Fueron linterna en el denso bosque de las publicaciones infantiles y juveniles de 2018, y espero sean punto de partida para muchos lectores en 2019. Son preguntas y posibles respuestas, alrededor de la infancia y la adolescencia y la lectura, que reconocen la complejidad y diversidad del destinatario, 15 libros ilustrados creados en Iberoamérica.

No se trata ni lejanamente de una selección que haya partido de un censo o revisión exhaustiva de la enormidad de títulos que se lanzan cada año, es sólo una mirada personal. El tiempo para leer, el acceso a los libros y mi interés por ciertas zonas y experiencias estéticas condicionan el listado.

Este año acoté todavía más los reseñados y “también favoritos” de esta nota: sólo los publicados originalmente en nuestra región, en particular, en México; aunque igualmente revisé novedades de Colombia, Chile, Argentina, Uruguay y España. Lo considero una pequeña declaración de principios ante la dispareja circulación editorial en el mundo (si alguien encuentra un libro latinoamericano en algún listado anglosajón que me cuente por favor), tantas veces regida por catálogos que requieren comprar derechos para completar su desbordada producción. Por otro lado, esta vez casi no pude revisar libros de no ficción.

En 2018, encontré que en mi selección final predominaron las editoriales independientes y la poesía. Sobre este género, que me interesa mucho, aclaro que no me predispuse a favorecerlo, corroboré lo que ya había notado el año pasado al hacer la entrada de novedades de poesía en México: como se publican en menor cantidad que narrativa, los proyectos poéticos que consiguen pasar todos los filtros (y prejuicios), suelen reflejar mayor cuidado. Además, en muchos casos, y ante el dominio de la ilustración en el imperio editorial del álbum, la poesía ilustrada propone una relación más equilibrada entre palabra e imagen. Quizá dicho imperio, por cierto, empiece a debilitarse o a renovarse (hibridar) ante el crecimiento de la novela gráfica, la poesía ilustrada, el libro informativo y el ensayo filosófico.

Alfonso Lorenzo. Colección de Gobi Stromberg. Fotografía: Marco Pacheco / Artes de México, 2018.

También me llamó la atención que muchos de los libros mexicanos que elegí resultaran ser coediciones con Secretaría de Cultura. Tal vez señal de la autonomía y el filo de esa dependencia, que esperamos tenga continuidad, ¿y de que hubo una exigencia extra para las editoriales producto de este compromiso?

En el siguiente recorrido encontrarán poemas narrativos, cuentos populares, novelas gráficas policiacas, manifiestos políticos, reescrituras de diarios, hechizos, ensoñaciones, relatos surrealistas, juegos y más, 15 libros y más, memorables, que considero exploran, toman riesgos y, sobre todo, conectan con los lectores reales (ante la todavía creciente avalancha de publicaciones llenas de mensajes “lindos” y edificadores y soporíferas para los lectores). Están ordenados más o menos de menor a mayor edad lectora o bien por afinidad temática. Empiezo con lo más cercano: un libro de tradición oral nahua-español y cierro dando un salto hasta Rusia, con una traducción de Chéjov hecha en México. Este año decidí integrar una reseña y apartado de traducciones porque encontré varias realmente notables que reivindican la importancia de esta profesión.

Además me gustaría dejar aquí la liga a la entrada El huésped y otras ficciones inquietantes en la que reuní las mejores publicaciones de terror y misterio para jóvenes que leí en el año.

Ojalá que los Reyes Magos tomen nota y la lectura haga menos pesado su largo viaje desde Oriente y de regreso, todo un año de ficciones. 

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1. Tonelhuayo uan totlahtoltzin / La raíz y la voz

Gobi Stromberg (compiladora). Artes de México, 2018.

En las paredes de una cueva, sobre tablillas de arcilla, enrollado en papiro… o dibujado en amate. Del árbol de papel, la higuera silvestre o amacuahuitl (del náhuatl: amatl, papel, y cuahuitl, árbol), los grupos originarios mesoamericanos obtenían la corteza con la que elaboraban sus códices. Pero el solo papel era un preciado recurso que se ofrendaba. Y así, la palabra dibujada y las historias contadas, igual que en muchas otras culturas, adquirieron un carácter sagrado. Este valioso libro bilingüe de Artes de México (que en 2018 cumplió 30 años) recupera esa herencia con cinco relatos populares nahuas magníficamente ilustrados en amate. Las obras, hechas en su mayoría por Alfonso Lorenzo, Tito Rutilio, Eugenia García y Félix Jiménez Chino, pintores de la región alta del Balsas, en Guerrero, acompañan historias contadas por algunos de estos artistas y transcritas y revisadas a lo largo del tiempo por diversos colaboradores como Antonio Alatorre, Sixto Cabañas y Eustaquio Celestino Solís.

