En 1927, José Sebastián Tallon publicó en Argentina “Resurreción de Caperucita Roja”, un breve poema incluido en su libro, pionero de la LIJ en Latinoamérica, Las Torres de Nuremberg. En el poema propone una original variación de Caperucita en la que la madre de la niña, al ver que ya se ha hecho de noche y ella no regresa, va a buscarla a casa de la abuela. Sus pisadas van dejando un rastro de sangre pues ha salido descalza, para no ser oída por el lobo, y se lastima los pies. 

¡Hija mía! ¡Hija mía! / ¿Dónde estás, criatura?, pregunta la madre. No encuentra ni a Caperucita ni a la abuela, sabe que el lobo las ha devorado, y regresa a su casa dejando ahora un rastro de lágrimas. El lobo sigue ese rastro tras la pista de la madre, para devorarla también, pero como tiene sed, bebe las lágrimas que confunde con rocío. Son tan amargas que le caen mal, y cuando la madre de Caperucita ya no tenía esperanzas de encontrar a los desaparecidos (…), los ve de pronto junto al lobo, que llora y pide perdón, arrepentido. Caperucita le explica a la madre: ¡Bebió una cosa tan amarga el lobo, que abrió la boca y nos volvió a la vida!

La forma en que José Sebastián Tallon extiende este cuento clásico desde perspectiva de la madre que busca a su hija desaparecida detona una lectura política más contemporánea. Puede recordarnos a las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo o en Las Rastreadoras, las madres de Sinaloa que, ante la inacción o complicidad de las autoridades con el crimen organizado, salen a buscar a sus hijos con sus propias manos, cargando picos y palas, pues ya no creen que los encontrarán vivos, quieren desenterrar sus cuerpos anónimos para darles una sepultura digna. 

No hay autoridad, el lobo no tiene cazador. En el poema de Tallon es la propia madre quien sale a buscar a la niña, igual que estos grupos de mujeres y tantos otros, no sólo porque no hay cazador, lo hace por instinto, porque no iba a quedarse a esperar, aunque tenga que arriesgar su propia vida, quitarse los zapatos, para que el lobo no la escuche caminar esa búsqueda.

¿Quién es el lobo en este poema? ¿Y si aprendemos que no hay cazador porque que el lobo es también el cazador? ¿Que quien se suponía debía proteger es quien persigue? Y lo hace con todo el poder: el propio, el de sus fauces, y movilizando a otros, escopeta en mano.

Un lobo que todo lo oye, hasta el más mínimo paso, y que no sacia su hambre: Con la panza hinchada -muy hinchada, pues en ella están (…) Caperucita Roja y la abuela (…). Harto aún, saciado, ha ido en busca del rastro de la madre, escribe Tallon. Conecta con el poema “Estado” incluido en otro libro para niños, Hojas sobre la almohada (Ediciones Abran Cancha, 2014), de Natalia Méndez:

Estado 

Olía cada cosa
sin pudor
y quería probarlo
todo.
Algunas personas
se acercaban
y me apretaban los cachetes,
me revolvían la cabeza,
sonreían ferozmente
y decían cosas rarísimas
en un tono
un tanto agudo.
Anoche soñé que era perro.
O niño.
.

¿Contar, entonces, a los niños, niñas y jóvenes lectores estas realidades en las que el poder se transforma monstruosamente en un dictadura? ¿o un gobierno cómplice con el crimen organizado?, una pregunta sobre la que he hecho una serie de entradas en el blog. En el libro El golpe y los chicos, Graciela Montes dice que sí: “Algunas personas piensan que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas, porque no las echamos fuera de nuestra memoria”.

¿Cómo hacerlo? La metáfora es una de las vías preferidas de muchos autores. Transformar al Estado en Ogronte, por ejemplo. Fue precisamente la palabra de Graciela Montes una de las que hizo la grieta por la que muchos más escritores -y sobre todo escritoras- habrían de echar luz para encarar el tema.

Aunque disfrazado de cuento popular, Irulana y el ogronte (un cuento de mucho miedo), publicado originalmente por Libros del Quirquincho en 1991 y rescatado en 2017 por Loqueleo, fue leído en su momento como una clara alegoría del dictador -o dictadura cívico militar- que aterroriza al pueblo hasta desaparecerlo.

