradora, artista plástica y docente de arte. Ilustra para revistas y para programas infantiles de televisión. Entrevistada sobre este trabajo, Gardes dice: “Para las ilustraciones de El que nada no se ahoga, elegí trabajar con acuarelas porque se trataba de un personaje acuático. Sin embargo la historia presenta momentos de mayor tensión que no van con el color des-saturado, lavadito de la acuarela. Para esos momentos utilicé tinta china negra, con manchones y plenos, para así componer espacios de oscuridad y susto. También para ayudar al clima de tensión y violencia utilicé líneas gestuales con ángulos filosos, tipo púas o dientes; líneas onduladas superpuestas, tipo pelos que enredan al personaje. Y en vez de usar pincel redondo y suave de acuarela, utilicé plumín y plumas que dan una línea bien definida que en momentos rasgan el papel, tipo cuchillazos.

En las ilustraciones donde Saipé está acompañado por amigos y su familia elegí una paleta amplia de colores luminosos, para representar los personajes y el entorno natural. Aquí las formas son orgánicas y onduladas, representando la sensación de tranquilidad que experimenta el personaje en estos momentos.” [18]


 

(2013)

Las fotos de Caro

Christel Guczka

Ilustrado por Edmundo Santamaría Gómez

Editorial Junco. Libros del Rincón. Colección Al sol solito. Secretaría de Educación pública. México. 32 páginas.

Este es un libro álbum, en formato de 21 x 21 cm., presentado en papel ilustración con tapas semiduras. Editado inicialmente por Junco, luego fue comprado sus derechos por la SEP para su distribución gratuita en escuelas primarias de México (con un tiraje inicial de 89,000 ejemplares). También puede descargarse gratuitamente [19] y verlo narrado por varios mediadores de lectura en Youtube, como por ejemplo en este enlace en las notas finales [20].

“El cuento de Las fotos de Caro originalmente constaba de diez cuartillas de texto. Pero dado a la crudeza del contenido y las situaciones que se planteaban, consideré que lo mejor era buscar sinergia con algún ilustrador/a que, desde su libertad creativa, pudiera aportar al impacto de la historia.” [21]

Conmueve visualmente que el ilustrador Edmundo Santamaría Gómez solo ha usado fondos negros e imágenes en marrones, grises y sepias. Siempre en primeros planos la cara de Caro, sus enormes ojos queriendo entender lo que sucede.

Narrado en tercera persona, la voz omnisciente va contado en cada página lo que la niña vive.

A Caro su tío siempre le ha dicho que hay que sonreír en las fotos. La onomatopeya flash se repite muchas veces en el libro, mientras aparecen fotos que registran la vida de juegos y cumpleaños de Caro. “Sin embargo, las últimas fotos no han sido divertidas” y el álbum pasa a imágenes tristes, donde solo se ve la cara asustada de la niña con una lágrima rodando por su mejilla, y un brazo que la lleva a algún lado. Y luego el tío, los secretos y las imágenes que no serán palabras habladas ni fotos mostradas en un álbum familiar.

Una doble página sin texto muestra a niña y hombre desnudos, imagen difusa, tras la mampara de un baño, los enormes ojos de susto de Caro pintan la escena de desamparo y desolación.

Otra escena del álbum la muestra asustada, orinándose encima mientras su tío le repite que está obligada a guardar ese secreto.

Ella no entiende por qué sucede todo aquello, solo sabe que no le gusta.

Se esconde. Se aisla. Se encierra en sí misma. No habla. Su imaginación la lleva a otros lugares donde puede ser feliz.

Cuando el lector ya espera o presupone un desenlace tras un “Pero un día…”, el tono cambia y anuncia un futuro: “Un día no muy lejano, Caro se dará cuenta que el miedo no debe llevarse en silencio”. Hasta allí los fondos de ilustración siguen siendo negros. En la última página, aún con esos primeros planos sobre la carita de Caro, todo color se aclara, ya no es negro, torna a color beige, y el texto habla de un futuro, cuando pueda hablar de sus miedos, hallará abrazos y modos de salir de esta situación que la hace infeliz.

Un libro álbum que invita al lector a descubrir en cada palabra y cada imagen, un recodo de literatura donde leer, con los chicos y las niñas, temas y realidades que no siempre son gratos, y experimentar lo liberador que llega a ser el arte al tender puentes necesarios para ensayar otras reflexiones y miradas.

Trabajar estos temas es casi épico, pero lograr que una editorial lo quiera publicar es aun más difícil. Christel Guczka, al respecto plantea[22]:

“Vale la pena compartir también la polémica que surgió en torno a este libro. Una vez que la propuesta estaba terminada, me di a la tarea de buscar editor. Pasaron años para que alguien se animara a publicarla: el argumento principal era justamente por el tema… no era “vendible” y, desde el punto de vista de muchos editores, seguramente los padres de familia o escuelas no lo adquirirían por temor a acercarlo a los pequeños y porque, literalmente, ‘había temas más importantes que abordar en la LIJ’.