Aquí, animales y humanos hacen de las suyas, como en algunos cuentos de hadas o fábulas, pero sin moralejas y en un contexto mexicano. 

El sincretismo con el imaginario europeo es innegable, con personajes arquetípicos como el pícaro medieval en “Pedro Malo”; o “El tejón y la ardilla” y “El Conejito”, de tradición esópica; y hasta un bello mito diluviano que explica el nacimiento del maíz, corazón de la cosmovisión mesoamericana. Y el sincretismo también en la técnica pictórica, pues, como explica Gobi Stromberg en la introducción al libro, algunos pintores de esta región empezaron a incorporar paisajes y tridimensionalidad, aspectos occidentales.  

El libro es cercano a Cuentos populares mexicanos (FCE, 2014) de Fabio Morábito y a Cuentos mexicanos para niños (Antigua Librería Robredo, 1945 / Alas y raíces, 2012), de Pascuala Corona, pero como algunas publicaciones de Ediciones Tecolote o las que realiza en la India Tara Books, quizá lo más destacado de esta propuesta sea que no busca actualizar el tono desde la ilustración, si no que revaloriza el talento y técnica de los pintores nahuas para reinventar los perfiles de pájaros y montañas. ¿El resultado?, una cuidada edición que muestra con orgullo su carácter ancestral.


También favoritos. Cuatro libros que retoman técnicas o musicalidades antiguas: el también bilingüe (mixteco-español) Sueños de una matriarca de Minerva García Niño de Rivera (Ediciones Tecolote, 2018), los libros-disco Nidos que arrullan de Cintia Roberts, Laura Varsky, María Teresa Usandivaras y Pablo Spiller (Ojoreja, 2017) y la nueva entrega de la increíble serie de música de concierto, Bichos de Ana Gerhard y Mauricio Gómez Morín (Océano, 2018), y el inusual romancero Los caminos del Juglar de Daniel Rabanal y Beatriz Peña Trujillo (Babel, 2018).

 

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2. Cuatro romances

Imapla. A Buen Paso, España, 2018.

Amor a primera vista. Con una síntesis ejemplar, Imapla, una artista que nos tiene acostumbrados a libros para primeros lectores que dicen mucho con poco, explora aquí el motivo clásico del cambio de estaciones. Su aportación radica en lo desafiante pero efectivas que resultarán sus historias para los pequeños, con ese estilo que en algo recuerda a la sencillez poética de Eric Carle.

Los cuatro romances que anuncia el título no refieren al género poético, sino a relaciones amorosas. En este caso entre elementos de la naturaleza cuyo fruto es una nueva estación. Tres nubes solitarias y un sol que se encuentran con árboles: “El árbol enamorado, romance de otoño”, “El árbol soñador, romance de invierno”, “El árbol luminoso, romance de primavera” y “El árbol lunático, romance de verano”. Enunciados breves y formas esquemáticas que componen cuatro poemas con alma de haikú.

Y así como una nube puede querer un poco de compañía y acurrucarse en un árbol, nos dice Imapla, este libro enamorará a los lectores cuando descanse en sus manos.

 

3. El marinero del canal de Suez

Horacio Cavallo y Matías Acosta. Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2018.

Como si fuera una canción que cantamos toda la infancia, este poema se queda en un lugar profundo y querido de la memoria. Pobrecito marinero del canal de Suez, / navegando sin timón su cáscara de nuez… Lo consigue gracias al tono bien en armonía con los elementos de la poesía rimada: musicalidad predominante y ritmo marcado con metrónomo, lo que hacen más gozosa la lectura. Quiere hacerse un sonajero con dientes de tiburón / y usa fósforos quemados a modo de arpón…  Las imágenes lúdicas se anclan, igual que la embarcación del marinero, con las ilustraciones simples y pregnantes. Una línea constante de mar, en ese formato apaisado, es suficiente para que naveguemos sin hundimientos de principio a fin. De repente, entre las olas, la boya se hunde. / El marinero se alegra, luego se confunde. Conocemos el relato de un marinero hambriento que sale a pescar, pero no consigue nada de lo que busca… o casi nada y mucho más: unos inesperados náufragos que harán más animada su navegación. Es una caja cerrada toda hecha de hierro / y allá adentro, le parece, está ladrando un perro.