Ilustración de Claudia Legnazzi.

En este cuento una niña, Irulana, sobrevive a la furia y al hambre del ogronte, quien después de darse un banquete de casas, personas, calles y hasta perros, se queda dormido. Entonces, Irulana se acerca silenciosamente al ogro (¿se quita los zapatos?) y grita su propio nombre: ¡Irulana! El ogronte no despierta, el grito grande de Irulana es insignificante para él, tal vez apenas un zumbido de mosquito, pero, en un nuevo giro fantástico, Montes estira lo pequeño y las letras del nombre de Irulana cobran vida en el aire. Con ellas, la niña amarra al ogronte, cava un pozo y lo entierra. Y pronto se restablece la paz y nuevos habitantes llegan al pueblo.

El propio nombre dicho en alto para rectificar la existencia, inaudible para el ogro y por eso inesperado y capaz de vencerlo. La palabra como defensa y resistencia.

Otros libros que se pueden leer desde corta edad y que también construyen metáforas del dictador -como posible metonimia de todo un gobierno o idea- son El pequeño Cuchi Cuchi (Oceáno, 2015) de Mario Ramos y De aquí no pasa nadie (Takatuka, 2017) de Isabel Minhós Martins y Bernardo P. Carvalho .

En ambos libros es notable la síntesis gráfica y literaria para presentar a tiranos y a quienes se les oponen con sentido del humor e inteligencia. Más que detestables, estos villanos son adultos berrinchudos, entre más feroces más ridículos; lo absurdo de sus ideas los vuelven caricaturas de sí mismos.

En El pequeño Cuchi Cuchi, el autor belga escribe y dibuja a un león que había hecho grandes promesas pero que después de su fiesta de coronación, a la que invita a todos los animales, cambia radicalmente:

Se rodeó de un ejército de gorilas a los que les pagaba con cacahuates (…). Había que presentarse ante él de rodillas y mirando el suelo, y hablar en voz baja para no interrumpir su siesta. Los animales empezaron a protestar. León se volvió cruel. Muy cruel. Además, era malvado y se sentía superior, terriblemente superior. Desde su trono, cambiaba las leyes según su humor. Los animales comenzaron a tener miedo. Un día, decretó una ley que prohibía a los pájaros volar. Los padres estaban obligados a cortar las alas de sus pequeños al nacer.

Pero una madre pájaro tiene un polluelo al que llama Cuchi Cuchi y es incapaz de cortarle las alas. Un día, Cuchi Cuchi presencia un desfile del Rey y se pregunta por qué todos lo idolatran. La respuesta “Porque tiene una corona”, le parece una tontería y vuela para quitársela. 

Entonces empieza una serie de repeticiones en la que el pajarito deja caer la corona sobre distintos animales y a todos se les ocurren ideas muy genuinas para la naturaleza de cada especie pero por completo ilógicas si se quisieran imponer a otras. Esta evidencia provoca risa en el lector que quizá reflexione críticamente sobre sus propias tiranías. Al final, y ante la estrechez de pensamiento de todos los personajes, Cuchi Cuchi decide aventar la corona en el mar… pero, bajo el agua, en la cabeza de un pez… la historia vuelve a empezar. 

En De aquí no pasa nadieIsabel Minhós Martins y Bernardo P. Carvalho la forma física del libro soporta la estructura de la historia, como lo hiciera Suzy Lee en su Trilogía del límite. El pliegue de la página que forma el lomo es la frontera con la que de pronto se topan los personajes. ¡Alto! Los siento, pero no está permitido pasar a la página de la derecha, dice un guardia.  

Hacer evidente la metaficción, no impide que entremos en la historia, al contrario, maravilla la aparente sencillez y pertinencia con la que los autores utilizan el cuerpo del libro para articular la historia. El aumento de gente que quiere pasar es la materialización de la tensión dramática, hasta que rompe el hervor: un “accidente”, una pelota que cae del otro lado. Ello libera la tensión y a los habitantes retenidos. El juego en el libro y el juego de utilizar la forma del libro son dos vehículos transgresores en sí mismos.