Tardé mucho tiempo para colocarlo en una pequeña editorial que lo imprimió exclusivamente para concursar en los Libros de Rincón de la Secretaría de Educación Pública. Entró a concurso y, luego de grandes debates entre comités de selección de diferentes estados del país, sobre la pertinencia del material para niños, es como resultó elegido y fue repartido en todas las escuelas públicas del país. Para que esa decisión se diera, intervinieron UNICEF y otras instituciones, como IBBY, para determinar que el libro era adecuado. Si bien el libro ha sentado un precedente en el país y es conocido por mucha gente, hoy en día ninguna otra editorial ha querido obtener los derechos para su reedición, venta y distribución por los mismos argumentos: hay miedo de abordar el tema. Sin embargo, he trabajado con él en muchos talleres con pequeños lectores de diferentes edades (y también con algunos maestros y promotores de lectura convencidos de su importancia) y la respuesta es magnífica. Esto me lleva a confirmar que el trabajo de sensibilización es mayoritariamente con los adultos.”


Christel Guczka nació en Vancouver, Canadá, en 1976, hija de padre alemán y madre mexicana. Vive en México. Ha publicado varios libros en diversos géneros y editoriales. Obtuvo el Premio International Latino Book Award en 2014 por el libro Los muertos andan en bici (Ed. El Naranjo) y en 2017 el Premio Por un grito de vida de Editorial Porrúa. Es además dramaturga, varias de sus obras han sido llevadas al teatro en México.

Edmundo Santamaría Gómez nació en 1961, es un ilustrador, caricaturista y artista plástico mexicano. Guczka le propuso a Santamaría trabajar juntos el libro Las fotos de Carol mucho antes de tener editor. Al respecto, ella comenta:

“Le compartí el texto al ilustrador. La respuesta inmediata fue sí. Trabajamos a partir de ese momento, en conjunto, algunos meses: rebotando ideas, proponiendo conceptos que enriquecieran el proyecto y dejaran al pequeño lector opciones de interpretación. La primera decisión fue el formato de libro álbum, por ello fue necesario recortar el texto a pocas líneas. Debo reconocer que fue de las partes más difíciles para mí, ya que era preciso conservar exclusivamente la información exacta para que la imagen pudiera lucir sin repetir lo mismo en la narración. Como siguiente paso, el ilustrador debió cuidar las imágenes para que no fueran tan explícitas y la crudeza de las situaciones se dejaran veladas, sutiles; de esa forma, se acudió al uso de diversos símbolos, dentro de los cuales también estuvo la elección del color, color sepia durante casi todo el desarrollo, tiempo que dura el abuso y sometimiento de la protagonista, para ir iluminando las escenas al final… cuando decide dar voz a lo que sufre y permitir, metafóricamente hablando, el comienzo de la posible sanación. ¿Quedé satisfecha?, sí, totalmente. Los originales son de gran calidad, lamentablemente cuando pasan a imprenta de libros gratuitos, tanto tonos como detalles disminuyen.” [23]


 

(2013)

Pegote

Albeiro Echevarría

Ilustrado por Marcos Toledo

Editorial Norma, Colección Torre Amarilla. Bogotá. 158 páginas

Pegote es el apodo con que se presenta al personaje principal de esta novela, escrita en primera persona y que consta de catorce capítulos. En cada uno de ellos, hay una ilustración —con algunos rasgos característicos del trazo del manga— en blanco y negro, excepto la tapa que es a color y bastante sugerente: anuncia con un muñeco pequeño tirado en el suelo, frente a los pies de un niño idénticamente vestido, la inquietante y casi policial búsqueda de pistas para el armado de la trama en la que un niño de siete años es víctima de abuso sexual a manos de su tío político.

La historia, en la voz del niño, comienza situando al lector en un juicio por su tenencia legal.

Pegote ha quedado huérfano, su papá, Papeíño, tenía un taller de reparación de juguetes, y antes de morir le ruega “Mi Pegote: no dejes que el de la barba… se salga con la suya… Salva por favor a to…”. Estos personajes a los que refiere son muñecos que cobran vida cuando los interpela Pegote, clara intertextualidad con Pinocho y con la canción popular infantil  “El Hospital de los muñecos” (de hecho el taller de reparación de Papeíño se llama así).

El niño, desde los tres años, cuando murió su madre, ha tenido que ir a vivir con su tía Carmentea y su esposo, pues su papá no está en condiciones de cuidarlo. Pero frecuenta a su padre Papeíño en el taller, muy cercano. Cuando éste fallece, tía Carmetea —hasta ahora gentil—, apetece el dinero que administrará al vender la propiedad (“El Hospital de los muñecos”). En esa casa también vive su tío político, el señor Ambrosio Fuentevega, quien trabaja dando conferencias de temas de superación.

Intrigado por esas últimas palabras de su padre, Pegote regresa al hospital de los muñecos pues como su Papeíño vivía ahí, entre sus muñecos, y el niño intuye que ahí debe estar la clave de la misteriosa petición.

Temeroso, Pegote recorre la casa y sus recuerdos. Así va dando con las pistas que le aportan los rostros tristes de los muñecos, y empieza a desanudar los cómo y el porqué todos los juguetes se ocultan en lugares oscuros; el cascanueces, un almirante; sigue las huellas de un raro incendio y da con la bonita muñeca Lucrecia, que le cuenta de un personaje con capa negra que los acosa y maltrata.

Por fin, Pegote halla a un muñeco vestido idénticamente como él, llamado Toñete. “To…” recuerda lo que le dice su padre, “Salva a to…”. Con Toñete se encuentra a sí mismo y su realidad de abusos, tan similar a la que padecen aquellos muñecos del hospital.

El muñeco con capa oscura ha estado chantajeado a Toñete, le ha prometido regalos a cambio de ciertas y feas caricias, le ha amenazado y exigido silencio. Pegote se identifica con Toñete y comienza a superar sus miedos y la tremenda vergüenza para contar lo que le ha hecho el Sr. Ambrosio.