Pero como sucede en las canciones infantiles o los viejos arrullos de tradición oral, como “Duerme negrito”, en una lectura más detenida, el juguetón poema revela una faz más triste: la de los miles de refugiados provenientes del centro y sur de África que, en su éxodo, atraviesan el Canal de Suez. Esa dimensión le da más hondura, pues sitúa la propuesta en medio de una crisis que a los lectores también preocupa. Cuando leí este poema a los hijos de unos amigos, a uno de ellos le conmovía de manera específica la situación del marinero y le preocupaba cómo calmaría su hambre. Palabras en mi maleta de Samuel Castaño, igualmente publicado este año (Ediciones Castillo), atiende la misma inquietud. 

Descubrí a Cavallo, este sólido autor, muy recientemente, leí asimismo El pequeño vecino del señor Trecho (Edelvives México, 2018), su precisión rítmica y originales perspectivas, como en Pedro Mañas, hacen querer leer más de su trabajo.


También favoritos. Cuatro travesías lluviosas con tripulaciones inolvidables: Navegante de Andrés López (Alboroto Ediciones, 2018)Un día de tormenta de Daniel Nesquens y Maguma (A Buen Paso, 2018) y Balam, Lluvia y la casa de Julio Serrano Echeverría y Yolanda Mosquera (Amanuense, 2018).

 

 

4. El pollo Chiras

Víctor Eduardo Caro y Rafael Yockteng. Cataplum Libros, Colombia, 2018.

El año pasado mientras realizaba una estancia de investigación en el CEPLI, en Cuenca, una colega colombiana, Cielo Érika Ospina, me compartió una de las mayores sorpresas que tendría entonces: “Salpicón”, un poema incluido en “Chanchito”, revista semanal para niños, que circuló entre 1933 y 1934 en Colombia, fundada y dirigida por Víctor Eduardo Caro. Como sabe quien haya emprendido un proyecto independiente, el fundador debía realizar de todo, incluido, por supuesto, publicar su propia obra. Imposible olvidarme del insólito “Salpicón”, que descubrió Cielo, un cautionary tale, más extremo que los de Pedro Melenassobre un niño malcriado que terminan devorando otro grupo de niños (hoy haría cortocircuito en muchos sectores, pero creo que sería un éxito entre los lectores pues el tono humorístico y cómplice es innegable).

Aunque escrito previamente, “El pollo Chiras” fue otro de los poemas que Caro difundió en “Chanchito” y, nada menos, se instaló en el imaginario colombiano. Cuento versificado, heredero de Pombo, que narra el ardid de un pollo pícaro que se libra de la muerte. Esta nueva edición ilustrada de los queridos versos vuelve a hacer justicia al pollo y extiende sus terrenos.

Más que algunos autores contemporáneos, Caro considera a los lectores inteligentes y les propone un juego: “no te fíes de lo que he escrito, lee entre líneas”. Yockteng lo suscribe e invita a más personajes a jugar: con una cálida paleta de colores y una textura cercana al lector, la crayola, inventa una cariñosa familia de animales que acompaña a Chiras en su teatro. Sin revelar el truco de Caro, hace más accesible la historia para un lector más pequeño y confirma los alcances que puede tener un texto con jerarquía de clásico.

Son un acierto especial los catorce pollitos presentes en cada escena. Parece que los oímos piar alocadamente de aquí para allá, como una prolongación del propio Chiras. Funcionan, junto con el perro, el cerdito y el becerro, como personaje colectivo que refuerza el control de Chiras sobre la trágico-cómica situación.

Por si fuera poco, la ilustración final del libro añade una capa de lectura antiespecista y muy en boga: lo emparenta ideológicamente con el veganismo, una postura ética que muchos niños manifiestan de manera natural cuando se enteran que se van a comer a un animalito. Otro título reciente, La jaula, de German Machado y Cecilia Varela (Calibroscopio, 2018) también se suma a esa tendencia. 

Vale la pena mencionar también que afortunadamente Cataplum editó este año ¿Qué hacer un domingo?, rareza de Cristina Sitja Rubio, publicado originalmente por Camelia Ediciones en Venezuela y que reseñé en “Los mejores…” del año pasado.

 

 

5. Ruge como jaguar / 6. ¡No!

Ricardo Yáñez y Manuel Monroy. Ediciones Castillo, México, 2018. / Dr. Alderete. Ediciones Alboroto y Secretaría de Cultura, México, 2018.

Con el boom de la industria editorial para niños y jóvenes, el avance de los ecologismos y el retorno a las corrientes de pensamiento románticas de contacto con la Naturaleza se han puesto en circulación cada vez más publicaciones que proponen a los lectores detenerse un momento, sacar la vista de la pantalla y correr al bosque. 