 

Recuperar espacios desde la acción, como nos muestran Cuchi Cuchi o los niños que juegan a la pelota, o recuperar historias desde la palabra que afirma un nombre como nos muestra Irulana… o bien: dos nombres como símbolos de la vida de una pareja desaparecida y asesinada.

25 años después de la aparición del cuento de Montes, en 2016, Márgara Averbach publicó la novela Los que volvieron (Sudamericana, 2016). En ella narra la investigación que emprende un grupo de jóvenes de una escuela santafesina, en Argentina, para revelar la identidad de Yves Domergue y Cristina Cialceta una pareja que fue asesinada y cuyos cuerpos habían sido enterrados en un cementario local con las siglas “NN”, Nigún Nombre. El resultado de la investigación, a la que se suma un equipo de Antropología forense, les devolvió el nombre y la historia. Y con ello, volvieron. Terminó al fin una espera doble.

Uno de los aspectos memorables de esta novela, selección The White Ravens 2017, es la narración en primera persona de los desaparecidos. Ellos hablan desde una muerte, una sepultura anónima, un olvido, en la que no están en paz, como imaginan las madres rastreadoras que buscan a sus hijos.

Llamamos. Llamamos a todos, a cada uno que se cruzó con nosotros sin vernos. Hacemos señales desde nuestra isla desierta con brazos inútiles, transparentes, que los vivos no ven (…). Hay sombras rápidas que vienen a dejarnos flores. Lo hacen desde siempre, desde el día que siguió al viaje en el auto verde inundado de olor a muerte y sangre y gritos; desde la noche en que empezamos a mirar el mundo desde afuera (…). Alguna vez, las flores nos dieron esperanzas. Creímos que los que las traían se pondrían a buscar nuestros nombres perdidos. Que entenderían. No fue así (…). Ningún nombre, dice el cemento. A veces nos damos por vencidos. A veces esperamos de nuevo. 

La novela propone un doblez: en el reverso de la Historia, los que se fueron también esperan, esperan ser encontrados, así como los que se quedan esperan que ellos regresen. 

La perspectiva normalmente es del que espera a que vuelvan, muchas veces una proyección de escritores que lo vivieron, pero no es una espera pasiva, puede ser diligente, como en Pequeños combatientes de Raquel Robles (Alfaguara, 2013). Aunque no está publicada en una colección juvenil puede entrar perfectamente en este corpus. La narradora recuerda cuando era niña y entrenaba a su pequeño hermano para pasar desapercibidos en ese mundo amenazante que un día les arrebata a sus padres. 

Yo sabía que estábamos en guerra, que había habido alguna clase de combate y que ellos estarían en alguna prisión helada peleando por sus vidas. Sabía que me tocaba resistir. Después me desconcertó mucho que no hubiera habido ni un solo tiro. Que el “se los llevaron” no estuviera tan errado, que no fuera una especie de clave para nombrar una balacera tremenda, horas de combate para luego rendirse ante la desigualdad de recursos, sino una realidad: habían venido a mi casa, muchos, es cierto, había habido gritos, desorden, horas de interrogatorio, y luego se los habían llevado. Mi abuela me decía que había sido así porque mis padres habían querido protegernos. Eso siempre me pareció totalmente ridículo: si nosotros éramos combatientes, si estábamos preparados para un momento así, sabíamos qué hacer, cuándo escondernos, cuándo correr, cuándo llorar. Sabíamos que teníamos que ser fuertes…

Muchos personajes dan prueba esa fortaleza y determinación. Otro “pequeño combatiente” es Pedro de La composición de Antonio Skármeta y Alfonso Ruano (Ediciones Ekaré, 2000), obra pionera en el tema. Cuando un militar entra al salón de clase de Pedro y les pide a todos los estudiantes escribir un texto bajo el título: “Lo que hace mi familia por las noches”, Pedro demostrará lo bien que sabe cuidar a su familia y engañar a los perseguidores (pueden leer una versión del texto aquí).

O Camilo, de Los sapos de la memoria (Oloop Ediciones, 1999; Conaculta, 2012), otra obra pionera, un joven que quiere saber qué pasó con sus padres y emprende una investigación por cuenta propia para averiguarlo. 