Al comienzo Pegote no habla del tema del abuso, está negado, ha bloqueado el recuerdo. Será la pesquisa entre los muñecos lo que habilitará concientizar sobre el tema, y esto, junto a otras pruebas fotográficas de niños desnudos halladas luego en su computadora, permitirán desenmascarar la doble vida de Ambrosio, en ese juicio por la tenencia del niño, como desenlace.

La decisión final de ese juicio donde está declarando y contando su historia Pegote, finalmente culmina decidiendo que será dado en adopción a una buena familia.

Termina el relato con una carta a un amigo suyo (Mauro), en primera persona siempre, donde Pegote le cuenta que está muy bien con sus nuevos padres y que ha permitido a una editorial a publicar su testimonio “Porque deseo de todo corazón que ningún niño pase por lo que me ocurrió a mí”.


Albeiro Echevarría es colombiano (n.1963). Además de escritor, ejerce el periodismo y fue director de importantes medios de comunicación. Desde 2006 solo se dedica a la LIJ y ha publicado en diversas editoriales.

Marcos Toledo artista plástico colombiano (n.1981). Se expresa con variadas técnicas, estilos y medios digitales, incluso en modelajes y armados de escenas para producción publicitaria. Ha realizado cortos animados.


 

(2013)

El infierno de los vivos

Alicia Barberis

Ed. Colihue. Colección Leer y Crear (LyC). 144 páginas.

Es un libro de 18 x 13 cm, en papel obra, de factura económica (páginas pegadas precariamente al lomo, que se deshojan con facilidad) y con tipografía pequeña. Esta novela para jóvenes, que toma por título una frase de Ítalo Calvino en Ciudades Invisibles (citado en la obra en varias oportunidades), es un texto literario de tipo testimonial. Según información explicitada en la primer página del libro “está basado en hechos reales pero algunos de sus personajes y situaciones pertenecen a la ficción”, o sea que circunstancias concretas le dan sustento narrativo. La misma Barberis, a modo de prólogo (planteado como entrevista), cuenta que fue invitada por un conocido de una víctima de abuso infantil a conocer y contar esa historia. Y halló la voz, el tono, los recursos literarios eficaces y el ritmo que alientan a una buena lectura, para trasformar esa biografía de un caso real, en una ficción basada en un hecho de la vida social.

Como todos los libros de esta colección (Leer y Crear), a la novela le sigue un anexo que consta de tres partes: Primero un Epílogo —nombrado como Póslogo— donde aparece un análisis de la obra realizado por la Profesora Gabriela Iritano, quien desarrolla cuatro interesantes miradas: “De qué se habla; El abuso con todas las letras; El orden de la escritura; Los espacios simbólicos”. En segundo término, la misma profesional plantea “Propuestas de trabajo”, no como una anticuada guía de estudios, sino como variadas instancias intertextuales post-lecturas, con interesantes textos informativos, plásticos e incluso otros literarios (como “Piel de asno” en la traducción de Graciela Montes), que aportan más escenas de posibles lecturas. Y una tercera parte, donde se ofrece bibliografía.

El infierno de los vivos se explaya a través de treinta y cinco ágiles capítulos no numerados, y gira en torno a una adolescente cuyos padres se separaron siendo muy pequeña. Un padre ausente, una hermanita bebé, y una madre que luego de varios años arma nueva pareja con un abogado (¡que aspira a ser Secretario de Derechos Humanos!), quien abusa sexualmente de la adolescente. La jovencita antes del ataque, percibe el acoso y comienza a estar más tiempo fuera de su casa, a tener conductas erráticas, a engordar, a andar mal en el colegio.

Tan dramática como la misma violación, es la circunstancia que ello genera, pues la madre no le cree a la hija. La víctima, apoyada por sus amigos y la mamá de una compañera, realiza la denuncia policial. Pero la reacción de su propia progenitora es de total sometimiento a la justificación de su actual marido, el abusador.

Mariana (así se llama la protagonista, quien narra en primera persona la historia) es encerrada por esos adultos “padres” en su cuarto, sin contacto alguno con el exterior hasta que recapacite y se retracte de la denuncia. La madre de su amiga intercede, con visitadora social mediante, y la víctima elige vivir en un internado religioso, antes de seguir en su hogar en esas condiciones. De su padre biológico lo único que sabe es que “se fue con otra”, no lo volvió a ver jamás, solo conserva de él un libro (Las ciudades invisibles) donde figura su nombre y un número (pista que luego habilitará un final abierto y esperanzador).

Aparecen aquí otras aristas temáticas que le tocan experimentar al personaje: la vida que llevan niñas y jovencitas en este tipo de centros de “asistencia a la niñez”. Tareas domésticas (la descripción poética de Mariana limpiado desenfrenadamente los inodoros del baño, son una metáfora conmovedora del sentimiento de furia frente a su impotencia), disciplinas estrictas, peleas entre internas, adopciones, temas complejos de convivencia y la terrible burocracia judicial en torno a estos casos donde las víctimas son re-victimizadas.