Este año dediqué una serie de entradas a esto que identifiqué como una tendencia en la literatura infantil y juvenil: un nuevo llamado de lo salvaje, lleno de personajes que recuperan cierta fiereza y arrojo interno, que en algunos casos se traduce como un regreso al mundo natural con personajes que valoran o añoran vivir sin artificios en una flora y fauna diversa.

Estos dos libros pueden ubicarse en esa tendencia. Ruge como jaguar es un hermoso poema corto de Ricardo Yáñez que se estira, sigiloso, con las ilustraciones de Manuel Monroy. Un niño nos dice: Desde esta máscara miro / que puedo ser un jaguar. / Jaguar respiro. Y así, después de ponerse una máscara, se vuelve ese felino y el juego lo lleva a la selva y al manglar, en los que nada y caza. Luego regresa más contento de lo que había partido y, nos dice Monroy, dibuja para sí un jaguar y un cocodrilo con una pelota en el medio: ellos también están jugando: el juego no termina sólo se transforma.

Ediciones Castillo, por cierto, es de las pocas editoriales que sigue publicando cada año varias novedades de poesía, en tendencia con otros mercados editoriales como el argentino. En 2018, fue la que mayor títulos propuso. Además de Ruge como un jaguar publicaron: Niños de María José Ferrada y María Elena Valdez, Será de Mercedes Calvo y Stefano Di Cristofaro, Trompa con trompita de Jorge Luján y Mandana Sadat, Dos y una, una y dos de María García Esperón y Bruno Valasse y Lejos del polvo de Karen Hesse. Meritoria y esperanzadora apuesta. 

¿Tocar el ojo de una planta mutante? ¡No! ¿Lanzarse de una resbaldilla gigantesca? ¡No! ¿Y de un cerro en monopatín? ¡No! ¿Patear una pelota dentro de un museo? ¡No! ¿Y a un luchador? ¡Menos! A este niño se le ocurren muchas travesuras, quiere probarlo todo, pero siempre se oye una voz que dice… Ni se imagina lo que le espera cuando finalmente le digan ¡Sí!

¡No! es parte de la primera serie de una nueva editorial independiente, Ediciones Alboroto, y es también el primer libro infantil del Dr. Alderete. Su inconfundible y eléctrico estilo quizá adquiera un matiz todavía más personal en esta publicación que él mismo ha llamado autobiográfica. “Me gustaría decir que todo es ficción, pero la verdad es que casi todo está basado en la realidad”, confiesa en las presentaciones.

Inicialmente se trataba de escenas sueltas en las que dibujaba a su hijo haciendo algunas travesuras de las que ni su pareja ni él creían que saldría bien librado, pero luego se le ocurrió una secuencia y una ocurrente salida para el personaje, una que deja en ridículo la autoridad de los padres… y los relaja.

Dibujar como vehículo para exorcizar miedos, desde el humor. La mirada fatalista parental, frente a la curiosidad insaciable de un niño pequeño, que podría ser de la tribu de Los temerarios de Roger Icaza (Gato Malo, 2017). Chicos desenfrenados que quieren experimentar por cuenta propia todas las texturas a su alrededor y dan rienda suelta a su deseo inconsciente de partirse la cara. Pero, son la revancha de Los pequeños macabros de Edward Gorey: sobreviven a todas sus hazañas. Niños y niñas con más poder en nuestras sociedades… o por lo menos en los libros.

 

 

7. ¡Malacatú!

María Pascual de la Torre. A Buen Paso, España, 2018.

Viene brava la nueva ola del Concurso Internacional de Álbum Ilustrado, impulsado por la Biblioteca Insular de Cabildo de Gran Canaria. Primero sorprendió el extraño Dorothy, de Pablo Auladell y Javier Sáez Castán, y ahora sube todavía más la marca ¡Malacatú!, hecho en su totalidad por María Pascual de la Torre.

Un álbum perfecto, con aires de nuevo clásico, que recupera el antiguo juego poético de las fórmulas mágicas o encantamientos. Un respiro que haya novedades que vuelvan al juego, que busquen eso y nada más (con un foco en una situación de lectura tan claro), ante la compulsión editorial por encajar todo con algún contenido escolar.

Una madre y un hijo se enfrentan a un duelo: cepillo de dientes contra pasta, comedor contra cocina. Las armas son lo de menos, vencen las palabras más divertidas, dichas en voz alta: “¡Fi! ¡Fa! ¡Fu! ¡Malacatú!”: Hijo cabeza de puerco. Mamá-cafetera. Hijo-bebecito. ¡No! Mamá-bebecito. ¿Hijo-Papá? ¿Quién es quién? Un sugerente cambio de roles hace más compleja pero también más disparatada y significativa la dinámica.