Desde la publicación de Irulana y el Ogronte, en más de 25 años en Latinoamérica ya podemos hablar de un corpus rico en publicaciones infantiles y juveniles que abordan el Terrorismo de Estado, con sus distintas caras y sus muchas consecuencias (En Leer al desaparecido (Comunicarte, 2014) Ignacio L. Scerbo analiza a detalle las publicaciones al respecto tan solo en Argentina). Se suman a este recuento Paso a paso (Carlos Valencia Editores, 1995) de Irene Vasco, Los agujeros negros (Alfaguara infantil, 2000) de Yolanda Reyes o Crecimos en la guerra (Panamericana, 2014) de Pilar Lozano, en Colombia; La bicicleta mágica de Sergio Krumm (Ediciones SM, 2013) de Marcelo Guajardo o Niños de María José Ferrada (Grafito Ediciones, 2013) en Chile; Los viajes del Capitán Tortilla (Ediciones SM, 2011) de Federico Ivanier en Uruguay; y en Argentina El mar y la serpiente (Editorial Norma, 2005) de Paula Bombara, Quien soy (Calibroscopio, 2013) de varios autores o Diario de un hada (Malasaña Ediciones, 2015) de Florencia Ordoñez. Varios de estos libros ya reseñados en el blog en las entradas sobre Terrorismo de Estado y LIJ. 

Y todavía en Argentina, pero contando la historia de una niña chilena: Matilde (Norma, 2016) de Carola Martínez. Ella también resiste y combate de muchas formas. Conocemos una cuando desobedece a la maestra que les deja de tarea hacer una composición o un dibujo en la que digan las cosas buenas que hizo el presidente. 

Matilde está un buen rato mirando la página en blanco. ¿De qué puede escribir? ¿qué cosas buenas hizo el presidente? Piensa y piensa. Sabe que él tiene la culpa de que su papá no esté con ellas. Matilde no se lo puede decir a nadie, pero ella lo odia al presidente; en su casa no le dicen así, le dicen Pinocho o hijo y la palabra con p.

De la casa a la escuela y de regreso, Martínez consigue emocionarnos al construir espacios interiores y exteriores verosímiles, llenos de tensión. El día a día de la dictadura en la escuela, con las imposiciones de maestros o las preguntas de sus compañeros sobre el paradero de su papá, y las muchas dudas detonadas por lo que no se le explica en casa crean una psicología profunda que nos conmueve. Parecido a lo que consigue María Fernanda Maquieira en Rompecabezas (Alfaguara, 2013). Ambas novelas, por cierto, premiadas: Matilde con The White Ravens 2017 y Rompecabezas con el Premio Fundación Cuatrogatos 2015, lo que también prueba que el compromiso político y la calidad literaria no están peleados y son valorados por la crítica. Algo de lo que hablaba Clémentine Beauvais en su ponencia “¿A las barricadas?, que publiqué aquí hace un par de semana.

Pero, ¿y en México? El primer álbum publicado aquí con una alusión sutil al Terrorismo de Estado es Camino a casa (FCE, 2008) de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, Premio de Álbum Ilustrado A la Orilla del Viento 2007. En el que una niña se crea un personaje imaginario que le da fortaleza ante la ausencia del padre. Casi a manera de epílogo, la última página sugiere que el padre desapareció en 1989, quizá corresponda a la dictadura chilena que terminó en 1990. Esta niña es igual que Matilde.

O que Mar, de Tal vez vuelvan los pájaros (Castillo, 2014) otra combatiente que termina por exiliarse con su familia a México. Y con ella llega la primera novela en una colección juvenil publicada en nuestro país con ese tema explícitamente en el contexto.

Pero será un año después que Tal vez vuelvan los pájaros que una maestra de escuela decida escribir una novela y publicar lo inédito hasta entonces: las desapariciones forzadas en un entorno mexicano.

 

Un libro, más de 30 mil desaparecidos

Según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED), de 2007, un año después de que Felipe Calderón iniciara su guerra contra narcotráfico, al 31 de julio del 2017, hay 32 mil 277 personas registradas como desaparecidas. De ese total, casi la mitad (41%) tiene entre 15 y 29 años. Y si volvemos a partir ese porcentaje, cerca del 50 por ciento de esa muestra tiene entre 15 y 19 años.

De acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos esas cifras podrían ser conservadoras. Además, el RNPED no tipifica las desapariciones, pero nadie duda que son resultado de la impunidad y el crimen organizado en muchos casos en complicidad con el gobierno.

Es decir que en los últimos 10 años en México se tiene un registro de más 30 mil desaparecidos, el mismo estimado que en la feroz dictadura cívico argentina, de 1976 a 1983, pero proporcionalmente mayor a los 60 mil por el conflicto armado en Colombia en 45 años, de acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica de este país, o a los más de 45 mil detenidos desaparecidos en 36 años de guerra civil en Guatemala. Así de violenta es la situación de México hoy.

Foto Archivo de las Madres de la Plaza de Mayo.

Una de las desapariciones en nuestro país que más conmoción ha causado es la de los 43 normalistas. La mayoría de ellos en ese rango de edad predominante de jóvenes desaparecidos. 

El cazador es el lobo. Aunque Enrique Peña Nieto no reconozca la participación del Estado en este crimen y muchos más, lo mismo que oírlo todo o verlo todo, como el Lobo, es hacerse el sordo y el ciego. Cómplice y coautor. Un aparato represor que suena a eco de los 50 años que se cumplen en 2018 de la matanza del 68.

Ante la saturación de estas cifras, el escritor, como a cualquier ciudadano, se paraliza de horror. Quizá más si convive diariamente con niños, niñas y jóvenes llenos de dudas.

Foto CC News.

Pero de a poco se va abriendo el camino para describirlo. Una maestra a punto de ser mamá no se quedó paralizada.

Imaginemos esta escena: Es septiembre de 2014, una joven maestra mira con horror las noticias sobre los normalistas desaparecidos en los noticiarios. Poco después, con el crimen en boca de todos, un día, a media clase, un alumno le pregunta: “Maestra, ¿por qué la gente desaparece”? Ella se queda fría. No sabe bien qué contestarle…

Decide escribir para intentar entender qué es lo que está pasando. Siente que no lo consigue del todo pero inventa a un personaje, Olivia, que se hace la misma pregunta que su alumno. Una niña que vive días de angustia al ver que su papá no regresa a casa y arma un plan para descubrir qué pasó con él. Una niña que toma cartas en el asunto como Irulana, Matilde o Mar. 

Tiempo después, la maestra se entera de la convocatoria de un concurso de literatura infantil y envía su manuscrito, su primera novela, consecuencia de esa escucha muy atenta a sus alumnos y de las ganas de nombrar lo innombrable. Y gana el premio SM México Barco de Vapor 2015.

La maestra, Nuria Santiago, había titulado su novela ¿A dónde va la gente cuando desaparece? Los editores, seguramente presionados por el departamento del mercadotecnia del que dependen, sugirieron un título más inofensivo: Olivia, el bosque y las estrellas. Quizá ellos mismos eran incapaces de enfrentar la pregunta, no había pasado ni un año de los crímenes en Ayotzinapa.

Esta es, en efecto, la primera novela para niños situada en México que aborda el tema de las desapariciones forzadas perpetuadas por el crimen organizado en complicidad con el gobierno. Está inspirada en un hecho real, otra de las tantas problemáticas que genera la falta de un estado de derecho: la tala ilegal. Olivia es una niña muy valiente que se cuestiona: ¿Y si mi papá decide no aparecer? Peor: ¿y si hay algo que no le permite aparecer?

Su papá no es el único que subió al bosque y no regresó. Otros padres de sus amigos y gente de su pueblo también han desaparecido. Los talamontes y la policía local parecen estar involucrados. Olivia está decidida a averiguarlo y resolver el misterio

El día transcurrió sin ninguna novedad. Ni la escuela, aburrida como siempre, ni la comida de ese día me gustaron mucho. Esperaba que dieran las cinco para encontrarme con mi papá e ir juntos a comprar el pan para la cena, así que me senté afuera de mi casa a esperarlo, pero nada. Por más paciente que fui, nada; mi papá no se veía. Me quedé sentada un rato hasta que Horacio regresó. Me puse de pie anticipando el brinco que daría al ver a mi papá, pero no. Horacio venía solo. Me quedé afuera un poco más hasta que mi mamá salió y, muy extrañada, me pidió que me metiera en la casa. Al día siguiente no había rastro de mi papá. Despareció. Raro, ¿verdad? Mi papá subió al bosque y no regresó, desapareció. ¿A dónde va la gente cuando desaparece? ¿Cómo puede algo dejar de estar? ¿O desaparecer? Hasta este martes el único que desaparecía era mi gato Michu.