En esta institución para chicas judicializadas, Mariana recibe visitas de su madre (insistiéndole con volver a casa si se retracta), de un hermano del abusador que no le cree la versión al violador sino a la chica (y que en la novela pareciera un personaje extraño para dar verosimilitud al texto, pero es quien está anticipado en la entrevista a Barbieri como la persona que, en los hechos reales, la convoca a escribir esta historia). Luego aparece una reportera y su hija, de la misma edad de la protagonista, quien le plantea a Mariana su intención de relatar los hechos y termina convirtiéndose en la adulta que realmente ayuda a la chica a salir de ese entramado de abusos, mentiras, adultos que miran para otro lado y un poder judicial insensible y obsoleto, que se ocupa más de cuidar sus lógicas corporativas que las necesidades de menores en riesgo, incluida la hermanita de Mariana que sigue en aquel hogar abusivo.

Es destacable el cuidado de la precisión estética en la escritura de Barberis. Frases cortas. En muchos casos poéticas, que van de lo emocional a los hechos, apelando a las emociones del lector como fuente de contención de la dura realidad que se plantea.


Alicia Barberis (1957) vive en Recreo, Provincia de Santa Fe, Argentina. Ha recibido muchas distinciones por su trabajo literario, que además de consistir en libros, se destaca en la narración oral. Cruzar la noche está entre los primeros libros LIJ editados en Argentina, que tratan el tema de la violencia contra los derechos humanos en la última y trágica dictadura militar.


 

2016

Azul

José Andrés Murillo

Ilustrado por Marcela Paz Peña  (co-autora)

Editorial Penguin Random House Chile (sello Lumen). 40 páginas.

Tal como se ha explicado en los listados de corpus a analizar en este trabajo, el impactante libro álbum Azul posee dos versiones.

En su primera edición (Penguin RH- Lumen, que tiene la exclusividad para circular y comercializarse en territorio chileno) es un libro de 21 x 25 cm. en papel ilustración. El color predominante de tapa es el beige, que muestra en primer plano, a tamaño natural, la parte de la cara de un niño, desde la frente hasta abajo de nariz y orejas, como indicando que la boca y la voz, la pondrá el lector. Se utilizan trazos de dibujo a mano alzada, pintado con azul y negro, donde se destacan los ojos de ese rostro, remarcando profundamente sus órbitas, párpados y contornos.

En ninguna línea de texto del álbum aparece la palabra “abuso”.

Al terminar el libro, a modo de paratexto, el colofón destaca: “El abuso sexual se perpetúa en lo oscuro del silencio, en el secreto, en la prohibición de hablar. Romper el silencio, desarticular el abuso, solo es posible en un espacio donde el miedo se sustituya por la confianza”; y en la contratapa, al describir de qué va el libro, se explica: “Azul es la historia de un pequeño héroe que recupera y reconstruye su confianza después de haber sufrido tal vez la peor experiencia posterior a un abuso sexual: la indiferencia ante lo ocurrido. Solo es posible reconstruir la confianza donde hay otro, alguien que, amorosamente, abre un espacio para reconocer el sufrimiento y sanarlo. Ese espacio es la confianza”.

Es la historia de un niño pequeño, que disfruta su infancia y de sus paseos en bicicleta. Siente que volar es maravilloso, aún con sus riesgos. Imagen y texto amalgaman sus sentidos lúdicos. La bici se convierte en conejo volador, en nave aerostática: “Te puedes caer, pero hay algo peor que caer, y es que no te crean”.

Escrito en primera persona, el niño revela que, una vez “me detuvieron, me tomaron, me botaron”, y la imagen muestra al pequeño dentro de un frasco de vidrio siendo observado por la enorme cara de un adulto que quiere meter su mano dentro de ese pote. En la página siguiente, un enjambre de moscas rodean al niño y algunas se posan sobre él. “Me hicieron mucho daño”, acompaña el texto.

Le cuenta a sus padres, en la escuela, a todos los que conoce, pero no le creen, o le dicen que ya se le pasará. Y tanta es la indiferencia a su reclamo, que comienza a creer que en realidad no sucedió. El niño se recluye. En su cara se desdibuja la boca.

Hasta que aparece una niña que le cree, lo escucha, lo abraza, y entonces se abre una puerta para recuperar su historia, y también su voluntad de seguir andado en bicicleta. Toda una metáfora de vida.

José Andrés Murillo, autor del texto de Azul, ha expresado en un video promocional [24], que la temática gira en torno a la empatía entre las personas, de cómo ese involucramiento afectivo con un otro u otra, se constituye en rescate, en superación y favorece el desarrollo de esa capacidad imprescindible de resiliencia ante situaciones de maltrato, de abandonos y de abuso de cualquier índole.

Las ilustraciones de Marcela Paz Peña son contundentes. Los tonos cepia de fondo predominan en toda la obra, dando cuenta de un pasado presente, en imágenes delineadas en negro. El color azul aparece cada vez que lo que sucede es premonitorio de resolución de conflicto. El cabello del niño es azul, pero torna a negro cuando queda acorralado y solo con su problema; recupera su tono azulado al hallar con quien compartir su pesar.

Consultada la co-autora e ilustradora acerca de la elección de Azul como color resolutivo y además como nombre del libro, contestó [25]:

“El nombre Azul llega de una manera conceptual. Buscando generar un look and feel dramático, elegí una paleta cromática bicolor, donde el azul fue el tono principal. A la vez, la temperatura cromática enfatizó las emociones del protagonista (exteriorizándolas). De esta manera fueron visibles en la atmósfera del cuento tanto la tristeza, el dolor, las dudas o los mismos cuestionamientos del protagonista respecto de su propia experiencia. Algo que me interesaba experimentar y transmitir en este relato visual, ya que es común entre sobrevivientes, la no credibilidad de la propia historia.