Dice Joëlle Turin que los libros que reproducen una situación de juego están entre los más buscados por los niños pues impulsan su crecimiento. Como ¡Malacatú! quiere hablar a niños pequeños, el juego incluye a un adulto y el encantamiento puede ayudar además a liberar tensiones en la relación y reafirmar lazos. 

Pero mucho más sucede aquí: El telón de fondo es otro campo de batalla en el que juguetes, ollas y gato viven diversas aventuras. ¿Y alguien más? Se asoma el papá-papá, mejor no, ¿qué pasa allí?, cierra la puerta silenciosamente para no interrumpir el juego, respeta su momento. Gesto de complicidad que compartimos: nosotros tampoco queremos que termine ese duelo. O sí: ¿capa de mago y varitas?, ¡listas!


También favoritos. Otros dos libros hechos por padres para sus hijos que enriquecen el retrato de las relaciones filiales y reivindican lado salvaje de niños y niñas: No somos angelitos de Gusti (Océano, 2017) e Imposible de Isol (FCE, 2018); y uno más en esa misma línea, Los temerarios de Roger Icaza (Gato Malo, 2017) y otro cercano pero que conecta con la naturaleza: Soy un animal del uruguayo Alfredo Soderguit (Zorro Rojo, 2018). Los cuatro de excepcionales artistas que escriben y dibujan.

 


8. ¡Baja de esa nube! / 9. Sábados

Germán Machado y Mar Azabal. Ekaré, España, 2018. / María José Ferrada y Marcelo Escobar. Ekaré Sur, Chile, 2018.

En uno de sus libros menos conocidos, Jardín de versos para niños, R. L. Stevenson escribió algunos de los poemas más cercanos al universo infantil que he leído. En uno de ellos, “El compañero de juegos invisible”, crea un personaje que aparece “siempre que hay un niño solo y está jugando feliz”. Nadie lo ha visto nunca, pero Stevenson es insistente, le dice al niño lector que está acompañándolo cada vez que juega en solitario. Lo que se lee en el revés de estos versos es una invitación a cultivar el jardín interior y privado, un respeto por las ensoñaciones de los niños, por ese mundo personal que sólo pertenece a ellos y que nadie más puede ver. Asunto que me interesa mucho.

En esa categoría y con el vuelo de Stevenson escriben e ilustran los autores de estos dos libros, dos nuevos favoritos. En ¡Baja de esa nube! escuchamos otra vez la voz del adulto, como en ¡No!, la exclamación del mundo real, una solicitud de reingreso, el hilo que tensa y libera al papalote. Página a página, Machado y Azabal juegan con ese hilo. Una niña se va en una nube particular, en la que habitan osos, rinocerontes, hormigas, peces voladores y zanahorias gigantes, hasta que sus padres, la maestra, sus compañeros de escuela, su hermana, le piden que vuelva a la tierra. El juego de estire y afloje alcanza su clímax cuando los autores sueltan el hilo. Un momento inesperado y asombroso y tan cálido que a mí me ha quedado una nube suave flotando en el pecho.

También Miguel tiene sus momentos de ensueño en Sábados. Ese es el único día de la semana que ve a su papá, lo acompaña a trabajar, es su día favorito. “Su papá, guitarra. Él, pandero”, por las calles de Valparaíso, de restaurante en restaurante, cantando por una moneda. Mientras tocan, sin embargo, los sueños que ha tenido Miguel al dormir lo reclaman, lo hacen soñar despierto. “Un suave codazo lo trae de vuelta. No es fácil mantener el ritmo del pandero…”. 

Igual que pasa en la mayoría de las voces de ¡Baja de esa nube! o en otro título afín, ¿Dónde está Tomás? (Ekaré, 2016), la presencia del adulto en estos casos es amorosa y comprensiva. El papá no regaña a Miguel porque deje de tocar, sencillamente le recuerda que lo necesita allí, en esa expresiva atmósfera, que se siente tan local por el lenguaje de Ferrada y gracias al atinado registro de gráfica popular de las ilustraciones. De hecho, la intimidad en las narraciones es uno de los dominios de Ferrada, quien construye una relación similar a la de Miguel y su padre, en su entrañable novela Kramp (Emecé, 2017), otra nueva favorita.

Mención aparte merece el diseño de ambas publicaciones, que problematiza el uso del espacio en la doble página con imágenes que se “mueven” entre una página y otra para cuestionar lo ordinario. En  Sábados, por ejemplo, las ilustraciones recortadas activan el fondo azul conferido al texto, redibujando así los límites de la ficción en el universo visual del libro. Esta relación texo-imagen también favorece el efecto de las páginas rebasadas en las que se reproducen las ensoñaciones de Miguel. En estas sentimos que, finalmente, las ilustraciones, la ficción, han “conquistado” toda la página. Algo parecido sucede hacia el final de Baja de esa nube, cuando la niña se reúne con todos los personajes. Le suma mucho a esta propuesta, el juego de subir y bajar de la nube que se corresponde perfectamente con el diseño: las páginas no se pasan de derecha a izquierda sino de abajo para arriba gracias al lomo ubicado en el borde superior del libro. 