Ilustraciones de Ángel Campos.

La historia, en la novela y en la vida real, tiene un final feliz. En la novela, el padre de Olivia aparece, en la novela y en la vida real, el pueblo de Cherán, en Michoacán, liderado por mujeres, se organizó para expulsar a los talamontes, a la policía y a los políticos. Y hasta el día de hoy mantienen su autonomía como comunidad indígena purépecha, un autogobierno reconocido por el gobierno mexicano.

Cherán se convirtió en un pequeño signo de esperanza, un oasis en el que la gente puede caminar tranquila.

Fue por esa esperanza que transmite esta población que Nuria Santiago escribió esta novela que arroja luz, abre brecha en México. 

A propósito de una ponencia inspirada en este libro que preparé para el Segundo Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Pereira, Colombia, le pedí a Santiago si podía contarme por qué la había escrito y si consideraba que había que hablar de estos temas a niños. Aquí sus respuestas.

Nuria Santiago sobre Olivia, el bosque y las estrellas:

En un inicio esta historia fue mi forma de procesar un poco la aterradora situación que se vivió en Iguala y el final feliz que yo misma necesitaba contarme lo encontré en las historias de los hombres, mujeres y niñxs de Cherán. Esta historia la escribí mientras esperaba a mi hija, entonces, me estremecía pensar que mi hijita pudiera alguna vez despertarse sin saber si volvería a ver a su padre… o a su madre… aún me da miedo. 

Yo creo que a los niñxs hay que HABLARLES, hablarles de la realidad, de la fantasía, contarles que otros mundos y organizaciones son posibles, hablarles y por supuesto escucharles, escuchar sus miedos, sus fantasías, sus deseos y sus ideas, y dentro de este cúmulo de charlas con los niñxs, desafortunadamente existe esta realidad. Yo soy profesora de primaria desde hace 15 años y he trabajado una filosofia para niñxs que se fundamenta en escuchar y enseñar a pensar, a no juzgar, a dotar de herramientas a los niños y niñas para que puedan expresarse. Así que sí, creo que acompañarles en sus miedos es importante. 

El acompañamiento debe ser amoroso y adecuado a las necesidades de los mismos niños y no desde nuestra visión adultocentrista. Muchas veces los adultos anticipamos lo “que ellos necesitan escuchar” y no prestamos atención de dónde están sus dudas y necesidades. Recuerdo cuando ocurrió lo de Iguala, en un inicio parecía que los adultos habíamos creado un velo, sin saber cómo abordar este tema. Sin embargo, las noticias, los periódicos y las conversaciones de nosotros los adultos estaban ahí y pocos se detenían a decirles “esto es lo que pasó, todos tenemos miedo, pero podemos superarlo juntos”.

Igual conforme me fui adentrando en esta historia me dio miedo, sí, miedo. Conforme iba avanzando en mi investigación me di cuenta de lo desolador que es, y la inmensa tristeza que vivieron (y viven algunos niños y niñas con estas situaciones) así que necesité un final esperanzador… Por eso retomé la historia de Cherán.

Digamos que Olivia me dió la fuerza y la esperanza que necesitaba para no salir corriendo del país. 