Con José Andrés compartimos la visión poética del mar y del cielo, relacionadas con el símbolo de azul. Ambos infinitos de alguna forma. Inmensos y múltiples. Como somos lxs sobrevivientes de abuso también. Además en la antigüedad el color azul no tenía este imaginario común. Algunas culturas consideraban el mar de color negro, por ejemplo. Otras no nombraban el color azul, como si no existiera. De la misma forma que ocurría con el abuso en la sociedad.”

Sobre la articulación texto-ilustración, que llega a percibirse como una realización de autor integral, Marcela Paz respondió para este trabajo:

“El proceso fue bastante armónico. José Andrés me comentó que escribiría un cuento basado en la metáfora de la bicicleta (andar en bici, que te boten y pararte para volver a andar). Su cuento resultó de no más de tres hojas carta. Por mi parte visualicé algunas imágenes mentales como ‘escenas’ que debían aparecer en la historia para que esta se entendiera. Sabía que habrían imágenes ‘felices’ de autoestima sana que posteriormente debían contrastar con la pena. La próxima vez que conversamos, él vio un avance de mis dibujos y yo su cuento. Consideramos que el texto sería literal respecto a la metáfora de la bicicleta mientras yo exteriorizaría las emociones relacionadas a lo que significa sufrir el trauma de un abuso. ¿Qué pasa con las consecuencias emocionales resultantes de romper la voluntad de una víctima por medio de la manipulación, el abuso y el posterior silenciamiento?

En un momento consideramos trabajar con extractos del cuento, a modo de hitos y que estos se acoplaran con las ilustraciones. En correcciones sucesivas los textos fueron pulidos por José Andrés hasta quedar de la extensión máxima de una o dos líneas. El ritmo de lectura final fue revisado por Claudio Aguilera (periodista, escritor y uno de los fundadores de Plop! Galería), quien leía el texto en voz alta, asignando intensidad o pausas mediante la puntuación o cortes de texto. De esta manera el relato adquirió dinamismo y tensión en la oralidad de la narración. Y así llegamos al texto e imagen final.”

En una segunda edición, impresa y comercializada por Thule Ediciones (Colección Trampatojo, España, 2017, con derechos para todo el mundo excepto para Chile donde circula la versión por Penguin RH), la tapa de Azul torna sutilmente a color ocre (casi anaranjado), y se agrega el subtítulo Un cuento sobre el abuso, lo que añade un propósito pedagógico antes no manifiesto, y Paz Peña anuncia que se dispondrá también de un Manual de actividades preventivas: “Finalmente, Azul es una historia hecha por sobrevivientes y para sobrevivientes”.


José Andrés Murillo, chileno, doctor en Filosofía de la Universidad de París, autor de La confianza lúcida (2012) y director de la Fundación para la Confianza, que asiste a resilientes de abusos y genera instancias de visibilización sobre el abuso sexual en la infancia.

Marcela Paz Peña (Isonauta), chilena (1986) es diseñadora gráfica e ilustradora. Participó en Santiago en 100 palabras y en proyectos de conservación de patrimonio cultural. Azul es su primer libro y lo inició como un proyecto final de su formación académica.


 

(2018)

Los fantasmas tienen buena letra

María Fernanda Heredia

Ilustrado por Roger Ycaza

Lo que leo. Santillana. Buenos Aires. 152 páginas.

Esta novela integra la serie de la colección violeta, que la propia editorial recomienda para infantes mayores de 8 años. Tiene un formato de 20 x 14 cm., tapa ilustrada a color e ilustraciones en interiores en blanco y negro. Consta de diecisiete breves capítulos con dieciocho ilustraciones (por lo general una por cada capítulo).

Es la historia de una niña de nueve años, Manuela, que pertenece a una familia típica (padre, madre, hermanita bebé, un perro) aunque muy particular, pues los roles son des-estereotipados. Mamá gordita que baila “cumbia, reguetón y tecno” mientras cocina postres y galletas que luego sale a vender, papá es bajito y alérgico (aún a ciertos políticos), Trueno, el perro se hace amigo de cualquiera sintiéndose el mejor para todos. “Mis papás están locos como dos cabras”, confiesa Manuela, “pero son papás de verdad”.

Escrita en primera persona y con mucho humor, Heredia encara en la novela este complejo tema y lo explicita desde el primer capítulo: Elvira, la mejor amiga de Manuela, es abusada por su primo adolescente. “El bruto de su primo la había golpeado (…) él me amenazó con darme la misma dosis que a ella si seguía metiéndome en lo que no me importaba”.

En la lectura de los primeros capítulos, se presiente que ese tipo de abuso podría tratarse de maltrato, de un pendenciero más grande sobre un grupo de niños que se reconocen como más débiles. Tal vez un caso de bullying. Manuela, Elvira y Javier están acostumbrados a ser distintos a los demás, pero también saben que juntos se apoyan y logran mejores resultados.

A partir de que Elvira les cuenta lo de su primo “bruto y abusivo”, en la vida de Manuela aparece un fantasma. Se llama Aldo, es inmenso y muy respetuoso, casi servicial. Se presenta en la vida de la niña a cumplir con su trabajo, como si fuese un funcionario formal y burocrático por momentos. A lo largo de la historia se develará su misión: ayudar a Manuela a combatir sus propios temores. Es un fantasma divertido que necesita pasar de categoría jerárquica para volver con su familia.

También está tía Rita, la favorita de Manuela. Ella le regala una casa vieja con palabras escritas en papeles, la consigna es seguir guardando allí palabras que merezcan la necesidad de ser salvadas del olvido.