Cierro este apartado con un antecedente más recientemente rescatado por Ediciones Tecolote, el extraño tesoro de Pienso que pensaba… (2018) de Sandol Stoddard e Ivan Chermayeff. “¡Es hora de levantarse!”, “Ponte la camisa: te toca la amarilla”, “Y no olvides lavarte las manos, pero lávatelas muy bien”. El niño responde con un hipnotizante monólogo interno, un rico tren de pensamiento a toda marcha: “Pienso / que pensaba / en las motitas de polvo que flotan bajo el sol / brillantes / por un instante / y pensaba en las naranjas y en las limas y en los limones / y en el color amarillo…”.

 

 

10. Una cabeza distinta

Luis Panini. Ilustraciones de Chiara Carrer. Petra Ediciones y Secretaría de Cultura, México, 2018.

Lo que empieza con un tono existencialista, toma un divertido giro surrealista: “Quizá mi verdadera cabeza está perdida. Probablemente una enfermera del hospital donde nací la pateó por error y se fue rodando como una pelota y se les olvidó en un rincón…”.

Un niño nos confiesa que algunas mañanas se mira al espejo con desasosiego, le cuesta reconocerse. Entonces, una noche, le dice a sus papás: “Creo que necesito una cabeza distinta”. “¿Ya se descompuso la que tienes?”, le preguntan.

No es broma, en el mundo de este libro, los personajes realmente pueden cambiarse la cabeza. Y así, el niño se encuentra con un comerciante de cabezas y decide probar otras. ¿Una de reno o de cocodrilo?, ¿de electrodoméstico o matemático?, ¿con cuál se quedará?

Limpieza estilística, humor absurdo desde el que construye los giros dramáticos y una solución muy coherente que no cae en la ñoñería que podría anticiparse: aceptar la propia cabeza. Sólo el segundo enunciado de la frase final, me pareció innecesariamente complaciente y conclusivo: “Las posibilidades son infinitas, casi tanto como las distintas cabezas que un niño puede tener”. Se asoma la voz adulta y didáctica, quizá porque es el primer libro infantil de este autor, experimentado en otros públicos. Como sea, empaña muy poco la experiencia porque el recorrido, más delirante y ambiguo con la mirada de Chiara Carrer, es sumamente original y lúdico.


También favoritos. Otros dos libros que plantean dilemas filosóficos: La nueva entrega de filosofía visual de Wonder Ponder, Pellízcame de Ellen Duthie y Daniela Martagón, que indaga en las posibilidades de ser el sueño que alguien sueña e incluye un fantástico cómic (adaptado a corto animado que puede verse aquí) (y en México Sexto Piso publicó este año el segundo de la serie: Yo, persona); y ¿Cómo llenar el vacío? de Moonassi (Mesa estándar editores, 2018), un libro en cartoné que es parte de una colección, también atípica, en la que distintos ilustradores intentan responder preguntas existenciales desarrollando una narrativa sin palabras. Y la publicación más reciente del Taller Azul de Silvia Katz: Este es mi Yo (Laralazul, 2018): niños y niñas del taller comparten muchas formas de ser “yo” respondiendo divertidos cuestionarios y dibujando un autorretrato.

 

11. La breve pero significativa lucha de la Niña Ajolote

Carolina Castañeda. Edelvives y Secretaría de Cultura, México, 2018. 

Una grata sorpresa encontrarse con esta novela gráfica en un año en el que el movimiento de denuncia #MeToo cobró tanta fuerza. Inusual libro-manifiesto-convocatoria en el que una niña vive su transición a la adolescencia, primero con mucha emoción (aunque sudar como fuente y llenarse de pelos le incomode) y luego con total desconcierto: es víctima de abuso sexual.

En la primera sección de la historia, Ajo, la Niña Ajolote, habla de todos los cambios físicos que experimenta, entre su casa y la escuela, con un humor irreverente que engancha desde el primer cuadro. Cuando un acosador la toca mientras viaja en autobús, Ajo correrá a denunciarlo con el conductor y entrará en crisis. Eso detona cada vez más reflexiones críticas sobre su contexto, aunque sin perder el tono de humor. Hacia la mitad, la novela da un giro estilístico y se vuelve un documento más formativo y de llamado a la acción. La protagonista sigue madurando y descubre su talento para el dibujo.