Aunque cuesta encarar este tema, después de Olivia, en 2016, la prolífica escritora Becky Rubinstein, publicó Una niña en el país del Holocausto (Pearson), una poderosa novela que narra diferentes momentos del genocidio judío perpetrado por los nazis tomando como punto de partida la mirada de Dolly Hirsch, una sobreviviente que lo vivió cuando era niña. Aunque no nos sitúa directamente en un contexto mexicano, es relevante para este recuento porque fue escrito y publicado originalmente en nuestro país, por una escritora mexicana que retomó testimonios de varios judíos sobrevivientes de la guerra que viven en México, entre ellos, Dolly. La novela, además, propone una interesantísima relectura de Alicia en el país de las maravillas, como hiciera Jorge Volpi en Oscuro bosque oscuro (Almadía, 2009) al yuxtaponer tramas y personajes de los cuentos de hadas clásicos con el Holocausto. Rubinstein introduce cada capítulo con una fragmento de Alicia, detonando nuevas lecturas en ambas direcciones.

A principios de 2016, desde el comité dictaminador de Pearson revisamos un poema de Marcela Arévalo C. que hacía referencia directa a los normalistas desaparecidos. En 2017, Pearson lo publicó ilustrado por Natalia Gurovich. Se trata del primer libro ilustrado para niños inspirado en el caso Ayotzinapa. Aunque todavía nos falta recorrer más camino, decantar todo lo que está pasando, ver a la distancia, entrevistar a las víctimas… El maestro no ha venido es una adelantada aproximación al tema, un poema que explora la ausencia desde la perspectiva del alumno que espera. 

Cuesta ponerse en el lugar de esos niños, niñas y jóvenes víctimas de la violencia, inmersos en el desasosiego,  recuperar sus voces, tomarlos en serio, a caso darles una salida como propone Nuria Santiago o ayudarlos a sacar la cabeza fuera del agua y dar un respiro.

Todos estos libros comparten tonos y perspectivas: la de los niños, niñas y jóvenes en las dictaduras. Esa mirada infantil, secundaria, se vuelve al fin protagonista cuando se cuenta. Los niños y niñas se vuelven visibles y nosotros con ellos. De Irulana hasta Olivia recuperamos la capacidad de nombrar, desde la fantasía o el testimonio histórico, pero siempre con una intención real, de entender esta realidad, de ensanchar la tolerancia del que, cuando es niño, niña, todavía es capaz de contener muchos mundos, personas y emociones en su cabeza. Irulana y Olivia le hablan también al adulto que fue niño, nombran con él, le tienden la mano para asomarse a la grieta, nos invitan a decir juntos: Nunca más. Vivos se los llevaron, vivos los queremos. Porque mientras las autoridades hacen su trabajo, el trabajo para el que los elegimos, quizá sea sólo a través de la ficción, la poesía, la literatura que podamos perdonar, recuperar la esperanza y los nombres y hacerlos regresar a casa.

Aquí el video de la conferencia que inspiró esta entrada:

 

Jóvenes y participación social

En este contexto y de cara a las elecciones 2018, y sobre todo posterior a estas, vale la pena mencionar tres libros informativos, de descarga gratuita y publicados recientemente, que promueven la participación de los jóvenes en la toma decisiones, la mirada crítica sobre los gobiernos y las sociedades y los cambios de paradigma.

Hagámoslo Posible

Hagámoslo Posible (Fundación Legorreta Hernández y Tecnológico de Monterrey, 2017) tiene como eje algunas interrogantes que mencionan Andrea Hernández y Alejandro Legorreta en la introducción del libro: “¿Cómo hacemos ciudadanía después de todo lo que estamos viviendo?, ¿cómo vamos más allá del impulso de ayudar a quien vive un momento límite?, ¿cómo organizarse, conectarse, establecer flujos y liderazgos verdaderos en beneficio de todos? ¿Cómo transformar la rabia y la exigencia en una fuerza que vaya más allá de la queja en redes sociales, pasa constituirla en intercambios que nos permitan recuperar la dignidad y seguir la vida misma?”. El libro, dicen, es una apuesta por crear comunidad en equidad desde ciertos temas: género, diversidad, espacio público, alimentación, energía, movilidad urbana y cultura libre y compartida. 

Editado por Miriam Martínez y diseñado e ilustrado por Alejandro Magallanes, incluye artículos de Alicia Molina, León Krauze, Daniel González Marín, Ana E. Martínez y Ricardo Baruch Domínguez, entre otros, con infografías provocadoras y bien documentadas que invitan a la acción. En su conjunto: oro molido. Reflexiones, cifras, preguntas, datos históricos y de actualidad que, diseñados y editados de una manera tan atractiva, uno quisiera ver en todos los salones, bibliotecas, salas de lectura y otros puntos de reunión de jóvenes, incluidos los espacios virtuales, en los que puede circular el pdf. Periodismo juvenil para reinventar la realidad.