En esa metafórica y tierna conjunción de palabras para rescatar, y las apariciones del fantasma al que solo la niña ve, escucha y lee, se van descifrando las cartas y mensajes. Manuela y su fantasma son graciosos, y esta característica le imprime a la novela un ritmo ágil, incluso en momentos donde la tensión temática se revela en su complejidad.

A medida que transcurren los capítulos, el primo Rogelio se muestra cada vez más violento y amenazante. Ha descuartizado a Bimbo, el conejo de peluche de Elvira como amedrentamiento, convenciéndoles con que, si no cumple con sus pedidos, a ella y a sus amigos les hará lo mismo. El lector puede aquí empezar a sospechar abuso sexual, pues las exigencias que expresa incluyen encuentros más privados.

La nueva moneda de cambio en estas extorciones es el gatito que acaban de regalarle las chicas a Javier por su cumpleaños.  Rogelio se lo quitado, y ahora deben ir por él hasta su departamento, y bajo sus condiciones, o lo lanzará por la ventana de su edificio.

Elvira sufre desde hace bastante esos abusos, entonces Manuela decide ser ella quien encare al mal primo. Su fantasma personal, Aldo, ha ido realizando algunos “ejercicios” con un espejo para mostrarle a Manuela cuán pequeña se ve cuando deja que el miedo la domine. Ella se ha prometido a sí misma superar sus miedos, ir por el gatito y si algo saliese mal, recurriría a pedir ayuda a sus padres, como última opción. En el capítulo catorce aparecen ya los datos visibles del abusador: risa maliciosa, “sube, estoy solo”, “en mi habitación tengo juguetes que te van a gustar mucho”, “eres mi única invitada”, “harás lo que te pida”, “que guardes un secreto que te voy a contar solo a ti”. Elvira le ruega que no suba, pues sabe que le hará cosas malas. Manuela piensa no dejar que Rogelio le haga nada “que ella no quiera”.

La niña intenta negociar, tiene un plan. El abusador se exaspera, Manuela grita “¡No!”, y el desenlace fatal sucede, arroja al gatito por la ventana, pero para eso está el fantasma Aldo, para rescatarlos.

En palabras de la propia autora, reproducidas también en la contratapa del libro, se percibe la resolución: “La única manera de acabar con esos secretos dolorosos es hablando de ellos e impidiendo que se queden a vivir en nuestro corazón”.


María Fernanda Heredia es ecuatoriana (n.1970) y vive en Lima, Perú. Es ilustradora y diseñadora gráfica, además de escritora. Aborda en su literatura temas que fueron tabúes por mucho tiempo en la LIJ, tal el caso de La lluvia sabe por qué y Los días raros (por el que obtuvo el premio de Álbum Ilustrado A la orilla del viento, del FCE).

Roger Ycaza nació y vive en Quito, Ecuador (1977). Es ilustrador y músico, también autor integral de varios libros, como Los temerarios. En Los fantasmas tienen buena memoria se destacan las imágenes creadas a partir de serigrafía o impresión de sellos, con algunos recursos de figuras geométricas, y plenos para las figuras humanas en contraposición a la del fantasma que posee mucho movimiento, imagen expresada con punteos de pequeñas y sutiles líneas. En voz del propio artista: “Cuando abordo un libro de literatura infantil, lo que trato de hacer es una lectura paralela de la imagen con el texto. Trato de olvidarme un poco de lo que está diciendo el autor para yo crear una imagen donde el niño o la persona que vea el libro tengan una doble lectura. No quiero que mi imagen sea totalmente literal, sino más bien que aporte otras cosas y que el niño pueda encontrar otras imágenes que no halló en la lectura. Eso hace que el libro se vuelva mucho más interesante.” [26]


 

Algunas conclusiones y reflexiones finales

El silencio es la violencia.
Pero más violencia es mezclar las palabras
confundirlas
trastocarlas
para que el silencio se vuelva error
y creamos que la paloma se transformará en dragón
y que aquel que se alimentó con nuestra sangre es el cordero.

Glauce Baldovin

De la lectura de los textos de este corpus surgen algunas ideas que articulan sus intenciones literarias a la hora de abordar un tema tan sensible a la condición infantil frente a la pedofilia.

Los títulos de estas obras tienen resonancias, en torno al abuso, en sus propios enunciados: canal, abrazo, tocar, gritar, venenos, vallas, ahogos, fotos, pegotes, infiernos, color azul como metáfora de limpieza, fantasmas.

En el cuadro expuesto y la posterior descripción de los textos, se puede observar que las relaciones abusivas son muy variadas y no distinguen ni parentescos, vínculos, edades, ni tipologías sexuales. En los doce libros analizados, diez pedófilos son personajes masculinos y solo dos, figuras femeninas; en cambio la relación se invierte en las víctimas del abuso: hay nueve niñas y tres pequeños personajes masculinos (dos varones y un pez macho).

Todos los textos tienen en común la marca nefasta que deja en los niños el ataque, ya sea que el abuso consista en acoso, toqueteos o en violaciones. En la totalidad de los casos se visualizan el miedo, la violencia, la soledad, la culpa, la vergüenza y el ostracismo; y uno va más allá: plantea la muerte de la víctima, como sucede en El abrazo, único título de este corpus en el que no se desarrolla un final superador de la problemática. Ninguno de estos libros plantea lo que en LIJ podría considerarse “un final feliz”, sino que plasman salidas que consisten en el poder hablar de lo que le sucede al menor abusado, “todo”, con aliados confiables, resistirse, gritar, salir corriendo si es posible, de visualizar límites que puedan ser saludables y amorosos, de procesos de solidaridad y de empatía que permitan corresponderse con salidas oportunas. Finales abiertos a la esperanza y a la recuperación.