El trazo de dibujo animado de Castañeda dialoga con el de Matt Groening, Power Paola y Alberto Montt, pero la influencia más evidente proviene de la estética de Nickelodeon de los años 90. En particular, por su contenido feminista, se puede vincular a “As Told by Ginger”. Otro antecedente que vale la pena destacar es el libro Sólo es un piropo de Maria Stoian (Océano, 2017) que recopila veinte testimonios de abusos socialmente normalizados. 

Entusiasma ver la libertad que tuvo la autora para dibujar y decir todo lo que quiso, es congruente con la propia lucha de la Niña Ajolote e inspirará a lectoras y lectores inconformes a hacer lo mismo.


También favoritos. Tres libros con mujeres al centro: otra heroína, que sobrevive a la ira de un dragón y luego lo enfrenta: Cien dragones y una niña de Ana Romero y Amanda Mijangos (Planeta lector, México, 2018); un sensible libro biográfico y de recetas, Las visitas de Nani (Ekaré, 2018) en el que Karishma Chugani cuenta la historia llena de sabores de su abuela y Mi barrio de María José Ferrada y Ana Penyas (Alboroto Ediciones, 2018), que nos acerca al día a día de una mujer mayor (pareciera haber una tendencia a retratar ancianas activas). Y finalmente otro libro socialmente comprometido, pero en este caso alrededor de un tema sobre el que he ahondado en el blog, el terrorismo de Estado y la LIJ: Mañana viene mi tío de Sebastián Santana (FCE, 2018), impactante, reflexivo y muy pertinente en México. 

 


12. Las Indias

Juan Lima y Christian Montenegro. Comunicarte, Argentina, 2018.

¿Y si Colón hubiese imaginado que Las Indias era un poema? ¿Celebraríamos hoy el descubrimiento de sus frondosos versos?

Juan Lima reescribe el Diario de a bordo de Cristóbal Colón y al hacerlo reescribe a Colón, le devuelve el humanismo que le ha hecho perder la efeméride. Lo delinea pero enseguida lo borra: es Colón pero también cualquier ser humano descubriendo el mundo. El poeta. Ahí están los árboles, los peces, las aves y los hombres y las mujeres por primera vez, como si en lugar de diario fuera un cantar o un credo reinventado, una creación del paraíso encadenada con todos los paraísos. Idea borgeana de reescritura. El español antiguo que adopta Lima hace más vívida esa experiencia. Es un artificio verbal, su español, pero nos creemos que así ordenara el navegante las palabras, que así curara su ceguera.

Christian Montenegro parte precisamente de ahí: de una oscuridad que se va agujereando para respirar de a poco el nuevo paisaje, inventario de especies. Le bastan dos tintas, rojo cerámica y negro carbón. Y una línea afilada que al final del viaje se agita y raya todo. De lo abstracto a lo iconográfico y de vuelta al abstracto, respetando siempre el espacio de los poemas. Valioso y difícil mantener ese equilibro entre texto e imagen en un poemario, tan frecuentemente opacado uno por la otra.

Dos autores poliédricos que dialogan ejemplarmente en un libro que es a la vez estímulo intelectual y descanso estético. Un recordatorio de cuánto un poema nos puede hacer redescubrir el lenguaje.

Otra destacada novedad de Lima que cumple ese mismo cometido es Astronomía poética (Calibroscopio, 2018), deslumbrante viaje a las estrellas escrito, dibujado y hasta diseñado por él.

 

 

13. Amor

Jorge Luján y Alejandra Acosta. Textofilia Ediciones y Secretaría de Cultura, México, 2018.

¿Y si cada palabra tuviera cifrada una historia secreta entre sus letras? A ese misterio nos convoca este precioso libro de gran formato.

¿Cuántos anagramas se pueden formar con las cuatro letras de “Amor”?

En este poema narrativo con aires de leyenda o de Las mil y una noches, Luján lo revela: 24 formas de pronunciar un secreto que empieza con “Amor, amor, amor…”, en algún lugar del Norte de África, y termina con una huída “¡A Roma! ¡Roma! ¡Roma!”. Son Omar y la princesa mora, Maro, que deben escapar del furioso padre, Máor.

Un poema que cumple plenamente con una de las vocaciones de la poesía: renovar el asombro, de uno de los poetas para niños y jóvenes más sólidos en Latinoamérica: Luján, que ha hecho mancuerna con importantes creadoras como Isol, Linda Wolfsgruber, Mandana Sadat (también este año publicó con ella en México Trompa con trompita, otro amoroso libro), Chiara Carrer y Julia Friese. Aquí se suma a Alejandra Acosta. La chilena opta por colores brillantes y quiméricos y siluetas alargadas y estilizadas, con motivos del arte islámico, como si hubiera sacado a los personajes de una alfombra árabe. Así se atesora este Amor.