LIGA PARA DESCARGARLO, AQUÍ.

 

Todos contamos. Jóvenes y participación política

Todos contamos. Jóvenes y participación política (Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco y UNESCO, 2017) intenta responder: ¿para qué votar? ¿qué se necesita para ser presidente?, ¿de qué sirve saber: conocer cosas, tener información?, ¿para qué estudiar?, ¿qué hacer con tantos datos aprendidos durante los años que alguien acude a la escuela?, ¿viralizar una duda por internet?, ¿cómo participar en una catástrofe? Todo ello desarrollado en relatos breves y cercanos al lenguaje de los jóvenes en el que la información y el periodismo de datos se traducen en personajes con preguntas y deseos que conectan con los lectores. 

Cuatro textos de Juan Carlos Quezadas y uno de Elizabeth Cruz Madrid con títulos como “Y polvo, mucho pinche polvo”, “12,784 días” y “La niña del agua”. En el primero, compartimos el dilema del protagonista: 

Conforme se iba acercando el día de la elección mi abuelo y yo seguíamos inmersos en un montón de dudas. A veces nos daba el bajón y nos entra- ba una güeva in nita por todo lo que tuviera que ver con las elecciones, pero otras veces el espíritu democrático se apoderaba de nosotros, nos pasá- bamos los días hable y hable y discute y discute. Dudábamos si votar o no votar. Dudábamos si anular o no. Dudábamos si Cantiflas o el Chicharito.

Editado por Tessie Solinís y Carlos López de Alba e ilustrado por Guillo Castellanos, este es el segundo libro de la colección Utopía que “promueve el diálogo, la verdad y la exigencia para suscitar actitudes cívicas en la construcción de un espacio común, diverso e incluyente”. El primero se llama Todos diferentes, todos únicos y recoge la visión y el pensamiento de diez jóvenes que habitan la zona conurbada de Guadalajara. Un mosaico de realidades en el que se pueden reflejar jóvenes de todo el país. Este segundo no teme abrir el debate político. una Una herramienta útil para discutir y reflexionar, sin suavizar los datos y con la ayuda de relatos ligeros y divertidos.

LIGA PARA DESCARGARLO, AQUÍ.

 

Uf, ¿y para qué votar?

Y, finalmente, Uf, ¿y para qué votar? (Instituto Nacional Electoral y Alfaguara, 2018). Con intenciones parecidas al libro anterior, aunque más enfocado a las elecciones 2018, recurre al ensayo autobiográfico. Cuatro historias personales sobre el descubrimiento de la democracia en la infancia o juventud y los movimientos sociales y el ejercicio del primer voto, contadas por cuatro excelentes narradores, varios de ellos muy populares entre los jóvenes, y con las magníficas ilustraciones de Santiago Solís

“Mi historia con la democracia y por qué siempre la pido con la salsa aparte” de Antonio Malpica, “Lo que realmente importa” de Rosa Beltrán, “De cómo conocí a la mujer que cambió mi vida” de Benito Taibo y  “Zurdos y diestros” de Jorge Luis Vargas Bohórquez, integran este volumen que busca incentivar el voto (sobre todo de los 12.8 millones de jóvenes mexicanos que votarán por primera vez) y empezar a escribir una historia propia de democracia y participación social.

Además de una introducción de Lorenzo Córdova Vianelo que empieza así: “Algunos dicen, con algo de sorna, que la juven­tud es una enfermedad que se cura con el tiempo. A mí me parece, francamente, que esa expresión está muy alejada de la realidad. Aunque, desde otro punto de vista, si la juventud fuera, en efecto, una enfermedad, esperaría que ocurriera una pandemia”. Así, continúa, no nos conformaríamos con la realidad injusta, seguiríamos intentando cambiarla. Sigamos intentando cambiarla. 

LIGA PARA DESCARGARLO, AQUÍ.

 

Ilustración de Santiago Solís.

Ilustración de portada de Ángel Campos.

 

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