En cuatro casos, se muestra la re-victimización de quien sufre el abuso, debido a que la voz infantil que denuncia es desoída, como sucede en El infierno de los vivos donde se hace explícito y aberrante la negativa materna a la problemática; también en Azul que pierde absolutamente su voz y autoestima, ni mamá, ni papá, ni maestros le creen; en La valla, donde la madre está negada a ver lo que su hija padece; e incluso en ¡No me toques! donde la niña debe insistir a su madre para que la comprenda. Salvo en Azul, siempre son las madres las responsables de la desprotección que implica el no escuchar o no creer la versión infantil del abuso, lo que estaría dando cuenta de cierta mirada machista y patriarcal acerca de a quienes responsabiliza la sociedad por el cuidado de la infancia: siempre a las mujeres.

Cual hipérbole de denuncia social acerca de la hipócrita doble moral con que se invisten y se ocultan los pedófilos, en Pegote y en El infierno de los vivos lo violadores trabajan, uno dando conferencias de temas de superación, y el otro, como abogado y candidato a Secretario de derechos humanos. En La valla es el ciudadano más bueno y solidario de la comunidad. Y en los demás textos analizados son personajes cuyo arquetipo es, en la representación social, un aliado ideal y modélico para la infancia: un padre, un maestro, un payaso, una amiga de la familia, una tía, un tío, un primo.

El mutismo es una de las características más paralizantes en que quedan encerrados los menores ante el desconcierto que padecen por el abuso de parte de un conocido respetable, tal como puede leerse en La niña del canal, La valla, El que nada no se ahoga, Pegote, Las fotos de Caro, ¡Elena grita fuerte!, Los fantasmas tienen buena letra, que llevan a los personajes infantiles (las víctimas), incluso, a la naturalización del abuso, como se da en el caso en Palabras envenenadas y en Azul.

También atraviesa a estos textos, la reacción ante el tabú y la desinformación acerca de la sexualidad desde pequeños,  conllevando a que niños y niñas —aun teniendo una fluida y amena relación con sus padres y adultos responsables (como sucede en Los fantasmas tienen buena letra y en El que nada no se ahoga)—, no dispongan de los recursos lingüísticos ni emocionales para hablar con ellos frente a una situación de acoso, aún hasta cuando son atacados, lo que daría cuenta de la necesidad de más conversaciones y más literatura para compartir.

Es notorio que varios autores y autoras de estos libros hayan hecho público que fueron víctimas en sus propias infancias de estos ataques, y aún así, no se perciben estos textos como catárticos, sino como un camino a través del arte que habilita posibilidades de expresar lo que los manuales nunca contarán de modo sensible, pues la literatura le permite al lector sentir, sudar, pensar, ponerse en la piel de los personajes y buscar sus propias estrategias de re-significación. “La literatura pone palabras a cosas que no se explican y ayuda a dar voz a muchas historias que aún siguen silenciadas en nuestra sociedad” [27].

 

Fuentes bibliográficas consultadas (además de las ya citadas en el corpus analizado)

 

NOTAS

[1]Tramos de este texto fueron publicados par la autora de este trabajo en la nota “Palabras envenenadas: o del abuso sexual”, en https://www.pezlinterna.com/single-post/palabrasenvenenadas?p=juego-de-tronos-aventura-y-filosofia

[2]Tomado de UNICEF (2016) Abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. Una guía para tomar acciones y proteger sus derechos.https://www.unicef.org/argentina/sites/unicef.org.argentina/files/2018-04/proteccion-AbusoSexual_contra_NNyA-2016.pdf.  Página 7.

[3]http://www.diario26.com/250245–abuso-sexual-contra-ninos-hay-5-casos-por-dia-pero-es-el-delito-menos-denunciado. 08/04/2018

[4]E. Echeburúa y P. de Corral. En: http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1135-76062006000100006

[5]Fragmento de: Rhodes, James (2014) Instrumental. Memorias de música, medicina y locura.Traducido por  Ismael Attrache. iBooks. Epublibre.

[6]Soriano, Marc: La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas. Bs. As.: Colihue, 2010.

[7]Cresta de Leguizamón, María Luisa (2018) La caperucita roja de Córdoba y de como el lobo no pudo con ella.  Ed. Comunicarte, Córdoba.

[8]Informe de producción del libro argentino 2017 En: https://issuu.com/camaradellibro/docs/2018.03.04_informe_de_producci_n_an

[9]Tan solo el 14% del total de libros publicados en el país se dedicaron a la LIJ, un porcentaje que no se condice con la relación poblacional, que en 2016, según datos de la Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales de Buenos Aires, entre los 0 y 19 años, la franja etaria ocupaba el 30,4% de la población argentina. https://www.infobae.com/economia/2017/02/08/la-poblacion-argentina-aumento-la-brecha-de-edad-promedio-respecto-de-la-media-del-mundo/

[10]De Mause, Lloyd (1982) Historia de la infancia. Madrid, Alianza.

[11]Goldin, Daniel (1999) La invención del niño. Digresiones en torno a la historia de la literatura infantil y la historia de la infancia http://www.lecturayvida.fahce.unlp.edu.ar/numeros/a22n2/22_02_Goldin.pdf

[12]Fragmento tomado de Bialet, Graciela (2018) Prohibido leer. Reflexiones en torno a la lectura, literatura y aculturación. Aique. Buenos Aires.