También favoritos. Otros tres libros de amor: La distante, un estupendo cuento de Alberto Chimal como extraído asimismo de Las mil y una noches (ilustrado por Elizabeth Builes) (El Naranjo, 2018); la audaz y encantadora apuesta de Los días felices de Bernat Cormand (A Buen Paso, 2018), en la que dos niños pequeños se enamoran; y la edición de un poema de Oliverio Girondo, Los amantes que parecería haber sido escrito para ser ilustrado (Mo Gutiérrez Serna, Zorro Rojo, 2018).

 

 

14. Color de hormiga

Emmanuel Pña. La Cifra Editorial y Secretaría de Cultura, México, 2018.

“El asunto era sencillo y absurdo. Un golpe simple para hacerse ricos. Las cosas salieron bien. Bastante bien para unos primerizos. Habíamos visto tantas películas de mafiosos…”. 

Tres amigos, un robo y una traición, a una tinta, negra, por supuesto.

Con ecos de El complot mongol de Rafael Bernal, Color de hormiga es una novela policiaca con una fuerte impronta psicológica que recae en el narrador. Él participa en un exitoso asalto junto con Alvarito y “El Topo”. Pero la situación se complica cuando Alvarito, custodio del botín, decide gastárselo en tratamientos de salud para su esposa paralítica. Eso no termina bien para nadie. Al Topo no le causa ninguna gracia. Alguien debe hacer justicia.

Las cosas se tornan color de hormiga. Fascinará a los jóvenes. 

No fue azaroso que la primera edición de esta novela gráfica fuera autopublicada. El estilo de Pña tiene algo de cómic undeground y fanzine, de espíritu independiente. La Cifra Editorial supo reconocer la originalidad y potencia de su discurso y decidió lanzar comercialmente el proyecto con apenas algún cambio mínimo. No hacía falta más para este cronista gráfico urbano: sólo lectores y seguro que continuará sumando muchos.

 

 

15. La loba y el perrito

Anton Chéjov, Selma Ancira y Jimena Estíbaliz. Secretaría de Cultura, México, 2018.

“La loba, hambrienta, se levantó para ir de cacería. Sus tres lobeznos dormían a pierna suelta, unos sobre otros, calentándose mutuamente. La loba los lamió y se fue”.

Luego llega hasta una choza. Le parece que en el establo ha visto un carnero y dos ovejas, así que logra colarse. Pero en la oscuridad y con el olfato disminuido por la edad, se lleva entre las fauces un cachorrito. Cuando más tarde se da cuenta del error, siente asco, no puede comerlo, pero tampoco quedárselo, así que decide seguir su camino hasta la madriguera, pero el perrito empieza a seguirla. “¿Por qué me sigue? —pensó la loba molesta—. Ha de querer que me lo coma”. ¿Qué hacer con él?

La traducción y presentación de Selma Ancira sobresalen pues conservan la sencillez, profundidad y calidez con la que Chéjov escribía para niños. La ilustradora enriquece la experiencia con personajes y paisajes hechos con distintas capas de texturas y color. Su habilidad para construir un cachorro tan tierno con esta técnica, a veces es apenas una manchita entre la nieve, resulta notable. 

Gianni Rodari decía que los cuentos para niños de Tolstoi eran “el ejemplo máximo” de prosa que habla directamente a estos lectores. Esta historia rescatada de Chéjov resulta otro ejemplo.


También favoritos. Más ediciones de autores extranjeros hechas originalmente en Iberoamérica. Dos invaluables rescates: Orbis Sensualium Pictus de Iohannes Amos Comenius (Zorro Rojo, 2018), considerado el primer libro ilustrado para niños de la historia y Peter Pan. El niño que nunca quiso crecer (Bonilla Artigas Editores, 2018) la primera traducción hecha en México de esta novela, en 1923, a cargo de Pedro Henríquez Ureña. Y tres de los mejores cuentos que he leído nunca en La mujer tatuada y otros cuentos de amor de Ray Bradbury, ilustrados por Eva Sánchez Gómez (Ekaré, 2018).


 


 

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Y en el diario Reforma…

Una selección de este listado, sólo de títulos mexicanos, apareció hoy sábado 5 de enero de 2018 en la versión impresa y digital del periódico Reforma.

 

Ilustración de portada: Alfonso Lorenzo. Colección de Gobi Stromberg. Fotografía: Marco Pacheco / Artes de México, 2018.

 

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