[13]Aunque su difusión comenzó en 1944, ya fuera de Brasil, puesto que la obra fue censurada y quemada en la plaza de Bahía, a poco de aparecer.

[14]Entrevista de Antonio Orlando Rodríguez publicada originalmente en la Revista latinoamericana de literatura infantil y juvenil, No. 1, Bogotá, 1995. https://www.cuatrogatos.org/detail-entrevistas.php?id=551

[15] Descarga gratuita aquí: http://educagenero.org/RANA/RANA_Estela_Grita_Muy_Fuerte_cuento.pdf

[16]http://condiciondeilustrador.blogspot.com/2013/03/martina-vanda.html

[17]En La Jornada Zacatecas http://ljz.mx/2015/08/31/no-hay-que-darles-finales-felices-ni-siquiera-a-los-ninos-ricardo-chavez/

[18]Entrevista realizada a la ilustradora Hebe Gardes para este trabajo, por correo electrónico fechado el 02/12/2018.

[19]Descarga gratuita aquí: https://es.scribd.com/presentation/356009938/Las-fotos-de-Caro-Christel-Guezca

[20]https://www.youtube.com/watch?v=UOIf6YI-R1I

[21]Entrevista realizada a la autora Christel Guczka para este trabajo, por correo electrónico fechado el 03/12/2018.

[22]Entrevista realizada a la autora Christel Guczka para este trabajo, por correo electrónico fechado el 03/12/2018.

[23]Entrevista realizada a la autora Christel Guczka para este trabajo, por correo electrónico fechado el 03/12/2018.

[24]https://www.youtube.com/watch?v=h589dcrwD-0

[25]Entrevista realizada a Marcela Paz Peña para este trabajo, por correo electrónico fechado el 14/12/2018.

[26]https://www.eluniverso.com/2011/05/23/1/1380/roger-ycaza-disenador-pinta-historias.html

[27]Fundación Vicki Bernadet

 

 

*Graciela Bialet

Escritora y docente cordobesa. Profesora de Enseñanza Primaria, Licenciada en Educación (Universidad Nacional de Quilmes) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Córdoba). Magister en Promoción de la Lectura y la Literatura Infantil (CEPLI- Universidad de Castilla La Mancha, España). Profesora del Comité Académico de la Maestría en Literatura para Niños de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Profesora invitada, disertante e investigadora en varias universidades de Hispanoamérica. Creó y coordinó entre 1993 / 2007 el programa Volver a Leer del Ministerio Educación de Córdoba. Entre 2007 y 2011, lideró áreas centrales del Plan Nacional de Lectura de Argentina.

Ha recibido varias distinciones a su producción pedagógica y a su obra literaria, entre ellas la de Amnistía Internacional por su literatura en derechos humanos. Algunos de sus libros están traducidos al portugués, al zapoteco, al inglés y al italiano. Entre los más difundidos: Los sapos de la memoria (CB); Si tu signo no es Cáncer,  El jamón del sánguche, Rap de gato multicolor y Un cuento GRRR (Grupo Editorial Norma); Gigante (RHM); Hada desencantada, Epaminondas y Color Mariposa (Brujita de papel), El que nada no se ahoga y Juanito Botines (Comunicarte); Imágenes y Carrera de Caracol (CBediciones); Alacrana para armar (Macma/Bohemia); Metamorfosis, Lagartija sin cola, Historia sin Ton ni Son y Nunca más (Pearson Mexico); y el ensayo “Prohibido leer: Reflexiones en torno a lectura, literatura y aculturación” (Aique).

 

Carolina Castañeda “La breve pero significativa vida de la Niña Ajolote”.

Asociaciones que brindan apoyo

En estos sitios se pueden encontrar recursos y más organizaciones vinculadas

REDIM, Red por los Derechos de la Infancia en México

Adultxs por los derechos de la infancia (Argentina)

Salud Activa (Argentina)

Ecuador dice No Más

Fundación Habla (Venezuela)

Para la Confianza. Un mundo sin abuso (Chile) 

Asociación Contra los Abusos Sexuales en la Infancia (ACASI) (España)

 

 

Ilustración de portada de Marcela Paz Peña para Azul.

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7 Comentarios »

  1. Un tema muy fuerte pero necesario. Gracias por compartir este artículo tan completo, de gran utilidad a docentes y padres de familia. La literatura sirve no sólo para distraer e imaginar, sino es una gran herramienta de aprendizaje, de apertura. En este caso rompe el tabú, abre la puerta para charlar con nuestros niños y jóvenes sobre este doloroso tema. Gracias.

  2. Enorme y profundo trabajo el que comparten poniendo a disposicion del publico. Gracias! La literatura es una herramienta poderosa para que niñas, niños y adolescentes puedan preservar su integridad y defenderse de adultos que traicionan su confianza, abusando de su poder y condicion asimetrica.

  3. Gracias por toda la información, tan detallada, que nos ofrecen. Excelente material para trabajarlo con nuestros alumnos. Destaco la labor de Graciela Bialet, coterránea, siempre dispuesta a visitarnos en las escuelas y llegar así, humanamente, a nuestros niños y jóvenes que nos escuchan cuando ellos reconocen que hay algo importante para decirles. Gracias al blog Linternas y Bosques. Les saludo desde la provincia de Córdoba, Argentina.

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